1 de noviembre de 2022

Progreso 2022: Aniversario del blog

¡Hola!
Hacía mucho que no publicaba una entrada sobre mis progresos escritoriles, pero el aniversario del blog me ha brindado la excusa perfecta para hacerlo. El último artículo que publiqué sobre este tema fue a finales de 2020, y lo he tomado como punto de partida para trabajar esta actualización:

El blog
En la última entrada que escribí, llevábamos 19 relatos publicados en el blog, y hoy ya tenéis a vuestra disposición 40 entradas con contenido narrativo. Estos textos están organizados en 13 categorías, destacando las nuevas de "Ciencia ficción", "Denuncia" o "Discolora". Como otra novedad a comentar, también publiqué mi currículum de escritora en el artículo titulado "Sobre mí", para que me conozcáis un poco mejor.

Respecto a las cifras del bloc, Analytics me indica que hemos tenido un total de 834 usuarios (partíamos de 334), con más de 1500 sesiones y casi 2700 visualizaciones. Muchas gracias a tod@s por leerme, ver cómo el blog va creciendo me da ánimos para seguir esforzándome.

¡Y precisamente estamos de celebración, ya que el blog hoy cumple 3 años! Para celebrarlo voy a organizar un sorteo de uno o dos libros (dependiendo del poder de convocatoria que tenga). Estad atentos a mi cuenta de Twitter, ya que por ahí anunciaré todos los detalles.

Formación
Os conté que iba a empezar un curso de Narrativa en la escuela Caja de Letras, pues bien, hice este y otro de ciencia ficción. De momento no voy a hacer ninguno más, pero estoy viendo los vídeos del seminario anual sobre escritura creativa que imparte Brandon Sanderson en la Brigham Young University. Os dejo el enlace a la primera de las clases. Recientemente también me han recomendado una fuente de contenidos varios para aprendices de escritura como yo, cuando la haya explorado ya os contaré si me ha resultado útil.

Certámenes
Por fin se pudo celebrar la entrega de premios de la convocatoria de relatos sobre gente mayor y TIC en la que era finalista y, si bien mi relato no fue el ganador, sí que lo incluyeron en la publicación física de la antología. Me hizo mucha ilusión que me seleccionaran y ver mi relato editado. Os dejo el enlace por si os apetece leerlo: "Parpadeo en rojo".

Durante estos tres años he participado en un total de 10 convocatorias, estoy esperando el fallo de una de ellas y me han seleccionado en 3. Con uno de los certámenes en los que mi trabajo fue elegido, me llevé una gran decepción, ya que finalmente el proyecto se canceló, pero qué le vamos a hacer. Al menos me sirvió para escribir un relato largo que llevaba tiempo rondándome la cabeza. Al final decidí publicarlo en el blog, aquí tenéis el enlace, se titula "Discolora". Y también decidí colgarlo en Lektu, para aprender un poco cómo va la plataforma (aunque la portada me quedó bastante cutre, fue interesante hacerlo).

Para cerrar este apartado, solo comentar que ya no escribo la entrada mensual sobre certámenes de género, ya que quería centrarme en otros proyectos. Uno de estos proyectos todavía no se puede contar, pero espero conseguir sacarlo adelante y anunciar todos los detalles pronto 😉.


Cuenta de twitter
La cuenta @arirsoler tenía 242 seguidores la última vez que os di las cifras, ¡y ahora ya son 585! Mil gracias por seguirme, vuestro apoyo es fundamental y muy enriquecedor.

Novelas
Sobre este aspecto no tengo demasiadas novedades. No he avanzado con ninguna de las dos novelas, y empecé a planificar una tercera para un certamen que, finalmente, se canceló por el futuro cierre de la editorial promotora, así que la aparqué. Ahora mismo no me veo trabajando en un proyecto muy largo, por necesidad de dedicación y ganas, pero a ver si durante 2023 me vuelvo a animar y rehago la novela de fantasía 💪.

Colaboraciones
La primera colaboración a destacar fue con el talentoso doblador Sergio Martínez que, junto con Ariadna Santos, locutó mi relato "Nadia y Nero". El resultado obtenido no pudo ser mejor, os dejo el enlace al vídeo que publiqué en Youtube para que lo juzguéis por vosotros mismos.

Y la segunda es mucho más reciente: Desde hace unos meses, participo como redactora en el blog espiademonios.com. De momento he escrito dos artículos "Recetario culinario: ¿Qué comen nuestros héroes?" y "De monstruos, bestias y criaturas fantásticas", pero ya estoy trabajando en un tercero y también en un relato que, espero, os hará pasar un mal rato (en el buen sentido).

¡Y hasta aquí! No me enrollo más. Seguiré publicando relatos en el blog e intentando participar en el máximo número de convocatorias posible, que siempre se aprende mucho. 
Por último, os mando un abrazo y os doy las gracias por leerme.


5 de agosto de 2022

Del calor, una pala y esa orquídea

Isa ya ha vuelto a abrir. ¡Qué manía! Se nos va a llenar el piso de moscas, cada año igual. A la que pasamos de los veinte grados se sube el ventilador del trastero, se enfunda en unos shorts que le van dos tallas grandes, se hace una trenza horrible con su increíble melena y se pasa el día abriendo y cerrando las ventanas del piso. No es que se lo pueda reprochar, ¡está ardiendo! Cuando nos saludamos o, normalmente por error, rozo su piel, me sorprendo de lo elevada que es su temperatura corporal. ¡Quema!

Y supongo que por eso también atrae a todos los mosquitos de la ciudad. Apenas estamos a principios de julio y ya lleva las piernas completamente acribilladas a manchurrones rojos. Encima les tiene una especie de alergia, por lo que simples lunares rosados, se convierten en encarnizadas y palpitantes ampollas. ¡Y nunca la verás rascarse¡ Que autocontrol tiene, la tía… Conmigo no demuestra tanta paciencia, enseguida se enfada y empieza a gritarme. En fin.

Total, que me he comprado una de esas raquetas pensadas para matar todo bicho volador. Es como una pala de playa, pero tiene tres capas de alambres electrificados que se solapan para garantizar que ningún insecto escapa a sus descargas. ¡Y cómo petan! A la que atrapas uno se achicharra al instante. Se oyen tres chasquidos, adornados con impresionantes chispas azules, y no queda ni rastro del intruso. Ya verás la próxima vez que Isa se olvide de tirar la basura después de hacer paella. ¡Nuestra cocina va a arder más que las fallas de Valencia!

Pero claro, a Isa la raqueta no le gusta. De hecho, la desprecia. Cada vez que me deshago de una mosquita, se sobresalta por el ruido y me mira con desaprobación, para luego decirme que lo que estoy haciendo es cruel. ¿Cruel? ¿Yo? Si ella no se pasara el día abriendo todas las malditas ventanas del piso, yo no tendría que recurrir a estas artimañas para mantenernos libres de plagas. Además, ella es la primera que ve una araña y me pide que la mate. ¡Será hipócrita! Odia los bichos tanto como yo, ¡o incluso más!

Y dicho sea de paso, la mayoría de los insectos que nos invaden salen de sus plantas, aunque ella diga que no. Tiene el balcón lleno de una colorida red de flores pestilentes que atrae tanto a abejas como avispas, e incluso libélulas. Por no hablar de las orquídeas que tiene dentro de casa. El otro día compró una en un vivero de vete tú a saber dónde, y resulta que está llena de gusanos. ¡Arg! Solo de pensarlo me pica todo. Qué lástima que no pueda usar la pala para librarnos de ellos. Y, créeme, no será por qué no lo haya intentado…


De hecho, precisamente por eso hemos tenido la última bronca con Isa. Esta mañana estaba llevando a cabo mi ya habitual ritual de eliminación de cuerpos voladores indeseados, cuando, sin querer del todo, le he dado a una de las orquídeas. La amarilla infestada de gusanos, para ser más exactos. Y los filamentos que recorren la raqueta se han encendido como nunca, ¡cómo ha petado, la jodida! Si hasta ha desprendido un nuevo color, como de un tono marrón clarito, tirando a ocre. Será por todo los bichos que tiene la planta. Seguro que también está llena de lavas y huevos, ¡qué asco me da!

El incidente no me hubiera sabido tan mal, si no fuera porque justo Isa se estaba haciendo el café y me ha visto. Y joder, cómo se ha puesto. Que si lo he hecho adrede, que si no la apoyo en sus aficiones, que si siempre estamos igual, que si esto con Éloïse no pasaba… ¡Pues no sé! Quizás si SUS aficiones no nos llenaran el piso de bichos, me harían más ilusión. Y si tanto echa de menos a Éloïse, pues que se vuelva con ella para que le destroce de nuevo el corazón, ¡a mí qué me cuentas!

Total, que aquí estoy. Durmiendo en el sofá por deferencia a mi hermana que no se lo merece. No ha sido capaz de agradecerme la hospitalidad con la que la recibí ni una sola vez. ¡En tres años! Te juro que cada vez me cuesta más soportarla. Con lo mona que era de pequeña y lo neurótica que se ha vuelto. Cada día se parece más a mamá. Y para aclararlo diré, que eso no es un cumplido. Nada más lejos de la realidad…

De repente noto un tirón en la pierna que sacude todo mi cuerpo, interrumpiendo la retahíla de reproches con la que me estaba imaginando sermonear a Isa. Algo me está agarrando del tobillo izquierdo. Me revuelvo con todas mis fuerzas, golpeando con el pie libre, la especie de cuerda que me agarra el otro. A pesar de que me cuesta un horror, logro liberarme y recojo ambas piernas rodeándolas con los brazos, y apretándolas contra el pecho. Miro a mi alrededor sin identificar qué es lo que me ha atacado. Parece que la oscuridad se ha vuelto más densa, ni siquiera logro distinguir la silueta de la puerta que da al pasillo. Soy consciente de que solo unos pasos me separan del rellano, pero no soy capaz de moverme. Controlando el temblor al que se han abandonado mis mandíbulas, logro articular una orden:
—A… A… ¡Alexa! ¡Enciende comedor!

