19 de diciembre de 2020

Integración

Hace un par de horas que miro el registro de mensajes enviados. Debo detectar cualquier error y reportarlo. De momento, el sistema externo los está recibiendo correctamente. Las líneas van apareciendo en la pantalla a un ritmo constante de tres al minuto. Un caso, otro y otro más. Nunca se detienen ni se retrasan. Me han sugerido que no me entretenga en el contenido de los mensajes. Solo debo verificar que la integración está bien hecha y que no se pierde ningún envío. En realidad pienso que mi labor es bastante inútil. Si hubiera algún problema, el mismo código lo recogería y generaría una alerta a quién correspondiera. Conozco al programador que lo ha desarrollado, he trabajado varias veces con él, y es de los buenos. Supongo que alguno de los jefes no se fía y prefiere que hagamos una monitorización humana durante unos días. Yo no soy nadie para contradecirlos, así que aquí estoy, persiguiendo registros. Sé que estos mensajes son muy importantes y que debemos asegurarnos de que se entregan correctamente. Si no fuera por eso ya me hubiera quejado a mi supervisora. No acepté este trabajo para revisar “logs”. Un caso, otro y otro más. En fin, también hay compañeros que revisan mis integraciones. Siempre hay alguien que pilla.

Me estoy meando. Decido que ya no puedo aguantar más y me apunto el índice del último mensaje que he podido revisar. Si no aumenta el ritmo de envío podré validar los registros pendientes sin echar horas extras. O eso espero. Voy al baño y vuelvo tan rápido como me permiten mis buenos hábitos higiénicos, pero a mi regreso veo que Lola me está esperando justo delante de mi escritorio. No tiene muy buena cara, como de costumbre, y no puedo evitar pensar lo jodidamente oportuna que es siempre. 

Detrás de mi jefa veo que se esconde una mocosa con la cabeza gacha y la vista fijada al suelo. Sin pararme a explicar por qué he abandonado mi puesto de trabajo (faltaría más), las saludo con un gesto de cabeza y me intereso por la novicia.
—Vas bien acompañada, Lola.
A pesar de la ancha sonrisa que me ha costado un mundo recrear, la mujer no suaviza el gesto. La joven se coloca a la altura de Lola y hace un visible esfuerzo por mirarme directamente a la cara.
—Lyi, esta es Claudia. Es su primer día y he pensado que podrías enseñarle a monitorizar.
“He pensado”, dice, como si yo tuviera más opción que hacerle caso. Es inútil discutir con esta señora, se cree que siempre lleva la razón y no escucha. Nunca escucha.
—Por supuesto. —Accedo sin protestar aunque no me faltan ganas de hacerlo.
—¿Cómo va la integración? ¿Algún “KO”? —se interesa mi supervisora.
—De momento ninguno, todo “OK”.
—Perfecto. Pues te dejo a Claudia para que os vayáis conociendo.
Tanto la mocosa como yo permanecemos en silencio mientras Lola se aleja. Al son de sus tacones chocando contra el pulido suelo, intento dejar de pensar en las horas extras que tendré que hacer para revisar los mensajes que estoy perdiendo. Un caso, otro y otro más. Con la tontería perderé media mañana. Y eso serán unos setecientos mensajes. ¡Qué pesadilla!

Tratando de no parecer impaciente, entablo una infructífera charleta con la novata. En realidad solo me interesa saber en qué la puedo poner a trabajar, pero me veo obligada a preguntarle de dónde es, dónde ha estudiado, si ha llegado bien, qué horario va a hacer, etc. A pesar de que ella tampoco parece encantada con el intercambio de banalidades, va respondiendo con eficiencia y educación. Cuando por fin hablamos de su experiencia y sus conocimientos se nos ha hecho la hora de almorzar. Acordamos que vamos a seguir con su preparación, me dice que ya habrá tiempo para descansar luego.

Aunque la mesa en la que yo trabajo está pensada para dos personas, la tengo totalmente invadida con mis cosas. Despejo a regañadientes un poco menos de la mitad de la superficie blanca para Claudia, le consigo una silla más o menos nueva y le busco un ordenador decente. Bajo mi atenta mirada, lo conecta todo ella sola y saca un papelito con su usuario y contraseña, con los que inicia sesión. Me sorprende que el primer día ya tenga las credenciales, así que le pregunto por ello y me explica que las pidió y tramitó ella misma en cuanto firmó el contrato. “Chica apañada”, pienso, “vamos bien”. Sin tiempo que perder, le ayudo a instalar y configurar los programas que va a necesitar y le enseño cómo funciona y qué muestra la pantalla de monitorización.
—No hace falta centrarse en el contenido, solo mira si el resultado del envío es un “OK” o un “KO”. ¿Ves? Aquí y aquí.
Le enseño cómo consultar las respuestas de cada mensaje, y en qué parte de la pantalla puede ver el estado de la transacción. La joven asiente enérgicamente.
—Cada mensaje revisado se marca en esta casilla, y, si se produce un “KO”, también seleccionas esta otra —explico señalando con el ratón cada zona destacada.
—Entendido.
—Bien. Empieza a revisar los casos. Voy a buscarnos algo para desayunar. ¿Qué quieres?
—Cualquier cosa, no te preocupes —responde, Claudia, absorta por las líneas que van apareciendo en la pantalla. Un caso, otro y otro más.
—¿Café y una magdalena?
—Sí, sí…
Estoy segura de que la novicia no se ha enterado de lo que le he dicho, pero no me molesto en repetírselo, me gusta que se concentre tanto.


Me apresuro en ir y volver de la cafetería. Por el camino decido que le explicaré a Claudia que no todo el trabajo va a ser revisar “logs”, que en cuanto acabemos la validación nos pondremos con un desarrollo nuevo. Se la ve espabilada y no quiero que se aburra. Cuando por fin entro de nuevo en nuestra sala, empiezo a contarle con cierta emoción el trabajo que encararemos la semana que viene. La joven me escucha en silencio, inmóvil. Enseguida me fijo en qué ni siquiera está moviendo el ratón, tiene las manos abiertas encima de la mesa.
—Oye, ¿estás bien? ¿Pasa algo? —le pregunto extrañada.
La novicia se gira lentamente hacia mí.
—Estas líneas son…
Su voz se quiebra ante el dilema de preguntar algo que realmente no desea saber. Viendo por dónde va y lo afectada que parece, intento encontrar la manera más delicada de explicarle qué es lo que está monitorizando. No puedo creer que nadie la haya avisado.
—La integración que estamos validando ayuda a realizar estadísticas, que luego se usan para diseñar planes de financiación y proyectos de investigación e innovación, por ejemplo. Saber el número, las causas y toda la información relevante de los casos exitus, es muy útil para ayudar a reducirlos.
—¿Cada una de estas líneas es una persona que se ha… que ya no está? ¿Tantas solo en Europa?
—Me temo que sí. Y nosotros solo agregamos y publicamos los datos de la zona 2, hay un par de integraciones como esta en otras centrales.
Un caso, otro y otro más. A Claudia le tiemblan las manos.


26 de noviembre de 2020

Edredón, nórdico y colcha

Vuelves a casa y te metes en nuestra cama como si no hubiera pasado nada. Crees que ya estoy dormida y que no puedo notar el olor dulzón y férreo que se desprende de tu cuerpo. Te envuelves en las sábanas recién cambiadas y lanzas un suspiro de alivio. Te encanta encontrarte las sábanas limpias, sobre todo en esta época del año, por eso me he apresurado a cambiarlas aunque odio meter el edredón en el nórdico. Justo hoy, que ya intuía que llegarías tarde. Desprecias mi gesto al no haber pasado por la ducha antes de acostarte. Siempre te aseas, ¿por qué hoy no? No me hace falta preguntártelo para saber la respuesta. Igual que sé que tienes las uñas sucias sin necesidad de verte las manos.

No tardas ni cinco minutos en dormirte. Hoy no te revuelves ni aprietas los dientes como sueles hacer. No sé qué me molesta más, la paz que pareces sentir, saber lo que has estado haciendo, o pensar que me has ensuciado las blancas e impolutas sábanas con tu sudor y el de ella. Una persona normal lo tendría claro y ya te hubiera denunciado hace años. Yo sigo aquí. Contigo. Hasta que la policía me lleve para interrogarme, o algo peor. Al fin y al cabo, si no me marché el primer día ya no puedo hacerlo. Soy tan o más culpable que tú.

Si hoy me hubieras encontrado despierta me hubieras contado alguna mentira que justificara por qué has llegado tan tarde. Me hubieras seguido a nuestra habitación sin respetar mi silencio, y al sentarte sobre la cama para quitarte los zapatos de piel de cocodrilo, te hubieras fijado en la colcha recién planchada. Entonces habrías hecho algún comentario recordándome la parte feliz de tu infancia. Explicándome otra vez cómo te encantaba llegar a casa de los campamentos de verano y encontrarte las sábanas limpias y perfumadas. Sabes que ver tu lado tierno y vulnerable me enternece. Hace que me centre en lo mucho que te quiero, en lo encantador que eres conmigo, y que casi me olvide de todo lo demás. Casi.

Quizás lo hago adrede. Busco estos momentos para recordar que eres un ser humano capaz de amar. Como si un par de recuerdos felices pudieran borrar todo el horror que has producido. A pesar de que me prometiste no hacer esas cosas en casa, nada te impide seguir seleccionando tus víctimas. Te encanta regalarme las joyas que llevaban puestas. Días después disfrutas viendo sus fotos en los periódicos. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Cada vez son más y todas siguen pareciéndose a mí.


