21 de mayo de 2022

Discolora II

>> Este relato está disponible en Lektu, bajo pago social. A continuación encontrarás la tercera parte, y en este enlace las dos primeras: Discolora, pròlogo y asignación.
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Temor

A pesar de que los días que siguieron a aquel punto de inflexión fueron realmente emocionantes, la nueva condición de Hiela se fue normalizando poco a poco. Cada noche, cuando la joven llegaba a casa después de pasar el día en el centro de erudición, le contaba a su madre cómo le había ido el día. A Lera le fascinaban las extravagantes anécdotas de la vida estudiantil de su hija, y le divertía la excitación con la que la joven enumeraba los conocimientos que estaba adquiriendo, tan cotidianos ya para ella. De momento todo lo que le enseñaban era teórico, los cimientos que necesitaba para empezar con las prácticas el año siguiente. Ambas estaban deseando que llegara el segundo curso, donde Hiela empezaría a especializarse. Para alivio de Lera, la joven se estaba adaptando bien a las clases. Saber que había hecho lo correcto llevándola al centro de Pigmea la tranquilizó de sobremanera. Que Pikka fuera la directora hizo que se lo pensara mucho antes de decantarse por esa filial, pero Hiela era su hija, y se merecía la mejor educación que el estado de Irise le pudiera ofrecer.

Una de esas noches, mientras acababan de rebañar el estofado que habían preparado, Hiela adoptó una expresión seria de repente.
—Mamá…
—¿Sí? —le preguntó la mujer, animándola a hablar.
—Hay algo que me preocupa.
—¡Qué seriedad! Me estás asustando.
La joven guardó silencio, debatiéndose entre contarle o no a su madre lo que la inquietaba desde hacía varios días.
—Ya sabes que conmigo puedes hablar de todo. Solo si quieres, sino no hace falta que me lo cuentes —aclaró Lera tratando de ocultar su curiosidad para no asustar a su hija.
Y alentada por las palabras de su madre, al fin Hiela se decidió a sacar el tema.
—¿Qué es una Discolora?
Ante esa pregunta Lera trató de serenarse, y reprimió el chillido que había empezado a asomarse por su garganta. Hubiera estado preparada para responder preguntas sobre temas de chicas, incluso a hablar del género masculino, aunque ella solo hubiera visto un par de hombres en toda su vida. Hasta hubiera preferido que su hija se interesara por cualquiera de los otros elementos que ella aborrecía y que no le importaban lo más mínimo. Todo menos eso.

Lera se obligó a respirar hondo, hasta que al fin logró articular la pregunta que le parecía más lógica, a pesar de que la respuesta importara poco.

—¿Dónde has oído eso? —logró mascullar.
—Te he incomodado —afirmó la joven arrepintiéndose de haber sacado el tema.
—Ya te he dicho que podemos hablar de todo. Dime, ¿quién te ha enseñado esa palabra?
—Una chica mayor, del itinerario del aire.
—¿Y qué es lo que te ha contado?
—Bueno… que hay personas a las que les cuesta gestionar su elemento —farfulló Hiela.
—Dicho así parece que sea algo frecuente, y no lo es en absoluto, te lo aseguro.
—Bueno, yo solo sé lo que me han contado —se defendió la joven.
—¿Y te han contado por qué se supone que les cuesta gestionar su elemento?
—Sí. Porque confunden los colores.
—No. El problema de estos seres es que son de un elemento y quieren ser de otro —explicó la mujer casi escupiendo las palabras.

Una llama de esperanza se encendió en el pecho de Hiela, quien creyó, por error, que su madre empezaba a comprenderla.
—¿Y no podrían elegir? ¿O incluso ser los dos? —se atrevió a preguntar.
Llegando al límite de su tolerancia, Lera no pudo evitar responder usando un tono más brusco de lo que hubiera deseado.
—No. Y eso que dices va en contra de la Diosa Gamma. Si alguien te oyera…
—Solo te estaba preguntando —se apresuró a excusarse la joven.
—Y yo te he respondido.
—Vale. Me voy a dormir —soltó Hiela imitando el tono cortante y seco de su madre.
Sin disimular su enfado, Hiela apoyó ambos pies en el suelo y se empujó para arrastrar hacia atrás la silla en la que estaba sentada. Se retiró de la mesa sin despedirse para perderse por las escaleras que conducían al piso superior. Lera estuvo a punto de seguir a su hija para tratar de suavizar las cosas, y en el último momento, decidió no hacerlo. Aquellas ideas iban en contra de Gamma. Debía ser firme y cortarlas de raíz, por mucho dolor que le causara tratar de una manera tan brusca a Hiela. Su hija era perfecta, era una adepta del agua, la descendiente de una larga saga de eruditas, cada cual más virtuosa que sus predecesoras. No permitiría que nada, ni nadie, pusiera en peligro su condición. Nadie iba a truncar la carrera de su hija, mucho menos una panda de herejes.

