27 de marzo de 2021

Rayos, un martillo y el halo de cierta deidad

¿En qué piensas si te digo que soy un superhéroe? O más interesante aún. ¿Cómo te imaginas que es mi vida si te confieso que soy un dios? Supongo que pensarás que mi día a día es genial y que lo tengo todo hecho. Creerás que mi existencia es un continuo rebosante de fama, glamour y dinero. Todo satisfacción, comodidades, grandes éxitos... A menudo me sorprendo pensando en qué es lo que realmente me diferencia de la gente como tú. Personas reales, mortales, con una vida sencilla y sin grandes aspiraciones. No te ofendas, lo digo con admiración. Sinceramente, es algo que me obsesiona. ¿Cómo sería perder todo lo que me hace especial? Supongo que tendría tiempo para descubrir cuáles son mis aficiones. Averiguar qué me llena y qué me hace feliz de verdad. Quizás también lograría reconocer lo que me define como ser. Y eso me aterra. Si consiguiera deshacerme del halo divino que siempre me ha envuelto, ¿quedaría algo que valiera la pena? ¿Sobreviviría en mí alguna cualidad que alguien quisiera amar?

Joder, ya me han vuelto a dejar solo. Y ya me he vuelto a pasar con la cerveza… ¿Sabes? Te voy a contar la jodida verdad. Porque me caes bien. O tal vez, porque no te conozco de nada. Me da igual, piensa lo que quieras. La cuestión es que en realidad no soy un erudito al que todo le sale bien. Más bien al contrario, soy un puto desastre. En serio. Esta tarde se me ha acabado el cóctel de frutos secos fritos y me he comido un moco. Literalmente. Estaba salado. ¡Qué asco! ¿Tú crees que eso es propio de un dios? En mi defensa diré que es por la ansiedad. ¿Eres consciente de la responsabilidad que supone estar todo el tiempo preocupado por este mundo? Y si solo fuera eso… También está el espacio, otros planetas, las riñas familiares y los dramas entre compañeros. ¡Qué hartez! ¡No puedo más! Ni siquiera mi desproporcionadamente musculada espalda puede soportar esta carga. Bueno, quizás ya no es tan desproporcionada, ni está tan musculada… últimamente me he descuidado un poco.

¿Te extraña? ¿Cómo te sentirías tú si por tu culpa se hubieran segado millones de vidas? Se han esfumado. Desaparecido en el chasquido de un fanático de cabeza morada al que yo debería haber matado. Pero no lo hice. Fallé en el momento más importante de mi existencia. ¿Qué héroe fracasa de ese modo? Lo subestimé. Puto titán… no podía ser un simple humano, no… ni siquiera uno con poderes sobrenaturales... Debería haber usado el hacha para partirle el cráneo en dos. Tanta fuerza y tanta tormenta para nada. Con mi martillo no hubiera fallado. ¡Rayos! Claro que no.


Y hablando del martillo, no sé cómo todavía me considera digno de él. No me lo merezco… Quizás sea el único ente con voluntad que todavía confía en mí. Los demás me miran con pena y desprecio. Necesito arreglar todo esto. Necesito volver a ser un superhéroe. Hemos retrocedido en el tiempo para recuperar las piedras malditas y no todos hemos logrado regresar. Eso también es culpa mía. Lo añadiré a mi lista de “grandes éxitos”. Joder, ya han caído tres cervezas más. Soy un fracasado. ¿Me vas a juzgar? No te atrevas ni a pensarlo, mortal de mierda.

Perdón. Todo esto está siendo más patético de lo que puedas imaginar. Como te decía, hoy hemos viajado por el tiempo y he podido visitar mi Asgard natal. Cuántos recuerdos. ¿Podré recuperar alguna vez una pizca del hombre que fui? ¿Queda algo del hijo que era entonces? He visto a mi madre y ha sido un regalo envenenado. Hasta que no me ha abrazado no me he dado cuenta de lo mucho que la echaba de menos. Por supuesto ella me ha reconocido. No a mí, sino a mi yo del futuro que soy ahora. Y a pesar de que me ha reconfortado poder compartir unos instantes con ella, esperaba que fuera más compasiva, la verdad. ¿Sabes qué es lo último que me ha dicho? Que coma ensalada. Así, tal cual. Estas son las nuevas últimas palabras que voy a recordar cuando piense en cómo me despedí de mi madre. “Come”, “más”, “ensalada”. Ahí lo llevas. Joder, es para mandarlo todo a la mierda.

En fin, tengo que dejarte, ha sido un placer. Se acerca la hora y debo serenarme. Descansar para, mañana, dar lo mejor de mí, si es que queda algo que pueda resultarle útil a la causa. Debo ser un superhéroe de nuevo, un dios. Espero que todo vaya bien. Lo necesito. De hecho, me lo juego todo. Si vuelvo a fracasar lo dejo, me rendiré. Si esto no sale como debería, yo mismo empuñaré el martillo para esparcir mis sesos por el pasado de un futuro que nunca debería haber sido presente. Se lo debo a mi madre. Se lo debo a Asgard. Y sobre todo, se lo debo a la mitad de la galaxia.

28 de febrero de 2021

Una mierda de día, de semana, de mes

Al día siguiente empezaba con la quimio. Serían tres ciclos de tres tandas espaciados por veintiún días, y estaba cagado de miedo. Había ido al médico hacía cosa de un mes por tener la barriga más hinchada y dura de lo normal. Pensé que me dirían que tenía gases, o quizás alguna intolerancia. Ni siquiera teniendo hora en oncología llegué a imaginar que se trataría de un tumor maligno de diez por trece. Liposarcoma. Cuando me dieron el diagnóstico no me lo podía creer. Y mi vida pasó a ser como uno de esos melodramas que ponen los domingos por la tarde. Una película monotemática, de las que buscan la lagrimilla fácil, en la que todo el mundo sufre de ansiedad.

Durante la semana había estado yendo cada día al hospital. Prueba del corazón, analítica, poner el “PICC” para proteger mis venas del veneno que iba a acabar con el cabrón que me crecía en el abdomen, etc. Me preguntaba por qué no lo hacían todo de golpe, la verdad. Quizás era su extraña manera de mantenerme ocupado. La cuestión es que llegó el sábado y no tenía absolutamente nada que hacer. Por suerte vinieron Núria y Susana, mis mejores amigas y mi pareja favorita. A parte de su alegría habitual, también trajeron una majestuosa máquina de hacer pasta casera, así que pasamos el día entre harina, agua y huevos.