Una vez te pregunté si serías capaz de hacerme daño. De acabar conmigo hasta quedar prácticamente irreconocible como haces con todas esas mujeres. No me respondiste, simplemente me besaste y me revolviste cariñosamente el pelo. La respuesta es que las matas para calmar las ganas que has tenido siempre de ocuparte de mí. ¿Cuántas mujeres han sufrido por mi culpa? ¿Cuántas familias hemos destrozado juntos en estos diez años?

Estas más harto incluso que yo de todo esto. Intentas reprimirte hasta que ya no puedes más y vuelves a hacerlo. Eso te da una paz que no puedes conseguir con nada más. Pero esa calma apenas te dura unos días. Luego te arrepientes, te culpas, te contienes y vuelves a obsesionarte. Necesitas seguir haciendo lo que haces. Es un bucle del que no puedes salir, yo soy la única que puedo pararlo. Y eso es lo que va a pasar esta noche.

Mientras estás envuelto en nuestro edredón de plumas, me giro hacia ti, espero unos segundos para asegurarme de que no te he despertado y saco la puntilla que había escondido debajo de la almohada. Me la regalaste las pasadas navidades, horrorizado por ver cómo chascaba las patatas con un cuchillo demasiado grande. La verdad es que es muy práctica y me gustó que te preocuparas por mí. La pequeña hoja resplandece a la tenue luz que se filtra por la ventana de nuestra habitación. Decidida, respiro hondo, aparto el nórdico de un tirón y te clavo el cuchillo en la garganta con todas mis fuerzas, lo saco y vuelvo a arremeter, esta vez en el pecho. Te remueves intentando protegerte pero te fallan las fuerzas. Un gorgoteo empieza a asomarse por tu garganta. Pronto te ahogas y te desplomas, inerte, en nuestra cama. Sigo clavando la puntilla unos segundos más hasta que me obligo a comprender que se ha terminado. Ya nunca volverás a hacerle daño a nadie.

Enciendo la luz de mi mesilla y te observo. Las sábanas se están encharcando de un líquido rojo y cálido que desprende un olor mucho más repulsivo de lo que nunca hubiera imaginado. Incapaz de soportar este horror, suelto la puntilla, me aparto de la cama y voy hacia el baño para vomitar violentamente. Cuando logro controlar las náuseas me lavo las manos con furia, me desvisto rápidamente y me meto en la ducha. Dejo que el chorro de agua casi hirviendo se lleve mis lágrimas durante unos minutos que se me hacen eternos. Habiéndome aseado considero que ya estoy preparada. Cojo el móvil, llamo a emergencias y en cuanto me saluda una voz joven y risueña le confieso que he matado a mi marido, el asesino de las joyas.


7 de noviembre de 2020

Nadia y Nero

>> ¿Prefieres escuchar este relato? No te pierdas la locución que han hecho Sergio Martínez y Ariadna Roca: Nadia y Nero.

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Nadia me tiene preocupado. Hace un par de semanas que está muy rara. La veo cansada, no para de morderse las uñas y me riñe por cualquier chorrada. Además no recibe visitas ni habla por teléfono con nadie, por lo que no consigo enterarme de lo que está pasando. El otro día dejó el móvil encima de la mesa y casi consigo leer lo que estaba buscando por internet, pero solo me dio tiempo a ver que tenía abierto el navegador antes de que la pantalla se fundiera en negro. ¡Qué manía tiene de bloquear el móvil! ¡Así no hay quién la cuide!

Lo he intentado todo para animarla. Me acurruco con ella cada vez que se sienta, ronroneo tan fuerte como me permite este menudo e incómodo cuerpo, le dejo que me rasque la barriga siempre que quiere y apenas he arañado el sofá en días. Nadia es mi primer humano. La verdad es que cuando me la asignaron no pensé que se les pudiera coger tanto cariño. Y mírame ahora… ¡Hasta estoy adelgazando! El demonio al que Nadia llama “veterinario” estaría contento. Me ofende que ese ser malvado vista de blanco… es MI color, símbolo de pureza e insignia de los míos. Él perdió el derecho a usarlo en cuanto me metió el termómetro por el culo. ¡Qué desfachatez! ¿Quién hace eso por “vocación”?

Me pica todo. Me revuelco por el suelo una y otra vez sin notar ninguna mejoría. No pueden ser pulgas, Nadia me pone un mejunje en la nuca de vez en cuando para eso. Deben ser los nervios. Ya casi es de noche y la humana no ha aparecido. ¿Dónde estará? Entre semana siempre llega sobre las cinco de la tarde. Y sino, me avisa, aunque ella no sabe que puedo entenderla perfectamente. Siempre me lo cuenta todo. Incluso cuando todavía no había roto con Miguel y ya estaba con la “morenaza de los ojos sin fondo”, como la describe ella. Le daba mucho miedo, no sé por qué. Al fin y al cabo, a quien ame no va a decidir si me la llevo al cielo o recomiendo que la bajen “al horno”. En realidad lo verdaderamente importante es que ame, EN GENERAL. No entiendo por qué esta vez no me dice qué le pasa. ¿Es tan serio que no puede ni hablar de ello? Ya tengo náuseas otra vez. Quizás debería hacerle caso a Nadia y dejar de comer las pelusas que se acumulan por las esquinas. Es que parecen tan apetecibles… gráciles y volátiles como un diente de león. ¿Por qué me distraigo tan fácilmente?

Miro el reloj del horno y ya marca las nueve. Definitivamente esto es muy raro. Cuando estoy a punto de quebrar mi tapadera para pedir ayuda a los míos, oigo el ascensor que se detiene en nuestra planta. ¿Será Nadia? Escucho el tintineo de las llaves. Reconozco el girasol de plástico chocar contra la luna de metal. Es ella. Voy corriendo hacia la puerta y en cuento se abre, empiezo a maullar con todas mis fuerzas, a modo de bronca. Enseguida veo que Nadia no se encuentra bien y me callo para observarla. ¿Necesita ayuda?

—¡Aparta, Nero! —Me pide mientras se dirige corriendo hacia el baño tapándose la boca con una mano.

Ha tirado al suelo la bolsa y la chaqueta que llevaba y ni siquiera se ha entretenido en cerrar la puerta tras de sí. Sigo sus pasos tan rápido como me permiten mis rechonchas piernas. Ella me cierra la puerta en las narices, impidiéndome pasar. Rasco el maldito muro de madera que nos separa frenéticamente. Nadia me pide que pare entre arcada y arcada. La obedezco. Me quedo en silencio en el pasillo caminado en círculos. Oigo cómo vomita violentamente mientras yo no puedo hacer nada. No entiendo lo que está pasando.

La humana tarda una media hora en salir. Deshace sus pasos hacia la puerta principal para cerrarla y recoger sus cosas. Se ha atado el pelo en una cola alta y se masajea las sienes delicadamente. “Tiene migraña otra vez”, pienso aguantándome las ganas de maullarle con furia. La persigo hasta el comedor y me coloco en su regazo cuando se sienta en el sofá. No puedo dejar de mirarla. Observo las marcas de cansancio en su rostro mientras intento distraerla con mi ronroneo. Le hago una carantoña en la barriga con la cabeza y suelto un pequeño “miau” para que me haga caso. Necesito saber qué le pasa.

—Nero… tú siempre me querrás.

Me gustaría poder hablar para decirle que sí. Que yo siempre estaré a su lado, cuidándola. Que podemos resolver cualquier cosa. Que solo hace falta encontrar al ser adecuado y que no dejaré que le pase nada malo.

Nadia tuerce el labio hacia el lado izquierdo arrugando la nariz. Esa es la mueca que hace siempre que intenta contener las lágrimas. Me acaricia tiernamente la cabeza y el lomo. Aunque normalmente no me gusta admitirlo, ese gesto me produce una de mis sensaciones favoritas.

—Nero, pronto las cosas van a cambiar. —confiesa al fin.

Me esfuerzo por no hacer nada que la disuada de continuar.

—¡Estoy embarazada!

¿Era eso? ¿Ya está? Sin entender cuál es el problema salto al suelo y me pego una carrera por toda la casa. Cuando hago eso Nadia suele decirme que estoy loco, pero a mí me va muy bien para liberar tensiones. Pasarse todo el día preocupado por la humana es muy estresante. Está embarazada… ¿Y qué? Yo ya me había puesto en lo peor. Me esfuerzo por calmarme y volver a acurrucarme a su lado. Ella empieza a llorar. Será una noche larga y yo estaré a su lado. Al fin y al cabo, es mi humana y mi deber es cuidarla.

17 de octubre de 2020

El rebaño del sueño

Apenas faltan tres horas para que anochezca y todavía queda mucho por hacer. Joel se está encargando de casi todo, incluyendo la preparación de los nuevos ejemplares. Es muy bueno en lo suyo y los majestuosos elekks lo adoran. Con los poros está costando un poco más, pero estoy segura de que también se los acabará ganando. Son puro amor, aunque traviesos, y Joel sabe cómo manejarlos. Me alegro de haber aceptado su ayuda. ¿Cuántos años hace ya que vino a pedirme trabajo? ¿Diez? ¿Quince? Cómo pasa el tiempo...

Estoy nerviosa. La última vez que hicimos cambios de este tipo en el corral yo todavía era una mocosa con trenzas. Nuestros convecinos se habían cansado de contar ovejas antes de ir a dormir y hasta los más pequeños empezaron a acumular ojeras. Papá lo probó todo para volver a llamar su atención. Cambió el orden en el que se presentaban los animales, los hizo desfilar en grupos de distintos tamaños e, incluso, modernizó su aspecto esquilándolos para que presentaran exóticos relieves y tiñéndoles las patas a franjas arcoíris. A pesar de que estas novedades se agradecieron y lograron mejorar el reposo de todos durante unos días, enseguida se aburrieron y el insomnio volvió a aquejarles. Y las ovejas lo notaron. Cada vez estaban más tristes, hasta el punto de que ni siquiera querían actuar.