Sin esperar a que el asistente interprete correctamente el comando, lo repito tres veces aunque me falte el aliento. Enseguida noto un pinchazo en mis pulmones a modo de queja, mi pecho se contrae en una presión asfixiante. Cuando por fin se hace la luz, veo lo que me había apresado. De hecho, a juzgar por su postura y sus movimientos, lo que está intentando es comerme. Mi corazón intenta huir despavorido de la escena, haciendo que mi pecho suba y baje a un ritmo frenético. Demasiado rápido, demasiado intenso. Creo que voy a desmayarme.

Haciendo un esfuerzo para no cerrar los ojos, me permito contemplarla. Una filigrana de tallos verdes y gruesos que se alza tres cabezas por encima de mí. Cada tallo está coronado por decenas de grandes flores amarillas. Y, para mi desgracia, todas esas flores están equipadas por una buena ristra de colmillos afilados, así como una melena de gusanos. Para resumir, la orquídea amarilla se ha hecho gorgona, con decenas de bocas y garras horribles que amenazan con desgarrarme la carne. Cada hoja se ha transformado en una especie de mano que podría degollarme con solo centrar el tiro.

La mutante se abalanza sobre mí con una fuerza descomunal. Noto su ansia, su hambre en cada impacto y en cada corte que me hacen sus lacerantes protuberancias. Me inmoviliza. Siento un arrepentimiento tan profundo que me atraviesa la espalda. Quisiera pedirle perdón por haberla menospreciado, por haberla electrocutado. Hasta que entiendo que ni siquiera está enfadada conmigo por eso. Todo esto va mucho más allá y, a la vez, es mucho más primitivo. Está ambienta. La orquídea amarilla, con su corona de gusanos, sus pétalos convertidos en bocas y sus hojas hechas garras, solo quiere comerme. Le da igual quién sea, quién haya sido o lo que le haya hecho. Y nada va a hacer que se detenga.

Justo cuando mis extremidades empiezan a desaparecer entre las fauces de semejante engendro, no puedo evitar reprocharme que yo lo haya creado. La pala lo ha despertado. ¡Está vivo¡ Y cuando acabe conmigo, irá a por Isa. A no ser… a no ser que ELLA sea más fuerte y lo detenga. Me aferro a la poca vida que me queda para ocuparme, una vez más, de mi hermana pequeña. Sé que solo hay alguien que puede ayudarla.
—Lo siento, Éloïse, hermana. —mascullo entre el gorgoteo de sangre que inunda mi garganta—. ¡Alexa! ¡Llama a Bruja!

Una voz lejana sale del altavoz del asistente. Intento contestarle, pero ya no me salen las palabras. Sin fuerzas para seguir, me abandono a la oscuridad que, dada la alternativa, ahora ya no me parece tan aterradora. No quiero seguir viendo cómo mi creación me engulle. En el último instante, el único consuelo que me queda es pensar que Éloïse estará de camino. Sé que ella lo resolverá todo. De un modo u otro, siempre lo hace.


4 de junio de 2022

Discolora - final

>> Este relato está disponible en Lektu, bajo pago social. A continuación encontrarás la última parte. En los siguientes enlaces también tienes los dos primeros capítulos "Pròlogo y Asignación", el tercero "Temor", así como el cuarto y el quinto "Quebranto y Descubrir".
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Inmensidad

Caminaron en silencio hasta el único lugar de Pigmea en el que serían capaces de mantener la conversación que necesitaban. Para el alivio de ambas, la playa estaba desierta. Se sentaron a una distancia prudencial de la orilla, lo bastante cerca para ver cómo las olas se deshacían en la arena, sin que hubiera riesgo de mojarse. Lera no sabía muy bien cómo enfocar lo que quería decir, aun así, se decidió a intentarlo. Carraspeó y se giró hacia Hiela para quedar frente a ella. La joven la imitó, aunque manteniendo la cabeza gacha.
—Esto ha llegado demasiado lejos... —empezó Lera.
Hiela pasó a mirarla fijamente, reprochándole sin necesidad de hablar, lo que acababa de decir.
—No me mires así, tienes que hacer un esfuerzo por comprenderlo.
—No, mamá, ¡tú tienes que hacer un esfuerzo por comprenderme! —la corrigió Hiela.
—Esto no es fácil —continuó Lera.
—¿Y me lo dices a mí? ¡Pues claro que no es fácil! En el centro todas me miran y cuchichean a mi paso, y no solo las otras adeptas, también las maestras. Lo mínimo que esperaba, era un poco de comprensión por parte de las personas que se supone que me quieren. Al menos de TI.
Hiela estaba haciendo un terrible esfuerzo por retener las lágrimas que le estaban empezando a inundar los ojos.
—¿Y no sería mejor intentar seguir el itinerario del agua y ya está? —propuso Lera en tono abatido.
—¿A ti te gustaría que te obligaran a seguir el camino del fuego?
—No es lo mismo. Yo soy agua, ¡y tú también!
—¿Por tener el pelo y los ojos azules? ¡Venga ya! —protestó Hiela— Los designios de la Diosa, y las conexiones místicas que tenemos con los elementos, son mucho más que una simple cuestión de pigmentación. No es un tema físico, están en nuestra esencia.

Mientras la parte de Lera que necesitaba hacer las paces con su hija la invitaba a reflexionar y a considerar como una revelación lo que la joven le estaba contando, la otra no dejaba de chillarle que aquello era herejía. Le hubiera gustado hacer callar a ambas para escuchar, sin prejuicios, todo lo que Hiela tenía que decir.
—Si me tiño el pelo y me pongo lentillas de color, ¿ya puedo seguir el elemento que quiera? —expuso Hiela.
—No, esto no funciona así —sentenció Lera.
—Exacto. Y si la Diosa Gamma estuviera en contra de que yo fuera una adepta de la tierra, ¿crees que me habría creado así?
—Todo esto es muy confuso, Hiela. Lo único que sé, es que te quiero, y que no puedo verte sufrir de esta manera.
—Mamá…
—Es verdad —reafirmó Lera, rompiendo a llorar.

Hiela descruzó las piernas y se abalanzó contra su madre en un cariñoso abrazo, que ella le devolvió rodeándola con fuerza. Permanecieron un buen rato abrazadas, sollozando; hasta que descargaron la tensión que habían estado acumulando en los últimos días.
—Oye, ¿y has pensado en cambiarte el nombre? Podríamos llamarte “Tierri”.
—¡No! ¡Qué horror! ¡Eso es nombre de mascota!
Madre e hija estallaron en una sonora carcajada que, por necesidad, se prolongó bastante más de lo que hubiera estado justificado. Cuando terminó, a ambas les dolía el abdomen de tanto reír.
—¡Aaayyy! —suspiró Lera estabilizando su respiración— Lo que no sé es cómo vamos a contárselo a tu abuela.
—Mamá, la abuela ya lo sabe. Creo que lo supo incluso antes que yo.
—¿Qué quieres decir? —se extrañó Lera.
—Pues que ella fue la que me habló de las Discoloras.
—Así que “una chica mayor del itinerario del aire”…
—No sé, me asusté —se excusó Hiela encogiéndose de hombros.
—Está bien, está bien. —aceptó Lera, tras lo cual le dio a su hija un sonoro beso en la frente.

Estuvieron un buen rato sin decir nada, disfrutando de la paz que les proporcionaba centrarse en el sonido de las olas del mar arremetiendo contra la orilla. Al fin Hiela rompió el silencio, cediendo ante una idea que la había estado rondando desde que habían llegado a la playa.
—Vamos, mamá —le propuso con entusiasmo.
Sin esperar a que le respondieran, Hiela se levantó. Con movimientos rápidos, se quitó los zapatos, los tiró a un lado y avanzó decidida hacia la orilla. A pesar de que Lera no estaba muy convencida de que fuera una buena idea, los días todavía no eran especialmente calurosos, la imitó y se situó a su lado. No tardó en sentir cómo el agua le fluía entre los dedos de los pies. Estaba helada. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
—Diosa, ¡nos vamos a congelar! —exclamó con la voz entrecortada.
Hiela se agachó un poco y extendió un brazo. Antes de proseguir, miró a su madre para acabar de despejar sus dudas, tras lo cual pasó la mano por encima de los pies de ambas, sin llegar a tocar la superficie del mar. Lera enseguida notó cómo se aliviaban las mil agujas que le habían estado atacando los pies. La temperatura del agua estaba subiendo.
—¡Hiela! ¿Tú sabes lo que esto significa? —exclamó Lera con emoción.
—Sí, pero de momento no quiero que nadie más se entere. No me siento cómoda conectando con el agua —respondió la joven con serenidad—, y no me apetece llamar todavía más la atención.
Se notaba que Hiela había pensado mucho en ello. A Lera le hubiera gustado explicárselo a todo el mundo, asegurarse de que todas se enteraban de lo que era capaz de hacer su hija, y en especial, que lo supiera Pikka. A pesar de eso, sabía que debía respetar los deseos de Hiela, ya habría tiempo de poner a prueba su poder.
—De acuerdo —aceptó Lera al fin—, lo que tú necesites.
—Gracias —susurró Hiela esbozando una tímida sonrisa y ladeando la cabeza hasta apoyarse en el hombro de su madre.
—¿Y con el fuego y el aire has probado? —quiso saber Lera.
—¡Mamá!
—Vale, vale. A tu ritmo…

Se quedaron a admirar la puesta de sol; sin preocuparse por el viento que les removía el pelo, con los pies enterrados en la arena y la mirada puesta en la gran extensión de agua que se abría ante ellas. Qué importaba el elemento al cual consagraran sus vidas, todos eran, en su conjunto, la materia prima de la vida.