Me encanta cocinar, me relaja. Incluso esos días, que no tenía hambre, no paraba de preparar tuppers que luego le llevaba a mi hermana Marta. Debería alegrarme de encontrarme tan bien. El bulto no me daba síntomas, pero eso lo hacía todo mucho más confuso. A menudo me sorprendía pensado que me habían gastado una broma pesada. Me costaba creer que el tratamiento que me iba a salvar la vida me sentaría peor que la propia enfermedad. Y si todo iba “bien”, luego lo extirparían. Solo de pensar en la operación me mareaba.

Esforzándome por romper el hilo de pensamientos que me estaba atrapando, decidí ir a ver a mi hermana. Tenía como dos quilos de pasta fresca que, si no se los llevaba, se echarían a perder. Además, estar un rato con mi sobrina me haría olvidar la pesadilla que me esperaba al día siguiente. Nina era un cielo, toda curiosidad e ingenio. Sabía que algún día haría algo grande y yo quería estar ahí para verlo. Por eso tenía que ser fuerte y “echarle cojones”, como solía decir Marta. Tratando en vano de contener las lágrimas me dirigí hacia el baño para darme una ducha bien fría (lo que con el "PICC" no sería tarea fácil).


Habiéndome acicalado, me dispuse a preparar los tuppers con la pasta fresca que había hecho el día anterior. Tras cerrar el tercer envase me acordé de los níscalos deshidratados que había conservado hacía unos meses, y pensé que serían un buen acompañamiento para los espaguetis. Así que cogí un par de botes de la despensa y cuando los iba a guardar en una bolsa reutilizable, me fijé en que tenían un color bastante raro. Sin pensarlo demasiado, abrí uno de los recipientes. El hedor nauseabundo que se liberó me abofeteó la nariz, no había secado bien las setas y se habían podrido. Tan pronto como se me pasaron las arcadas tiré los tarros a la basura, incluyendo los otros seis que todavía tenía en la despensa. Solo habiendo bajado la bolsa al container me permití pensar en el gran esfuerzo que había requerido preparar los níscalos. Dos excursiones al monte, tener el piso lleno de papel de periódico varias semanas, el olor a lodo que todavía se podía percibir en el comedor, etc. Todo para nada.

Intenté sobreponerme centrándome en la gran olla de caldo que ocupaba la mitad de mi nevera. A Nina le encantaba mi escudella y pensé que se alegraría mucho de que le llevara un poco. De hecho, decidí que lo mejor sería transportar la olla entera. Con la carne y la verdura tendrían comida para varios días, y si Marta se animaba, podíamos pasar la tarde preparando croquetas. Mi hermana era un poco desastre en la cocina, así que Nina siempre se alegraba de que su tío le enseñara recetas nuevas.

Sin tiempo que perder, cogí mi pequeña mochila azul, la bolsa en la que había metido los tuppers de pasta y la olla que contenía la preciada sopa. Cargado como iba, me las arreglé bastante bien para salir de casa y cerrar la puerta con llave, pero cuando apenas había empezado a bajar la escalera, un asa de la olla se desprendió. Cinco litros de caldo se desparramaron peldaños abajo ante mi incrédula mirada. Me quedé con la olla vacía en una mano y el asa huérfana en la otra. Las verduras, los huesos y la carne se precipitaron por los escalones, como compitiendo por ganar una carrera y ver quién llegaba más lejos. La bolsa que contenía los espaguetis se había inundado por completo. Mi reacción fue gritar de rabia y acabar de tirarlo todo al suelo.

Haciendo un gran esfuerzo por calmarme, me ocupé del estropicio que había provocado en la escalera y me encerré de nuevo en mi piso. Le mandé un mensaje a Marta diciéndole que al final no iría a verlas, tras lo cual me metí en la cama para ver un capítulo tras otro de una serie horrible a la que no lograba prestar atención. A pesar de que las horas parecían no pasar, al fin llegaron las siete de la mañana del lunes. Solo una nota de voz de Nina me dio las fuerzas necesarias para salir de la cama y dirigirme hacia el hospital.


Seguramente Marta hubiera sabido apreciar la luminosidad y la tranquilidad del lugar, pero a mí la sala de quimioterapia me pareció deprimente mirara como la mirara. Llena de fantasmas con los mismos ojos tristes y el mismo miedo que yo. En medio de esa indigesta escena estaba ella, Minerva. Al fin le ponía cara a la enfermera con la que había hablado por teléfono tantas veces. Me recibió con una inquebrantable sonrisa, se presentó y me pidió mi nombre para buscarme en el listado que llevaba impreso. Después de acompañarme hasta mi butaca, me explicó amablemente lo que pasaría las siete horas que estaría allí, y estuvo todo el rato pendiente por si necesitaba algo. Tenerla cerca me reconfortó de un modo que nunca hubiera imaginado, hasta me dio pena despedirme de ella cuando terminé la sesión.
—Nicolás, ¿verdad? —me preguntó mientras me liberaba de los tubos por los que me habían introducido el veneno—. Hemos terminado por hoy, ya puede irse.
—Gracias. Puede llamarme Klaus, todo el mundo me llama así.
Por primera vez en toda la jornada, la enfermera perdió su sonrisa, se quedó mirándome fijamente y empezaron a temblarle los labios.
—¿Está bien? —quise saber, extrañado por su reacción.
Ella carraspeó antes de responderme.
—Sí, disculpe… tengo que atender a otros pacientes.
—Claro, adiós.
Minerva se alejó sin despedirse y sin mirar atrás, dejándome otra vez solo entre fantasmas con los mismos ojos tristes y el mismo miedo que yo.

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¿Quieres entender la reacción de Minerva? Aquí te dejo la primera parte de este relato: Un día de mierda.