Dicen que la necesidad agudiza el ingenio. A mí no me gustan demasiado estos dichos, pero no se puede negar que mi madre encontró la solución justo cuando la situación se estaba volviendo insostenible. Imagínatelo. Bebés llorando incansablemente de día y de noche, jóvenes alicaídos o adultos incapaces de articular una frase completa. Y sus consecuencias más peligrosas, conductores de carrozas cabeceando durante la jornada, curanderas que entremezclaban las recetas, apagafuegos llegando tarde a las urgencias, etc. Mamá siempre decía que nuestro trabajo es sumamente importante, y no se equivocaba. En cierto modo, solía decir, somos los guardianes de la noche, del reposo y del sueño. Sin nuestro rebaño la gente no puede dormir.

La cuestión es que a mi madre se le ocurrió cambiar los animales por otros que fueran un poco más llamativos, y quiso la fortuna que en el pueblo de al lado hubiera una granja de elekks. Así que mis padres los compraron todos, los entrenaron durante unos días para que aprendieran a desfilar por la duermevela de nuestros vecinos e hicieron la prueba. Los enormes elekks mantuvieron la formación durante toda la noche. Entraron en el espacio que queda entre la realidad y los sueños, posaron mostrando sus grandes cuernos y sus afilados colmillos, levantaron e hicieron sonar sus trompas y se marcharon tan delicadamente cómo habían aparecido. Fue todo un éxito. Mis padres durmieron a los vecinos sin que estos se dieran ni cuenta, y a la mañana siguiente no se hablaba de otra cosa. Todo el mundo estaba encantado con el cambio y el efecto duró más de sesenta años, hasta hace unas semanas.


Yo enseguida reconocí los signos. Hacía unas noches que me estaba costando mucho distraer a los más jóvenes para dormirlos y algunos adultos ni siquiera nos permitían entrar, habían cerrado su espacio de duermevela. Preocupada y asustada por lo que podía llegar a pasar, hablé con Joel para contárselo y a él le pareció buena idea repetir la estrategia que tan bien les había funcionado a mis padres. Me habló de unas criaturitas llenas de júbilo, recubiertas por un suave y largo pelaje blanco, con dos pequeños cuernos y una gran lengua que les solía colgar inerte por la comisura de la boca. A pesar de que yo no estaba muy segura del cambio, decidí confiar en él. Al fin y al cabo, pronto me retiraré y Joel pasará a ser el nuevo pastor del rebaño del sueño. Así que en cuestión de días el joven me llenó el corral de unas bolitas saltarinas que no paraban de sonreír y de las que me quedé prendada desde el primer momento. Joel se ha dedicado en cuerpo y alma a entrenar a los recién llegados poros, y hoy por fin entraran en escena. Si todo va bien, en unos días podremos jubilar a los elekks, que se quedarán con nosotros hasta el fin de sus días, y creo que yo me uniré a ellos en su nuevo y ocioso modo de vida. Nos hemos ganado un descanso.

Cada vez estoy más nerviosa. Cruzo una y otra vez mi habitación, caminando sin rumbo. Lo repaso todo una vez más, volviendo a comprobar que no me he olvidado nada. Tengo el polvo de estrellas, la escama de luna, el suspiro de una nube y el abrazo de lavanda. Ya casi es la hora. Me tumbo en mi cama mientras los últimos rayos de sol empiezan a ocultarse por el horizonte y cierro los ojos. Enseguida veo a Joel, seguido por una fila de bolitas blancas que lanzan destellos azules. Los animales están visiblemente contentos, y tan emocionados que les cuesta mantener la posición. Uno a uno vamos visitando a nuestros vecinos. Los poros desfilan valiéndose de todo su encanto. Derrochan lametazos, muecas imposibles, piruetas y, sobretodo, amor. A su paso las mentes quedan en calma, llenas de paz. Nunca había visto nada igual. No solo resulta fácil dormir a todo el pueblo, termino el trabajo sabiendo que aquella noche ninguna pesadilla logrará alcanzarnos.

Mando a Joel y a los poros de vuelta a la realidad y me quedo haciendo guardia, velando el sueño de nuestros vecinos, hasta que empiezan a despertarse para retomar sus vidas. Ha sido una noche perfecta. Cuando estoy a punto de volver veo a mis queridos elekks, que se acercan a mí, y que están tan o más cansados que yo. Creo que nos quedaremos un poco en duermevela. Ya no hay prisa. Joel y los poros pueden encargarse de todo.

3 de octubre de 2020

Progreso 2020 II

¡Hola! Esta semana he decidido publicar un post explicándoos cómo van mis proyectos escritoriles, en la línea y continuando el que hice en abril: Progreso 2020.

El blog 
Hemos pasado de 10 a 19 relatos publicados, correspondientes a 9 categorías distintas. En estos últimos meses he creado 3 nuevas etiquetas temáticas para Tecnología, AdivinaQuién y TragiComedia, además de completar la trama de “Ojos dorados” y empezar una nueva entorno a la verdadera historia de “La caja de Pandora”. Respecto al número de usuarios del blog, partíamos de los 150 y ya estamos en 334, con 830 sesiones. Muchas gracias a tod@s por leerme, me hace ilusión poder compartir mis relatos con vosotr@s. Pronto el blog hará un año y ya he empezado a pensar en hacer algo especial para celebrarlo. Ya os iré contando…

Twitter 
Aquí se han superado de lejos mis expectativas. En abril me propuse llegar a los 150 seguidores de @arirsoler este 2020 y ya va por los 242. Estoy muy contenta de haber creado el perfil, ya no solo porque me permite dar un poco más de visibilidad al blog, sino porque me ha abierto todo un mundo de autor@s, lector@s, reseñador@s, cursos, certámenes, editoriales, etc.

Formación 
Acabado el curso de literatura fantástica de Caja de Letras, he hecho otro de diseño de personajes en la misma escuela online, y la semana que viene empiezo el de Narrativa I. Me gusta mucho el equipo docente, el formato y el contenido de los cursos que ofrecen. Formar parte de su comunidad de alumnos y exalumnos me ayuda a tener más ánimo y motivación para seguir con todo esto, así que os lo recomiendo muy mucho.

Certámenes 
Aún no se ha podido celebrar la entrega de premios de la convocatoria de relatos sobre gente mayor y TIC en la que soy finalista, así que todavía no se conocen los ganadores, ¡qué le vamos a hacer! Paciencia. Actualmente estoy preparando un relato para un certamen de erótica (nunca he escrito nada parecido, por lo que está resultando todo un reto), veremos si finalmente lo acabo presentando. 
Otra novedad es que he empezado a colaborar en el blog de Caja de Letras escribiendo un artículo mensual sobre certámenes literarios de fantasía, ciencia ficción y terror. Me gusta poder aprovechar la información que voy recopilando para compartirla con vosotr@s, así que a principios de cada mes podéis contar con una entrada de actualización. Aquí os dejo las que están disponibles actualmente: Certámenes literarios de género

Novelas
Estaba bastante atascada con las novelas y decidí pedir ayuda a mis tutores de Caja de Letras. Les mandé lo que tenía escrito, lo revisaron e hicimos una tutoría en la que me aconsejaron por dónde continuar. Con todo, he retomado la novela de fantasía para reescribirla y, de momento, estoy en la fase de análisis y planificación. Si queréis seguir las novedades al respecto las publico en Twitter con la etiqueta #ProyectoLizertina. Lo estoy planteando como un proyecto de desarrollo software, a ver cómo sale 😜.

Me olvidé… 
En la última entrada de progreso 2020 me olvidé de contaros que me he hecho socia de Pórtico, Asociación Española de Fantasía Ciencia Ficción y Terror. De momento no estoy participando mucho, pero es interesante conocer las iniciativas que llevan a cabo y apoyarlos aunque solo sea con la pequeña subscripción anual.

¡Y por ahora esto es todo! Acompaño la entrada con una foto de mis orquídeas (me encantan) y me despido deseando que paséis un feliz fin de semana☺.

13 de septiembre de 2020

Un día de mierda

>> Relato seleccionado para su locución en el podcast Freakdom, programa 67. Noviembre 2020.
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Cuando estoy nerviosa, cocino. También cuando estoy triste, agobiada o me entra “la ansiedad”. Y la verdad es que últimamente cocino más de lo que me puedo comer. Podríamos decir que cocino por encima de mis posibilidades. Mi madre está encantada, claro, cada semana le lleno la nevera de tuppers. Pero yo empiezo a estar preocupada, y mis vaqueros favoritos también, dicho sea de paso. Esta mañana le he echado gazpacho al café. Pensaba que después de eso el día solo podía ir a mejor. Me equivocaba. A media mañana he intentado hacer una tortilla de patatas con cebolla, como dios manda, y se me ha pegado. ¡A mí! Así que cuando le he dado la vuelta, se me ha desparramado todo encima del plato, me he quemado la muñeca y he manchado el suelo. A pesar de que más o menos la he podido recuperar y no estaba mala, la tortilla ha quedado muy fina y deforme. Odio desperdiciar comida, me pone de muy mal humor.


Después he intentado hacer ñoquis. El otro día encontré patata lila en el supermercado y me hizo mucha ilusión, así que compré un quilo, aunque costaba el triple que la que suelo usar. Como también tenía moniato, he intentado hacer ñoquis de tres colores. ¿A qué mola? Pues ha sido un auténtico desastre. He hervido los tubérculos más de la cuenta y los huevos que he usado eran demasiado grandes, por lo que la masa ha quedado extremadamente húmeda y luego no había forma humana de que cogiera densidad (por más harina que le he incorporado). Entre la rabia que he ido acumulando durante toda la mañana y que detesto tener las manos sucias durante tanto tiempo, al final he estallado. He sacudido violentamente los brazos, llenando las paredes de la cocina de grumos tricolores al son de un grito gutural. En realidad han sido tres gritos y otras tantas sacudidas pero digo yo que tampoco hace falta hacer leña del árbol caído. Cuando he terminado de montar la escena lo he tirado todo a la basura, me he limpiado las manos y me he ocupado del desastre que había dejado en la pared. Aunque no me encante vivir sola, a veces agradezco que nadie me vea hacer estas cosas.

