13 de diciembre de 2019

El indeseado

Nada más verlo Flor supo que aquél hombre le traería problemas. No por su aspecto, parecía limpio y llevaba ropa de buena calidad. Ni tampoco por sus gestos, sosegados y corteses. Era su sonrisa. O más bien, la crueldad que asomaba por su mirada cuando sonreía. Flor había recibido muchas palizas a lo largo de su vida. Hombres altos, bajos, morenos, rubios, amables y groseros la habían golpeado sin distinción. Y con el tiempo había aprendido a identificar la brutalidad en sus miradas. Se le daba bien evitar a los que no se contentaban solo con satisfacer su lujuria, aunque también sabía diferenciar a los que no aceptan un no por respuesta. Estaba segura de que aquél hombre era uno de esos. Y no se equivocaba.

Él enseguida se fijó en ella, sorprendiéndola mientras le observaba. Flor supo que había cometido un grave error, un error de novata. No era bueno quedarse mirando a los clientes. Se ensañaban aún más excitados por la idea de que una puta en verdad les deseaba. Así que no se extrañó cuando él se le acercó. Aunque nunca antes, ni en esa taberna ni en ninguna otra, le habían ofrecido una jarra llena, ni la habían invitado a sentarse o, mucho menos, habían tratado de cortejarla. ¿Quién necesita convencer a una puta más allá de mostrar que tiene la bolsa bien llena? No habían pasado ni dos horas cuando la tenía completamente cautivada. Por sus historias, por la seguridad que emanaba de él, por su sonrisa que ahora le parecía encantadora... Se la llevó al piso de arriba pidiéndole permiso. Y ella aceptó. Así que pasaron la noche juntos. Hubo gritos y se oyeron golpes, aunque distintos a los que solía haber en aquellas habitaciones. Y por primera vez entre las paredes de ese mediocre lugar, una mujer gozó.

A la mañana siguiente Flor se despertó sola en una habitación que no era la que compartía con sus compañeras. Estaba confundida y le costaba mucho pensar. Con cierta dificultad, se levantó y se refrescó, lavándose en un cubo con agua que había en una esquina. Eso logró despejarla un poco. Recordaba bien lo que había pasado la noche anterior pero no podía explicarse cómo había sucumbido a aquél hombre. Solo había bebido una copa de vino. ¿Por qué había cambiado de opinión? ¿Qué le había hecho? Dándose un tiempo para acabar de recuperarse, bajó al piso inferior y preguntó a las otras chicas si sabían algo del desconocido, pero solo ella parecía haberse fijado en él. Por más que pensaba en ello no lograba entender lo que había pasado, así que, tras unos días, decidió dejar el asunto y olvidarlo. No le costó mucho, estaba acostumbrada a olvidar. Hasta que llegaron los mareos, y poco después, los vómitos matutinos.

Cuando comprendió que estaba embarazada montó en cólera. Durante años había evitado quedarse encinta tomando los ponzoñosos brebajes que le daban. Esos venenos habían estado a punto de matarla en más de una ocasión, pero siempre habían cumplido con su propósito. Además, ella ya no tenía edad para eso, hacía tantas lunas llenas que había dejado de sangrar que ya ni las contaba. Nunca había querido ser madre. El mundo le parecía un lugar demasiado peligroso y enfermo como para traer a él un ser tan puro. Pero había pasado. Y la idea de engendrar un varón le parecía tan grotesca que empezó a faltarle el aire. ¿Cuántas mujeres sufrirían por su error? ¿Cuántas de ellas morirían? ¿Y si llevaba dentro a una niña? ¿Cómo podía condenarla de ese modo teniéndola? Se alteró tanto y respiraba tan deprisa que acabó por desmayarse.
Una de sus compañeras la encontró tendida en el suelo, y pidió ayuda a un par más para llevarla al montón de paja que tenía por cama. Después de eso, para su sorpresa, el amo de la taberna la dejó descansar, de manera que ella ya solo se dedicaba a servir bebidas. Y a intentar abortar. Consultó a sus compañeras, a la curandera de la ciudad y a las comadronas. Cada mujer con la que hablaba le daba un remedio distinto, pero ninguno funcionaba. Se planteó varias veces quitarse la vida, pero no se atrevía. Era demasiado cobarde para eso, de manera que siguió probando maneras cada vez más drásticas de deshacerse del mal que le crecía dentro.


Una mañana se despertó de unas punzadas en el bajo vientre tan fuertes que lograron doblegarla y hacerle aullar de dolor. Pronto sintió una humedad cálida y pegajosa entre las piernas. Sus compañeras, asustadas, fueron a buscar a la curandera de la ciudad para que la ayudara. Cuando la anciana llegó, levantó la fina sábana con la que Flor estaba tapada y una gran mancha de sangre en su vestido confirmó sus sospechas: la mujer había abortado. Tras asegurarse de que se trataba de un sangrado y no una hemorragia, pidió una jarra con agua hirviendo. Cuando la tuvo, vertió en ella hierbas de distintos aspectos y unos polvos que nadie supo reconocer. Mientras esperaba a que la mezcla estuviera lista, mandó a las tres chiquillas que aún estaban en la habitación que se lavaran las manos, y que, después, le trajeran un cubo con agua limpia, paños limpios y una muda limpia. Todo debía estar muy limpio, impoluto. Cuando las jóvenes volvieron les pidió que prepararan también un lecho al que poder trasladar a la enferma y les indicó que cuando ella se marchara, quemaran el anterior. Tenían que deshacerse de todo, incluyendo la ropa que instantes antes había llevado Flor o los paños que habían usado en su aseo. Para cuando la curandera profirió esa advertencia Flor ya respiraba con normalidad y se sentía visiblemente aliviada. La anciana la había ayudado a desnudarse y la limpiaba con movimientos delicados, tras lo cual la hicieron moverse hasta su nueva cama. 