23 de enero de 2021

Tía Marjoret, la lámpara y sus lágrimas de cristal

Entró en el despacho que había logrado evitar durante seis meses. Y no solo pensó que no había cambiado nada, estaba seguro de que pocas cosas podrían alterar aquella atmósfera premeditadamente estéril. Sin fotografías ni objetos personales, solo interminables filas de libros y manuales cogiendo polvo en las estanterías. Y luego estaba el escritorio. Ni un adorno, ni una agenda, ni un papel. Ni siquiera un bolígrafo que revelara que Lorena solía colaborar con TechFarm. Como siempre, ella entró exactamente siete minutos después de que él se sentara en el incómodo sofá tapizado a cuero. ¿Cuántas veces habían bromeado sobre lo inadecuado que era ese material? No, Lorena nunca bromeaba. Solo utilizaba las expresiones corporales, una falsa empatía y un tono distendido para que los pacientes se sintieran más cómodos contándole sus mierdas. Como resultaba habitual, llevaba un lápiz y una libreta en la que nunca la había visto apuntar nada.

—¿Qué le ha traído hasta aquí? —preguntó Lorena llevándose el lápiz a los labios.
La posición en la que la psiquiatra había colocado el lápiz tampoco era casualidad, le estaba indicando que podía confiar en ella porque no dirá nada a nadie, guardaría bien sus secretos. Que a aquellas alturas intentara manipularlo de ese modo era algo que le molestaba profundamente. Lorena era una mujer inteligente, y como tal, ya debería saber que esos trucos no funcionaban con él.
—No me trates como si no nos conociéramos de nada —protestó Dylan removiéndose en el frío y ruidoso sofá.
—Disculpa, Dylan, prefieres que te tutee.
—Mejor.
—Entonces, cuéntame, ¿por qué has venido? Ahora hacía tiempo que no nos veíamos.
—No consigo detener mis pensamientos.
Regodeándose, observó a Lorena. Siempre que hablaban de impulsividad la mujer hacía un brusco, aunque casi imperceptible, movimiento de cabeza. Apenas eran dos milímetros. Ese tic indicaba a Dylan que la psiquiatra estaba incómoda, y eso era algo que le encantaba.
—¿Quieres decir que no puedes dejar de pensar en algo? ¿Has vuelto a los bucles?
—No, yo no he dicho eso.
Ella permaneció en silencio, dándole la oportunidad de explicarse mejor.
—No soy capaz de hacer que mis pensamientos se detengan. Y eso es algo que me obsesiona.
—Profundicemos, busca un ejemplo para que yo lo entienda.
—¿Has oído hablar de la teoría de cuerdas?
—Me temo que no.
—Vale…
Dylan permaneció en silencio unos instantes, buscando la mejor manera de hacerse entender.
—Es como si mi mente fuera una cueva llena de estalactitas.
—¿Crees que tu mente es un lugar peligroso? —quiso saber Lorena.
—¡No!
—De acuerdo, ¿entonces?


—¡Vale! Imagina una lámpara de araña. Yo solía pasar los veranos en casa de mi tía Marjoret, y ella tenía una gran lámpara de cristal que se extendía por el techo de su majestuoso recibidor.
—No sé muy bien a dónde quieres ir a parar, pero continúa.
—La cuestión es que la lámpara tenía unas largas tiras compuestas por pequeños cristales en forma de lágrimas. Cada vez que alguien cerraba la puerta de la mansión, las tiras tintineaban durante un buen rato.
—Entiendo…
—Yo le prestaba mucha atención a las tiras.
—Ya lo creo. ¿Temías que las lágrimas cayeran y se rompieran?
—No. Sabía que eso no pasaría, el suelo de toda la entrada estaba cubierto por una gruesa alfombra de piel de vaca rubia.
—Entonces, ¿qué te tenía tan absorto? —preguntó la psiquiatra con auténtica curiosidad.
—¡Que era incapaz de detener el tintineo de las tiras! Como si tuvieran vida propia. Solo cuando al fin recuperaban su estática rigidez me quedaba tranquilo y podía dejar de mirarlas.
—De acuerdo. Volvamos a esa sensación de que no puedes detener tus pensamientos.
—Imagino mi mente como el gran recibidor de la tía Marjoret, y mis pensamientos cuelgan del techo como largas tiras repletas de lágrimas de cristal. Algunas son cortas y otras más largas. Hay muchas y están tan juntas que chocan entre sí. Cuando me meto en la cama e intento dormir, no puedo dejar de oír su tintineo.
—Entonces, lo que te atrapa es pensar que no puedes dejar de pensar.
—Supongo... Es como un murmullo de fondo. Y me paso las noches en vela tratando de acallarlo.
—¿Sigues tomando la medicación?
—¡Sí! —afirmó Dylan con más vehemencia de la que hubiera querido expresar.
—¿Cuánto hace que te pasa?
—Unas tres semanas, y cada vez va a peor. He venido porque ya empiezo a tener esa sensación también durante el día. Antes de ayer, con el coche, me concentré tanto en el tintineo que casi me empotro contra una farola.
—¿Tienes idea de cómo empezó?
—No…
—Está bien, ajustaremos la dosis de tu medicación y volveremos a vernos en quince días. Seguro que te sentirás mejor —afirmó Lorena.
—Si tú lo dices…
La psiquiatra se levantó, se dirigió hacia su escritorio y sacó un fajo de papeles de uno de los cajones. Dylan permaneció en silencio, observándola mientras escribía la nueva receta en el primer papel y le estampaba el sello que le daba validez. Después de que ella le entregara la hoja, se despidieron con un apretón de manos y una sonrisa cordial.

Cuando el paciente cerró la puerta tras de sí, Lorena al fin abrió la libreta que siempre llevaba encima y anotó “Paciente 139, mismos síntomas y recuerdos implantados. Tía Marjoret, la lámpara y sus lágrimas de cristal. Sensación de que no puede detener los pensamientos. Introduce una alfombra de piel de vaca rubia como novedad. Ha empezado afectación diurna. Incremento de dosis según fase 2 para ver reacción, control en 15 días. Pendiente actualizar ficha y mandar informe a TF.