Tras unos días de incómodo silencio, la situación entre madre e hija volvió poco a poco a la normalidad. Sin embargo, oculto entre la calma y la cordialidad que se había instaurado entre las dos, Lera estaba segura de que algo no marchaba bien. Hiela estaba distraída, parecía preocupada y cada vez le contaba menos cosas de la academia. Ella había tratado de sacar el tema en más de una ocasión, pero la joven siempre encontraba la manera de evitar responder abiertamente. Al final Lera se olvidó del asunto, achacando los cambios de Hiela a su efervescente adolescencia. Hasta que un aviso del centro de erudición sacó a flote sus peores miedos. Hiela había superado con honores el primer año de formación que compartían las adeptas de todas las ramas, y estaban casi a la mitad del segundo curso cuando la tutora de la joven citó a Lera para comentar, según ella, un tema de vital importancia.

Lera recordaría esos momentos por el resto de su vida. Se sentó en el despacho de la docente a cargo de su hija y todo pasó muy rápido. Empezó por preguntarse por qué la tutora de Hiela era del itinerario más ordinario, el de tierra. Se trataba de una mujer muy delgada, escondida detrás de unas grandes gafas de pasta marrón. Y en cuanto esta empezó a hablar, Lera no pudo hacer más que esforzarse por seguir la conversación que le estaba obligando a mantener.
—Me llamo Tilipa, soy la tutora de Hiela. No te importa que te tuteé, ¿verdad? —empezó la docente tratando de adoptar un tono amable.
Sin dejar espacio para que Lera respondiera, la mujer continuó con su discurso de introducción.
—Te he citado porque Hiela está demostrando tener aptitudes muy sorprendentes —explicó con entusiasmo.
—¿Por qué no la sigue una veterana del camino del agua? —quiso saber Lera.
—Bueno…— titubeó la tutora removiéndose en la silla —de eso precisamente quería hablarte.
Ante el silencio de Lera, Tilipa decidió continuar.
—No es culpa de nadie, cada vez hay más casos como los de Hiela y...
—¿El qué no es culpa de nadie? ¿De qué me estás hablando? ¿No has dicho que Hiela se está desenvolviendo bien? —la interrumpió Lera, empezando a perder los estribos.
—Claro que sí.
—Entonces esto es cosa de Pikka, ¿verdad? Esa amargada no ha superado nuestra ruptura y ahora…
—¡Oh¡ No, no, no, no —se apresuró a aclarar la docente.
—Pues perdóname, pero no entiendo nada.
Armándose de paciencia, Tilipa trató de encontrar la manera más delicada de explicarle a Lera lo que esta insistía en negar.
—Hiela no está siguiendo el camino del agua, ya que ha demostrado tener interés en el de la tierra, y habilidades acordes a ese interés.
—¿Qué estás insinuando? Que mi hija es una…
A Lera se le quebró la voz a media frase. Aun así, se recompuso enseguida.
—Eso no es posible. Y esta conversación se ha terminado. Tú no sabes con quién estás hablando —gritó Lera, amenazando a la tutora.
—Será mejor que quedemos otro día para acabar de hablar de los siguientes pasos —propuso la docente en tono afable.
—Los siguientes pasos ya te los digo yo. Lo que tenéis que hacer es asignarle una tutora de verdad a mi hija. Una que pertenezca al itinerario correcto —exigió Lera.
—Como te he dicho, parece que Hiela…
—Sí, sí, ya te he oído —la cortó la mujer—. No será necesario que TÚ hagas nada. Esto es un malentendido.
—Lera… —quiso contradecirla la tutora.
—He dicho que estás equivocada. Hablaré con Hiela.
Ante la dureza de la mirada que le estaban echando, la tutora se hundió en su silla y decidió no insistir. Había llegado al límite de su capacidad para enfrentarse a aquella mujer. Lera no era una adepta cualquiera, estaba instruida en el itinerario del agua, era militar y, además, era la descendiente de una de las casas más antiguas de Irise.
—Ya nos veremos —se despidió Lera levantándose de repente y saliendo del pequeño despacho dando un portazo.

Una vez fuera, Lera se secó con rabia las lágrimas que se estaban precipitando por sus mejillas, y congeló la fina pátina que se le había formado en palma de la mano. Se prometió que haría lo que fuera necesario, TODO lo que fuera necesario, para arreglar la situación. Y se prometió, que si alguien volvía a tratarla con semejante falta de respeto, le regalaría a su madre una nueva estatua de hielo para amenizar el macabro jardín familiar que se habían procurado durante generaciones. Nunca era tarde para recuperar las viejas costumbres.