Ajenos a los sucesos que se precipitaban por el vértice del presente, los elementos fluían sin preocuparse por las cuestiones banales que solían obsesionar a los humanos. El agua se desbordaba, el aire expandía, el fuego purgaba y la tierra se obsesionaba en retenerlo todo. Si a alguien no le parecía bien semejante indiferencia, siempre podía quejarse a la Diosa Gamma, aunque esta le haría todavía menos caso que los elementos. En cuanto creaba un nuevo ser, la Diosa enseguida perdía el interés, dejándolo a su libre albedrío. Lo divertido era diseñarlos, todo lo que viniera después, ni le incumbía ni le importaba.


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Agradecimientos

A Luca, por abrir mi mente y hacer que quisiera aprender. Te mando un achuchón.
A Marc, por apoyarme y soportar mis intempestivas sesiones de juntaletras. Te amo.
A mi madre, por ser la más dispuesta e entusiasta de mis lectoras cero. Te quiero.
A Nuri, porque sé que me habrías animado a presentarme a esta convocatoria. Me encantaría que hubieras podido leer este relato. Te echo de menos.
A Mario, por tener siempre palabras de ánimo y por su sinceridad como lector cero.
A Esther, por su asesoramiento y estar siempre dispuesta a ayudar.


28 de mayo de 2022

Discolora III

>> Este relato está disponible en Lektu, bajo pago social. A continuación encontrarás la cuarta y la quinta parte y, en estos enlaces, las dos primeras "Pròlogo y Asignación", así como la tercera "Temor".
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Quebranto

Después de salir del centro de erudición, Lera no regresó enseguida a casa. Tenía que calmarse. En el estado en el que se encontraba no podía hablar con Hiela, y considerando lo que estaba en juego, debía ser capaz de mantener la cabeza bien fría. Se dirigió hacia la única playa que tenía Pigmea. Confrontarse con la inmensidad del mar siempre lograba tranquilizarla. El lugar estaba desierto, ya que era uno de esos días grises en los que apetece quedarse en casa, y Lera lo agradeció. Necesitaba dejar que el dolor que sentía se desbordara. Y necesitaba convencerse de que todo había sido un error, un terrible malentendido. Cuando se sintió con fuerzas, se dirigió hacia su hogar dispuesta a confirmarlo.

A pesar de que no sabía si su hija estaba en casa, nada más entrar por la puerta se acercó al hueco de la escalera y le pidió que bajara, tras lo cual se sentó en la cocina a esperarla. Reaccionando a la urgencia que desprendía el tono que había usado su madre para llamarla, Hiela bajó enseguida, y recorrió el pasillo hasta detenerse en el umbral de la puerta que daba a la cocina.
—Siéntate —le ordenó Lera mientras se frotaba ambos ojos con una mano.
Hiela se dio cuenta de que su madre había estado llorando, y de que estaba haciendo un auténtico esfuerzo por contener las lágrimas. Decidió obedecerla y tomó asiento sin atreverse a decir nada.
—He hablado con esa tutora que te han asignado. Y la muy víbora ha insinuado, no, ¡ha afirmado! Que eres una Discolora.
Lera escupió cada palabra como si se tratara de algo en mal estado que hubiera ingerido por error. Ante el silencio de su hija, decidió insistir. Necesitaba oír que todo había sido una confusión.
—Es absurdo, ¿no? Esa mediocre solo quiere encontrar una excusa para hacernos daño.
—Mamá, yo… —a la joven no le salían las palabras, aunque no hizo falta para que Lera obtuviera su respuesta.
—Joder, Hiela. Cualquier cosa menos esto.
—No es algo que se pueda elegir —se justificó Hiela empezando a ponerse de mal humor.
—Y tanto que puedes. De hecho, vas a hacerlo.
—Mamá, yo no me siento agua, no reconozco el azul de mi pelo ni el de mis ojos. Es como si estuviera viendo partes de otra persona.
—¿Y en mí tampoco lo identificas?
—Claro que sí. No es que confunda los colores, es que el elemento con el que conecto a nivel espiritual, y que me representa, es distinto al que se manifiesta en mis rasgos físicos.
—Qué tonterías dices. ¿Quién te ha metido esa sarta de ideas paganas en la cabeza? —quiso saber Lera.
—¡Nadie!
—Eres una adepta del camino del agua, así lo ha designado Gamma y así será —sentenció Lera.
—¡Soy tierra! —chilló la joven, desesperada.
En un rápido movimiento, Lera se levantó de la silla en la que estaba sentada, se apoyó con un brazo en la mesa que la separaba de su hija para acercarse a ella, y le dio una bofetada. Hiela se quedó en shock. Su madre nunca le había puesto la mano encima, y que hubiera recurrido a la violencia para intentar resolver su crisis de identidad era algo que no se esperaba. Una vorágine de emociones se apoderó de ella. Se sintió traicionada, y una mezcla de pena e ira dirigió sus siguientes palabras.
—Y si no puedo cambiar, ¿qué? ¿Vas a matarme? —preguntó Hiela mirando a su madre directamente a los ojos.

La manera en la que Hiela se dirigió a ella hizo que Lera sintiera un dolor que nunca antes había experimentado; ni siquiera el día que, combatiendo, le fracturaron la pierna por tres sitios distintos. Tardo año y medio en rehacerse de aquella batalla, y todavía cojeaba. Ahora sentía que jamás podría recuperarse del odio que desprendían las palabras que la acababan de golpear. La habían roto por dentro. La idea de que su propia hija la creyera capaz de llegar hasta ese extremo era desgarradora.
Hiela interpretó mal el silencio de su madre, quien no lograba articular palabra.
—¡Eres un monstruo! —le gritó la joven antes de salir corriendo escaleras arriba, sollozando.
Aunque Lera hubiera deseado seguir los pasos de su hija para pedirle disculpas y recordarle lo mucho que la quería, permaneció inmóvil, incapaz de reaccionar. Estuvo horas sentada, recreando una y otra vez la discusión que acababan de tener. Se preguntaba cómo habían podido acabar de ese modo. Y que esa fuera la primera vez que discutían lo hacía todavía más terrible. Lera jamás se había sentido tan sola.



Descubrir

A la mañana siguiente, Hiela se fue al centro de erudición mucho más temprano de lo habitual, antes de que Lera se despertara. La joven estaba dolida por todo lo que había pasado y no quería encontrarse con su madre, así que salió a hurtadillas de la casa cuando todavía no había amanecido. Un par de horas más tarde, Lera abrió los ojos sin acordarse de la discusión que había tenido con su hija la noche anterior. Había estado soñando con la primera vez que llevó a Hiela al museo de las conexiones místicas. La pequeña apenas tenía cinco años. Habían ido a pasar el día a uno de los lugares favoritos de Lera. Se trataba de un gran edificio blanco organizado en cuatro salas, además del recibidor principal y las zonas reservadas a las trabajadoras. Cada estancia estaba específicamente diseñada para contar la historia y las características principales de un elemento. Hiela alucinó con los colores, las luces y las voces que le narraron las escenas más épicas del despertar de los elementos en Irise. Qué imágenes, la pequeña quedó fascinada. Y sin llegar a comprender el compromiso que estaba adquiriendo, le prometió a su madre que sería una adepta del camino del agua.

Acabándose de desperezar, Lera notó que estaba sola en casa, y esa certeza trajo de vuelta la confrontación que había tenido con su hija. El dolor que la había mantenido en vela la mayor parte de la noche volvió, golpeándola como una maza de acero. ¿Qué había sido de la promesa que la pequeña Hiela le había hecho hacía apenas diez años? ¿Cómo podía ser que su propia hija renegara del legado familiar y del gran poder que corría por sus venas? Lo quisiera o no era una adepta del camino del agua. Y no solo por la sangre que corría por sus venas, ¡Gamma así lo había dispuesto! Si se emperraba en despreciar sus orígenes, lo menos que podía hacer era respetar los designios de la Diosa. Por más vueltas que le daba, Lera no lo entendía, ¿quién no querría seguir el camino del agua teniendo la oportunidad? La parte de Lera que estaba empezando a hacer el esfuerzo por comprender a su hija, también temía por la reacción de la Diosa. ¿Las haría caer en desgracia?

De repente una idea la atravesó como una descarga eléctrica. ¿Y si todo lo que estaba pasando era un castigo divino por algo malo que ella había hecho? Ese miedo la trasladó a la época en la que había servido al ejército de Irise. Había hecho cosas horribles para proteger la nación y garantizar su futuro, que su intención y sus motivos fueran nobles no excusaba ninguna de ellas. Pocas circunstancias justificaban matar a otro ser humano, y mantener un estilo de vida o tener miedo a los cambios, no formaban parte de esa lista. Cuando Lera se dio cuenta abandonó su cargo y truncó su prometedora carrera militar. Considerando cómo le había quedado la pierna en la última batalla que había liderado, nadie la cuestionó, ni le hizo más preguntas más allá de lo estrictamente necesario.

Discutirse con Hiela y rememorar toda la mierda de su pasado era mucho más de lo que Lera podía superar en un mismo día, así que decidió intentar distraerse con tareas que requirieran cierta concentración. Hiela todavía tardaría unas horas en volver del centro de erudición, entonces podrían hablar y arreglar las cosas. Estuvo a punto de llamar a su madre varias veces para pedirle consejo, pero no se veía con fuerzas de romperle el corazón contándoselo todo. Y también le daba un poco de miedo descubrir cuál sería su reacción, dicha sea la verdad. Así que Lera se centró en recoger la casa, reordenar la biblioteca y en preparar alguna cosa comestible para comer. Esa última ocupación no fue nada fácil, ya que no era solo que no le gustara cocinar, es que lo odiaba con todas sus fuerzas. Y se le daba mal. Solo era capaz de ser medio competente siguiendo las instrucciones de Hiela. Con todo logró preparar una sopa bastante potable. Nada del otro mundo, verduras flotando y cuatro fideos pasados. La sirvió en unos anchos platos hondos y se sentó en la mesa de la cocina a esperar a Hiela, sabía que no podía tardar mucho, siempre llegaba a la misma hora.