El resto del día lo pasó durmiendo. De vez en cuando se despertaba sobresaltada, pero en cuanto comprobaba que estaba a salvo, volvía a abandonarse al profundo sueño. Cuando ya estaba oscureciendo se despertó sintiéndose más despejada. Ya se encontraba mejor. Como le había indicado la curandera, dio unos sorbos del brebaje que le había dejado y comió un poco del estofado que apenas había tocado al mediodía. Reconfortada por dejar de sentir su estómago vacío, empezó a pensar en lo que había pasado y entendió que había conseguido abortar. Pero no la invadió la agradable sensación de alivio que esperaba, sino un vacío que se había originado en sus entrañas y que no paraba de crecer. Empezó a llorar. Sabía que jamás sería capaz de perdonarse por lo que había hecho. Había demostrado ser peor que aquellos a los que tanto despreciaba. Había acabado con un alma inocente.
Aletargada, dejó que las horas pasaran, y luego los días, recuperando poco a poco sus fuerzas y sanando su cuerpo. Pero éste, lejos de recuperar su menudo tamaño habitual, no paraba de brotar. En las semanas siguientes se le hincharon los pechos, su barriga creció aún más y no había día en el que no le dolieran los pies, enrojecidos por lo estrechas que parecían ahora sus antes cómodas botas. Hasta que una noche no pudo ignorar más lo que su cuerpo se empeñaba tozudamente en mostrarle: seguía estando embarazada. Una calidez inundó su ser. Y por primera vez en meses, sonrío. Pero mientras recorría cariñosamente su barriga con las manos, un pensamiento hizo que su rostro volviera a ensombrecerse. Sabía que había abortado pero seguía estando embarazada. Todas las explicaciones que se le ocurrían para justificar ese hecho parecían confirmar sus peores temores. Se esforzó por apartar esas ideas de su mente, y decidió centrarse en la segunda oportunidad que se le había brindado. Cuando llegara el momento daría a luz, y luego…, luego ya vería.

A partir de ahí todo fue más fácil. El posadero se había tomado bien la noticia y sus compañeras se habían propuesto cuidarla, apenas le dejaban hacer nada. No había vuelto a sangrar. Se encontraba bien y cada día podía sentir con más claridad la vida que llevaba dentro. Pero cuando faltaban apenas dos meses para que saliera de cuentas, empezó a tener pesadillas. Se despertaba noche tras noche temblando, empapada en sudor y con el corazón desbocado. Sus compañeras le decían que era normal, sería madre primeriza y estaba hinchada, con los nervios a flor de piel, pero ella sabía que algo no estaba bien. Siempre tenía el mismo sueño, eso no podía ser normal. Cuando despertaba no sabía explicar qué era exactamente lo que había visto, pero no tenía ninguna duda acerca de cuál era su significado: había llevado dentro dos gemelos de sexo opuesto, pero solo un varón saldría de ella. No había sido un accidente, ni siquiera un acto involuntario de supervivencia. No eran los remedios que ella había ingerido los que le habían arrebatado la vida de su hija, se trataba de la maldad de su gemelo, de un odio tan primigenio como la vida misma. Cada día se obligaba a creer que aquellas pesadillas eran fruto de sus miedos y de la culpa que sentía. Ella era la única responsable de su pérdida, nadie más. Así que siguió adelante, pero empezó a rezar a todas las deidades de las que alguna vez había oído hablar: para que su hijo fuera bueno; para que nada lograra corromper su alma; y sobretodo, para que ella fuera capaz de quererlo. Las pesadillas poco a poco fueron diluyéndose.

El pequeño llegó un soleado día de principios de verano. Era un niño precioso, fuerte y sano, que lloró a pleno pulmón cuando la comadrona le golpeó las nalgas. Habiéndolo lavado y cubierto con un paño limpio, la mujer se lo entregó a Flor y salió de la habitación para dejarlos a solas. Ella lo observó detenidamente, meciéndolo hasta que dejó de llorar, y sintiéndose la mujer más afortunada del mundo. Algo tan bello no podía ser malo.
A medida que pasaban los días Flor se sentía cada vez más capaz para ocuparse de su hijo. El pequeño comía bien, dormía bastante y no solía llorar demasiado, y sus compañeras la ayudaban mucho. Pasó el primer mes casi sin que se diera cuenta, y de igual modo los siguientes. Solo la repentina llegada del invierno les devolvió la consciencia del tiempo que había pasado ya: seis meses. Las temperaturas se desplomaron en cuestión de pocos días y la primera nevada del año pilló por sorpresa a toda la ciudad. Aún no habían llegado al solsticio cuando las calles, los caminos y los bosques ya estaban cubiertos por un manto blanco. Eso significaba que sería un invierno cruel.

Una noche Flor, el tabernero y un par de chicas más estaban recogiendo la taberna después de que todos los clientes se hubieran ido. El pequeño dormía tranquilamente acunado por el calor de la chimenea que tenía cerca, ajeno al ruido que hacían al arrastrar sillas o apilar cacharros. Cuando terminaron, Flor cogió con cuidado el cesto de cáñamo en el que su hijo descansaba, dispuesta a subir junto a sus compañeras hacia la habitación que compartían. Pero cuando aún no había dado ni dos pasos, el niño despertó y empezó a llorar con fuerza. Haciendo un gesto a sus acompañantes para que se adelantaran, se sentó en una silla cercana y empezó a darle el pecho. Así conseguiría que durmiera varias horas seguidas. Cuando el pequeño estuvo satisfecho, lo dejó de nuevo en su cesto, lo tapó y empezó a pasarle un dedo por la frente, bajando hasta la punta la nariz. El pequeño río por primera vez en su incipiente vida. Y a Flor se le heló la sangre en las venas. Parecía que el corazón se le hubiera parado. Había visto antes esa sonrisa, esa mirada… esa crueldad deseosa de ser desatada. No podía ser. No en un niño tan pequeño.

Aquella noche las pesadillas volvieron. Y con ellas los sudores fríos, los temblores y el miedo. Ya no la asaltaban ideas abstractas, sino imágenes tan vivas, que casi parecían reales. Cada noche veía como un hombre adulto mataba a una chica distinta, de una manera nueva, cada cual más despiadada. Dejó de dormir. Pero en los breves ratos en los que cerraba los ojos derrotada por el sueño, las sangrientas imágenes volvían. No podía más. Tenía que parar aquello. Una idea empezó a cobrar forma en su desquiciada mente. No era capaz de acabar con el hijo que tanto amaba pero tampoco podía permitir que aquellas visiones se hicieran realidad. Así que cuando el pequeño aún no había cumplido el año, decidió abandonarlo en el bosque. A su suerte. Sería el invierno el que acabaría con aquel mal, o se obraría un milagro si estaba equivocada. Y lo hizo, aunque después se arrepintió y quiso rectificar. Pero cuando volvió a por él ya no encontró nada. Ni siquiera la manta en la que lo había envuelto o el cesto de cáñamo en el que lo había dejado. Buscó, buscó y buscó. Hasta que se hizo de noche. Hasta que los copos de nieve que no paraban de caer la calaron por completo. Hasta que dejó de sentir su cuerpo, entendió que jamás recuperaría a su pequeño y dejó que el hielo se la llevara.