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15 de mayo de 2022

Discolora

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Prólogo

Lera apenas había vivido treinta y cinco años completos cuando se quedó embarazada. Al principio creyó que estaba enferma. Se sentía débil, estaba cansada y la mayor parte del tiempo la dominaba una incómoda sensación de mareo. En pocos días había bajado considerablemente de peso por los vómitos, pero sentía que se estaba hinchando, sobre todo de pies y barriga. Y aunque podría parecer evidente, solo tras contarle a Eler, su madre, todo lo que le estaba pasando, ató cabos y se dio cuenta de lo que sucedía en realidad. La futura abuela se tomó la noticia con demasiada euforia para su gusto. Soltó una especie de grito nervioso y la felicitó repetidas veces. Tras decirle que la había hecho, según palabras textuales, la mujer más feliz del mundo, le confesó que había estado preocupada por el tema desde hacía años. Lera se estaba haciendo mayor y a su madre le aterraba la idea de que la familia no tuviera continuidad. Eler agradeció que por fin la Diosa Gamma hubiera decidido bendecirlas. Lera nunca la había visto sentirse tan orgullosa por ninguno de los logros que ella había conseguido, que no eran pocos.

Ante aquel inesperado suceso, Lera no supo muy bien cómo sentirse. Todavía no había decidido si quería tener hijas y en cierto modo le molestaba que Gamma hubiera tomado esa decisión por ella. Por descontado no compartió su enojo con nadie, ni siquiera con su madre, si llegaba a saberse que blasfemaba de ese modo contra la Diosa, acabaría en la cárcel, o algo mucho peor. Así que decidió centrarse en que Gamma la había considerado digna, y en prepararse para lo que estaba por venir. Deseó que el bebé que llevaba dentro tuviera habilidades para la erudición. Empezó a rezar todas las mañanas para que así sucediera, y a pesar de que no quedaba bien reconocerlo, también quería que fuera una adepta del agua, como ella. No podía evitar fantasear acerca de las habilidades que tendría. ¿Se decantaría más por la sanación, la lucha o decidiría dedicarse a la docencia y la investigación?

Quizás por el hecho de haberla empujado a ser madre antes de que ella misma lo hubiera decidido, o tal vez por pura casualidad o por un capricho ajeno, la cuestión es que la Diosa le concedió sus deseos. Hiela nació una fría noche de principios de año. Cuando Lera la tuvo entre sus brazos por primera vez, enseguida supo que la niña sería una adepta del agua, y esa certeza la llenó de paz. Era lo más bello y perfecto que había visto nunca. La pequeña había heredado su poder y continuaría con la estirpe familiar, a su debido tiempo, empezaría a instruirse en el arte de controlar el agua y sus cambios de estado. Si a alguien le quedaba alguna duda al respecto, esta se disipó en cuanto la pequeña empezó a mirar el mundo con unos brillantes ojos celestes, y finísimos mechones a juego comenzaron a poblarle la cabeza. No es que fuera una simple cuestión de pigmentación, aunque todo el mundo creyera, y quisiera pensar, que sí. El camino para conocer los elementos, era mucho más que eso.


Asignación

El día llegó mucho más rápido de lo que Lera hubiera imaginado, dejándole la sensación de que su niña había crecido de golpe. Una radiante mañana de primavera, Hiela se despertó sobresaltada, afligida por la repentina aparición de calambres en su bajo vientre, acompañadas por un fuerte dolor punzante en esa misma zona. Enseguida se dispuso a levantarse para ir a buscar a su madre, y descubrió lo que más la asustó. Un viscoso charco oscuro que se había formado debajo de ella, y que manchaba las impolutas sábanas blancas de su cama. Alertada por los gritos de su hija, Lera acudió enseguida para ver qué le pasaba. Y reconociendo los signos, la tranquilizó explicándole que lo sucedido era tan natural como respirar. Gamma había decidido hacerla mujer, y aquello significaba que su instrucción debía comenzar. Así que un par de jornadas más tarde, cuando Hiela ya se encontraba mejor, Lera pidió audiencia en el centro de erudición de Pigmea, la gran capital en la que vivían. En apenas siete días designarían que su hija se dedicaría a seguir el camino del agua, el más elevado de los cuatro itinerarios existentes. Entonces abandonaría la educación ordinaria para dedicarse de lleno a estudiar su elemento y cómo controlarlo. Lera no podía estar más emocionada.