Pero la sopa se enfrío sin que Hiela hubiera entrado en casa. Hacía más de una hora que Lera la estaba esperando. Y sucumbiendo a la preocupación, al fin decidió ir a buscarla al centro de erudición, donde esperaba encontrarla. Cuando estaba a un par de calles de su destino, vio cómo un fino remolino de arena aparecía de repente de detrás de un edificio, y se alzaba hacia el cielo formando una columna. Sorprendida por la magnitud y la violencia del fenómeno, Lera aceleró el paso. La tromba solo podía proceder del patio de la academia.

En apenas diez minutos más, Lera llegó al centro de erudición. En lugar de entrar por la puerta principal hacia el recibidor, rodeó el edificio para acceder al patio trasero, donde las adeptas recibían la instrucción práctica. Una vez allí, encontró un corro de jóvenes gritando y aplaudiendo. A juzgar por las ráfagas de tierra que se alzaban por encima de la multitud, Lera dedujo que había dos adeptas luchando en medio del círculo. Tilipa, la tutora de Hiela, también formaba parte del corrillo, y sujetaba un cuaderno en el que iba tomando notas. Lera se situó a su lado, un paso por detrás, y carraspeó con fuerza para que le dejaran un sitio. Dándose por aludidas, tanto la docente como la adepta que tenía a su derecha se apartaron un poco. Tilipa saludó a Lera con un gesto de cabeza, que esta le devolvió.

Justo en el momento en el que Lera dirigió la vista hacia las adeptas que estaban luchando, la más alta de ellas lanzó una bola hecha de centenares de diminutas piedras hacia su adversaria. Reaccionando con una velocidad asombrosa, la otra joven extendió los brazos a ambos lados de su cuerpo, para luego flexionarlos hacia arriba hasta formar, con cada uno, un ángulo de noventa grados. Una gran cantidad de tierra se levantó desde el suelo, y formó una barrera protectora delante de la adepta. La bola de guijarros se fundió en el escudo, reforzándolo en lugar de atravesarla. El corro ahogó un grito de asombro unánime.
—¿Os habéis fijado? —quiso asegurarse la tutora, alzando la voz— Hiela no solo ha parado el ataque, también ha usado a su favor el elemento controlado por su contrincante.
Las jóvenes empezaron a cuchichear entre ellas, visiblemente emocionadas. Hiela devolvió la arena con la que había hecho la barrera protectora al suelo y esbozó una tímida sonrisa. La adepta que se había estado enfrentando a ella, escupió muy cerca de sus pies, y salió del círculo, chocando de hombros con las dos compañeras entre las que pasó.

Hiela adoptó una expresión seria y se dispuso a abandonar el corro por el lado opuesto al que había usado su adversaria. Al girarse, se dio cuenta de que su madre estaba allí y supuso que la había estado observando. La mezcla de emociones que había invadido a la joven la noche anterior, volvió con más fuerza, dominándola por completo. La ira y el dolor por no sentirse aceptada la desbordaron. Empezó a sollozar. Para su desesperación, enseguida se dio cuenta de que sus compañeras paseaban la mirada entre ella y su madre, disfrutando de la escena que se estaba desarrollando. Hiela no pudo evitar pensar que Lera era la culpable de todo lo que le estaba pasando. ¿Por qué había tenido que acudir al centro? La estaba poniendo en ridículo. Y había hecho que se sintiera todavía más distinta, que pensara que nunca encajaría ni nadie sería caz de aceptarla.

Así que estalló, dejando que el odio guiara sus movimientos. . Empezó a trazar círculos en el aire, con las manos apuntando al suelo, y en cuanto tuvo dos planchas de arena levantadas un palmo, las acabó de elevar y las propulsó en dirección a su madre. Lera dio un paso al frente, actuando por instinto. La guerra hacía años que se le había metido dentro, de manera que vivía en un estado de alerta constante. Sin tener que calcularlo, supo la cantidad de agua que necesitaba para protegerse. Así que la extrajo de su propio cuerpo y envolvió con ella ambas planchas, que enseguida se deshicieron en un charco fangoso.

El esfuerzo dejó a Lera jadeando. Ya no estaba acostumbrada a usar esa técnica, hacía mucho tiempo que no le hacía falta extraer el elemento de su propio ser. Las adeptas se asustaron al ver el estado en el que había quedado, incluso un par de ellas salieron corriendo, aterradas. Nunca habían visto nada parecido. La piel de Lera había adquirido una textura dura y rugosa; sobre la que destacaban varias líneas azules que se ramificaban y que palpitaban por el esfuerzo de repartir la sangre por el cuerpo. Sus facciones se habían marcado hasta un nivel extremo, y el pelo le había quedado blanco por completo. En cuanto la mujer se dio cuenta de la manera en que la miraban todas, apuntó una mano hacía el charco al que se había reducido el ataque de su hija, y se rehidrató. Casi recuperó por completo una apariencia normal.
—Eso no ha estado bien —afirmó Lera con la voz ronca, dirigiéndose a su hija.
—Que TÚ me desprecies sí que no está bien —le reprochó la joven.
—Hiela, yo no te desprecio yo te...
—¡Cállate! —la interrumpió Hiela.
Lera se obligó a calmarse. Agarró una gran bocanada de aire, la soltó poco a poco y pensó que necesitaban un lugar en el que aislarse de todo, y de todas. Un lugar en el que poder ser sinceras y arreglar las cosas. No le costó mucho elegir hacia dónde dirigirse.
—Vamos a un lugar más tranquilo, tenemos que hablar de todo esto —pidió Lera deseando con todas sus fuerzas que Hiela no se negara.
—Sí, mejor —aceptó la joven sintiendo más vergüenza que rabia.


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>> ¿Quieres saber cómo acaba la historia? En este enlace encontrarás la última parte de este relato "Inmensidad".
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21 de mayo de 2022

Discolora II

>> Este relato está disponible en Lektu, bajo pago social. A continuación encontrarás la tercera parte y, en este enlace, las dos primeras "Pròlogo y Asignación".
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Temor

A pesar de que los días que siguieron a aquel punto de inflexión fueron realmente emocionantes, la nueva condición de Hiela se fue normalizando poco a poco. Cada noche, cuando la joven llegaba a casa después de pasar el día en el centro de erudición, le contaba a su madre cómo le había ido el día. A Lera le fascinaban las extravagantes anécdotas de la vida estudiantil de su hija, y le divertía la excitación con la que la joven enumeraba los conocimientos que estaba adquiriendo, tan cotidianos ya para ella. De momento todo lo que le enseñaban era teórico, los cimientos que necesitaba para empezar con las prácticas el año siguiente. Ambas estaban deseando que llegara el segundo curso, donde Hiela empezaría a especializarse. Para alivio de Lera, la joven se estaba adaptando bien a las clases. Saber que había hecho lo correcto llevándola al centro de Pigmea la tranquilizó de sobremanera. Que Pikka fuera la directora hizo que se lo pensara mucho antes de decantarse por esa filial, pero Hiela era su hija, y se merecía la mejor educación que el estado de Irise le pudiera ofrecer.

Una de esas noches, mientras acababan de rebañar el estofado que habían preparado, Hiela adoptó una expresión seria de repente.
—Mamá…
—¿Sí? —le preguntó la mujer, animándola a hablar.
—Hay algo que me preocupa.
—¡Qué seriedad! Me estás asustando.
La joven guardó silencio, debatiéndose entre contarle o no a su madre lo que la inquietaba desde hacía varios días.
—Ya sabes que conmigo puedes hablar de todo. Solo si quieres, sino no hace falta que me lo cuentes —aclaró Lera tratando de ocultar su curiosidad para no asustar a su hija.
Y alentada por las palabras de su madre, al fin Hiela se decidió a sacar el tema.
—¿Qué es una Discolora?
Ante esa pregunta Lera trató de serenarse, y reprimió el chillido que había empezado a asomarse por su garganta. Hubiera estado preparada para responder preguntas sobre temas de chicas, incluso a hablar del género masculino, aunque ella solo hubiera visto un par de hombres en toda su vida. Hasta hubiera preferido que su hija se interesara por cualquiera de los otros elementos que ella aborrecía y que no le importaban lo más mínimo. Todo menos eso.

Lera se obligó a respirar hondo, hasta que al fin logró articular la pregunta que le parecía más lógica, a pesar de que la respuesta importara poco.

—¿Dónde has oído eso? —logró mascullar.
—Te he incomodado —afirmó la joven arrepintiéndose de haber sacado el tema.
—Ya te he dicho que podemos hablar de todo. Dime, ¿quién te ha enseñado esa palabra?
—Una chica mayor, del itinerario del aire.
—¿Y qué es lo que te ha contado?
—Bueno… que hay personas a las que les cuesta gestionar su elemento —farfulló Hiela.
—Dicho así parece que sea algo frecuente, y no lo es en absoluto, te lo aseguro.
—Bueno, yo solo sé lo que me han contado —se defendió la joven.
—¿Y te han contado por qué se supone que les cuesta gestionar su elemento?
—Sí. Porque confunden los colores.
—No. El problema de estos seres es que son de un elemento y quieren ser de otro —explicó la mujer casi escupiendo las palabras.

Una llama de esperanza se encendió en el pecho de Hiela, quien creyó, por error, que su madre empezaba a comprenderla.
—¿Y no podrían elegir? ¿O incluso ser los dos? —se atrevió a preguntar.
Llegando al límite de su tolerancia, Lera no pudo evitar responder usando un tono más brusco de lo que hubiera deseado.
—No. Y eso que dices va en contra de la Diosa Gamma. Si alguien te oyera…
—Solo te estaba preguntando —se apresuró a excusarse la joven.
—Y yo te he respondido.
—Vale. Me voy a dormir —soltó Hiela imitando el tono cortante y seco de su madre.
Sin disimular su enfado, Hiela apoyó ambos pies en el suelo y se empujó para arrastrar hacia atrás la silla en la que estaba sentada. Se retiró de la mesa sin despedirse para perderse por las escaleras que conducían al piso superior. Lera estuvo a punto de seguir a su hija para tratar de suavizar las cosas, y en el último momento, decidió no hacerlo. Aquellas ideas iban en contra de Gamma. Debía ser firme y cortarlas de raíz, por mucho dolor que le causara tratar de una manera tan brusca a Hiela. Su hija era perfecta, era una adepta del agua, la descendiente de una larga saga de eruditas, cada cual más virtuosa que sus predecesoras. No permitiría que nada, ni nadie, pusiera en peligro su condición. Nadie iba a truncar la carrera de su hija, mucho menos una panda de herejes.