Con las baldosas de mi diminuta cocina de nuevo resplandecientes, me he propuesto preparar un salmorejo. Esa era mi última baza, ¿qué podía salir mal? Pues cuando estaba limpiando los ingredientes he cogido un pimiento muy grande, resplandeciente, de un verde precioso. Lo he abierto y estaba lleno de gusanos. ¡Qué asco! Se me han pasado las ganas de cocinar, de comer y de existir en general. Me he deshecho del proyecto de salmorejo en cuanto se me han calmado las arcadas y he bajado la basura, no sin antes hacer un doble nudo a cada una de las bolsas (aunque no contuvieran ni rastro del pimiento proteico).

Ya de vuelta en mi apartamento, me he sentado en el sofá, he abrazado el gran cojín azul que lo suele coronar y me he puesto a llorar desconsoladamente. Klaus apenas ha tardado un par de minutos en aparecer (ya podría haberse pasado a primera hora para evitar todo esto…).
—Minerva, ¿qué te pasa? No llores… 
—¿En serio tú me lo preguntas? ¡Lo que me pasa eres tú! —le recrimino sorbiéndome la nariz.
—Deberías hablar con alguien. No hace falta que pases por esto tú sola.
—No estoy sola, te tengo a ti.
Me doy cuenta de lo absurdo de mis palabras. La masa esponjosa que flota delante de mí parece que me devuelva la mirada. Y eso que ni siquiera tiene ojos. Me obligo a recordar que no existe, que es solo parte del problema.
—¿Hoy también te duele la cabeza? —me pregunta, aunque no tiene labios.
—Sí. Ya sabes que ahora siempre me duele.
—¿Por qué no pedimos una pizza? —me sugiere solo para animarme.

Sin responderle, alargo el brazo para coger el móvil de encima de la mesa baja que queda delante del sofá. Abro la aplicación que suelo usar para pedir comida a domicilio y selecciono el negocio que hace las pizzas más grandes, grasientas y gruesas de la ciudad. Antes de que pueda elegir lo que quiero, una notificación inunda la pantalla del teléfono. Es domingo y el restaurante está cerrado. No, definitivamente, hoy no es mi día. El problema es que Klaus cada vez está más grande y no sé cuántos días más voy a tener.


28 de agosto de 2020

Ganas de rendirse

 “Por fin en casa”, pensé mientras rebuscaba las llaves en la pequeña mochila de piel marrón que solía llevar colgada a la espalda. Subir los tres escalones que separaban el jardín del porche me había costado más de lo que estaba dispuesta a admitir. Me dolía todo el cuerpo. Cada vez llevaba peor las incursiones, quizás ya iba siendo hora de dejarlo. Intentando apartar esa idea de mi mente, cerré la puerta tras de mí, dejé con cuidado la pequeña mochila marrón en el suelo y me desabroché las pistoleras dejándolas caer. El característico ruido sordo que emitían mis H&K USP del calibre 6 al chocar contra la carísima alfombra beige del vestíbulo fue lo que realmente me confirmó que ya había pasado todo. Podía centrarme en mí, en curar mis heridas y en recuperarme para la siguiente aventura. “En caso de que haya otra”, me advirtió una parte de mí que empezaba a odiar.

Observé la escalinata que llevaba a mi habitación y me pareció que me devolvía la mirada. Altiva, desafiante, casi burlona y, sobretodo, infinita. Decidí darle esa satisfacción e ir al cuarto de baño de invitados. Ya habría tiempo para recuperar la dignidad más adelante. Como si no estuviera sola en aquella inacabable mansión, cerré la puerta del diminuto baño con pestillo y abrí el armario que quedaba camuflado detrás del espejo que coronaba la encimera. Con cuidado, deshice la trenza que domaba mi larga melena, me quité los pantalones llenos de rasgaduras y la camiseta turquesa con demasiadas manchas de sangre reseca. Evalué el estado en el que estaba mi cansado cuerpo. No parecía que hubiera nada grave, nada por lo que hiciera falta despertar a Lyonel para que me colara en el hospital de la capital.

Me di una ducha para quitarme de encima el olor a tierra y sudor, tras lo cual pasé a atender mis heridas. Parecía que mis manos actuaran por cuenta ajena. Con movimientos expertos desinfecté lo que empezaba a ponerse feo y vendé lo que sabía que sangraría fácilmente. Cuando terminé no me molesté en vestirme. Deshice mis pasos hasta el vestíbulo y de allí al comedor principal que estaba en el otro extremo de la casa. Me tumbé en el ancho sofá que dominaba la estancia y me tapé con el pañuelo de seda que lo adornaba. A pesar de todo me dormí con una sonrisa, admirando las figuras geométricas de colores vivos que cubrían mis ahora ya no tan pronunciadas curvas. Soñé con el viaje a la India en el que me habían regalado el pañuelo como muestra de agradecimiento. Mi subconsciente no quería que me rindiera, me recordaba a menudo que todavía quedaba gente buena en este mundo, y que esa gente buena me necesitaba.

Dormí toda la noche y también parte del día siguiente. Cuando me desperté, el gran reloj de pared que quedaba justo enfrente de mí me indicó que eran pasadas las tres de la tarde. Reuní todas mis fuerzas para incorporarme. El dolor que se extendía por cada uno de mis músculos era aún peor que la noche anterior. Mi cuerpo me pedía reposo, seguir durmiendo hasta encontrarme mejor, pero yo sabía que, si lo hacía, la recuperación sería más lenta, tenía que moverme. Y tenía que comer.

Cojeando, me dirigí hacia el lavadero y cogí un camisón del montón de ropa planchada con el que cubrirme. Cuando salí al vestíbulo para dirigirme a la cocina la visión de mi pequeña mochila marrón hizo que me detuviera. Sin prisa, me acerqué para cogerla, la abrí y saqué de dentro el objeto por el que me había jugado la vida una vez más. Se trataba de una calavera de ónice un poco más grande que mi mano. Tenía las cuencas de los ojos rellenas de cuarzo y toda su superficie había sido grabada con relieves de flores, hojas y distintas formas geométricas. Era una auténtica obra de arte, una pieza única que en cuanto me encontrara mejor devolvería a su legítimo lugar. “Vale la pena”, pensé acercándola un poco para verla mejor, “no pienso dejarlo”.

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¿Has adivinado de qué personaje se trata? Si quieres confirmar su identidad puedes mandarme un DM a mi cuenta de Twitter @arirsoler.

 

17 de agosto de 2020

El pueblo sin rostro

Cuando Luna se despertó un intenso aroma a café inundaba toda la casa. Sin tiempo que perder, se levantó de la cama y se sujetó la media melena en una cola alta mientras salía de su habitación para dirigirse al comedor. Una vez allí encontró a sus abuelas, que estaban terminando de desayunar.
—Buenos días —la saludó su abuela Rosa mirándola por encima de las grandes gafas que se ponía para bordar. Que las llevara significaba que estaba trabajando en algún encargo.
—Hola —le devolvió el saludo Luna mientras bostezaba.
Su bisabuela Pilar le trajo una taza humeante que dejó encima de la mesa, tras lo cual le dio un beso en la frente.
—Ayer llegaste tarde —empezó Pilar.Luna le dio un buen sorbo al café antes de responder.
—Sí, la película se alargó un poco y luego nos quedamos hablando.
—¿Estabas en casa de Paula? —quiso saber su abuela.
—No, en la de Dani.Ante la mirada acusadora de sus abuelas, la joven se apresuró a ampliar su explicación.
—Fuimos unos cuantos y estaba el padre de Dani. Mamá me dio permiso.
—Está bien, está bien… —aceptó Rosa.
—Oye, ¿y qué tal con Paula? ¿Le gustó la bufanda? —preguntó Pilar para cambiar de tema.
—Pues no ha venido en toda la semana, la profe nos ha dicho que está enferma.
—¿Y qué tiene? —se interesó Rosa.Luna se encogió de hombros.
—¿Todavía no os habláis?
—No.
—Mándale un mensaje de esos con el móvil y así seguro que arregláis las cosas —propuso Pilar.
—Ya lo hice y no me ha contestado.
—Bueno, dale tiempo. —le aconsejó Rosa.
Por toda respuesta Luna suspiró profundamente y permaneció en silencio mientras sus abuelas comentaban lo que harían durante la jornada. Dándose cuenta de que Luna no estaba muy animada, Pilar le hizo un ofrecimiento que sabía que la alegraría.
—Si quieres, cuando terminemos de desayunar te cuento una historia.
—Vale… —aceptó Luna menos ilusionada de lo que Pilar hubiera querido.
—¡Solo si quieres!
—Sí, sí que quiero.