La ceremonia, si es que podía llamarse así, no fue para nada como Hiela se había imaginado. Lera se había negado a compartir su propia experiencia con ella, ya que decía que estaba prohibido desvelar cualquier detalle al respecto, y ese halo de misterio hizo que la joven se imaginara lo peor. Pensó que la pondrían a prueba asignándole alguna tarea imposible que debería realizar con la facilidad que se esperaba de su estirpe. Incluso se le pasó por la cabeza que podían exponerla a algún tipo de peligro del que debería protegerse. Y aunque no fuera así, la mera idea de que la observaran y la evaluaran hacía que se le removiera el estómago. Le daba miedo no estar a la altura o decepcionar a su madre. No sabía que sería peor, que le dijeran que no era apta, o que la asignaran a algún itinerario de segunda. Que su madre fuera una adepta del agua ponía el listón muy alto. Hiela nunca se había preocupado por la erudición, ya que no sabía que tendría que hacer una especie de examen. Su madre siempre había dado por hecho que entraría directamente en el camino del agua, y por extensión, ella así lo había asumido. Al descubrir que la evaluarían, la noticia se le enredó en el pecho. Y pasó la semana más larga de su vida.

Cuando llegaron al centro de erudición a Hiela le temblaban las manos. Antes de entrar, se pararon un momento delante de la puerta principal para que la joven pudiera admirar el edificio. Su aspecto no distaba mucho del estilo que dominaba el centro de Pigmea, grandes bloques de hormigón gris que se alzaban desde el asfalto a juego, pero sí que destacaba por su increíble altura. Medía casi el doble que los otros rascacielos. Hiela se imaginó atendiendo una de las centenares de clases que se estaban llevando a cabo en ese preciso momento, y se sintió intimidada. Si no fuera porque su madre la estaba agarrando de la mano con fuerza, se hubiera largado corriendo de allí.

Percibiendo lo nerviosa que estaba su hija, Lera le aseguró que la asignación era un puro trámite y le prometió que todo saldría bien. Sin esperar a que la joven le respondiera, reemprendió la marcha hacia el interior del edificio. Para sorpresa de Hiela, no fue necesario que pidieran indicaciones en recepción, su madre la condujo a través del recibidor, hasta llegar a unas estrechas escaleras por las que subieron tres pisos. Una vez estuvieron en la planta adecuada, cruzaron la única puerta que había, cuyo destino era un pasillo repleto de puertas a ambos lados. Hiela no se paró a leer los carteles que ponían nombre a las ocupantes de cada despacho, se limitó a seguir las botas negras de su madre hasta la salita en la que desembocaba el pasillo. Habían llegado bastante temprano, y aun así, ya las estaba esperando la directora del centro, junto con un pequeño séquito de maestras. Saltaba a la vista que la mujer era una adepta del camino del agua. Lucía con orgullo una cresta engominada y de un azul oscuro, del mismo tono que el traje chaqueta con el que cubría su pálido cuerpo. Les lanzó a ambas una dura mirada de desaprobación. Ni siquiera se levantó o se molestó en saludar. Solo les indicó con un gesto de cabeza dónde podían tomar asiento, y anunció que ya podía empezar La asignación.

A Hiela le sorprendió que alguien osara tratar a su madre con tanta desconsideración. Lera era un miembro muy reputado de la comunidad de Pigmea. Se había ganado su estatus con mucho esfuerzo y por méritos propios. Por el simple hecho de pertenecer al linaje del que procedía ya tenía asegurado un billete directo a la élite de cualquier urbe de Irise. Su madre, además, había sido condecorada en varias ocasiones por jugar un papel crucial en la ofensiva contra las tres revueltas populares que habían asolado la nación en la última década. De hecho, había llegado a ser una de las cuatro Generales del ejército base. Lo esperado, y lo adecuado, era que las otras eruditas agacharan la cabeza en su presencia, en señal de respeto. Que esa mujer la despreciara de un modo tan evidente todavía puso más nerviosa a Hiela.