Tras unos días de incómodo silencio, la situación entre madre e hija volvió poco a poco a la normalidad. Sin embargo, oculto entre la calma y la cordialidad que se había instaurado entre las dos, Lera estaba segura de que algo no marchaba bien. Hiela estaba distraída, parecía preocupada y cada vez le contaba menos cosas de la academia. Ella había tratado de sacar el tema en más de una ocasión, pero la joven siempre encontraba la manera de evitar responder abiertamente. Al final Lera se olvidó del asunto, achacando los cambios de Hiela a su efervescente adolescencia. Hasta que un aviso del centro de erudición sacó a flote sus peores miedos. Hiela había superado con honores el primer año de formación que compartían las adeptas de todas las ramas, y estaban casi a la mitad del segundo curso cuando la tutora de la joven citó a Lera para comentar, según ella, un tema de vital importancia.

Lera recordaría esos momentos por el resto de su vida. Se sentó en el despacho de la docente a cargo de su hija y todo pasó muy rápido. Empezó por preguntarse por qué la tutora de Hiela era del itinerario más ordinario, el de tierra. Se trataba de una mujer muy delgada, escondida detrás de unas grandes gafas de pasta marrón. Y en cuanto esta empezó a hablar, Lera no pudo hacer más que esforzarse por seguir la conversación que le estaba obligando a mantener.
—Me llamo Tilipa, soy la tutora de Hiela. No te importa que te tuteé, ¿verdad? —empezó la docente tratando de adoptar un tono amable.
Sin dejar espacio para que Lera respondiera, la mujer continuó con su discurso de introducción.
—Te he citado porque Hiela está demostrando tener aptitudes muy sorprendentes —explicó con entusiasmo.
—¿Por qué no la sigue una veterana del camino del agua? —quiso saber Lera.
—Bueno…— titubeó la tutora removiéndose en la silla —de eso precisamente quería hablarte.
Ante el silencio de Lera, Tilipa decidió continuar.
—No es culpa de nadie, cada vez hay más casos como los de Hiela y...
—¿El qué no es culpa de nadie? ¿De qué me estás hablando? ¿No has dicho que Hiela se está desenvolviendo bien? —la interrumpió Lera, empezando a perder los estribos.
—Claro que sí.
—Entonces esto es cosa de Pikka, ¿verdad? Esa amargada no ha superado nuestra ruptura y ahora…
—¡Oh¡ No, no, no, no —se apresuró a aclarar la docente.
—Pues perdóname, pero no entiendo nada.
Armándose de paciencia, Tilipa trató de encontrar la manera más delicada de explicarle a Lera lo que esta insistía en negar.
—Hiela no está siguiendo el camino del agua, ya que ha demostrado tener interés en el de la tierra, y habilidades acordes a ese interés.
—¿Qué estás insinuando? Que mi hija es una…
A Lera se le quebró la voz a media frase. Aun así, se recompuso enseguida.
—Eso no es posible. Y esta conversación se ha terminado. Tú no sabes con quién estás hablando —gritó Lera, amenazando a la tutora.
—Será mejor que quedemos otro día para acabar de hablar de los siguientes pasos —propuso la docente en tono afable.
—Los siguientes pasos ya te los digo yo. Lo que tenéis que hacer es asignarle una tutora de verdad a mi hija. Una que pertenezca al itinerario correcto —exigió Lera.
—Como te he dicho, parece que Hiela…
—Sí, sí, ya te he oído —la cortó la mujer—. No será necesario que TÚ hagas nada. Esto es un malentendido.
—Lera… —quiso contradecirla la tutora.
—He dicho que estás equivocada. Hablaré con Hiela.
Ante la dureza de la mirada que le estaban echando, la tutora se hundió en su silla y decidió no insistir. Había llegado al límite de su capacidad para enfrentarse a aquella mujer. Lera no era una adepta cualquiera, estaba instruida en el itinerario del agua, era militar y, además, era la descendiente de una de las casas más antiguas de Irise.
—Ya nos veremos —se despidió Lera levantándose de repente y saliendo del pequeño despacho dando un portazo.

Una vez fuera, Lera se secó con rabia las lágrimas que se estaban precipitando por sus mejillas, y congeló la fina pátina que se le había formado en palma de la mano. Se prometió que haría lo que fuera necesario, TODO lo que fuera necesario, para arreglar la situación. Y se prometió, que si alguien volvía a tratarla con semejante falta de respeto, le regalaría a su madre una nueva estatua de hielo para amenizar el macabro jardín familiar que se habían procurado durante generaciones. Nunca era tarde para recuperar las viejas costumbres.


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Aquí tienes la cuarta y la quinta parte del relato Discolora: Quebranto y Descrubrir.
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15 de mayo de 2022

Discolora

>> Este relato está disponible en Lektu, bajo pago social. A continuación encontrarás las dos primeras partes.
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Prólogo

Lera apenas había vivido treinta y cinco años completos cuando se quedó embarazada. Al principio creyó que estaba enferma. Se sentía débil, estaba cansada y la mayor parte del tiempo la dominaba una incómoda sensación de mareo. En pocos días había bajado considerablemente de peso por los vómitos, pero sentía que se estaba hinchando, sobre todo de pies y barriga. Y aunque podría parecer evidente, solo tras contarle a Eler, su madre, todo lo que le estaba pasando, ató cabos y se dio cuenta de lo que sucedía en realidad. La futura abuela se tomó la noticia con demasiada euforia para su gusto. Soltó una especie de grito nervioso y la felicitó repetidas veces. Tras decirle que la había hecho, según palabras textuales, la mujer más feliz del mundo, le confesó que había estado preocupada por el tema desde hacía años. Lera se estaba haciendo mayor y a su madre le aterraba la idea de que la familia no tuviera continuidad. Eler agradeció que por fin la Diosa Gamma hubiera decidido bendecirlas. Lera nunca la había visto sentirse tan orgullosa por ninguno de los logros que ella había conseguido, que no eran pocos.

Ante aquel inesperado suceso, Lera no supo muy bien cómo sentirse. Todavía no había decidido si quería tener hijas y en cierto modo le molestaba que Gamma hubiera tomado esa decisión por ella. Por descontado no compartió su enojo con nadie, ni siquiera con su madre, si llegaba a saberse que blasfemaba de ese modo contra la Diosa, acabaría en la cárcel, o algo mucho peor. Así que decidió centrarse en que Gamma la había considerado digna, y en prepararse para lo que estaba por venir. Deseó que el bebé que llevaba dentro tuviera habilidades para la erudición. Empezó a rezar todas las mañanas para que así sucediera, y a pesar de que no quedaba bien reconocerlo, también quería que fuera una adepta del agua, como ella. No podía evitar fantasear acerca de las habilidades que tendría. ¿Se decantaría más por la sanación, la lucha o decidiría dedicarse a la docencia y la investigación?

Quizás por el hecho de haberla empujado a ser madre antes de que ella misma lo hubiera decidido, o tal vez por pura casualidad o por un capricho ajeno, la cuestión es que la Diosa le concedió sus deseos. Hiela nació una fría noche de principios de año. Cuando Lera la tuvo entre sus brazos por primera vez, enseguida supo que la niña sería una adepta del agua, y esa certeza la llenó de paz. Era lo más bello y perfecto que había visto nunca. La pequeña había heredado su poder y continuaría con la estirpe familiar, a su debido tiempo, empezaría a instruirse en el arte de controlar el agua y sus cambios de estado. Si a alguien le quedaba alguna duda al respecto, esta se disipó en cuanto la pequeña empezó a mirar el mundo con unos brillantes ojos celestes, y finísimos mechones a juego comenzaron a poblarle la cabeza. No es que fuera una simple cuestión de pigmentación, aunque todo el mundo creyera, y quisiera pensar, que sí. El camino para conocer los elementos, era mucho más que eso.


Asignación

El día llegó mucho más rápido de lo que Lera hubiera imaginado, dejándole la sensación de que su niña había crecido de golpe. Una radiante mañana de primavera, Hiela se despertó sobresaltada, afligida por la repentina aparición de calambres en su bajo vientre, acompañadas por un fuerte dolor punzante en esa misma zona. Enseguida se dispuso a levantarse para ir a buscar a su madre, y descubrió lo que más la asustó. Un viscoso charco oscuro que se había formado debajo de ella, y que manchaba las impolutas sábanas blancas de su cama. Alertada por los gritos de su hija, Lera acudió enseguida para ver qué le pasaba. Y reconociendo los signos, la tranquilizó explicándole que lo sucedido era tan natural como respirar. Gamma había decidido hacerla mujer, y aquello significaba que su instrucción debía comenzar. Así que un par de jornadas más tarde, cuando Hiela ya se encontraba mejor, Lera pidió audiencia en el centro de erudición de Pigmea, la gran capital en la que vivían. En apenas siete días designarían que su hija se dedicaría a seguir el camino del agua, el más elevado de los cuatro itinerarios existentes. Entonces abandonaría la educación ordinaria para dedicarse de lleno a estudiar su elemento y cómo controlarlo. Lera no podía estar más emocionada.