19 de diciembre de 2020

Integración

Hace un par de horas que miro el registro de mensajes enviados. Debo detectar cualquier error y reportarlo. De momento, el sistema externo los está recibiendo correctamente. Las líneas van apareciendo en la pantalla a un ritmo constante de tres al minuto. Un caso, otro y otro más. Nunca se detienen ni se retrasan. Me han sugerido que no me entretenga en el contenido de los mensajes. Solo debo verificar que la integración está bien hecha y que no se pierde ningún envío. En realidad pienso que mi labor es bastante inútil. Si hubiera algún problema, el mismo código lo recogería y generaría una alerta a quién correspondiera. Conozco al programador que lo ha desarrollado, he trabajado varias veces con él, y es de los buenos. Supongo que alguno de los jefes no se fía y prefiere que hagamos una monitorización humana durante unos días. Yo no soy nadie para contradecirlos, así que aquí estoy, persiguiendo registros. Sé que estos mensajes son muy importantes y que debemos asegurarnos de que se entregan correctamente. Si no fuera por eso ya me hubiera quejado a mi supervisora. No acepté este trabajo para revisar “logs”. Un caso, otro y otro más. En fin, también hay compañeros que revisan mis integraciones. Siempre hay alguien que pilla.

Me estoy meando. Decido que ya no puedo aguantar más y me apunto el índice del último mensaje que he podido revisar. Si no aumenta el ritmo de envío podré validar los registros pendientes sin echar horas extras. O eso espero. Voy al baño y vuelvo tan rápido como me permiten mis buenos hábitos higiénicos, pero a mi regreso veo que Lola me está esperando justo delante de mi escritorio. No tiene muy buena cara, como de costumbre, y no puedo evitar pensar lo jodidamente oportuna que es siempre. 

Detrás de mi jefa veo que se esconde una mocosa con la cabeza gacha y la vista fijada al suelo. Sin pararme a explicar por qué he abandonado mi puesto de trabajo (faltaría más), las saludo con un gesto de cabeza y me intereso por la novicia.
—Vas bien acompañada, Lola.
A pesar de la ancha sonrisa que me ha costado un mundo recrear, la mujer no suaviza el gesto. La joven se coloca a la altura de Lola y hace un visible esfuerzo por mirarme directamente a la cara.
—Lyi, esta es Claudia. Es su primer día y he pensado que podrías enseñarle a monitorizar.
“He pensado”, dice, como si yo tuviera más opción que hacerle caso. Es inútil discutir con esta señora, se cree que siempre lleva la razón y no escucha. Nunca escucha.
—Por supuesto. —Accedo sin protestar aunque no me faltan ganas de hacerlo.
—¿Cómo va la integración? ¿Algún “KO”? —se interesa mi supervisora.
—De momento ninguno, todo “OK”.
—Perfecto. Pues te dejo a Claudia para que os vayáis conociendo.
Tanto la mocosa como yo permanecemos en silencio mientras Lola se aleja. Al son de sus tacones chocando contra el pulido suelo, intento dejar de pensar en las horas extras que tendré que hacer para revisar los mensajes que estoy perdiendo. Un caso, otro y otro más. Con la tontería perderé media mañana. Y eso serán unos setecientos mensajes. ¡Qué pesadilla!

Tratando de no parecer impaciente, entablo una infructífera charleta con la novata. En realidad solo me interesa saber en qué la puedo poner a trabajar, pero me veo obligada a preguntarle de dónde es, dónde ha estudiado, si ha llegado bien, qué horario va a hacer, etc. A pesar de que ella tampoco parece encantada con el intercambio de banalidades, va respondiendo con eficiencia y educación. Cuando por fin hablamos de su experiencia y sus conocimientos se nos ha hecho la hora de almorzar. Acordamos que vamos a seguir con su preparación, me dice que ya habrá tiempo para descansar luego.

Aunque la mesa en la que yo trabajo está pensada para dos personas, la tengo totalmente invadida con mis cosas. Despejo a regañadientes un poco menos de la mitad de la superficie blanca para Claudia, le consigo una silla más o menos nueva y le busco un ordenador decente. Bajo mi atenta mirada, lo conecta todo ella sola y saca un papelito con su usuario y contraseña, con los que inicia sesión. Me sorprende que el primer día ya tenga las credenciales, así que le pregunto por ello y me explica que las pidió y tramitó ella misma en cuanto firmó el contrato. “Chica apañada”, pienso, “vamos bien”. Sin tiempo que perder, le ayudo a instalar y configurar los programas que va a necesitar y le enseño cómo funciona y qué muestra la pantalla de monitorización.
—No hace falta centrarse en el contenido, solo mira si el resultado del envío es un “OK” o un “KO”. ¿Ves? Aquí y aquí.
Le enseño cómo consultar las respuestas de cada mensaje, y en qué parte de la pantalla puede ver el estado de la transacción. La joven asiente enérgicamente.
—Cada mensaje revisado se marca en esta casilla, y, si se produce un “KO”, también seleccionas esta otra —explico señalando con el ratón cada zona destacada.
—Entendido.
—Bien. Empieza a revisar los casos. Voy a buscarnos algo para desayunar. ¿Qué quieres?
—Cualquier cosa, no te preocupes —responde, Claudia, absorta por las líneas que van apareciendo en la pantalla. Un caso, otro y otro más.
—¿Café y una magdalena?
—Sí, sí…
Estoy segura de que la novicia no se ha enterado de lo que le he dicho, pero no me molesto en repetírselo, me gusta que se concentre tanto.


Me apresuro en ir y volver de la cafetería. Por el camino decido que le explicaré a Claudia que no todo el trabajo va a ser revisar “logs”, que en cuanto acabemos la validación nos pondremos con un desarrollo nuevo. Se la ve espabilada y no quiero que se aburra. Cuando por fin entro de nuevo en nuestra sala, empiezo a contarle con cierta emoción el trabajo que encararemos la semana que viene. La joven me escucha en silencio, inmóvil. Enseguida me fijo en qué ni siquiera está moviendo el ratón, tiene las manos abiertas encima de la mesa.
—Oye, ¿estás bien? ¿Pasa algo? —le pregunto extrañada.
La novicia se gira lentamente hacia mí.
—Estas líneas son…
Su voz se quiebra ante el dilema de preguntar algo que realmente no desea saber. Viendo por dónde va y lo afectada que parece, intento encontrar la manera más delicada de explicarle qué es lo que está monitorizando. No puedo creer que nadie la haya avisado.
—La integración que estamos validando ayuda a realizar estadísticas, que luego se usan para diseñar planes de financiación y proyectos de investigación e innovación, por ejemplo. Saber el número, las causas y toda la información relevante de los casos exitus, es muy útil para ayudar a reducirlos.
—¿Cada una de estas líneas es una persona que se ha… que ya no está? ¿Tantas solo en Europa?
—Me temo que sí. Y nosotros solo agregamos y publicamos los datos de la zona 2, hay un par de integraciones como esta en otras centrales.
Un caso, otro y otro más. A Claudia le tiemblan las manos.