Sí. Al final su madre recobró la razón y perdió su vida intentando rescatarlo. Pero esa verdad no servía a los intereses de cierto hombre cruel, de modo que no fue la que le contaron a Balah.

1 de diciembre de 2019

Noche de sangre

Lo haría. Se armaría de valor y se presentaría en la posada para decirle lo que sentía y proponerle que se marcharan juntos de aquella apestosa ciudad. No sabía si aceptaría pero tenía que intentarlo. Esa mañana la había visto con el labio partido y cojeando levemente. Si se quedaba allí acabaría como las demás.
Se quitó la armadura y se fue con paso decidido hacia “El jabalí decapitado”, pero justo cuando iba a entrar, los vio: dos sombras que salían a toda prisa de la puerta lateral que tenía el local. Avanzaban envueltos en pieles y cogidos de la mano. Primero lo reconoció a él. Un mercenario de semejante estatura no pasaba desapercibido. Y si se trataba de él, la otra figura solo podía ser ella. Los siguió hasta el linde del bosque, donde se detuvieron, y se agazapó tan cerca de ellos como le permitió su prudencia. Despacio, se adentró en un gran arbusto y se quedó inmóvil, esperando poder oír lo que decían.

Había sido ella la que se había detenido y ahora lloraba en silencio. Estaba temblando. Él le repitió que no podían parar, tenían que marcharse o los atraparían, pero ella permanecía en el mismo sitio negando con la cabeza. El mercenario estaba tratando de tranquilizarla hablándole pausada y sosegadamente, hasta que ella explotó: se quitó sus grandes manos de encima con un movimiento brusco, se secó las lágrimas con las palmas de las manos y empezó a recriminarle lo que le había obligado a hacer.
–¡Lo he matado por tu culpa!
–Era lo único que podíamos hacer.
–¡No!
–Sí. Él nunca te hubiera dejado marchar.
–Mientes.
–¿Qué insinúas?
–Tú solo querías despertarme. Quieres aprovecharte de mí.
–Nanneke…
–Ese futuro del que no paras de hablar… Me has engañado.
–¿Acaso tú no quieres lo mismo?
–Quiero. Pero no a este precio.
–¿Sientes lástima por él? Esa escoria ha violado y matado a más mujeres de las que puedas contar, y no siempre en ese orden.
–¿Cómo lo sabes?
–Porque antes de que tú llegaras esta ya era mi ciudad.
–Creía que…
–Y Balah era un nigromante.
–¿Un qué?
–Un demente que jugaba con la muerte. Y con los muertos.
–Yo…
–Nanneke, por favor, vámonos. Te lo contaré todo pero ahora no hay tiempo.
–No. No puedo.
–¿Y qué vas hacer sino?
–Me quedaré en la taberna.
–No voy a dejarte aquí para que vuelvan a someterte.
–Nadie va a volver a someterme, ni a manipularme. Ni siquiera tú.
–Yo nunca…
–Ni te atrevas.
–Ya no hay vuelta atrás para ti.
–Nadie nos ha visto. Nadie va a pensar que una puta ha matado a Balah.
–No me refiero a eso. Aún no has despertado, vas a necesitar mucho más que matar a un nigromante para alcanzar todo tu poder.
–¿Qué quieres decir?
–Que sentirás un hambre como el que no has sentido antes. Y no parará de crecer. Hasta que te consuma, hasta que te domine por completo. Solo podrás saciarte con vidas. No hay otro modo. Así debe ser y así será.
–¿Qué sabrás tú?
–Hace cinco inviernos, cuando nos conocimos, te dije que eras única. Te lo tomaste como un halago, como la exageración de alguien que intenta cortejarte. No lo era. Eres única Nanneke. Y el mundo lleva aguardando demasiado tiempo para ver un poder como el tuyo.
–Vete de aquí.
–Esta es tu última oportunidad para…
–¡Vete y no vuelvas!
–No hará falta, Nanneke –dijo el mercenario justo antes de darse la vuelta y taparse la cabeza con las pieles que llevaba –tú vendrás a mí mucho antes de lo que crees.
Sin esperar a que ella respondiera, el hombre empezó a andar con paso decidido, cada vez más rápido, hasta que se perdió de vista. Cuando ella ya no pudo oír sus pesadas botas aplastando las ramas del bosque, se permitió derrumbarse: cayó de rodillas y se abandonó a un llanto desesperado.

Unos fuertes brazos aparecieron de la nada para rodearla. No le hizo falta preguntarse de quién se trataba. Lo sabía. Reconoció su olor y su calidez. Lo había visto seguirlos desde la taberna y también esconderse entre los arbustos para escucharlos. Creía imaginar qué lo había llevado hasta allí, y sabía que tenerlo cerca no le haría ningún mal. A ella no.
Ese abrazo no solo la calmó, hizo que se sintiera en paz. Una paz como no había conocido en años. Sentía que con él estaría a salvo. Y se dio cuenta, de que solo con él sería capaz de resistirse a su destino.

22 de noviembre de 2019

La ascensión de la bruja negra

Treinta días con sus noches había tardado en llegar. Diez noches menos de las que había previsto; dos días más de los que hubieran sido precisos. Durante el viaje había dormido la mayoría de las veces al raso, bajo las estrellas. Y en esas noches eternas en las que ni una hoguera lograba imponerse, solo su férrea voluntad le mantenía lejos de la muerte. Le habían aconsejado que no se adentrara en los caminos: el invierno acechaba y ese año sería cruel. Pero llegó un cuervo reclamándolo, no directamente, por supuesto, pero reclamándolo al fin y al cabo. Y no pudo sino responder a esa llamada, a esa suplica, aunque no iba dirigida a él y ya no le incumbía.