La ceremonia, si es que podía llamarse así, no fue para nada como Hiela se había imaginado. Lera se había negado a compartir su propia experiencia con ella, ya que decía que estaba prohibido desvelar cualquier detalle al respecto, y ese halo de misterio hizo que la joven se imaginara lo peor. Pensó que la pondrían a prueba asignándole alguna tarea imposible que debería realizar con la facilidad que se esperaba de su estirpe. Incluso se le pasó por la cabeza que podían exponerla a algún tipo de peligro del que debería protegerse. Y aunque no fuera así, la mera idea de que la observaran y la evaluaran hacía que se le removiera el estómago. Le daba miedo no estar a la altura o decepcionar a su madre. No sabía que sería peor, que le dijeran que no era apta, o que la asignaran a algún itinerario de segunda. Que su madre fuera una adepta del agua ponía el listón muy alto. Hiela nunca se había preocupado por la erudición, ya que no sabía que tendría que hacer una especie de examen. Su madre siempre había dado por hecho que entraría directamente en el camino del agua, y por extensión, ella así lo había asumido. Al descubrir que la evaluarían, la noticia se le enredó en el pecho. Y pasó la semana más larga de su vida.

Cuando llegaron al centro de erudición a Hiela le temblaban las manos. Antes de entrar, se pararon un momento delante de la puerta principal para que la joven pudiera admirar el edificio. Su aspecto no distaba mucho del estilo que dominaba el centro de Pigmea, grandes bloques de hormigón gris que se alzaban desde el asfalto a juego, pero sí que destacaba por su increíble altura. Medía casi el doble que los otros rascacielos. Hiela se imaginó atendiendo una de las centenares de clases que se estaban llevando a cabo en ese preciso momento, y se sintió intimidada. Si no fuera porque su madre la estaba agarrando de la mano con fuerza, se hubiera largado corriendo de allí.

Percibiendo lo nerviosa que estaba su hija, Lera le aseguró que la asignación era un puro trámite y le prometió que todo saldría bien. Sin esperar a que la joven le respondiera, reemprendió la marcha hacia el interior del edificio. Para sorpresa de Hiela, no fue necesario que pidieran indicaciones en recepción, su madre la condujo a través del recibidor, hasta llegar a unas estrechas escaleras por las que subieron tres pisos. Una vez estuvieron en la planta adecuada, cruzaron la única puerta que había, cuyo destino era un pasillo repleto de puertas a ambos lados. Hiela no se paró a leer los carteles que ponían nombre a las ocupantes de cada despacho, se limitó a seguir las botas negras de su madre hasta la salita en la que desembocaba el pasillo. Habían llegado bastante temprano, y aun así, ya las estaba esperando la directora del centro, junto con un pequeño séquito de maestras. Saltaba a la vista que la mujer era una adepta del camino del agua. Lucía con orgullo una cresta engominada y de un azul oscuro, del mismo tono que el traje chaqueta con el que cubría su pálido cuerpo. Les lanzó a ambas una dura mirada de desaprobación. Ni siquiera se levantó o se molestó en saludar. Solo les indicó con un gesto de cabeza dónde podían tomar asiento, y anunció que ya podía empezar La asignación.

A Hiela le sorprendió que alguien osara tratar a su madre con tanta desconsideración. Lera era un miembro muy reputado de la comunidad de Pigmea. Se había ganado su estatus con mucho esfuerzo y por méritos propios. Por el simple hecho de pertenecer al linaje del que procedía ya tenía asegurado un billete directo a la élite de cualquier urbe de Irise. Su madre, además, había sido condecorada en varias ocasiones por jugar un papel crucial en la ofensiva contra las tres revueltas populares que habían asolado la nación en la última década. De hecho, había llegado a ser una de las cuatro Generales del ejército base. Lo esperado, y lo adecuado, era que las otras eruditas agacharan la cabeza en su presencia, en señal de respeto. Que esa mujer la despreciara de un modo tan evidente todavía puso más nerviosa a Hiela.

—Acércate, niña —le ordenó la mujer de la cresta.
Hiela obedeció. Se levantó de la endeble e incómoda silla blanca en la que apenas había pasado un par de minutos, y avanzó hasta la tarima que presidía la directora. Permaneció en silencio sin dejar de mirar el suelo, hasta que su examinadora le lanzó la primera pregunta.
—¿Qué sabes de la erudición y de los cuatro itinerarios?
Hiela cambió el peso de pierna y empezó a darle vueltas al anillo de cuarzo ahumado que siempre llevaba puesto. Había sido un regalo de su abuela y significaba mucho para ella. Antes de responder, soltó el aire que había estado reteniendo en los pulmones, relajó los hombros y alzó la cabeza para mirar de frente a la directora, quien le había hecho la pregunta.
—Bueno, sé que una pequeña parte de la población, siempre de género femenino, tiene la fortuna de que la Diosa Gamma la bendiga con su don. El don es la capacidad de controlar uno de los elementos de los que se compone la vida. Los cuatro elementos de los que se compone la vida son fuego, air…
—Es suficiente —la cortó la mujer de la cresta anotando algo en el cuaderno que custodiaba entre sus brazos.
Hiela volvió a fijar la mirada al suelo. Se obligó a observar sus zapatos para intentar tranquilizarse; a reseguir las filigranas amarillas que recorrían las costuras de los botines verdes que había elegido para la ocasión. No estaba satisfecha con la respuesta que había dado. Había sonado muy plana, como si hubiera aprendido un texto de memoria y lo hubiera recitado de carrerilla. Por suerte, su interlocutora no la dio por perdida y decidió darle otra oportunidad.
—Esta vez sé sincera y dime lo que TÚ piensas —le pidió la examinadora—. ¿A qué itinerario te gustaría consagrarte y por qué?
Esa era fácil. Hiela le había dado muchas vueltas y sabía lo que quería. La respuesta le salió de un lugar tan profundo de su ser, que intentar describirlo sería banalizarlo.
—Lo que yo quiero es controlar todos los elementos —confesó.
La mujer de la cresta soltó sin darse cuenta el bolígrafo con el que había estado tomando notas, y se retiró hasta pegar su espalda al respaldo de la silla. Su séquito se deshizo en un mar de murmullos maliciosos.
—¡Silencio! —les gritó sin dignarse a mirarlas.
Y no hizo falta, las mujeres se dieron por aludidas, callándose y adoptando una postura exageradamente erguida.
—Explícate —exigió la directora cruzándose de brazos—. Y elige muy bien tus siguientes palabras. Depende de quién las oiga, considerará que estás profiriendo una ofensa contra los designios de la Diosa y, por ende, se te acusará de herejía.
—Bueno… —empezó Hiela decidida a defenderse— tengo muy claro que aprender a controlar uno de los elementos ya sería todo un honor, y si me dejaran elegir, me decantaría por el agua. Me enorgullecería honrar a mi madre y ser merecedora de nuestro linaje.
La mujer de la cresta asintió, en señal de aprobación.
—Además —continuó la joven—, pienso que el agua es el más primigenio y puro de los elementos. El agua todo lo puede, hay agua en todo lo que existe.
La joven tragó saliva y respiró hondo antes de continuar.
—Pero si quiero serle útil a esta nación, si de verdad quiero poder defender los intereses y los designios de Gamma… lo más práctico, y lo más eficiente, sería aprender a dominar cada uno de los elementos. Y no solo eso. Estoy convencida de que se podrían usar en conjunción y obtener resultados increíbles. Si yo fuera capaz de…
—Ya hemos oído suficiente —declaró la examinadora, dando la evaluación por concluida.


De golpe, Hiela sintió un gran arrepentimiento. Se maldijo por haber soltado una sarta de tonterías que no solo podían dejarla a ella y a su madre en ridículo, sino que bien podrían interpretarse como un crimen de estado. Se preparó para aceptar el castigo que la jauría que tenía delante tuviera a bien imponerle. La directora se levantó, movimiento que imitó cada una de las feligresas que conformaba su séquito. La misma expresión diabólica que dominaba sus rostros las hacía tan parecidas que daban miedo.
—Hiela, tus ideas podrían cualificarse de, cuanto menos, arriesgadas. Nadie jamás ha aspirado a dominar más de un elemento, mucho menos los cuatro a la vez y combinarlos. Se podría decir que esa idea que planteas es una locura. En otra época, no tan lejana como desearíamos, se te hubiera encerrado en un agujero a tal profundidad, que ni siquiera un ínfimo rayo de sol hubiera sido capaz de llegar hasta ti. Hoy, en esta era de progreso que algunas nos empeñamos en impulsar y proteger, te voy a dar una oportunidad. Una ÚNICA y generosa oportunidad.

Mientras pronunciaba esta última frase, la mujer de la cresta había dejado de mirar a la futura adepta, para centrar toda su atención en Lera. Con ese gesto, le estaba atribuyendo a Lera toda la responsabilidad sobre los actos, y las ideas, de Hiela. Y no solo eso. Con su malévola sonrisa le estaba confirmando que, a pesar de tener motivos más que suficientes para matar a su hija, no lo iba a hacer. Sin necesidad de decirlo, le exigía que su benevolencia fuera debidamente recompensada en el futuro. Lera sabía que algún día recibiría una llamada y le darían una orden que no le justificarían, y que no podría rechazar. A sabiendas de que estaba firmando un cheque en blanco, Lera asintió. Y ese leve gesto de cabeza bastó para asegurarle un futuro a Hiela.

La mujer de la cresta se humedeció los labios antes de continuar.
—Tu ambición puede ser un problema para ti y para nuestra comunidad. Sin embargo, he decidido designarte al camino del agua, como debe ser. Vamos a ver de lo que eres capaz con un elemento. Primero tienes que demostrar tus habilidades, después ya hablaremos de lo de explorar cualquier otro camino y, en un futuro, quizás podamos fantasear con la idea de combinarlos.