26 de noviembre de 2020

Edredón, nórdico y colcha

Vuelves a casa y te metes en nuestra cama como si no hubiera pasado nada. Crees que ya estoy dormida y que no puedo notar el olor dulzón y férreo que se desprende de tu cuerpo. Te envuelves en las sábanas recién cambiadas y lanzas un suspiro de alivio. Te encanta encontrarte las sábanas limpias, sobre todo en esta época del año, por eso me he apresurado a cambiarlas aunque odio meter el edredón en el nórdico. Justo hoy, que ya intuía que llegarías tarde. Desprecias mi gesto al no haber pasado por la ducha antes de acostarte. Siempre te aseas, ¿por qué hoy no? No me hace falta preguntártelo para saber la respuesta. Igual que sé que tienes las uñas sucias sin necesidad de verte las manos.

No tardas ni cinco minutos en dormirte. Hoy no te revuelves ni aprietas los dientes como sueles hacer. No sé qué me molesta más, la paz que pareces sentir, saber lo que has estado haciendo, o pensar que me has ensuciado las blancas e impolutas sábanas con tu sudor y el de ella. Una persona normal lo tendría claro y ya te hubiera denunciado hace años. Yo sigo aquí. Contigo. Hasta que la policía me lleve para interrogarme, o algo peor. Al fin y al cabo, si no me marché el primer día ya no puedo hacerlo. Soy tan o más culpable que tú.

Si hoy me hubieras encontrado despierta me hubieras contado alguna mentira que justificara por qué has llegado tan tarde. Me hubieras seguido a nuestra habitación sin respetar mi silencio, y al sentarte sobre la cama para quitarte los zapatos de piel de cocodrilo, te hubieras fijado en la colcha recién planchada. Entonces habrías hecho algún comentario recordándome la parte feliz de tu infancia. Explicándome otra vez cómo te encantaba llegar a casa de los campamentos de verano y encontrarte las sábanas limpias y perfumadas. Sabes que ver tu lado tierno y vulnerable me enternece. Hace que me centre en lo mucho que te quiero, en lo encantador que eres conmigo, y que casi me olvide de todo lo demás. Casi.

Quizás lo hago adrede. Busco estos momentos para recordar que eres un ser humano capaz de amar. Como si un par de recuerdos felices pudieran borrar todo el horror que has producido. A pesar de que me prometiste no hacer esas cosas en casa, nada te impide seguir seleccionando tus víctimas. Te encanta regalarme las joyas que llevaban puestas. Días después disfrutas viendo sus fotos en los periódicos. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Cada vez son más y todas siguen pareciéndose a mí.


Una vez te pregunté si serías capaz de hacerme daño. De acabar conmigo hasta quedar prácticamente irreconocible como haces con todas esas mujeres. No me respondiste, simplemente me besaste y me revolviste cariñosamente el pelo. La respuesta es que las matas para calmar las ganas que has tenido siempre de ocuparte de mí. ¿Cuántas mujeres han sufrido por mi culpa? ¿Cuántas familias hemos destrozado juntos en estos diez años?

Estas más harto incluso que yo de todo esto. Intentas reprimirte hasta que ya no puedes más y vuelves a hacerlo. Eso te da una paz que no puedes conseguir con nada más. Pero esa calma apenas te dura unos días. Luego te arrepientes, te culpas, te contienes y vuelves a obsesionarte. Necesitas seguir haciendo lo que haces. Es un bucle del que no puedes salir, yo soy la única que puedo pararlo. Y eso es lo que va a pasar esta noche.

Mientras estás envuelto en nuestro edredón de plumas, me giro hacia ti, espero unos segundos para asegurarme de que no te he despertado y saco la puntilla que había escondido debajo de la almohada. Me la regalaste las pasadas navidades, horrorizado por ver cómo chascaba las patatas con un cuchillo demasiado grande. La verdad es que es muy práctica y me gustó que te preocuparas por mí. La pequeña hoja resplandece a la tenue luz que se filtra por la ventana de nuestra habitación. Decidida, respiro hondo, aparto el nórdico de un tirón y te clavo el cuchillo en la garganta con todas mis fuerzas, lo saco y vuelvo a arremeter, esta vez en el pecho. Te remueves intentando protegerte pero te fallan las fuerzas. Un gorgoteo empieza a asomarse por tu garganta. Pronto te ahogas y te desplomas, inerte, en nuestra cama. Sigo clavando la puntilla unos segundos más hasta que me obligo a comprender que se ha terminado. Ya nunca volverás a hacerle daño a nadie.

Enciendo la luz de mi mesilla y te observo. Las sábanas se están encharcando de un líquido rojo y cálido que desprende un olor mucho más repulsivo de lo que nunca hubiera imaginado. Incapaz de soportar este horror, suelto la puntilla, me aparto de la cama y voy hacia el baño para vomitar violentamente. Cuando logro controlar las náuseas me lavo las manos con furia, me desvisto rápidamente y me meto en la ducha. Dejo que el chorro de agua casi hirviendo se lleve mis lágrimas durante unos minutos que se me hacen eternos. Habiéndome aseado considero que ya estoy preparada. Cojo el móvil, llamo a emergencias y en cuanto me saluda una voz joven y risueña le confieso que he matado a mi marido, el asesino de las joyas.


7 de noviembre de 2020

Nadia y Nero

 Nadia me tiene preocupado. Hace un par de semanas que está muy rara. La veo cansada, no para de morderse las uñas y me riñe por cualquier chorrada. Además no recibe visitas ni habla por teléfono con nadie, por lo que no consigo enterarme de lo que está pasando. El otro día dejó el móvil encima de la mesa y casi consigo leer lo que estaba buscando por internet, pero solo me dio tiempo a ver que tenía abierto el navegador antes de que la pantalla se fundiera en negro. ¡Qué manía tiene de bloquear el móvil! ¡Así no hay quién la cuide!