—Acércate, niña —le ordenó la mujer de la cresta.
Hiela obedeció. Se levantó de la endeble e incómoda silla blanca en la que apenas había pasado un par de minutos, y avanzó hasta la tarima que presidía la directora. Permaneció en silencio sin dejar de mirar el suelo, hasta que su examinadora le lanzó la primera pregunta.
—¿Qué sabes de la erudición y de los cuatro itinerarios?
Hiela cambió el peso de pierna y empezó a darle vueltas al anillo de cuarzo ahumado que siempre llevaba puesto. Había sido un regalo de su abuela y significaba mucho para ella. Antes de responder, soltó el aire que había estado reteniendo en los pulmones, relajó los hombros y alzó la cabeza para mirar de frente a la directora, quien le había hecho la pregunta.
—Bueno, sé que una pequeña parte de la población, siempre de género femenino, tiene la fortuna de que la Diosa Gamma la bendiga con su don. El don es la capacidad de controlar uno de los elementos de los que se compone la vida. Los cuatro elementos de los que se compone la vida son fuego, air…
—Es suficiente —la cortó la mujer de la cresta anotando algo en el cuaderno que custodiaba entre sus brazos.
Hiela volvió a fijar la mirada al suelo. Se obligó a observar sus zapatos para intentar tranquilizarse; a reseguir las filigranas amarillas que recorrían las costuras de los botines verdes que había elegido para la ocasión. No estaba satisfecha con la respuesta que había dado. Había sonado muy plana, como si hubiera aprendido un texto de memoria y lo hubiera recitado de carrerilla. Por suerte, su interlocutora no la dio por perdida y decidió darle otra oportunidad.
—Esta vez sé sincera y dime lo que TÚ piensas —le pidió la examinadora—. ¿A qué itinerario te gustaría consagrarte y por qué?
Esa era fácil. Hiela le había dado muchas vueltas y sabía lo que quería. La respuesta le salió de un lugar tan profundo de su ser, que intentar describirlo sería banalizarlo.
—Lo que yo quiero es controlar todos los elementos —confesó.
La mujer de la cresta soltó sin darse cuenta el bolígrafo con el que había estado tomando notas, y se retiró hasta pegar su espalda al respaldo de la silla. Su séquito se deshizo en un mar de murmullos maliciosos.
—¡Silencio! —les gritó sin dignarse a mirarlas.
Y no hizo falta, las mujeres se dieron por aludidas, callándose y adoptando una postura exageradamente erguida.
—Explícate —exigió la directora cruzándose de brazos—. Y elige muy bien tus siguientes palabras. Depende de quién las oiga, considerará que estás profiriendo una ofensa contra los designios de la Diosa y, por ende, se te acusará de herejía.
—Bueno… —empezó Hiela decidida a defenderse— tengo muy claro que aprender a controlar uno de los elementos ya sería todo un honor, y si me dejaran elegir, me decantaría por el agua. Me enorgullecería honrar a mi madre y ser merecedora de nuestro linaje.
La mujer de la cresta asintió, en señal de aprobación.
—Además —continuó la joven—, pienso que el agua es el más primigenio y puro de los elementos. El agua todo lo puede, hay agua en todo lo que existe.
La joven tragó saliva y respiró hondo antes de continuar.
—Pero si quiero serle útil a esta nación, si de verdad quiero poder defender los intereses y los designios de Gamma… lo más práctico, y lo más eficiente, sería aprender a dominar cada uno de los elementos. Y no solo eso. Estoy convencida de que se podrían usar en conjunción y obtener resultados increíbles. Si yo fuera capaz de…
—Ya hemos oído suficiente —declaró la examinadora, dando la evaluación por concluida.


De golpe, Hiela sintió un gran arrepentimiento. Se maldijo por haber soltado una sarta de tonterías que no solo podían dejarla a ella y a su madre en ridículo, sino que bien podrían interpretarse como un crimen de estado. Se preparó para aceptar el castigo que la jauría que tenía delante tuviera a bien imponerle. La directora se levantó, movimiento que imitó cada una de las feligresas que conformaba su séquito. La misma expresión diabólica que dominaba sus rostros las hacía tan parecidas que daban miedo.
—Hiela, tus ideas podrían cualificarse de, cuanto menos, arriesgadas. Nadie jamás ha aspirado a dominar más de un elemento, mucho menos los cuatro a la vez y combinarlos. Se podría decir que esa idea que planteas es una locura. En otra época, no tan lejana como desearíamos, se te hubiera encerrado en un agujero a tal profundidad, que ni siquiera un ínfimo rayo de sol hubiera sido capaz de llegar hasta ti. Hoy, en esta era de progreso que algunas nos empeñamos en impulsar y proteger, te voy a dar una oportunidad. Una ÚNICA y generosa oportunidad.

Mientras pronunciaba esta última frase, la mujer de la cresta había dejado de mirar a la futura adepta, para centrar toda su atención en Lera. Con ese gesto, le estaba atribuyendo a Lera toda la responsabilidad sobre los actos, y las ideas, de Hiela. Y no solo eso. Con su malévola sonrisa le estaba confirmando que, a pesar de tener motivos más que suficientes para matar a su hija, no lo iba a hacer. Sin necesidad de decirlo, le exigía que su benevolencia fuera debidamente recompensada en el futuro. Lera sabía que algún día recibiría una llamada y le darían una orden que no le justificarían, y que no podría rechazar. A sabiendas de que estaba firmando un cheque en blanco, Lera asintió. Y ese leve gesto de cabeza bastó para asegurarle un futuro a Hiela.