Cuando envuelto en pieles tiritaba hasta esperar que el sol volviera a calentar sus mejillas, le ayudaba imaginarse recorriendo las calles de Talab. La ciudad era un laberinto de callejones estrechos, sucios y oscuros; en los que los huérfanos competían con las ratas para encontrar comida. Pero entre esa inmundicia aún podía encontrase, por unas pocas monedas de cobre, un plato caliente que valiera la pena. Siempre iba directo a “El jabalí decapitado”, aunque era una taberna de entre las muchas que había. Solía encontrar la manera de reconfortarse entre esas cuatro paredes de piedra que mantenían las estaciones a ralla: el olor a carne asada se mezclaba con el de la madera quemada; nunca había muchas peleas ni gritos; y estaba repleto de mujeres bellas. Y de entre todas ellas, una en concreto. En los peores momentos de su viaje había imaginado sus curvas, su larga melena negra como la noche que le acechaba y sus labios finos. Y cuando a ratos era capaz de sentir las piernas, también se permitía imaginar el tacto de su piel cálida y morena, y el olor a primavera que de ella emanaba. En esas interminables horas, casi podía sentir cómo la abrazaba dormida entre sus brazos como había hecho tantas veces. Solo la promesa de arañar unos instantes de felicidad junto a ella lograba apartarle de la muerte.

Superó el hambre, el frío y las otras dificultades del camino. Y como las otras veces logró llegar a Talab. Ignoró el humo, la ceniza y el espeluznante olor a carne quemada que guiaron la parte final de su viaje. Y aunque podía imaginar lo que había pasado, no se permitió creerlo hasta que lo vio con sus propios ojos. Había llegado tarde. Talab había ardido en llamas y ahora era un montón de runas, ceniza, sangre seca y huesos amontonados. No podía hacer nada para arreglarlo. La taberna ya no existía, ni tampoco sus valientes soldados, sus obesos cocineros o sus bellas mujeres. Recorrió la ciudad buscando un atisbo de vida al que aferrarse. Pero no lo encontró.

Poco podía él imaginar que Nanneke había mandado ese cuervo; o que fue ella misma la que había provocado el incendio. Tampoco sabía que ella había huido a tiempo, ni que fueron sus conjuros los que le habían mantenido con vida.

Tardaría años en volver a verla. Pero no tanto en comprender, cómo aquel incendio la había cambiado para siempre.


17 de noviembre de 2019

El litón de cinco

Era una mañana de Octubre como otra cualquiera. Aunque ya había quedado atrás el verano, aún hacia un clima agradable: sin demasiados días lluviosos ni un aire frío que impidiera ir en manga corta. El cielo estaba despejado, el tráfico era denso ya a aquella hora temprana y la gente cruzaba las calles con prisa para no llegar tarde a trabajar, al colegio, al gimnasio o a quien sabe dónde.

En medio de ese bullicio, Javier caminaba soñoliento hacia la plaza en la que tomaba, desde hacía cinco años, el mismo desayuno con pequeños matices. En todo ese tiempo, solo en una ocasión había faltado un par de semanas, pero él no quería acordarse de ello, aún era muy reciente. Javier era un biólogo jubilado, de costumbres fijas y sencillas. Llevaba el pelo bastante corto y un tanto despeinado, tenía la nariz pequeña y unos grandes ojos verdes.
Frecuentar tanto el mismo local le resultaba agradable: ya no hacía falta que le preguntaran si quería la leche fría o caliente, ni que tuviera que aclarar que quería el pan untado en tomate o el bocadillo “mini” en lugar del de media barra. La dueña del bar, una mujer morena, con una larga cabellera y bastante bajita llamada Isabel, ya le conocía, e incluso le reservaba su mesa favorita cada mañana.
Tras andar unos diez minutos, entró en el bar y se dispuso a sentarse en la pequeña mesa redonda de la esquina. Se trataba de un local pequeño, de unas diez mesas, aunque parecía mucho más grande por sus ventanales y paredes blancas. Isabel no tardó en verlo y saludarlo alegremente con una amplia sonrisa. Mientras él le devolvía el saludo, y le indicaba que quería el bocadillo de jamón y queso, la mujer marchaba el café. Enseguida lo tuvo todo listo y se dispuso a servírselo.

–Hoy tengo algo especial para ti –anunció Isabel con aire misterioso mientas dejaba el desayuno en la mesa.
–¿Ah sí? ¿De algún turista?
–Dímelo tú... –respondió llevándose la mano al bolsillo de su delantal negro y sacando una pequeña moneda reluciente.
–¡Esta es rara! –exclamó Javier volteando el tesoro del día en sus manos, más para sí mismo que dirigiéndose a la mujer.
–¡Ja! Sabía que te gustaría.
–Sí. Gracias Isabel.
La mujer se alejó visiblemente satisfecha para colocarse de nuevo detrás de la barra y atender a una pareja que acababa de entrar.

Javier sacó el móvil del bolsillo de su pantalón y abrió una App que hacía de lupa. Se la había instalado su nieta hacía unos meses y, aunque no le gustaba admitirlo, le resultaba muy útil para poder ver bien todos los detalles de las monedas que inspeccionaba para su colección. Impaciente, alzó el teléfono para colocarlo encima de la pequeña moneda dorada, y empezó a observarla detenidamente. Tenía un método. Primero identificaba el valor de la moneda, luego el país y por último el año. A continuación, buscaba la combinación resultante en un interminable documento de texto al que podía acceder desde su teléfono móvil, y si no la encontraba, es que no la tenía. Cuando eso sucedía, le cambiaba a Isabel la nueva moneda por otra equivalente que llevara encima (siempre iba preparado), y actualizaba la lista. Llevaba media vida coleccionando monedas.


Pero la moneda que le había dado Isabel aquella mañana era distinta. Por más que la mirara no sabía descifrarla. A primera vista parecía una moneda de cincuenta céntimos de euro,  grande y dorada, pero no hacía falta fijarse mucho más para ver que se trataba de otra cosa. En la parte que llamamos cara había un fénix con grandes alas extendidas, rodeado por un círculo en llamas. Nada más. En el otro lado, cinco barras ocupaban casi todo el espacio, bordeadas por un diminuto texto aparentemente sin sentido. En medio de la maraña de caracteres y símbolos, destacaba una palabra escrita en mayúsculas “LITON”. Así que Javier decidió que se trataba de una moneda llamada LITON de valor cinco, pero no supo ver de qué país o año era.