En cuanto acabaron, recogieron la mesa ente las tres y Rosa se fue a trabajar en el pedido que tenía que entregar a mediados de la siguiente semana. Pilar y Luna se sentaron en el pequeño comedor y ni siquiera se molestaron en encender el televisor.
—Veamos… Sí, te contaré la historia de la Caja de Pandora —decidió Pilar.
—Esa ya me la sé. Forma parte de la mitología griega. Era la caja que Zeus entregó a Pandora como regalo “maldito” de boda y que contenía todos los males de este mundo —se apresuró a avisarla Luna.
—Bueno, esa es la versión que cuentan los humanos. Y como de costumbre, está mal. En realidad Pandora no es una mujer, sino un lugar.
Ante esa afirmación Luna interrogó a su bisabuela con la mirada, por lo que Pilar prosiguió con la historia.
—Como sucede en todas las comunidades, hay quién no está dispuesto a seguir las normas de convivencia establecidas.
—Te refieres a gente mala.
—El bien y el mal son conceptos bastante subjetivos… pero digamos que sí. Y como podrás adivinar, para los seres que los humanos llaman sobrenaturales, las cárceles convencionales no sirven.
—Entonces, ¿Pandora es una especie de prisión mágica?
—Es exactamente eso. La crearon hace siglos para retener a una hechicera llamada Nihair. Ella era una mujer sin rostro.
—¿Qué significa eso? —preguntó Luna con impaciencia.
—Cuando empezó a verse mal que los magos y los hechiceros usaran humanos como esclavos…
—¿¡Cómo!? —exclamó Luna, incrédula, interrumpiendo a su bisabuela.
—Sí, bueno… Hubo un tiempo en el que los humanos no eran considerados… digamos que… no tenían muchos derechos.
—Es horrible —afirmó Luna cruzándose de brazos.
—La historia está llena de atrocidades, Luna.
—Eso no lo justifica.
—El caso es —continuó Pilar encauzando la conversación a pesar de la indignación de la joven —que cuando se dejaron de utilizar humanos se crearon “ayudantes”. Se trataba de una versión bastante más avanzada de gólems, hechos con todo tipo de materiales, de piedra, madera, carbón… Incluso se dice que hubo una maga que hizo uno de agua. ¡Ja! Yo eso nunca me lo he creído.
Estos sirvientes se hicieron muy populares, en cuestión de meses había un par en todos los hogares donde se practicaba el arte de la magia. Y cada vez estaban más logrados, hasta el punto de que costaba diferenciar su comportamiento del de los simples humanos. Aunque eso sí, su aspecto era muy distinto, ya que no tenían piel ni tampoco rostro. Simplemente no hacía falta. Los gólems animados solo necesitaban ver y oír, así que les colocaron cuatro orificios que les servían a tal efecto. Nada más. No tenían boca, nariz ni rasgos y, a excepción de su materia prima, todos eran completamente iguales.
—Espera, has dicho que Nihair era una hechicera y que era una mujer sin rostro. No lo entiendo. ¿Era gólem o humana?
—Nihair no era una cosa ni la otra y, a la vez, era las dos.


Luna hizo un gesto con la cabeza indicando a su bisabuela que aquella respuesta la había confundido todavía más. Disfrutando visiblemente del interés que había despertado en la joven, Pilar prosiguió con la explicación.
—Querían que los gólems fueran cada vez más eficientes, así que se les dotó de consciencia, de sentimientos, de la capacidad de aprender... Y vaya si aprendieron. Se pasaban las jornadas ayudando a todo tipo de practicantes de magia, absorbiendo sus conocimientos, reteniendo sus mejores trucos y analizando sus errores. Además empezaron a intercambiar información entre ellos y a hacer una especie de comunidad. Estaban creando su propio pueblo y no les parecía justo el trato que recibían de sus creadores. Sentían que los menospreciaban y que estaban continuamente explotados.
Nihair fue la clave para todo lo que vino después. Encontró la manera de parecer completamente humana, con piel, facciones y, lo más importante, liberada de las cadenas que la ataban a su creador. Ya no era una cosa animada sometida a la voluntad de un ser “de verdad”, se convirtió en la primera mujer sin rostro. Y no descansó hasta que la mayoría de los suyos fueron como ella y se rebelaron. Cegados por la promesa de libertad, el pueblo sin rostro protagonizó una auténtica masacre, asesinando a miles, muchos de ellos, inocentes. Sus crímenes solo cesaron cuando la comunidad logró crear Pandora y encerrar dentro a Nihair.
Sin la ira, el odio y el poder que su líder les infundía, el pueblo sin rostro fue derrotado y exiliado. Y a pesar de que hace ya centenares de siglos de todo esto, aún resulta muy difícil encontrarse con uno de ellos. Hay quién dice que se han extinguido. Otros afirman que están esperando pacientemente el momento adecuado para liberar a Nihair y por fin obtener la venganza que se les negó.
—¿Tú crees que aún existen? —preguntó Luna un poco asustada.
—Una vez me adentré demasiado en las montañas y los vi.
—¿En Luna llena?
—Sí. Y créeme, no es agradable toparse con ellos, casi no salgo con vida.

Luna se moría de ganas de saber más acerca de las incursiones de la manada en las noches de transformación, pero sabía que era un tema delicado y su madre le había prohibido tajantemente halar de ello. Tampoco quería incomodar a su bisabuela, así que, muy a su pesar, decidió dejar el tema y volver a la historia que le estaba contando Pilar.
—Entonces… —empezó la joven— si el pueblo sin rostro todavía existe, ¿significa que Nihair también encontró la manera de que los gólems pudieran tener hijos?
—De hecho la historia dice que Nihair fue encerrada poco después de dar a luz, y que su estirpe ha perdurado a lo largo de los años hasta nuestros días. Supongo que por eso la comunidad tuvo miedo y escondió Pandora lo mejor que supo. Embrujaron la cárcel, la metieron en una pequeña caja oscura y le asignaron un protector que se encargaría de que no estuviera mucho tiempo en el mismo lugar. A lo largo de la historia la han usado una decena de veces, como último recurso, y ningún ser ha salido nunca de ella.
—¿Toda la prisión está dentro de una cajita?
Pilar movió afirmativamente la cabeza, a modo de respuesta.
—¿Y qué pasa si la roban? —quiso saber Luna un tanto alterada.
—No te preocupes, está a cargo de un mago muy poderoso. Para robarla tendrían que matarlo y eso es prácticamente imposible. Además, solo unos pocos elegidos saben quién es y dónde está.


19 de julio de 2020

El cielo, el Sol, la Luna y las estrellas

>> Relato seleciconado para la segunda edición de la antología Orgullo Zombi, disponible en Amazon, LEKTU y audiolibro.
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12 de enero de 2033
Hace cinco días que Olga se marchó. Discutimos y la mandé a la mierda. Espero que pronto se dé cuenta de que lo primero debe ser la supervivencia, por encima del amor. ¿Es que soy el único cuerdo que queda en este mundo?
No sé por qué he desenterrado este viejo diario. Supongo que la situación me ha recordado a los confinamientos de 2020 y 2021. Por aquel entonces apenas era un adolescente, y lo único que me preocupaba era que nos hicieran volver al instituto. Y que mantuvieran abierta la piscina comunitaria, eso también. Me importaban una mierda el COVID y las medidas de seguridad que había impuesto el gobierno. Hasta que mi abuelo lo pilló y nos dejó. Ahí empecé a entender que no somos inmortales y que esta funda blanda en la que habitamos es mucho más frágil de lo que parece. Ante esa certeza no supe con quién hablar, así que empecé a escribir en esta libreta roñosa. 
Ahora estoy incluso más jodido que entonces. No sé si escribir me va a servir de algo, pero al menos tú no me dirás que soy un cobarde, un egoísta y que nunca te he querido.

16 de enero de 2033
El teléfono de Olga ha dejado de dar tono. Quizás me ha bloqueado con alguna de esas apps de mierda que algún insensible ha creado sin saber lo que es estar preocupado por alguien. Por el canal de televisión en el que aún siguen emitiendo no paran de repetir que no salgamos de casa. Menudo consejo de mierda… Solo hace falta escuchar los gritos de la calle para saber que no hay que salir. 
Hace dos semanas que el ejército no trae comida y no sé hasta cuándo va a aguantar mi despensa. Suerte que fui previsor y llené la casa de conservas, comida congelada y, sobretodo, papel higiénico. Olga debería haberse quedado.

6 de febrero de 2033
Cuando empecé a ver stories de Instagram con imágenes de esos hijos de puta decidí que debía asegurar todas las ventanas del piso. Así que, a pesar de las protestas de Olga, las tapé una por una con estanterías, mesas, sillas… lo que encontré. Hoy un pequeño rayo de sol se ha abierto paso para posarse en mi frente y me he tirado una hora llorando. Quiero ver el cielo. Quiero ver el Sol, la Luna y las estrellas. Quiero que todo vuelva a ser como antes de que otro virus se les escapara y nos jodiera la vida.

7 de febrero de 2033
Tengo una resaca de mil demonios. Soy gilipollas.

14 de febrero de 2033
Esta mañana había algo en mi rellano. Me ha dado miedo acercarme para ver qué era pero te aseguro que había alguien arañando mi puerta. ¿Y si era Olga? ¿Y si se ha infectado?

23 de febrero de 2033
Por fin el ejército ha traído provisiones. Han venido un total de cinco personas y el que parecía el cabecilla del grupo se ha encargado de explicarme el sacrificio que han tenido que hacer para llegar hasta mí. No he sabido qué responderles. Siento que su compañero haya muerto pero es su trabajo protegernos. Alguien como yo no dudaría ni cinco segundos en la calle. ¿Qué esperan que haga? No creo que vayan a volver, así que me tocará calcular hasta cuándo puedo aguantar con la comida que tengo. No debería haber permitido que Olga se llevara el gato. Tú no viste la rabieta que se pilló... Y eso que entonces lo de comérmelo lo decía más bien en broma…
Por si te lo preguntas, NO. Los cabrones del ejército no han traído alcohol.

2 de marzo de 2033
Hace dos días que no funciona internet. Creo que lo han cortado. Y es jodidamente perfecto porque la semana pasada me cobraron la factura. Este es el tipo de compañías que nos han llevado hasta aquí. He intentado llamar al servicio técnico pero no contestan al teléfono. ¿Y quién iba a contestar? ¡Estamos en medio de un puto apocalipsis zombie! Digo yo que alguien debe de girar las facturas... Qué harto estoy de todo esto…

7 de marzo de 2033
Sigo sin internet y hoy también han cortado la luz. Espero que lo siguiente no sea el agua… No sé cómo coño voy a cocinar toda la comida que se empieza a estropear en la nevera y en el congelador. Casi puedo oír cómo empieza a pudrirse.