Así que, al fin y al cabo, y como no podía ser de ninguna otra manera, asignaron a Hiela al camino del agua. De haber sido necesario, hubiera sido difícil determinar quién durmió mejor con aquella decisión. Una madre se sintió aliviada porque había salvado la vida de su hija. Una niña se sintió orgullosa de sí misma, había logrado destacar y entraría en el centro de erudición con el camino correcto. Cierta directora se sintió afortunada de tener una nueva alumna con mucho miedo, pero ideas revolucionarias que, sin lugar a dudas, harían avanzar a toda la comunidad. Una “ex” se regodeó ante la idea de volver a tener poder sobre la mujer que tanto había amado y que la había abandonado. Y ante semejante momento histórico, una panda de segundonas, tan mediocres como malvadas, se contentó con tener un nuevo chisme que contar en su círculo de lectura.


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7 de febrero de 2022

Narciso

“Se hallaba Narciso totalmente cautivado por la imagen que le devolvía la mirada en lo más profundo de unas aguas cristalinas. No podía dejar de contemplarlo, era el rostro más bello del que jamás habían gozado sus preciosos ojos. Tenía la certeza de que aquella era la recompensa que había estado esperando durante tanto tiempo, el premio por haber rechazado, implacable, una ristra interminable de pretendientes indignos.

Y quiso acercarse tanto al ser que tenía delante; y anheló con tanto ahínco fundirse en uno con él, que acabó ahogándose.

Murió así Narciso, incapaz de enamorarse de nadie más que de su propio reflejo.

De su último aliento brotó una flor, amarilla como el sol de verano, para recordar a todos la desdicha del que no es capaz de encontrar la virtud en los demás. Pero el paso del tiempo secó la fuente que la alimentaba, acabando con ella y su advertencia.”


De este modo se desarrollaba el mito de Narciso. A lo largo de la historia nadie le había prestado demasiada atención, ni siquiera Mel, que ahora llevaba ya dos años enteros estudiándolo. Estaba tan nerviosa que le temblaban las manos. Sujetaba con cuidado el papiro conservado en resina que había adquirido de un contacto de dudosa reputación. Estaba segura de que su guía de desarrollo profesional no hubiera aprobado que se relacionara con semejante personaje, pero en ese momento le daba igual. Vibraba de emoción. Tener un papel de verdad (casi) entre sus hinchados dedos era algo de por sí extraordinario. Que encima el documento relatara la versión más completa y antigua que se había transcrito, era increíble.

Evocó al erudito que había imaginado aquella historia. Los trazos en la amarillenta superficie eran profundos y apresurados. Casi podía ver la mano del anciano moviéndose con ansia a la luz de una vela. No faltaban los borrones ni las manchas de tinta. Esas marcas negras le daban al resto una aureola de autenticidad. Enseguida se dio cuenta de un detalle que le llamó la atención. A lo largo del texto, el autor utilizaba distintas maneras de escribir las mismas letras. Por ejemplo, lo mismo ponía una “s” ligada, que usaba la versión de imprenta, o te plantaba una “n” que casi parecía una “u”, y luego te hacía una “n” cursiva perfectamente unida a su antecesora. Lo mismo sucedía con la “l” o la “r”. Le pareció gracioso, ya que su profesor de escritura manual siempre la regañaba por tener esa misma costumbre.

Releyó el texto tantas veces que perdió la cuenta. Cuando la emoción se contuvo y dejó paso a la doctorando, Mel se sintió un tanto decepcionada. Esperaba que en ese antiguo papiro hubiera alguna pista que le ayudara a entender cómo su generación había llegado hasta el punto en el que estaba, pero el mito de Narciso solo le había suscitado más preguntas. A pesar de que daba justo en el clavo, no encontró más que una profecía entre sus líneas. La presión que solía dificultarle respirar se agarró todavía más a su pecho, aplastándole los pulmones. Había gastado el último cartucho que le quedaba, y no podría dejar de pensar en la extinción de la raza humana. Hacía más de siete años que no nacía un solo bebé en todo el planeta. ¡Ni siquiera se intentaba! Aunque sexo había mucho… Los jóvenes se juntaban solo para evadirse del mundo y de la realidad que los envolvía; abandonándose a sus instintos más primarios y hedonistas sin llegar a comprometerse. Ya no se llevaba eso de tener relaciones afectivas como “pareja” o “mejores amigos”. Todo el mundo era autosuficiente, independiente, y estaban tan empoderados que no necesitaban nada, ni a nadie. Se habían acabado las confidencias, el hecho de mostrarse vulnerable, o hablar de sentimientos. Cada uno se sabía tan perfecto que era incapaz de enamorarse de otra persona, mucho menos de llevar al mundo alguien que los eclipsara. Esas cosas habían dejado de interesar. Sin más. Y la cúpula infértil que los dirigía, no había hecho nada durante décadas para revertir esa tendencia.


La primera vez que Mel había oído una referencia al mito de Narciso no había podido evitar preguntarse si su generación se había convertido en un ramo exagerado de esas flores amarillas. Ahora sabía que sí. En algún momento pasaron a disfrazar la inseguridad y el miedo, de poder y autosuficiencia. Y no solo funcionó, fue totalmente aceptado. Los colectivos más trasgresores se jactaron de no conectar con nadie, y el resto los imitaron. Daba igual que por las noches se quedaban a solas en sus camas, llorando y abrazando un cojín en el que apenas lograban reconocer su colonia favorita. Se convirtieron, poco a poco, en orgullosos adultos solitarios.

El gobierno empezó a gastar una cantidad ingente de dinero en explicar lo que ellos mismos habían apoyado. Incluyendo el programa de investigación de civilizaciones antiguas en el que Mel estaba haciendo su doctorado. Pero ya era tarde, el amor se había marchitado. No como una flor a la que le falta el agua y termina secándose por negligencia. Más bien como un cactus que se riega demasiado, en un intento desesperado por sacarlo adelante, y al que se acaba ahogando.

Una lágrima se precipitó por las prominentes mejillas de Mel. Demasiadas emociones para un mismo día. Dando por concluido, al menos por el momento, el análisis del texto, cogió el papiro y lo puso a contraluz. Estudiando las marcas del amarillento papel descubrió que había algo escrito también por la otra cara; en la esquina inferior izquierda. Cuando giró la hoja y enfocó la vista, se le cortó la respiración. Su corazón emitió un latido tan fuerte que lo sintió retumbar en sus oídos, tras lo cual se desbocó bombeando sangre a sus extremidades en un ritmo frenético. El nombre de la autora... Lo leyó moviendo los labios emitiendo apenas un susurro <<Melania K. Leonard, traducción de la propia autora>>. No podía ser, aquel documento tenía más de veinte siglos.

Casi pudo oír el “clic” interno que hizo su cerebro ante semejante revelación. Una sensación que le era familiar y extraña a partes iguales se apoderó de ella. Se obligó a mantener la calma y a analizar los hechos de manera objetiva. Aun así solo le encontraba una explicación a lo que estaba pasando. Si eso era cierto, entonces todo podía cambiar, todavía quedaba esperanza. Y no descansaría hasta llevar esa esperanza al mundo.


14 de enero de 2022

Una larga e intachable trayectoria

—¿Cómo empezó mi carrera? Eeehhhhmmm…

Me quedé en silencio con la vista clavada en el enorme foco que colgaba sobre la cabeza del presentador, tratando de encontrar el momento exacto en el que se forjó mi vocación. El apuesto muchacho se removió en su silla, incomodado por la falta de respuesta. Qué joven era. A pesar de que no llevaba ni dos meses en prime time lo hacía de maravilla. Hasta el momento, se había mostrado encantador y muy seguro de sí mismo. Era una pena que esa fachada se desmoronara con solo ralentizar un poco el ritmo de la entrevista. Parecía mentira la cantidad de gente que no sabía soportar un silencio. Me encantaba.

Mi atención se posó sobre el primer empleo que tuve. Fueron unas prácticas no remuneradas en un despacho cutre de mala muerte. Ni aprendí, ni me sirvieron para nada. Además, entonces ya tenía claro a qué iba a dedicar toda mi energía hasta que me jubilaran. No, tenía que remontarme mucho más atrás. Antes incluso de ir a la carísima y única universidad de mi ciudad. A propósito de eso, aquella fue una buena época, la recuerdo con mucho cariño, y fue cuando realmente me sentí independizada como persona. Aunque la libertad solo quedara a tres calles de la casa adosada en la que me criaba.

De repente, una Lisa de diez años se dibujó en mi mente. Estaba sentada en un banco, con los brazos cruzados, la cabeza gacha y unos morros que le hubieran dado envidia al mismísimo pato Donald. A pesar de que aquel día había llovido mucho, llevaba unas impolutas botas de agua completamente blancas. A la hora del patio había convencido a unas niñas para que me acompañaran al baño y me las limpiaran con la toalla de manos que ya sabía que encontraríamos. Les dije que bajo la capa de barro había un dibujo muy chulo de Snoopy y se lo creyeron, impacientes por verlo. Solo diré que odiaba mancharme. Cuál fue mi sorpresa cuando la profesora encontró la toalla (que tan ingeniosamente había escondido detrás del váter) y enseguida ató cabos. La bronca que me cayó fue lo de menos, lo que realmente me enfureció fue el hecho de haber subestimado a la profesora. Ya entonces detestaba equivocarme.

La imagen de la niña enfurruñada se transformó en la de otra más pequeña, aunque no mucho más alegre. Estaba sentada en una mesa, junto con otros tres niños, y todavía no había terminado de comer. Todos miraban a la monitora que les había interrumpido para amenazarlos. Alguien había escondido comida en una servilleta y la había tirado a la basura. Como nadie reconocía haberlo hecho, las grandes mentes pensantes que nos contenían decidieron apelar al sentimiento de culpabilidad de una panda de críos que odiaban las espinacas más que el cálculo mental o los dictados. Spoiler, eso nunca funciona, solo hace que paguen justos por pecadores. Y así fue. Tras veinte minutos de cuchicheos nerviosos, clavé mis pies en el suelo y empujé para arrastrar mi silla un par de palmos de la mesa (eso le dio una buena dosis de dramatismo a la escena, dicho sea de paso). Me levanté, alcé la mano derecha y solté un “He sido yo”. Todo el que hubiera cruzado dos palabras conmigo sabría que eso era imposible. Yo era una niña buena, honesta y dulce. En otras palabras, no hubiera tenido agallas para hacer algo así. Pero la monitora estaba tan satisfecha con su estrategia pedagógica que ni siquiera me cuestionó.