Mientras se acababa el desayuno hizo varias búsquedas en internet, sin encontrar nada que le sirviera. Decepcionado aunque emocionado por el misterio, dio un último sorbo al café y se acercó a la barra dejando ya el importe exacto de lo que había consumido. Cuando Isabel se acercó para atenderle, no dudo en preguntarle sin rodeos.
–¿De dónde has sacado la moneda?
–Me la dejó una chica ayer por la noche.
–¿Y la aceptaste?
–Sí, me la dejó como propina y cuando la recogí ya se había ido. Pensé que me había colado una moneda falsa, pero tampoco me preocupó mucho. ¿Es falsa?
–¡No tengo ni idea! No sé qué moneda es.
–Pues si no lo sabes tú…
–¿Y esa chica suele venir por aquí?
–La verdad es que no.
–¿Si vuelve y te acuerdas le podrías preguntar?
–Sí, ahora me ha picado la curiosidad a mí también…
–Genial. Gracias, Isabel.
–A ti, ¡Que tengas buen día!

Javier salió del bar y regresó a su casa sin dejar de pensar en la particular moneda que llevaba en el bolsillo. Dedicó el resto del día y buena parte de la noche a buscar por los muchos álbumes que tenía, intentando encontrar alguna moneda parecida o algo que le ayudara a descifrarla. Pero no fue así.
Al día siguiente volvió al bar, no tanto para desayunar, sino para preguntarle a Isabel si la chica de la moneda había vuelto. Tampoco tuvo suerte con eso. Pidió que le pusieran el bocadillo y el café para llevar, y se fue dando un paseo hasta la biblioteca que tenía más cerca, esperando encontrar alguna respuesta. Allí estuvo rebuscando información entre polvorientos tomos de historia, hasta que un joven de pelo rizado y mirada alegre le susurró que era hora de cerrar. Ni siquiera había parado para comer y se le había hecho de noche.
Los días siguientes repitió esa nueva rutina. Aunque se sentía frustrado por no encontrar nada valioso, le gustaba aquél nuevo hobby, y su interés por aquel pequeño objeto brillante no paraba de crecer. Hacía tiempo que no se sentía tan vivo: tenía un objetivo y ya no le costaba salir de la cama por las mañanas.

Visitó la biblioteca toda esa semana, y también la siguiente. Los libros de historia pronto dieron paso a los de mitología, y más tarde, a las novelas épicas. Leía sin tregua poniendo a prueba su vista cansada y sus gafas mal graduadas, y cuando llegaba a casa ya de noche, repasaba los álbumes que ahora estaban esparcidos por todo el comedor y parte de la cocina. Había podido encontrar referencias e imágenes de todo tipo de monedas: desde el primer uso del metal para representar el valor de los intercambios, hasta las monedas modernas, pero no había ninguna que se pareciera, ni de lejos, a su litón de cinco. También había acudido a diferentes casas de cambio, pero en todas ellas le habían respondido que no conocían esa moneda, por lo que debía de ser una falsificación. Él se negaba a creerlo, sabía que aquel litón era auténtico, aunque no fuera capaz de descubrir en qué lugar ni en qué fecha lo había sido.

Cuando hacía ya unas tres semanas que Isabel le había dado la moneda, por fin su investigación pareció avanzar. Aquella mañana había entrado en la biblioteca y le había sorprendido el gran volumen de gente que había encontrado. A pesar de que era jueves, casi todas las mesas estaban llenas de jóvenes con varios libros amontonados y leyendo tomos de dos en dos tomando apuntes frenéticamente. Le preguntó a Isaac a qué se debía tanta afluencia y él, pasándose la mano por sus rizos como solía hacer, se limitó a responderle que era época de exámenes. Después de coger un gran ejemplar de fábulas antiguas, Javier se dispuso a buscar un asiento libre en el que poder sentarse. Y acabó compartiendo mesa con dos mujeres que debían de tener más o menos su misma edad, y un grupo de tres chicos que comentaban un artículo esforzándose por no alzar mucho la voz.

Media hora tardó en fijarse en la portada del libro que ambas señoras estaban leyendo. Y eso que en ella había un gran fénix envuelto en un círculo en llamas, muy parecido al de la moneda que aún llevaba en el bolsillo. Armándose de valor, Javier decidió preguntarles acerca de su lectura, explicándoles la coincidencia que había con su misteriosa moneda. La que parecía un poco mayor se limitó a mirarlo con mala cara, pero la otra fue mucho más amable y le propuso ir a tomar un café, a pesar de los reparos de la primera.
–Debe disculpar a mi hermana, es un poco… seca –se excusó la mujer mientras salían de la biblioteca para dirigirse a una cafetería que había justo al lado.
–No se preocupe, es normal…
–Bueno. Cuénteme más sobre su moneda –le animó ella impaciente.
–Pues no hay mucho más que contar. La encontré por casualidad y he estado buscando información desde hace semanas pero no he encontrado nada. Por eso me ha sorprendido tanto ver la portada del libro que estaban leyendo.
–A sí, este libro… –la mujer aún no lo había guardado, así que se lo tendió. Él sacó su moneda del bolsillo y se la enseñó comparándola con la portada.
–Realmente se parecen mucho… –apuntó ella pensativa.
Se sentaron en la terraza del local y estuvieron un buen rato conversando al sol. La mujer se llamaba Claudia, era viuda desde hacía unos años y estaba leyendo ese libro como propuesta de un club de lectura al que se había apuntado para salir un poco de casa. Cada jueves acudía a la biblioteca con Marta, su hermana, que también se había apuntado aunque más por acompañarla que por decisión propia. Y los lunes por la tarde se reunían con el grupo para debatir el libro de la semana. Claudia le explicó que la lectura de esos días iba sobre un grupo de caballeros de la época medieval que se apodaban “Los caballeros del fénix”, y le dejó su ejemplar para que pudiera leerlo en busca de alguna pista. Ella no paraba de hablar sobre su difunto marido, Félix, por el que sentía auténtica devoción; y quizás por eso él no se atrevió a hablarle de Teresa. Charlaron sin parar hasta que Claudia recibió la llamada de su hermana Marta, que la reclamaba para ir comer. Se despidieron dándose la mano y quedando en verse al jueves siguiente.