Lo he intentado todo para animarla. Me acurruco con ella cada vez que se sienta, ronroneo tan fuerte como me permite este menudo e incómodo cuerpo, le dejo que me rasque la barriga siempre que quiere y apenas he arañado el sofá en días. Nadia es mi primer humano. La verdad es que cuando me la asignaron no pensé que se les pudiera coger tanto cariño. Y mírame ahora… ¡Hasta estoy adelgazando! El demonio al que Nadia llama “veterinario” estaría contento. Me ofende que ese ser malvado vista de blanco… es MI color, símbolo de pureza e insignia de los míos. Él perdió el derecho a usarlo en cuanto me metió el termómetro por el culo. ¡Qué desfachatez! ¿Quién hace eso por “vocación”?

Me pica todo. Me revuelco por el suelo una y otra vez sin notar ninguna mejoría. No pueden ser pulgas, Nadia me pone un mejunje en la nuca de vez en cuando para eso. Deben ser los nervios. Ya casi es de noche y la humana no ha aparecido. ¿Dónde estará? Entre semana siempre llega sobre las cinco de la tarde. Y sino, me avisa, aunque ella no sabe que puedo entenderla perfectamente. Siempre me lo cuenta todo. Incluso cuando todavía no había roto con Miguel y ya estaba con la “morenaza de los ojos sin fondo”, como la describe ella. Le daba mucho miedo, no sé por qué. Al fin y al cabo, a quien ame no va a decidir si me la llevo al cielo o recomiendo que la bajen “al horno”. En realidad lo verdaderamente importante es que ame, EN GENERAL. No entiendo por qué esta vez no me dice qué le pasa. ¿Es tan serio que no puede ni hablar de ello? Ya tengo náuseas otra vez. Quizás debería hacerle caso a Nadia y dejar de comer las pelusas que se acumulan por las esquinas. Es que parecen tan apetecibles… gráciles y volátiles como un diente de león. ¿Por qué me distraigo tan fácilmente?

Miro el reloj del horno y ya marca las nueve. Definitivamente esto es muy raro. Cuando estoy a punto de quebrar mi tapadera para pedir ayuda a los míos, oigo el ascensor que se detiene en nuestra planta. ¿Será Nadia? Escucho el tintineo de las llaves. Reconozco el girasol de plástico chocar contra la luna de metal. Es ella. Voy corriendo hacia la puerta y en cuento se abre, empiezo a maullar con todas mis fuerzas, a modo de bronca. Enseguida veo que Nadia no se encuentra bien y me callo para observarla. ¿Necesita ayuda?

—¡Aparta, Nero! —Me pide mientras se dirige corriendo hacia el baño tapándose la boca con una mano.

Ha tirado al suelo la bolsa y la chaqueta que llevaba y ni siquiera se ha entretenido en cerrar la puerta tras de sí. Sigo sus pasos tan rápido como me permiten mis rechonchas piernas. Ella me cierra la puerta en las narices, impidiéndome pasar. Rasco el maldito muro de madera que nos separa frenéticamente. Nadia me pide que pare entre arcada y arcada. La obedezco. Me quedo en silencio en el pasillo caminado en círculos. Oigo cómo vomita violentamente mientras yo no puedo hacer nada. No entiendo lo que está pasando.

La humana tarda una media hora en salir. Deshace sus pasos hacia la puerta principal para cerrarla y recoger sus cosas. Se ha atado el pelo en una cola alta y se masajea las sienes delicadamente. “Tiene migraña otra vez”, pienso aguantándome las ganas de maullarle con furia. La persigo hasta el comedor y me coloco en su regazo cuando se sienta en el sofá. No puedo dejar de mirarla. Observo las marcas de cansancio en su rostro mientras intento distraerla con mi ronroneo. Le hago una carantoña en la barriga con la cabeza y suelto un pequeño “miau” para que me haga caso. Necesito saber qué le pasa.

—Nero… tú siempre me querrás.

Me gustaría poder hablar para decirle que sí. Que yo siempre estaré a su lado, cuidándola. Que podemos resolver cualquier cosa. Que solo hace falta encontrar al ser adecuado y que no dejaré que le pase nada malo.

Nadia tuerce el labio hacia el lado izquierdo arrugando la nariz. Esa es la mueca que hace siempre que intenta contener las lágrimas. Me acaricia tiernamente la cabeza y el lomo. Aunque normalmente no me gusta admitirlo, ese gesto me produce una de mis sensaciones favoritas.

—Nero, pronto las cosas van a cambiar. —confiesa al fin.

Me esfuerzo por no hacer nada que la disuada de continuar.

—¡Estoy embarazada!

¿Era eso? ¿Ya está? Sin entender cuál es el problema salto al suelo y me pego una carrera por toda la casa. Cuando hago eso Nadia suele decirme que estoy loco, pero a mí me va muy bien para liberar tensiones. Pasarse todo el día preocupado por la humana es muy estresante. Está embarazada… ¿Y qué? Yo ya me había puesto en lo peor. Me esfuerzo por calmarme y volver a acurrucarme a su lado. Ella empieza a llorar. Será una noche larga y yo estaré a su lado. Al fin y al cabo, es mi humana y mi deber es cuidarla.

17 de octubre de 2020

El rebaño del sueño

Apenas faltan tres horas para que anochezca y todavía queda mucho por hacer. Joel se está encargando de casi todo, incluyendo la preparación de los nuevos ejemplares. Es muy bueno en lo suyo y los majestuosos elekks lo adoran. Con los poros está costando un poco más, pero estoy segura de que también se los acabará ganando. Son puro amor, aunque traviesos, y Joel sabe cómo manejarlos. Me alegro de haber aceptado su ayuda. ¿Cuántos años hace ya que vino a pedirme trabajo? ¿Diez? ¿Quince? Cómo pasa el tiempo...