9 de marzo de 2033
Aunque casi quemo el piso entero, me las voy arreglando para que la comida no se eche a perder. Estoy quemando, ahumando y salando todo lo que puedo para que se conserve. Me da miedo abrir el congelador. A estas alturas debe ser todo agua.

11 de marzo de 2033
Mi estudio convertido en vertedero apesta de una forma que me remueve el estómago. Sigo sin abrir el congelador y creo que así se va a aquedar. Aún hay agua corriente y me quedan algunas latas en la despensa. He descubierto que si dejo el arroz o la pasta en remojo el tiempo suficiente también se deja comer.

15 de marzo de 2033
Los arañazos en la puerta han vuelto y esta vez me he obligado a acercarme. Por la mirilla he podido ver que se trataba de Olga. O lo que antes era Olga… Cuando la he visto he ahogado un grito dando un respingo y esa cosa se ha puesto como loca. Ha empezado a chillar y a golpear la puerta con la cabeza. Me he asustado y me he alejado corriendo para encerrarme en el baño.


20 de marzo de 2033
Es la segunda vez que intento suicidarme. Ayer me tragué todos los medicamentos que tengo en casa y solo he conseguido cagarme encima mientras vomitaba. Nunca había tenido la cabeza metida en el váter durante tanto tiempo, ni siquiera al principio de toda esta mierda, cuando intenté matarme a base de whisky. Esta mañana me he despertado con una sensación tan espantosa que no sé ni cómo describírtela. A ver cómo coño limpio el desastre que he dejado en el baño… debí hacerle caso a Olga y alquilar ese apartamento de la zona alta con dos aseos. 
Qué mierda todo.

1 de abril de 2033
Olga ha vuelto otra vez. Aunque no me atrevo a acercarme a la puerta, sé que es ella. ¿Y si el otro día se alteró tanto porqué me reconoció de algún modo? ¿Crees que aún le queda algo de humanidad? ¿Viene aquí casi cada día porqué quiere estar conmigo o porqué sabe que hay comida?

6 de abril de 2033
A pesar de que me repito una y otra vez que para Olga solo soy un cerebro vivo al que hincarle el diente, no puedo evitar pensar que quizás haya algo más. ¿Tan malo sería volver a su lado?


11 de abril de 2033
Han cortado el agua. Tengo un par de cubos llenos de pasta y arroz en remojo pero no sé qué coño voy a hacer ahora.

17 de abril de 2033
El congelador ha reventado y se ha desparramado toda el agua que contenía. El olor que sale de la cocina es nauseabundo. Y la sed que tengo hace que la situación sea todavía más grotesca.

19 de abril de 2033
Esta tarde me he tirado dos horas con un cuchillo en la mano observando las líneas azules que recorren mis brazos. En las películas todo parece tan fácil… Olga tenía razón, soy un puto cobarde.

23 de Abril de 2033
Llegados a este punto solo veo un modo de volver a vivir. Quiero ver otra vez el cielo, el Sol, la Luna y las estrellas. No sé si después de esto aún querré ver los astros, ni siquiera si sabré lo que son. En realidad lo que tengo que hacer es sencillo. En realidad, solo tengo que abrir la puerta y, como siempre, Olga hará el resto.


1 de julio de 2020

La caja de Pandora

Todo el mundo sabe que en el funeral de un mago se desborda todo menos la pena, y aunque Yirel conocía aquél dicho, eso no la preparó para lo que se encontró en el piso que aún era de su tío. De pie en el rellano con las llaves en la mano, se detuvo unos instantes para pensar si debía o no entrar, pero antes de que acabara de decidirse, la puerta se abrió bruscamente y unos largos tentáculos tiraron de ella obligándola a cruzar el umbral. Estaba dentro y no podría salir de allí hasta el amanecer, o hasta que la despensa de objetos mágicos de su tío quedara vacía, lo que pasara primero.

Aturdida por el espectáculo de luces que alguien había conjurado en el techo del abarrotado comedor, trató de abrirse paso hasta la cocina para servirse un vaso de agua. Apenas logró dar dos pasos antes de que la empujaran en la dirección contraria. Cuando quiso darse cuenta estaba en medio de un corrillo de jóvenes que se entretenían jugando a “Información o transformación”. Uno de ellos tenía las orejas tan grandes que podría haber salido volando por la ventana más próxima, mientras que a otra le habían hinchado los pechos exageradamente. Poniendo los ojos en blanco, esquivó un hechizo que le hubiera dejado la lengua como la de un oso hormiguero, y se alejó de allí tanto como pudo. Hasta que se paró para observar a su alrededor en busca de Kalep.

De repente alguien chocó contra su espalda, tirándole un buen chorro de algún líquido que pronto le mojó el culo. Se giró malhumorada para ver quién había sido, y descubrió que se trataba de Nadia, la hechicera con la que últimamente iba su amigo Kalep.
–¡Perdona! –grito la chica para hacerse oír por encima de la multitud.
–No pasada nada… –le respondió ella disimulando su enfado.
Yirel pasó su mano por los tejanos mojados, secando la tela azul centímetro a centímetro. A pesar de que aquello no quitaría la mancha, al menos no tendría que ir con el culo mojado toda la noche. Ignorando que Nadia tenía los ojos hinchados y enrojecidos, le preguntó por su amigo.
–¿Dónde está Kalep?
La joven contrajo la cara en un gesto de rabia, y se llevó el tarro que tenía en la mano medio vacío a los labios. No respondió hasta haberlo vaciado del todo.
–¡Ahí lo tienes! –Exclamó con desdén señalando a lo lejos con la barbilla.
Mirando hacia el lado que Nadia había señalado, encontró a un lobo montando a una oveja, en un rincón bastante bien iluminado. Aquello era típico de Kalep. Y aunque empezó a negar con la cabeza con desaprobación, no pudo evitar que una sonrisa se le escapara. Se volvió hacia Nadia para tratar de excusarse, y la encontró mirando a la nada, con los ojos velados y una expresión bobalicona en el rostro. “Cuánto mal han hecho las pociones Resbalatodo”, pensó.

Dirigiéndose hacia su tía, la “bar-bruja” que llevaba toda la noche removiendo por turnos diez pequeños calderos burbujeantes, le llamó la atención una figura encapuchada que estaba entrando en el comedor. Venía del pasillo que daba a las habitaciones y parecía llevar la misma trayectoria que ella. “¿Cómo ha entrado ahí?”, se preguntó Yirel, “Esa zona debería estar sellada…”. Aceleró el paso apartando la gente a codazos con urgencia. No tardó en alcanzar a la figura por detrás y retirarle la capucha de un tirón. El hombre de pelo oscuro se volvió hacia ella para ver quien había tenido la osadía de tocarlo. Y cuando Yirel vio su rostro, se le heló la sangre en las venas. El hombre aprovechó la confusión de la joven para alejarse rápidamente, entendiendo que lo había reconocido, pero Yirel reaccionó y enseguida se lanzó a perseguirlo.


Lith, la tía de Yirel, no tardó en darse cuenta de que algo no iba bien. Intentó localizar a su sobrina escrutando la sala, y en su lugar encontró a alguien que la dejó totalmente fuera de combate. Se trataba de su difunto marido Edmon. “No puede ser, es imposible… A menos que…”, pensó la mujer frenéticamente, atando cabos. Sin preocuparse de lo peligroso que era realizar la traslación en un espacio cerrado abarrotado de gente, susurró unas palabras en lengua arcana y apareció justo delante del impostor, empujando bruscamente a una pareja que se estaba besando con pasión. Sin preocuparse de las quejas de los enamorados, Lith cogió del brazo a aquella abominación y lo zarandeó bruscamente acercándose a su rostro.
–¡Esta cara no es tuya! ¡¿Qué más quieres?! ¡¿Qué haces aquí?!
El hombre trató de liberarse de la bruja, girándose con fuerza. Justo en ese momento Yirel los alcanzó.
–¡No tienes escapatoria! –chilló la joven.
Viéndose acorralado, el hombre sacó de debajo la túnica una pequeña caja oscura y la alzó en alto para que sus captoras la vieran. Yirel no reconoció el objeto, pero Lith palideció y le soltó.
–Está bien. ¿Qué quieres? –le preguntó la bruja con rabia.
Antes de que él respondiera, Yirel lo atacó lanzándole un hechizo paralizante que afectó también a los dos chicos que el hombre tenía detrás. Incapaz de controlar su cuerpo, el impostor soltó la pequeña caja oscura, que se precipitó hacia suelo. Solo los rápidos reflejos de Lith impidieron que ésta cayera y se hiciera pedazos. La bruja se dio de bruces contra la superficie de piedra pulida, y Yirel la ayudó a levantarse. Para cuando volvieron la atención hacia el intruso éste ya había desaparecido. No lo encontraron vaciando la sala a golpe de portal, ni tampoco rato después, tras inspeccionar todo el piso. El sol despuntaba cuando se rindieron y se dejaron caer, exhaustas, en el gran sofá que dividía el comedor en dos.

–¿Qué es lo que ha pasado? –preguntó Yirel tratando de contener las lágrimas.
–Si supieras… –empezó su tía con un suspiro –alguien quiere robar la caja de Pandora… y si lo consigue… –Lith levantó la caja oscura que aún sostenía entre sus manos–  bueno, es mejor que no lo consiga…
–Era él…
–No. Solo llevaba su piel.