Después de eso Javier no encontró ninguna otra pista en la novela medieval, que le encantó, pero decidió que debía estar más atento a su alrededor y no solo sumirse en una lectura tras otra dentro de la biblioteca. Empezó a dar paseos después de comer: cada vez más largos y siempre por barrios distintos. Y precisamente en uno de esos paseos encontró la siguiente coincidencia: un gran cartel negro que reposaba sobre una estrecha puerta blanca llamó su atención. En él, se podía leer “El litón de Cervantes” y en letras más pequeñas aunque del mismo color oscuro “Club de ajedrez y juegos de mesa”. No pudo resistirse a entrar, y allí conoció a Miguel, un padre de familia numerosa con una poblada barba castaña y completamente calvo. Miguel le ofreció un café y le contó encantado la historia del club. Al parecer el nombre había sido un error de imprenta. Miguel y sus tres hermanos habían fundado el club con la intención de que se llamara “El mitón de Cervantes”, haciendo referencia a las novelas caballerescas que tanto les gustaba leer de pequeños. Pero la empresa que les había imprimido el cartel había cometido un error, y a ellos les había hecho tanta gracia el resultado, que no habían querido corregirlo. Javier le contó la historia de su moneda, añadiendo la parte en la que había conocido a Claudia, y Miguel lo invitó a acudir al centro siempre que quisiera. Aunque no había obtenido más información sobre el litón, a Javier le resultó agradable el ambiente del local, donde personas de distintas generaciones compartían partidas de cartas, parchís, damas y, por supuesto, ajedrez. Decidió que volvería pronto.

La siguiente coincidencia no se hizo esperar. Javier empezaba a perder la esperanza de encontrar algo que realmente estuviera relacionado con la moneda pero cada vez parecía importarle menos. En uno de sus paseos, había recogido la revista mensual del barrio y estaba leyéndola en la biblioteca cuando lo vio: En un par de días inauguraban una exposición de fotografía y el cartel era, básicamente, cinco grandes barras dentro de un círculo. Decidió que tenía que ir, aunque no era algo que le hiciera especial ilusión. La exposición no le gustó en absoluto y se sintió totalmente fuera de lugar, pero cuando se marchaba encontró algo que hizo que el viaje no hubiera sido en vano. Justo delante de la puerta de la galería había una mesa con varias tarjetas, postales y dípticos publicitarios. Y entre todos ellos, uno en concreto llamó su atención: se trataba de un anuncio de un viaje para la tercera edad a Coruña, muy bien de precio y para el que solo faltaba un mes y medio. Teresa siempre decía que quería visitar Galicia: quizás esa era una oportunidad para cambiar de aires unos días. Salió del local decidiendo que, como mínimo, lo pensaría…

Tras esa tercera coincidencia pareció que el destino había acabado de darle más pistas. El fracaso para con su litón de cinco había dejado de ser un pensamiento recurrente, y ya casi no quedaba nada de la frustración que sentía al principio de su búsqueda. A decid verdad no tenía tiempo para pararse a pensar en eso, simplemente, estaba muy ocupado. Aquél día, por ejemplo, su nieta tenía el día libre y habían quedado para ir a desayunar y dar un paseo.


Isabel estaba limpiando una mesa cuando se fijó en la chica que acababa de entrar en su bar. Tenía el pelo castaño y lo llevaba suelto, aunque le quedaba recogido al estar por dentro del grueso pañuelo que llevaba envuelto al cuello. Reconociéndola, Isabel cruzó la distancia que las separaba de tres grandes zancadas y no pudo evitar emocionarse, perdiendo un poco las formas:
–¡Oye! Tú eres la chica de la moneda.
–No sé de qué me habla –le respondió la joven mirando incómoda a su alrededor.
–Sí, me diste una moneda muy rara. Tengo un cliente que ha estado investigando y…
–¿Te llamas Isabel, verdad? –le preguntó la joven interrumpiéndola.
–Sí, ¿Cómo…?
–Soy Anna, la nieta de Javier.
Por toda respuesta, Isabel adoptó una expresión de confusión.
–Mi abuelo está a punto de llegar. Por favor no le digas nada.
–Pero es que lo tienes absorto con esa moneda desde hace semanas.
–Sí, luego te lo explico todo.
–No creo que tu abuelo se merezca que lo engañes así –le reprochó Isabel visiblemente enfadada.
–¿Sabías que Teresa nos dejó hace cinco meses?
–¿Quién es Teresa?
–Mi abuela. Nos dejó y Javier perdió el interés por todo. Me costó muchísimo que volviera a salir de casa para venir a desayunar aquí.
–No lo sabía… Sí que me extrañó cuando faltó tantos días y luego lo veía como triste pero no pensé que…
–Y luego se pasaba el resto del día encerrado, haciendo ver que miraba la televisión.
–Yo no…
–Así que pensé que darle un poco emoción a su vida le ayudaría a superar nuestra pérdida.
–¿Y crees que ha funcionado?
–¡Pues claro! Ha hecho amigos, le ha cogido el gusto a pasear y se ha apuntado a un club de lectura y a otro de ajedrez.
–¿Ah sí?
–Sí. Y lo mejor es que vuelve a sonreír. Está recuperando su alegría habitual y tiene una anécdota estupenda con la que romper el hielo con la gente.
–¿Y de dónde sacaste la moneda? Si puede saberse…
–Mira, ahí viene. ¿No dirás nada verdad?
–No… al fin y al cabo, no es asunto mío.

Javier se acercó a la barra donde Anna conversaba con Isabel.
–¡Buenos días! –las saludó mientras abrazaba a la joven.
–Hola Javier –le respondió la mujer.
–Esta es Anna, mi nieta.
–Sí, ya nos hemos presentado.
–¡Es regidora de cultura!
Tras pronunciar esa afirmación algo en la mente de Javier se despertó, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Toda la información que había estado recopilando esas últimas semanas empezó a ordenarse, apuntando hacia una misma solución. Era tan evidente que lo había pasado por alto.
–¡No soy regidora! Siempre exageras. Pero sí, trabajo en cultura para el ayuntamiento. –Se apresuró a aclarar Anna para interrumpir el hilo de los pensamientos de su abuelo, viendo que claramente lo habían atrapado.
Javier miró a su nieta interrogándola con la mirada. Pero no se atrevió a formular la pregunta que le rondaba por la cabeza. En realidad, no quería saberlo. No de aquél modo, no todavía…
Aunque le costó un poco volver a centrarse, le pidió a Isabel el mismo desayuno de siempre, con un “mini” de queso; Anna solo quiso un té con menta.