La mujer de la cresta se humedeció los labios antes de continuar.
—Tu ambición puede ser un problema para ti y para nuestra comunidad. Sin embargo, he decidido designarte al camino del agua, como debe ser. Vamos a ver de lo que eres capaz con un elemento. Primero tienes que demostrar tus habilidades, después ya hablaremos de lo de explorar cualquier otro camino y, en un futuro, quizás podamos fantasear con la idea de combinarlos.

Así que, al fin y al cabo, y como no podía ser de ninguna otra manera, asignaron a Hiela al camino del agua. De haber sido necesario, hubiera sido difícil determinar quién durmió mejor con aquella decisión. Una madre se sintió aliviada porque había salvado la vida de su hija. Una niña se sintió orgullosa de sí misma, había logrado destacar y entraría en el centro de erudición con el camino correcto. Cierta directora se sintió afortunada de tener una nueva alumna con mucho miedo, pero ideas revolucionarias que, sin lugar a dudas, harían avanzar a toda la comunidad. Una “ex” se regodeó ante la idea de volver a tener poder sobre la mujer que tanto había amado y que la había abandonado. Y ante semejante momento histórico, una panda de segundonas, tan mediocres como malvadas, se contentó con tener un nuevo chisme que contar en su círculo de lectura.


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7 de febrero de 2022

Narciso

“Se hallaba Narciso totalmente cautivado por la imagen que le devolvía la mirada en lo más profundo de unas aguas cristalinas. No podía dejar de contemplarlo, era el rostro más bello del que jamás habían gozado sus preciosos ojos. Tenía la certeza de que aquella era la recompensa que había estado esperando durante tanto tiempo, el premio por haber rechazado, implacable, una ristra interminable de pretendientes indignos.

Y quiso acercarse tanto al ser que tenía delante; y anheló con tanto ahínco fundirse en uno con él, que acabó ahogándose.

Murió así Narciso, incapaz de enamorarse de nadie más que de su propio reflejo.

De su último aliento brotó una flor, amarilla como el sol de verano, para recordar a todos la desdicha del que no es capaz de encontrar la virtud en los demás. Pero el paso del tiempo secó la fuente que la alimentaba, acabando con ella y su advertencia.”


De este modo se desarrollaba el mito de Narciso. A lo largo de la historia nadie le había prestado demasiada atención, ni siquiera Mel, que ahora llevaba ya dos años enteros estudiándolo. Estaba tan nerviosa que le temblaban las manos. Sujetaba con cuidado el papiro conservado en resina que había adquirido de un contacto de dudosa reputación. Estaba segura de que su guía de desarrollo profesional no hubiera aprobado que se relacionara con semejante personaje, pero en ese momento le daba igual. Vibraba de emoción. Tener un papel de verdad (casi) entre sus hinchados dedos era algo de por sí extraordinario. Que encima el documento relatara la versión más completa y antigua que se había transcrito, era increíble.

Evocó al erudito que había imaginado aquella historia. Los trazos en la amarillenta superficie eran profundos y apresurados. Casi podía ver la mano del anciano moviéndose con ansia a la luz de una vela. No faltaban los borrones ni las manchas de tinta. Esas marcas negras le daban al resto una aureola de autenticidad. Enseguida se dio cuenta de un detalle que le llamó la atención. A lo largo del texto, el autor utilizaba distintas maneras de escribir las mismas letras. Por ejemplo, lo mismo ponía una “s” ligada, que usaba la versión de imprenta, o te plantaba una “n” que casi parecía una “u”, y luego te hacía una “n” cursiva perfectamente unida a su antecesora. Lo mismo sucedía con la “l” o la “r”. Le pareció gracioso, ya que su profesor de escritura manual siempre la regañaba por tener esa misma costumbre.