Estoy nerviosa. La última vez que hicimos cambios de este tipo en el corral yo todavía era una mocosa con trenzas. Nuestros convecinos se habían cansado de contar ovejas antes de ir a dormir y hasta los más pequeños empezaron a acumular ojeras. Papá lo probó todo para volver a llamar su atención. Cambió el orden en el que se presentaban los animales, los hizo desfilar en grupos de distintos tamaños e, incluso, modernizó su aspecto esquilándolos para que presentaran exóticos relieves y tiñéndoles las patas a franjas arcoíris. A pesar de que estas novedades se agradecieron y lograron mejorar el reposo de todos durante unos días, enseguida se aburrieron y el insomnio volvió a aquejarles. Y las ovejas lo notaron. Cada vez estaban más tristes, hasta el punto de que ni siquiera querían actuar.

Dicen que la necesidad agudiza el ingenio. A mí no me gustan demasiado estos dichos, pero no se puede negar que mi madre encontró la solución justo cuando la situación se estaba volviendo insostenible. Imagínatelo. Bebés llorando incansablemente de día y de noche, jóvenes alicaídos o adultos incapaces de articular una frase completa. Y sus consecuencias más peligrosas, conductores de carrozas cabeceando durante la jornada, curanderas que entremezclaban las recetas, apagafuegos llegando tarde a las urgencias, etc. Mamá siempre decía que nuestro trabajo es sumamente importante, y no se equivocaba. En cierto modo, solía decir, somos los guardianes de la noche, del reposo y del sueño. Sin nuestro rebaño la gente no puede dormir.

La cuestión es que a mi madre se le ocurrió cambiar los animales por otros que fueran un poco más llamativos, y quiso la fortuna que en el pueblo de al lado hubiera una granja de elekks. Así que mis padres los compraron todos, los entrenaron durante unos días para que aprendieran a desfilar por la duermevela de nuestros vecinos e hicieron la prueba. Los enormes elekks mantuvieron la formación durante toda la noche. Entraron en el espacio que queda entre la realidad y los sueños, posaron mostrando sus grandes cuernos y sus afilados colmillos, levantaron e hicieron sonar sus trompas y se marcharon tan delicadamente cómo habían aparecido. Fue todo un éxito. Mis padres durmieron a los vecinos sin que estos se dieran ni cuenta, y a la mañana siguiente no se hablaba de otra cosa. Todo el mundo estaba encantado con el cambio y el efecto duró más de sesenta años, hasta hace unas semanas.


Yo enseguida reconocí los signos. Hacía unas noches que me estaba costando mucho distraer a los más jóvenes para dormirlos y algunos adultos ni siquiera nos permitían entrar, habían cerrado su espacio de duermevela. Preocupada y asustada por lo que podía llegar a pasar, hablé con Joel para contárselo y a él le pareció buena idea repetir la estrategia que tan bien les había funcionado a mis padres. Me habló de unas criaturitas llenas de júbilo, recubiertas por un suave y largo pelaje blanco, con dos pequeños cuernos y una gran lengua que les solía colgar inerte por la comisura de la boca. A pesar de que yo no estaba muy segura del cambio, decidí confiar en él. Al fin y al cabo, pronto me retiraré y Joel pasará a ser el nuevo pastor del rebaño del sueño. Así que en cuestión de días el joven me llenó el corral de unas bolitas saltarinas que no paraban de sonreír y de las que me quedé prendada desde el primer momento. Joel se ha dedicado en cuerpo y alma a entrenar a los recién llegados poros, y hoy por fin entraran en escena. Si todo va bien, en unos días podremos jubilar a los elekks, que se quedarán con nosotros hasta el fin de sus días, y creo que yo me uniré a ellos en su nuevo y ocioso modo de vida. Nos hemos ganado un descanso.

Cada vez estoy más nerviosa. Cruzo una y otra vez mi habitación, caminando sin rumbo. Lo repaso todo una vez más, volviendo a comprobar que no me he olvidado nada. Tengo el polvo de estrellas, la escama de luna, el suspiro de una nube y el abrazo de lavanda. Ya casi es la hora. Me tumbo en mi cama mientras los últimos rayos de sol empiezan a ocultarse por el horizonte y cierro los ojos. Enseguida veo a Joel, seguido por una fila de bolitas blancas que lanzan destellos azules. Los animales están visiblemente contentos, y tan emocionados que les cuesta mantener la posición. Uno a uno vamos visitando a nuestros vecinos. Los poros desfilan valiéndose de todo su encanto. Derrochan lametazos, muecas imposibles, piruetas y, sobretodo, amor. A su paso las mentes quedan en calma, llenas de paz. Nunca había visto nada igual. No solo resulta fácil dormir a todo el pueblo, termino el trabajo sabiendo que aquella noche ninguna pesadilla logrará alcanzarnos.

Mando a Joel y a los poros de vuelta a la realidad y me quedo haciendo guardia, velando el sueño de nuestros vecinos, hasta que empiezan a despertarse para retomar sus vidas. Ha sido una noche perfecta. Cuando estoy a punto de volver veo a mis queridos elekks, que se acercan a mí, y que están tan o más cansados que yo. Creo que nos quedaremos un poco en duermevela. Ya no hay prisa. Joel y los poros pueden encargarse de todo.

3 de octubre de 2020

Progreso 2020 II

¡Hola! Esta semana he decidido publicar un post explicándoos cómo van mis proyectos escritoriles, en la línea y continuando el que hice en abril: Progreso 2020.

El blog 
Hemos pasado de 10 a 19 relatos publicados, correspondientes a 9 categorías distintas. En estos últimos meses he creado 3 nuevas etiquetas temáticas para Tecnología, AdivinaQuién y Comedia Negra, además de completar la trama de “Ojos dorados” y empezar una nueva entorno a la verdadera historia de “La caja de Pandora”. Respecto al número de usuarios del blog, partíamos de los 150 y ya estamos en 334, con 830 sesiones. Muchas gracias a tod@s por leerme, me hace ilusión poder compartir mis relatos con vosotr@s. Pronto el blog hará un año y ya he empezado a pensar en hacer algo especial para celebrarlo. Ya os iré contando…

Twitter 
Aquí se han superado de lejos mis expectativas. En abril me propuse llegar a los 150 seguidores de @arirsoler este 2020 y ya va por los 242. Estoy muy contenta de haber creado el perfil, ya no solo porque me permite dar un poco más de visibilidad al blog, sino porque me ha abierto todo un mundo de autor@s, lector@s, reseñador@s, cursos, certámenes, editoriales, etc.