14 de junio de 2020

Tiris

Cuando Tiris paseaba por el mercado de la gran ciudad de Bridan todo el mundo se fijaba en ella. Le pasaba ya de niña, años atrás, y ahora que era una mujer a punto de desposarse era aún peor. Su futura suegra siempre le decía que su larga melena azabache y sus preciosos y grandes ojos redondos levantaban las pasiones del pueblo. Ella sabía que en realidad siempre la habían rechazado porque, simplemente, era diferente. Una extranjera. Tiris se había pasado la vida tratando de pasar desapercibida, pero el destino la obligaba a ser el centro de atención una y otra vez.

Todo empezó el día en que sus padres firmaron la paz con el pueblo blando. El palacio del rey Rakner se llenó de los que ciclos atrás eran sus enemigos. Y recelosos como solo el pueblo blando puede ser, exigieron un enlace nupcial para aceptar la tregua. Cuando Tiris fue elegida de entre las numerosas hijas de Rakner se esforzó por aparentar que se sentía afortunada. Aunque la cruda realidad fuera que su propio padre la había seleccionado para mandarla como rehén a una tierra extraña. Y que su madre, la altiva reina Shuu, no pudiera contener las lágrimas el día que se la llevaron no ayudó a mejorarlo. Al despedirse, la mujer le dijo que nunca olvidara quién era ni de dónde procedía, y Tiris se repitió esas palabras mientras dejaba atrás la cordillera que delimitaba su hogar.

A pesar de todo, la vida en Bridan resultó más agradable de lo que Tiris había imaginado. Su futura suegra se esforzaba por ser lo más parecido a una madre que podría tener en aquel lugar y había forjado una cierta amistad con el  príncipe que pronto sería su esposo. Todos en el palacio la trataban con amabilidad, pero detrás de sus sonrisas y en el fondo de sus miradas Tiris distinguía algo más, una sombra que le recordaba constantemente que ella no pertenecía a aquel mundo. Y esa sombra se volvía mucho más densa y evidente cuando se trataba de sus futuros súbditos. Al principio Tiris pensó que era normal que la trataran con desconfianza, ya que ella tampoco se sentía cómoda entre esas gentes. Ahora sabía que por más que pasaran los años la sombra no desaparecía.

Una noche cualquiera la despertó el gran revuelo que se había formado en los pasillos de palacio. Envolviéndose en su capa salió de su habitación aún medio dormida y tuvo que apartarse para no chocar contra un sirviente que corría hacia la alcoba de los reyes. Restregándose los ojos con ambas manos, siguió sus pasos sin prisa, hasta cruzar el umbral de la majestuosa puerta que separaba el pasillo del dormitorio de sus futuros suegros. Una vez dentro, un grito desgarrador hizo que se detuviera. La habitación estaba repleta de gente y aunque Tiris intentó hacerse a un lado para que nadie se fijara en ella, una acusación se lo impidió.
–¡Tú! –gritó la regente con los ojos desorbitados y dirigiendo un dedo acusador hacia ella.
–Mamá, por favor, Tiris no tiene nada que ver… –intercedió el príncipe recorriendo la corta distancia que lo separaba de su madre para abrazarla. La mujer rompió a llorar nerviosamente.
Tiris no comprendía lo que había pasando, hasta que la reina se apartó de su lecho y pudo ver cómo las sábanas de seda blanca se habían teñido de un rojo oscuro. El rey yacía inerte en la cama con el cuello rajado. Alguien había tenido el detalle de cerrarle los ojos.

Casi todos los presentes dirigieron su mirada acusadora hacia la joven extranjera. Asustada, Tiris se dispuso a justificarse, pero sabiendo que no le serviría de mucho, deshizo sus pasos hacia el pasillo y se encerró en su habitación. Debía esforzarse por mantener la calma y pensar muy bien lo que haría a continuación. <<No olvides quién eres ni de dónde procedes>>. Las palabras de su madre volvieron a su mente y no le costó mucho decidir que debía huir. 


Así que abrió con impaciencia el baúl que tenía a los pies de su cama, sacó la ropa con la que había llegado a la capital hacía ya seis años y se vistió comprobando que aún le valía. Sin tiempo que perder, se descolgó por un árbol que quedaba delante del balcón de su habitación y se escurrió por el gran jardín real. Sabía que el príncipe iría a su habitación tarde o temprano para ver cómo estaba, así que no tenía mucho tiempo antes de que ordenaran su detención. A pesar de que era inocente, sabía que de ningún modo lograría convencer al pueblo blando.

Como la muerte del rey aún no había trascendido, pudo salir sin problemas hacía el casco antiguo de la ciudad, y también más allá de las murallas que la rodeaban. Cuando por fin se permitió detenerse unos instantes, agotada, ya era prácticamente de día y un profundo valle se abría ante ella. Sin demorarse demasiado, enseguida reemprendió la marcha y aún continuó huyendo durante tres jornadas más. Hacía el atardecer del cuarto día por fin llegó al otro extremo del valle y enfiló el camino hacia lo que le había parecido la más alta de las montañas que lo rodeaban. Siguió un estrecho camino que subía por esa pronunciada pendiente, hasta que encontró una abertura en la roca que se abría a su derecha. Tuvo que pensárselo un par de veces antes de entrar. No le gustaba la idea de meterse en el primer agujero que había encontrado, pero necesitaba desesperadamente descansar un poco y aquél no parecía un lugar en el que buscar a una princesa. Así que se detuvo, miró a su alrededor para asegurarse de que nadie la veía y se adentró por un túnel que parecía no tener fin.

A cada metro que recorría el terreno se hacía más escabroso y la temperatura ascendía hasta hacer que le faltara el aire y se le perlarla la frente. Justo cuando empezaba a plantearse dar media vuelta, le pareció ver una tenue luz, así que decidió seguir adelante. Tuvo que caminar aún un buen rato antes de llegar a una gran caverna. Había varias antorchas que iluminaban el lugar y lo que encontró la sorprendió tanto que se quedó paralizada unos instantes. La estancia estaba llena de tesoros. Montones de monedas de oro se alzaban allá donde mirara y había varios cofres rebosantes de gemas preciosas, perlas y joyas. Avanzó unos pasos para coger una gema roja y la inspeccionó a contraluz. El tacto frío de la piedra entre sus cálidos dedos la trasladó muy lejos de allí, más allá de los bosques de Gornik, del mar Pétreo y de la Costa Oscura. La interminable cordillera que protegía el majestuoso palacio del rey Rakner se dibujó nítidamente delante de ella. Su hogar. Sus padres tenían una estancia muy parecida a esa, donde guardaban sus mayores riquezas. Toda la añoranza que había estado reprimiendo durante esos años la asaltó de repente. Soltó la gema que había estado aferrando en su mano, se derrumbó delante de una columna y empezó a sollozar.

Alertada por un movimiento cercano, levantó la cabeza moqueando y miró a su alrededor. Lo describió medio oculto entre las sombras y supo que debía de llevar un buen rato observándola. Se levantó tan rápido como le permitieron sus piernas e intentó retroceder, pero la columna en la que había estado apoyada la detuvo bruscamente. A pesar del miedo que la invadió, sus grandes ojos dorados adquirieron un brillo especial, casi resplandeciente. Se sintió aliviada al pensar que, quizás, por fin había encontrado su lugar.


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¿Quieres saber cómo continúa la historia de Tiris? Pues aquí te dejo el enlace del primer relato que publiqué en este blog “Ojos dorados”.

25 de mayo de 2020

Celeste

Estaba tan nerviosa que no podía dormir y el calor que hacía no ayudaba en absoluto. Volví a mirar la esfera luminosa que llevaba en la muñeca, para comprobar que ya había pasado otra hora dando vueltas en la cama. Mi almohada estaba empapada y la ancha camiseta que llevaba a modo de pijama empezaba a pegarse a mi piel. Decidí levantarme y darme una ducha bien fría, mientras intentaba no pensar en el algoritmo que se estaba ejecutando en mi seminuevo y recién adquirido ordenador. Me dispuse a lavarme el pelo y me di cuenta de que ya empezaba a tener melena, a pesar de que cuando vine a vivir a California me lo había cortado mucho. Sonreí al pensar lo que hubiera opinado mi madre de haberme visto recién salida de la peluquería, “lo llevas como un chico”, me hubiera reprochado sin más.

Dejé que el agua helada recorriera mi cuerpo unos minutos, ignorando las mil agujas imaginarias que sentía clavándose en mis brazos y mis piernas. Cuando terminé me envolví en la gran toalla azul que había colgada a mi derecha, y apenas pude esperar a secarme del todo para salir del baño y acercarme a mi escritorio. Una vez delante de la ancha pantalla, cogí el ratón y lo moví tres veces de un lado al otro. Una fuerte luz blanca me iluminó el rostro y enseguida pude ver cómo el contador seguía avanzando. Para mi alivio no se había producido ningún error.

Respiré hondo, tiré la toalla al suelo y me puse una camiseta de tirantes ajustada y unas bragas cómodas. Me metí de nuevo en la cama sin dejar de pensar en que mañana sería uno de los días más importantes de mi vida. “Pero solo si el algoritmo de búsqueda está bien”, me recordé. Me lo jugaba todo a una sola ejecución y esa falta de control me ponía de los nervios. Llevaba semanas perfeccionando el algoritmo añadiendo parámetros, ajustando constantes y minimizando el margen de error. Me había quedado sin tiempo y tenía que presentar los resultados o todo el trabajo que había hecho durante ese año no serviría para nada.