Releyó el texto tantas veces que perdió la cuenta. Cuando la emoción se contuvo y dejó paso a la doctorando, Mel se sintió un tanto decepcionada. Esperaba que en ese antiguo papiro hubiera alguna pista que le ayudara a entender cómo su generación había llegado hasta el punto en el que estaba, pero el mito de Narciso solo le había suscitado más preguntas. A pesar de que daba justo en el clavo, no encontró más que una profecía entre sus líneas. La presión que solía dificultarle respirar se agarró todavía más a su pecho, aplastándole los pulmones. Había gastado el último cartucho que le quedaba, y no podría dejar de pensar en la extinción de la raza humana. Hacía más de siete años que no nacía un solo bebé en todo el planeta. ¡Ni siquiera se intentaba! Aunque sexo había mucho… Los jóvenes se juntaban solo para evadirse del mundo y de la realidad que los envolvía; abandonándose a sus instintos más primarios y hedonistas sin llegar a comprometerse. Ya no se llevaba eso de tener relaciones afectivas como “pareja” o “mejores amigos”. Todo el mundo era autosuficiente, independiente, y estaban tan empoderados que no necesitaban nada, ni a nadie. Se habían acabado las confidencias, el hecho de mostrarse vulnerable, o hablar de sentimientos. Cada uno se sabía tan perfecto que era incapaz de enamorarse de otra persona, mucho menos de llevar al mundo alguien que los eclipsara. Esas cosas habían dejado de interesar. Sin más. Y la cúpula infértil que los dirigía, no había hecho nada durante décadas para revertir esa tendencia.


La primera vez que Mel había oído una referencia al mito de Narciso no había podido evitar preguntarse si su generación se había convertido en un ramo exagerado de esas flores amarillas. Ahora sabía que sí. En algún momento pasaron a disfrazar la inseguridad y el miedo, de poder y autosuficiencia. Y no solo funcionó, fue totalmente aceptado. Los colectivos más trasgresores se jactaron de no conectar con nadie, y el resto los imitaron. Daba igual que por las noches se quedaban a solas en sus camas, llorando y abrazando un cojín en el que apenas lograban reconocer su colonia favorita. Se convirtieron, poco a poco, en orgullosos adultos solitarios.

El gobierno empezó a gastar una cantidad ingente de dinero en explicar lo que ellos mismos habían apoyado. Incluyendo el programa de investigación de civilizaciones antiguas en el que Mel estaba haciendo su doctorado. Pero ya era tarde, el amor se había marchitado. No como una flor a la que le falta el agua y termina secándose por negligencia. Más bien como un cactus que se riega demasiado, en un intento desesperado por sacarlo adelante, y al que se acaba ahogando.

Una lágrima se precipitó por las prominentes mejillas de Mel. Demasiadas emociones para un mismo día. Dando por concluido, al menos por el momento, el análisis del texto, cogió el papiro y lo puso a contraluz. Estudiando las marcas del amarillento papel descubrió que había algo escrito también por la otra cara; en la esquina inferior izquierda. Cuando giró la hoja y enfocó la vista, se le cortó la respiración. Su corazón emitió un latido tan fuerte que lo sintió retumbar en sus oídos, tras lo cual se desbocó bombeando sangre a sus extremidades en un ritmo frenético. El nombre de la autora... Lo leyó moviendo los labios emitiendo apenas un susurro <<Melania K. Leonard, traducción de la propia autora>>. No podía ser, aquel documento tenía más de veinte siglos.

Casi pudo oír el “clic” interno que hizo su cerebro ante semejante revelación. Una sensación que le era familiar y extraña a partes iguales se apoderó de ella. Se obligó a mantener la calma y a analizar los hechos de manera objetiva. Aun así solo le encontraba una explicación a lo que estaba pasando. Si eso era cierto, entonces todo podía cambiar, todavía quedaba esperanza. Y no descansaría hasta llevar esa esperanza al mundo.


14 de enero de 2022

Una larga e intachable trayectoria

—¿Cómo empezó mi carrera? Eeehhhhmmm…

Me quedé en silencio con la vista clavada en el enorme foco que colgaba sobre la cabeza del presentador, tratando de encontrar el momento exacto en el que se forjó mi vocación. El apuesto muchacho se removió en su silla, incomodado por la falta de respuesta. Qué joven era. A pesar de que no llevaba ni dos meses en prime time lo hacía de maravilla. Hasta el momento, se había mostrado encantador y muy seguro de sí mismo. Era una pena que esa fachada se desmoronara con solo ralentizar un poco el ritmo de la entrevista. Parecía mentira la cantidad de gente que no sabía soportar un silencio. Me encantaba.

Mi atención se posó sobre el primer empleo que tuve. Fueron unas prácticas no remuneradas en un despacho cutre de mala muerte. Ni aprendí, ni me sirvieron para nada. Además, entonces ya tenía claro a qué iba a dedicar toda mi energía hasta que me jubilaran. No, tenía que remontarme mucho más atrás. Antes incluso de ir a la carísima y única universidad de mi ciudad. A propósito de eso, aquella fue una buena época, la recuerdo con mucho cariño, y fue cuando realmente me sentí independizada como persona. Aunque la libertad solo quedara a tres calles de la casa adosada en la que me criaba.