¡Nah! Pero yo ahí todavía no había decidido una mierda. Solo era una niña que había visto demasiados episodios de Compañeros. ¿Qué había pasado entremedias? Oh, sí. Entonces me acordé de mi gran revelación.

Y una frase me atravesó la columna vertebral, avanzando implacable hasta mi nuca. “Los reyes son los padres”. Me lo dijo el niño más repelente de la clase, cómo no. Hay personas que disfrutan repartiendo sufrimiento, y empiezan sorprendentemente temprano a perfeccionar su arte. Sucedió una fría mañana de medianos de diciembre. No me acuerdo de cómo salió el tema, solo que yo estaba sentada encima de una gran e irregular piedra gris. Lo que sí recuerdo es el frío de su superficie atravesando mis gruesos pantalones de pana (vamos, que tenía el culo helado). También recuerdo, que no me lo quise creer. Pensar que todos esos años de cabalgatas majestuosas, noches de insomnio, madrugones frenéticos y pilas de regalos eran mentira, me parecía una locura. No podía ser posible.

Así que en cuanto llegamos a casa, le expliqué a mi madre lo que había pasado, planteándole mi duda existencial directamente. “¿Los reyes existen?”. Dándose cuenta de que ya no se podía mantener la farsa durante más tiempo, me respondió que los reyes existirían mientras yo siguiera creyendo en ellos. Típica respuesta de adulto acojonado. Y dándome cuenta de que, en realidad, estaba confirmando mis peores sospechas, me quedé sin aliento. Me llevé las manos a la cara y empecé a reír como una loca. ¡Qué pasada! ¡Menudo montaje! La tele, el periódico, todos y cada uno de los adultos que conocía… ¡Y las cabalgatas en directo! Las había visto cada año con mis propios ojos, ¡Y eran mentira! Me lo había tragado todo como una tonta.

Entonces lo vi claro. Ese fue el momento exacto en el que empezó mi carrera profesional. Yo quería tener el poder de engañar así a la gente. De hacerle creer, exactamente, lo que yo quisiera que creyeran. Quería montar mentiras tan grandes que todo el mundo fuera irremediablemente partícipe. Todos por y para un objetivo común que les trascendiera y que, mira tú por dónde, siempre me beneficiara “A MÍ”. Yo quería ser la más fabulosa, y única, reina maga. Y que todos me siguieran sin pararse a cuestionar si eso era o no lo correcto.



—¿Señora presidenta? —me preguntó al fin el joven, decidiéndose a exigir su respuesta para continuar con el show.
—Disculpa, querido —le respondí saliendo de mi trance personal—. Estaba buscando el momento más significativo de mi larga e intachable trayectoria.


31 de octubre de 2021

Rossie

Estoy harta de ese patán. Se acabó. Voy a montar mi propia taberna. Me sabe muy mal por Lidia, ella me acogió y me dio un trabajo sin hacer preguntas, pero es que ya no soporto más al inútil de su hermano. Esta semana he tenido que involucionar dos incendios, ¡con la de energía que gasta eso! Primero prendió las pieles de la pared con una vela, no me preguntes cómo porque yo tampoco me lo explico, y al cabo de dos días va y deja una silla apoyada prácticamente encima de la chimenea. ¿Qué se creía que iba a pasar? Por no hablar del grupo de bárbaros que tuve que aturdir ayer para que no se lo cargaran. Trata fatal a la clientela, no entiendo cómo todavía mantiene la cabeza pegada al cuerpo. Supongo que es por Lidia. Todo el mundo la quiere y la respeta, así que hacen la vista gorda. Su padre fue sabio al dejar el negocio familiar en sus manos, el otro ya lo hubiera arruinado todo.

La cuestión es que si sigo así me van a descubrir. Hasta ahora he podido refugiarme en las cocinas de “El trébol de dos hojas”, la única taberna-posada que hay en Duhg, pero si alguien se entera de que soy una maga se correrá la voz. Las noticias vuelan incluso en este pueblucho de mala muerte. El problema es la continua afluencia de viajeros que van a Tarbas, “La gran capital”. O “El gran estercolero”, como yo lo llamo. Y, seamos sinceros, una gnoma que puede controlar la energía y que, en lugar de enriquecerse con su arte, decide fregar platos y preparar pucheros con carne de dudosa procedencia, levantaría suspicacias. Sería una de esas historias que se exageran más cada vez que se cuentan. Un chisme que llegaría a oídos de cierto nigromante.

Solo de pensar en él me estremezco. Hay cosas que se le pueden hacer a la gente. Artes oscuras que se practican con poco riesgo para el que no tiene nada que perder. Balah es un virtuoso en todas ellas. Y tiene una imaginación infinita para convencerte de que la muerte es una alternativa deseable. Se dice que fundó la primera casa de los secretos, aunque él solo acuñó ese nombre. También cuentan que nadie se le ha escapado nunca. Eso también es mentira, yo misma soy una prueba viviente de ello. ¿Cómo conseguí huir de ese pirado? A veces me sorprendo reviviéndolo, siempre con incredulidad. Fue la combinación de tantas coincidencias que solo puede producirse en la vida real. Una única vez. Es imposible que vuelva a repetirse.


En primer lugar me asignaron un cliente que no quería una presa fácil, por lo que las siervas de Balah me quitaron los grilletes que normalmente me impedían levantarme de la cama. Llevaba tantos días atada que el metal oxidado había empezado a fundirse con mi piel, lacerándome el cuello, las muñecas y los tobillos. Las gruesas marcas me escocían, y empezaron a supurar desprendiendo un olor dulzón. No era la primera vez que pasaba. A veces todavía tengo pesadillas en las que revivo cómo esos espectros me rascan la piel para sanear las heridas infectadas. Con movimientos metódicos, casi rítmicos; tan decididos que inundan la noche con el frufrú de sus túnicas negras. Hacía tiempo que no les daba el gusto de oírme gritar o, mucho menos, llorar. Y aguanté. Sabía que eso era lo único que percibían, el dolor y el sufrimiento. Notaba la impaciencia en sus cuencas vacías, observándome sin ver.

Cuando consideraron que ya estaba preparada, me dejaron sola en la habitación diminuta y sin ventanas en la que me retenían. Traté de ignorar el dolor que me palpitaba por todo el cuerpo, y me centré en levantarme para disfrutar de algo tan simple como el hecho de poder andar. Iba descalza. Sentir la piedra fría bajo mis pies me arrancó una lágrima que me apresuré en aplacar. Caminé en círculos hasta que la puerta volvió a abrirse para dejar pasar al enfermo que había pagado por torturarme. Era un elfo, tan alto que tuvo que agacharse para entrar. La expresión de odio que dominaba su rostro me cortó la respiración. Empecé a temblar. Avanzó hacia mí con paso decidido. Llevaba un garrote recubierto por púas metálicas en la mano derecha, y lo sujetaba tan fuerte que sus nudillos blancos destacaban incluso sobre su pálida piel.

De repente su rostro se contrajo en una mueca ridícula. Soltó el bate, se rodeó el estómago con ambos brazos y se puso tan rojo que pensé que le iba a estallar la cabeza. Salió corriendo dejando la puerta abierta de par en par, y un desagradable olor a huevos podridos. Mi cuerpo se estremeció sin saber si debía romper a reír o a llorar. Logré sobreponerme a ese choque de emociones y esperé. Aguardé unos segundos por si aparecían las siervas de Balah dispuestas a reducirme, pero no fue así. Al fin decidí aprovechar la ocasión para salir de mi cubículo. Caminé lo más sigilosamente posible, clavando la planta de mis pies en la alfombra negra que se interponía entre decenas de puertas. Hasta que llegué al recibidor del local.

Sin poder distinguir cómo ni de dónde había salido, un brujo inundó mi campo de visión, impidiéndome el paso hacia la puerta que me tenía que dar la libertad. No me lo podía creer. Había cruzado el pasillo sin toparme con nadie y, justo en los últimos metros, apareció ese malnacido. El hombre levantó los brazos para lanzar un hechizo que, en el mejor de los casos, me paralizaría. Y dándome cuenta de ese movimiento, me lancé al suelo rodando hacia la izquierda del estrecho pasillo. Un impacto en la pared retumbó demasiado cerca de mí. Cuando el brujo recolocaba sus manos para volver a intentarlo, algo abrió bruscamente la puerta principal del prostíbulo, creando un halo de luz brillante entorno a su figura.

Se trataba de tres orcos tan corpulentos que engulleron toda la luz del lugar, y que hacían retumbar el suelo a cada paso que daban. Con una coordinación asombrosa, se unieron al grito de “¡esto es un atraco!”, atrayendo toda la atención del brujo, que ya se había olvidado de mí. No se me ocurría quién coño podía estar tan loco como para intentar robar en una casa de los secretos, pero no pensaba esperar para averiguarlo. Reuní todo el valor que me quedaba, me puse a cuatro patas, orienté mi cuerpo hacia la salida y cerré los ojos. Empecé a gatear y no paré hasta que noté la brisa fresca en mi cara. El olor nauseabundo de Talab me pareció la más dulce de las fragancias. Abrí los ojos mientras me levantaba y empecé a correr sin saber hacia dónde me dirigía. Me daba igual. Ignoré las agujas que se me clavaban en los pulmones, en la garganta y en las sienes, y seguí huyendo.

Dejé atrás la ciudad, el bosque y no sé cuántas montañas. De hecho, no me detuve hasta que me encontré con los ojos claros y bondadosos de Lidia. Su mirada me tranquilizó. Me propuso quedarme en un lugar seguro y acepté. Acepté a pesar de la desconfianza y el miedo que sentía. Porque después de todo el horror que había pasado, necesitaba creer que todavía quedaba algo bueno en este mundo.