Con cada nueva versión mejorada, el algoritmo tardaba aún más en ejecutarse. Había calculado que esa vez, con el nuevo ordenador a pleno rendimiento, necesitaría veintinueve horas, treinta minutos y cuarenta segundos. Esperaba, o más bien necesitaba desesperadamente, que no hiciera falta mucho más tiempo. Si todo iba bien acabaría hacia las ocho de la mañana, que en París serían las cinco de la tarde. El plazo se cerraba a las seis, así que no tenía mucho margen. Intenté tranquilizarme repitiéndome que todo saldría bien, aunque no me podía permitir creérmelo del todo. Al final decidí poner un documental sobre tiburones y la gran barrera de coral para distraerme, y al cabo de poco, me dormí sucumbiendo a la voz grave, sosegada y profunda del narrador. Siempre funcionaba.


A la mañana siguiente abrí los ojos antes de que sonara el despertador. Sin tiempo que perder, salté de la cama y me acerqué a mi mesa de trabajo para mover el ratón frenéticamente mientras la pantalla del ordenador se encendía. Al ver que la ejecución se había completado sin errores ni avisos, pegué un salto mientras chillaba de emoción. Menos mal que estaba sola. Abrí el informe de resultados que se había autogenerado dirigiéndome directamente al final de todo: solo quería ver si había un uno. Lo había. Pegué otro salto y le di al botón de enviar resultados. Ya estaba, lo había conseguido.

Feliz como hacía años que no me sentía, me preparé un café largo con la leche bien fría y me senté delante del ordenador rodeado la taza con ambas manos. No podía parar de felicitarme mentalmente una y otra vez por lo que había hecho; había descubierto un planeta, no era para menos. Mi algoritmo había analizado una cantidad ingente de imágenes del espacio, había descartado millones de millones de cuerpos celestes y había encontrado un planeta que, por sus características, era candidato a albergar algún tipo de vida. No podía estar más emocionada, mi tesis doctoral se escribiría sola.

Recordé con cariño las innumerables horas que había pasado de niña mirando al cielo, buscando algo que nadie más hubiera visto antes en medio de esa imponente oscuridad. Entonces soñaba con ponerle mi nombre a un planeta, ahora quería ponerle el de mi madre, a la que tanto echaba de menos. Me emocioné. Sabía que ella hubiera estado orgullosa de mí. Aunque hubiera tenido que explicarle un par de veces cómo se puede descubrir un planeta desde un ordenador, sin ni siquiera mirar por la ventana.

En apenas media hora un agudo pitido interrumpió mis pensamientos. Había un nuevo correo electrónico en mi bandeja de entrada. Al ver que se trataba del Departamento de acciones colaborativas de la Agencia Espacial Europea, lo abrí al instante y lo leí ansiosa. El email empezaba agradeciéndome haber participado en la campaña. Al parecer éramos 93 los usuarios que habíamos mandado resultados válidos, desde diez países europeos distintos.

Pero mi alegría inicial se extinguió tras leer el párrafo siguiente. Tuve que releerlo dos veces más para asimilar lo que decía. Habían detectado que mis resultados se habían mandado desde San Francisco, California, por lo que no podían aceptarlos aunque fueran prometedores. Los tratados internacionales les prohibían utilizar resultados procedentes del exterior de la Unión Europea, así que habían procedido a eliminarlos. Sin más, se despedían agradeciéndome mi esfuerzo y animándome a seguir participando en la comunidad científica.

Me levanté sin poder contenerme. Cogí el teclado que tenía delante con fuerza y lo golpeé contra la pantalla con tanta rabia, que se le saltaron las teclas.

10 de mayo de 2020

Annabella

Había tenido un día horrible y la discusión con Jaime no había ayudado, pero por fin estaba en casa y era viernes. Se quitó el sujetador que se le había estado clavando en el costado, se desmaquilló y se recogió su larga e indomable melena castaña en un moño. Mientras se miraba en el espejo repasando las marcas de cansancio en su rostro decidió que se daría un baño. Abrió el grifo de manera que saliera el agua lo más caliente posible y puso el tapón en su sitio. Se desnudó rápidamente y se metió dentro de la bañera, dejando que el agua humeante deshiciera sus preocupaciones. Pronto la invadió una profunda sensación de sueño.

Considerando que la bañera ya estaba lo suficientemente llena, cerró el grifo con el pie, se sumergió hasta la cabeza y volvió a emerger a la superficie para cerrar los ojos y tratar de dejar la mente en blanco. Se concentró en su respiración, esforzándose por reducir su ritmo cardíaco. De repente una imagen azotó su mente. Era una chica joven con el labio partido que lloraba desconsoladamente. La imagen era tan nítida que parecía que la tenía delante. Y cuando la chica levantó la cabeza y la miró, le dio un vuelco el corazón. Sobresaltada, se incorporó chapoteando con manos y pies, mojando las baldosas del suelo del pequeño baño y mirando a su alrededor frenéticamente. Tras comprobar que estaba sola se obligó a calmarse, repitiéndose varias veces que solo había tenido una pesadilla.

El resto de la tarde transcurrió con normalidad y cuando se metió en la cama estaba tan cansada de toda la semana que se durmió enseguida. A la mañana siguiente se despertó habiendo dormido más de siete horas, lo que consideró todo un logro. Sin prisa, se desperezó y se dirigió hacia la cocina para servirse un buen baso de zumo de naranja con limón. Se sentía tan bien que decidió mandarle un mensaje a Jaime pero cuando cogió el móvil vio que él se le había adelantado. En la pre visualización del texto pudo leer que  Jaime le pedía perdón y la invitaba a cenar en su casa esa misma noche “para compensárselo”. Con una gran sonrisa en el rostro, Anna le respondió que aceptaba encantada la invitación y que llevaría algo especial para la ocasión.

Tras recoger un poco el piso y poner una lavadora, Anna se enfundó en sus mallas de yoga rojas sin costuras y extendió la esterilla negra que siempre tenía a mano en el comedor. Como se sentía llena de energía decidió hacer una sesión muy dinámica, tras lo cual se estiró para hacer los diez minutos de relajación final. Se tapó con la manta que había preparado, se acomodó el cojín debajo de la cabeza y cerró los ojos concentrándose en respirar lentamente. Despacio, como le habían enseñado en clase, empezó a llevar la atención a las distintas partes de su cuerpo, imaginando cómo éstas se iban destensando: la cabeza, la frente, la mandíbula… hasta llegar a la punta del pie derecho. Y cuando se disponía a devolver el movimiento a sus extremidades para terminar la práctica, un rostro empezó a dibujarse delante de sus párpados cerrados.

Se traba de la misma chica que había visto la tarde anterior, y de la misma escena. La joven lloraba desconsoladamente mientras ella la observaba. Se fijó en sus rasgos. Había algo en ella que hacía que le resultara familiar, como si ya la conociera. Se fijó en las marcas que tenía en la muñeca derecha y en el moratón que asomaba por la abertura del cuello de su camiseta. De repente la joven se secó las lágrimas con ambas manos y alzó la cabeza, dirigiendo sus hinchados y enrojecidos ojos hacia ella.
–Anna… no tengas miedo –empezó la joven–. Tengo que decirte algo…
Anna estuvo tentada de abrir los ojos y levantarse de un salto, pero se obligó a mantener la calma. Aquello era muy real, no podía haberse quedado dormida otra vez.
–Anna… –repitió la chica de los ojos hinchados–. Anna, si duele no es amor. Él no te quiere.
Ante aquellas palabras Anna notó cómo sus ojos se veían desbordados por las lágrimas que pronto empezaron a precipitarse por sus mejillas. Perdiendo la concentración vio cómo la imagen de la chica empezaba a desvanecerse. Abrió los ojos esperando encontrarla y al descubrir que estaba sola, reprimió un grito en su pecho.
–Espera… –musitó.

Le costó varias horas recuperarse del encuentro. No entendía lo que había pasado y dedicó un buen rato a darle vueltas. O quizás lo entendía demasiado bien y ese era el problema. A media tarde recibió una llamada, precisamente, de la única persona a la que siempre le cogía el teléfono. Y esa vez no se vio capaz de hacer una excepción.
–Niña, ¿estás bien? –le preguntó Luisa, su abuela, a modo de saludo.
Anna se obligó a concentrarse en la conversación, aunque su mente trataba tozudamente de volver una y otra vez al encuentro que había tenido hacía unas horas.
–Sí… –respondió con un hilo de voz.
–Anna, no me mientas.
–¿Por qué me has llamado? –quiso saber Anna reaccionando de repente.
–Creo que has conocido a… alguien…
–Abuela, no entiendo lo que está pasando –confesó la joven empezando a llorar.
–Ay mí niña…
Ante el silencio de Anna, Luisa continuó.
–Las mujeres de nuestra familia tenemos una conexión muy fuerte…
–¿Una conexión?
–Es mejor que nos veamos en persona para hablar de esto.
–No. Necesito respuestas ahora –afirmó Anna sorbiéndose la nariz.
–Está bien… digamos que las mujeres Bentt compartimos un espacio de consciencia.
–No te entiendo…
–Nuestras antepasados pueden comunicarse con nosotras. Si se dan determinadas circunstancias. Y si es necesario.
–¿Quieres decir que la chica que he visto es una familiar nuestra?
–Es Annabella, mi madre –respondió Luisa adoptando un tono más serio.
–Ella no… Ella está… Yo…
–Anna, tenemos que hablar de todo esto. En persona.
–Sí…
–¿Cuándo podemos vernos? 
–No lo sé, yo…
–Está bien, ven cuando estés preparada. Pero prométeme que no te verás con él.
 –No sé de quién me hablas –respondió Anna sin saber muy bien de dónde había salido aquella mentira.
–Sí que lo sabes. Niña, sé lo difícil que es. No es culpa tuya. Todo irá bien…
–Te quiero abuela.
Anna colgó el teléfono sin esperar a recibir una respuesta. La estaban obligando a tomar una decisión imposible. Su teléfono móvil empezó a parpadear. Era Jaime mandándole mensajes, preguntándole qué estaba haciendo y exigiendo saber por qué no le contestaba.