De repente, una Lisa de diez años se dibujó en mi mente. Estaba sentada en un banco, con los brazos cruzados, la cabeza gacha y unos morros que le hubieran dado envidia al mismísimo pato Donald. A pesar de que aquel día había llovido mucho, llevaba unas impolutas botas de agua completamente blancas. A la hora del patio había convencido a unas niñas para que me acompañaran al baño y me las limpiaran con la toalla de manos que ya sabía que encontraríamos. Les dije que bajo la capa de barro había un dibujo muy chulo de Snoopy y se lo creyeron, impacientes por verlo. Solo diré que odiaba mancharme. Cuál fue mi sorpresa cuando la profesora encontró la toalla (que tan ingeniosamente había escondido detrás del váter) y enseguida ató cabos. La bronca que me cayó fue lo de menos, lo que realmente me enfureció fue el hecho de haber subestimado a la profesora. Ya entonces detestaba equivocarme.

La imagen de la niña enfurruñada se transformó en la de otra más pequeña, aunque no mucho más alegre. Estaba sentada en una mesa, junto con otros tres niños, y todavía no había terminado de comer. Todos miraban a la monitora que les había interrumpido para amenazarlos. Alguien había escondido comida en una servilleta y la había tirado a la basura. Como nadie reconocía haberlo hecho, las grandes mentes pensantes que nos contenían decidieron apelar al sentimiento de culpabilidad de una panda de críos que odiaban las espinacas más que el cálculo mental o los dictados. Spoiler, eso nunca funciona, solo hace que paguen justos por pecadores. Y así fue. Tras veinte minutos de cuchicheos nerviosos, clavé mis pies en el suelo y empujé para arrastrar mi silla un par de palmos de la mesa (eso le dio una buena dosis de dramatismo a la escena, dicho sea de paso). Me levanté, alcé la mano derecha y solté un “He sido yo”. Todo el que hubiera cruzado dos palabras conmigo sabría que eso era imposible. Yo era una niña buena, honesta y dulce. En otras palabras, no hubiera tenido agallas para hacer algo así. Pero la monitora estaba tan satisfecha con su estrategia pedagógica que ni siquiera me cuestionó.

¡Nah! Pero yo ahí todavía no había decidido una mierda. Solo era una niña que había visto demasiados episodios de Compañeros. ¿Qué había pasado entremedias? Oh, sí. Entonces me acordé de mi gran revelación.

Y una frase me atravesó la columna vertebral, avanzando implacable hasta mi nuca. “Los reyes son los padres”. Me lo dijo el niño más repelente de la clase, cómo no. Hay personas que disfrutan repartiendo sufrimiento, y empiezan sorprendentemente temprano a perfeccionar su arte. Sucedió una fría mañana de medianos de diciembre. No me acuerdo de cómo salió el tema, solo que yo estaba sentada encima de una gran e irregular piedra gris. Lo que sí recuerdo es el frío de su superficie atravesando mis gruesos pantalones de pana (vamos, que tenía el culo helado). También recuerdo, que no me lo quise creer. Pensar que todos esos años de cabalgatas majestuosas, noches de insomnio, madrugones frenéticos y pilas de regalos eran mentira, me parecía una locura. No podía ser posible.

Así que en cuanto llegamos a casa, le expliqué a mi madre lo que había pasado, planteándole mi duda existencial directamente. “¿Los reyes existen?”. Dándose cuenta de que ya no se podía mantener la farsa durante más tiempo, me respondió que los reyes existirían mientras yo siguiera creyendo en ellos. Típica respuesta de adulto acojonado. Y dándome cuenta de que, en realidad, estaba confirmando mis peores sospechas, me quedé sin aliento. Me llevé las manos a la cara y empecé a reír como una loca. ¡Qué pasada! ¡Menudo montaje! La tele, el periódico, todos y cada uno de los adultos que conocía… ¡Y las cabalgatas en directo! Las había visto cada año con mis propios ojos, ¡Y eran mentira! Me lo había tragado todo como una tonta.

Entonces lo vi claro. Ese fue el momento exacto en el que empezó mi carrera profesional. Yo quería tener el poder de engañar así a la gente. De hacerle creer, exactamente, lo que yo quisiera que creyeran. Quería montar mentiras tan grandes que todo el mundo fuera irremediablemente partícipe. Todos por y para un objetivo común que les trascendiera y que, mira tú por dónde, siempre me beneficiara “A MÍ”. Yo quería ser la más fabulosa, y única, reina maga. Y que todos me siguieran sin pararse a cuestionar si eso era o no lo correcto.



—¿Señora presidenta? —me preguntó al fin el joven, decidiéndose a exigir su respuesta para continuar con el show.
—Disculpa, querido —le respondí saliendo de mi trance personal—. Estaba buscando el momento más significativo de mi larga e intachable trayectoria.