Se sentaron en la mesa favorita de Javier y pasaron un par de horas conversando. Anna se sentía muy feliz por su abuelo: Ya ni siquiera le hacía falta hablar del misterioso litón de cinco  para tener un tema de conversación. Javier volvía a sonreír, y eso era lo único que importaba.

8 de noviembre de 2019

Ojos dorados

Otra vez esas bestias. Podía oír sus gritos. Cómo se organizaban para entrar en su hogar y robarle sus tesoros. El oro y las joyas que había acumulado a lo largo de toda una vida; le habían costado sangre y dolor, no permitiría que nadie se los arrebatara, y mucho menos, esas sucias alimañas. <<¿Es que nunca se cansarán? ¿Nunca pararán de acecharme? Estoy tan cansado…>> Agudizó el oído para hacerse una idea del tiempo que le quedaba antes del enfrentamiento. Los intrusos ya estaban cerca. Se desperezó estirando las extremidades, le pesaba todo el cuerpo. Sabía que debía recurrir a su furia interior para poder vencerlos, pero se sentía incapaz de encontrarla, como si la llama que la había alimentado tantas veces se hubiera apagado para siempre. Pensó en rendirse, pero enseguida desechó la idea. Y además estaba ella... Tenía que protegerla, se lo había prometido, le había dado su palabra.

La muchacha lo había sorprendido hacía ya catorce noches, mientras dormía. Se había pasado todo el día fundiendo anillos y collares para transformarlos en lingotes de oro, una tarea que lo dejaba especialmente exhausto. Apenas se había ocultado el último rayo de sol cuando se había retirado a su lecho para caer en un profundo sueño. El sonido de una pila de monedas desparramándose por el suelo lo despertó, poniéndolo en alerta. Lo primero que pensó fue que un ladrón había logrado entrar en su hogar. Se levantó enfurecido, decidido a acabar con el intruso, y se dirigió sin hacer ruido hacia la sala principal. Como odiaba la oscuridad siempre dejaba antorchas encendidas en cada estancia, de manera que no le resultó difícil localizar al ladrón. Pero éste no tenía la pinta que él había esperado: se trataba de una niña. O eso le pareció, él no entendía de esas cosas. 

La muchacha tenía el pelo muy largo, de un color negro azabache y recogido en una cola alta que le caía hasta media espalda. Llevaba una capa de viaje de un tono indefinido, entre verde y gris, y unos pantalones de cuero curtido de un marrón oscuro. Pero lo que más le llamó la atención fueron sus ojos: eran de un castaño muy claro, casi amarillentos, o más bien, dorados. La curiosidad pudo más que el enfado y decidió observarla, oculto entre las sombras, aprovechando que ella aún no le había visto.
La muchacha cogió una gema roja y la levantó para inspeccionarla a contraluz. Se dispuso a guardársela en uno de los bolsillos interiores de la capa de viaje, pero cambió de idea y la dejó donde la había encontrado. No era una ladrona. Se dirigió hacia uno de los extremos de la sala y se sentó, apoyando la espalda contra una columna y rodeando sus piernas dobladas con los brazos. Hundió la cabeza en el hueco que quedaba entre su pecho y las rodillas y empezó a sollozar.

Él trató de acercarse un poco más a ella, despacio, sin hacer ruido, pero no fue lo suficientemente silencioso, así que la niña pronto lo descubrió. Al verlo se levantó rápidamente e intentó retroceder, pero se topó con la misma columna en la que había estado apoyada, y optó por quedarse quieta. Se notaba que estaba asustada, pero le miraba directamente a los ojos, cosa que le extrañó y complació a partes iguales. Para demostrar que no quería hacerle daño, él se sentó y bajó un tanto la cabeza, aunque sin dejar de mirarla en ningún momento.
La muchacha empezó a hablar en un idioma que él no supo reconocer. Al comprender que no la estaba entendiendo, levantó las manos en señal de paz. Lentamente, y sin darle la espalda, se acercó hacia un montón de monedas y cogió una. Él se removió inquieto, pero se obligó a esperar sin hacer nada, recordándose que no era una ladrona.
La niña volvió a colocarse delante de la columna y se sentó de rodillas al suelo. Sujetando fuertemente la moneda, empezó a dibujar unos trazos que él pronto pudo reconocer. Primero escribió la palabra “huida”, la señaló y se señaló a sí misma dos veces. A él le extrañó que la muchacha supiera escribir palabras en su antigua lengua pero dedujo que las habría sacado de algún libro y que no sabía ni cómo se pronunciaban. La chiquilla continuó arrastrando la moneda contra el suelo, para dibujar una corona seguida de la palabra “unión”. Rodeó los nuevos trazos con el dedo y luego volvió a señalarse, negando con la cabeza. Viendo la cara que había puesto la niña, él acabó de comprender lo que le estaba tratando de explicar. Dedujo que se había escapado de su familia para evitar un matrimonio concertado. No sabía si era una princesa o la querían casar con un príncipe, pero eso no importaba. Asintió con la cabeza para hacerle entender que la había comprendido. La muchacha borró lo que había escrito con la palma de la mano y escribió una última palabra “protección”. Le señaló a él, luego a los trazos del suelo y, por último, a ella misma. La súplica que encontró en la mirada de la joven le hizo asentir lentamente. No sabía muy bien por qué pero le importaba, así que decidió acceder a protegerla. <<Son sus ojos -pensó- esos ojos dorados...>>
Desde entonces se habían comunicado a través de la escritura. Él le había dado lápices y pergaminos en los que practicar, así como un libro con frases sencillas y muchas imágenes. A pesar de que les costaba comunicarse, le estaba cogiendo el gusto a su compañía. No se había dado cuenta de lo solo que se sentía hasta que la muchacha había aparecido.


El repicar de las armaduras cada vez más nítido lo devolvió a la realidad. Imaginar lo que le harían esos monstruos a la niña si la encontraban volvió a despertar algo en su interior: un calor que se originaba en su estómago, le subía por la garganta hasta encontrar el paladar y transformarse en algo parecido a un grito. Estaba preparado. Se aseguró de que la chiquilla estaba escondida en lo que se había convertido en su habitación, y apagó casi todas las antorchas de la sala principal. Oculto entre las sombras, esperó.
Esta vez se trataba de un grupo de quince hombres, aunque para él solo eran bestias, alimañas, y por lo tanto, enemigos. Iban enfundados en pesadas armaduras de color gris mate, a juego con las grandes armas que ya habían desenvainado. Avanzaban con cautela, cuchicheando asombrados por los tesoros que inundaban la estancia. Los observó mientras dejaban a un lado sus armas, se quitaban las capas para hacer una especie de grandes sacos y empezaban a llenarlos con joyas y oro. Se obligó a mantener la calma y los rodeó lentamente deslizándose por detrás de las anchas columnas, hasta colocarse delante de la única entrada y, por lo tanto, de la única salida. Cuando se dieron cuenta de su presencia ya era tarde. Alcanzó al intruso que tenía más cerca y lo decapitó de una dentellada. Disfrutó el sabor metálico dándose cuenta de que lo había echado de menos. Los demás intrusos reaccionaron rápido pero torpemente: dejaron los sacos que habían estado llenando; cogeron sus armas y adoptaron una formación de defensa. Se gritaban unos a otros sin que él comprendiera lo que estaban diciendo, a excepción de una palabra: “dragón”. <<Sí –pensó temed al dragón que os va a fundir las entrañas.>> Estaba dispuesto a matarlos a todos: habían osado adentrarse en su hogar; habían visto sus tesoros; buscaran o no a la chica, ya no podía dejarlos marchar.

El grupo se replegó plantándole cara e intentando rodearlo. Él hacía lo posible por no perder a ninguno de vista, de manera que se movía constantemente de un lado a otro. Se dispusieron a atacarlo todos a la vez. De un cabezazo pudo detener a tres, lanzándolos por los aires un par de metros más allá, mientras que con una de las patas traseras aplastó a un cuarto. Pero aún quedaban diez, que arremetían contra él con todas sus fuerzas para intentar herirlo. Cambiaba de dirección tan rápido como le permitían sus pesadas piernas, pero no lo suficiente como para evitar recibir varios golpes. La mayoría de ataques rebotaban contra sus escamas pero un par de filos lograron atravesarlas. Aunque solo le provocaron cortes superficiales, el dolor le hizo gruñir violentamente. Eso fue suficiente. Lleno de ira, generó una gran bocanada de fuego que salió de sus fauces alcanzando a dos de sus enemigos y fundiendo un montón de monedas cercano. Un charco de oro burbujeante empezó a expandirse por el suelo, atrapando y quemando vivo a otro de los intrusos.

Le atacaban incansablemente y él los esquivaba al mismo ritmo. Apenas había tenido tiempo de arrancarse las dos espadas que le habían clavado. Lanzó otra llamarada y esta vez logró abrasar a cuatro, pero los otros reaccionaron lo suficientemente rápido como para redirigir el ataque. Notaba cómo su corazón latía cada vez más rápido: sus fuerzas empezaban a decaer. <<Soy viejo para esto–pensó abrumado– encender la llama me cuesta demasiado...>> Pronto notó un fuerte dolor en la espalda y se dio cuenta de que le habían clavado una espada y un hacha profundamente. Dos de los intrusos que había tirado por los aires se habían recuperado y vuelto a la lucha atacándole por sorpresa. Tenía a esos dos encima del lomo, acuchillándole una y otra vez, mientras que otros tres arremetían contra sus patas traseras. Intentó librarse de ellos y logró patear a uno, pero aún tenía a los dos encima y otros tantos acechándole desde el suelo. Se dejó caer de espalda para aplastarlos a todos, pero tres de los intrusos le esquivaron rodando por el suelo. Antes de que él mismo pudiera levantarse, los que aún quedaban con vida ya se habían incorporado y se lanzaban a su cuello con las espadas alzadas. Las clavaron tan profundamente que se vieron arrastrados cuando él se giró retorciéndose de dolor.
Trató de levantarse pero el cuerpo no le respondió. Estaba exhausto y dolorido. Notaba en su interior un frío que avanzaba dominándole, paralizando sus músculos. Nunca había sentido nada parecido y estaba asustado. Empezó a tiritar cada vez más fuerte. Hasta que perdió el mundo de vista.


Una fuente de calor cercana le dio las fuerzas necesarias para abrir los ojos; como si tirara de él para sacarlo de la oscuridad. Logró enfocar la vista. Los tres enemigos que lo habían herido estaban tendidos en el suelo delante de él: a uno le faltaba medio cuerpo; otro estaba calcinado; y al tercero lo habían decapitado. Confuso, apartó la mirada para localizar la fuente de calor que aún sentía. Y allí la descubrió, viéndola como debería haberla visto el primer día. Reconociéndola y reconociéndose en ella. Esos ojos dorados, más grandes, brillantes y letales que nunca. La miró con gratitud, y se abandonó al frío en paz, sabiendo que había encontrado a alguien que cuidaría de sus tesoros.

1 de noviembre de 2019

Bienvenida

Bienvenido, Bienvenida. Bienvenida, Bienvenido,

Supongo que no me conoces de nada.

Pero has llegado aquí, y eso ya es mucho. Por ahí se empieza.

Me llamo Ariadna y he seleccionado premeditadamente el título de este blog. Para mi escribir es una necesidad, una responsabilidad, casi un deber... Porque recientemente me he permitido aceptar que mi sueño es vivir de la escritura y, como mínimo, pienso dedicarle mucho más tiempo que antes. De hecho, he decidido que va a ser mi prioridad.

Para más información te contaré que soy ingeniera informática. ¿Estos a los que no les gusta la gente? ¿Estos a los que no les gustan las letras? ¡Pues sí! Y no me gano nada mal la vida, pero...



Mi pasión es escribir.

Y no artículos científicos, manuales, guías técnicas o informes... Sino historias fantásticas, de ciencia ficción, de vivencias fáciles y difíciles, de personas, de mágia, de lucha... todo aquello que os pueda trasladar a una realidad paralela y haceros disfrutar tanto como yo disfruto con mis referentes.

Así que aquí estoy. Con un cambio de vida por delante, una pasión que se me escapa por los poros y muchos interrogantes.

¿Pero qué sé seguro? Que ya soy un poco más feliz que antes de empezar este blog.
¿Y más concretamente? Que aquí publicaré cuentos, historias y reseñas.

Porqué escribir siempre me ha permitido avanzar. Y se lo debo a mis profesores de idiomas, de literatura, pero sobre todo, me lo debo a mí misma.

Bienvenida, Bienvenido. Bienvenido, Bienvenida,

Espero que disfrutes tanto leyéndome como yo escribiendo para ti.