Formación 
Acabado el curso de literatura fantástica de Caja de Letras, he hecho otro de diseño de personajes en la misma escuela online, y la semana que viene empiezo el de Narrativa I. Me gusta mucho el equipo docente, el formato y el contenido de los cursos que ofrecen. Formar parte de su comunidad de alumnos y exalumnos me ayuda a tener más ánimo y motivación para seguir con todo esto, así que os lo recomiendo muy mucho.

Certámenes 
Aún no se ha podido celebrar la entrega de premios de la convocatoria de relatos sobre gente mayor y TIC en la que soy finalista, así que todavía no se conocen los ganadores, ¡qué le vamos a hacer! Paciencia. Actualmente estoy preparando un relato para un certamen de erótica (nunca he escrito nada parecido, por lo que está resultando todo un reto), veremos si finalmente lo acabo presentando. 
Otra novedad es que he empezado a colaborar en el blog de Caja de Letras escribiendo un artículo mensual sobre certámenes literarios de fantasía, ciencia ficción y terror. Me gusta poder aprovechar la información que voy recopilando para compartirla con vosotr@s, así que a principios de cada mes podéis contar con una entrada de actualización. Aquí os dejo las que están disponibles actualmente: Certámenes literarios de género

Novelas
Estaba bastante atascada con las novelas y decidí pedir ayuda a mis tutores de Caja de Letras. Les mandé lo que tenía escrito, lo revisaron e hicimos una tutoría en la que me aconsejaron por dónde continuar. Con todo, he retomado la novela de fantasía para reescribirla y, de momento, estoy en la fase de análisis y planificación. Si queréis seguir las novedades al respecto las publico en Twitter con la etiqueta #ProyectoLizertina. Lo estoy planteando como un proyecto de desarrollo software, a ver cómo sale 😜.

Me olvidé… 
En la última entrada de progreso 2020 me olvidé de contaros que me he hecho socia de Pórtico, Asociación Española de Fantasía Ciencia Ficción y Terror. De momento no estoy participando mucho, pero es interesante conocer las iniciativas que llevan a cabo y apoyarlos aunque solo sea con la pequeña subscripción anual.

¡Y por ahora esto es todo! Acompaño la entrada con una foto de mis orquídeas (me encantan) y me despido deseando que paséis un feliz fin de semana☺.

13 de septiembre de 2020

Un día de mierda

Cuando estoy nerviosa, cocino. También cuando estoy triste, agobiada o me entra “la ansiedad”. Y la verdad es que últimamente cocino más de lo que me puedo comer. Podríamos decir que cocino por encima de mis posibilidades. Mi madre está encantada, claro, cada semana le lleno la nevera de tuppers. Pero yo empiezo a estar preocupada, y mis vaqueros favoritos también, dicho sea de paso. Esta mañana le he echado gazpacho al café. Pensaba que después de eso el día solo podía ir a mejor. Me equivocaba. A media mañana he intentado hacer una tortilla de patatas con cebolla, como dios manda, y se me ha pegado. ¡A mí! Así que cuando le he dado la vuelta, se me ha desparramado todo encima del plato, me he quemado la muñeca y he manchado el suelo. A pesar de que más o menos la he podido recuperar y no estaba mala, la tortilla ha quedado muy fina y deforme. Odio desperdiciar comida, me pone de muy mal humor.


Después he intentado hacer ñoquis. El otro día encontré patata lila en el supermercado y me hizo mucha ilusión, así que compré un quilo, aunque costaba el triple que la que suelo usar. Como también tenía moniato, he intentado hacer ñoquis de tres colores. ¿A qué mola? Pues ha sido un auténtico desastre. He hervido los tubérculos más de la cuenta y los huevos que he usado eran demasiado grandes, por lo que la masa ha quedado extremadamente húmeda y luego no había forma humana de que cogiera densidad (por más harina que le he incorporado). Entre la rabia que he ido acumulando durante toda la mañana y que detesto tener las manos sucias durante tanto tiempo, al final he estallado. He sacudido violentamente los brazos, llenando las paredes de la cocina de grumos tricolores al son de un grito gutural. En realidad han sido tres gritos y otras tantas sacudidas pero digo yo que tampoco hace falta hacer leña del árbol caído. Cuando he terminado de montar la escena lo he tirado todo a la basura, me he limpiado las manos y me he ocupado del desastre que había dejado en la pared. Aunque no me encante vivir sola, a veces agradezco que nadie me vea hacer estas cosas.

Con las baldosas de mi diminuta cocina de nuevo resplandecientes, me he propuesto preparar un salmorejo. Esa era mi última baza, ¿qué podía salir mal? Pues cuando estaba limpiando los ingredientes he cogido un pimiento muy grande, resplandeciente, de un verde precioso. Lo he abierto y estaba lleno de gusanos. ¡Qué asco! Se me han pasado las ganas de cocinar, de comer y de existir en general. Me he deshecho del proyecto de salmorejo en cuanto se me han calmado las arcadas y he bajado la basura, no sin antes hacer un doble nudo a cada una de las bolsas (aunque no contuvieran ni rastro del pimiento proteico).

Ya de vuelta en mi apartamento, me he sentado en el sofá, he abrazado el gran cojín azul que lo suele coronar y me he puesto a llorar desconsoladamente. Klaus apenas ha tardado un par de minutos en aparecer (ya podría haberse pasado a primera hora para evitar todo esto…).
—Minerva, ¿qué te pasa? No llores… 
—¿En serio tú me lo preguntas? ¡Lo que me pasa eres tú! —le recrimino sorbiéndome la nariz.
—Deberías hablar con alguien. No hace falta que pases por esto tú sola.
—No estoy sola, te tengo a ti.
Me doy cuenta de lo absurdo de mis palabras. La masa esponjosa que flota delante de mí parece que me devuelva la mirada. Y eso que ni siquiera tiene ojos. Me obligo a recordar que no existe, que es solo parte del problema.
—¿Hoy también te duele la cabeza? —me pregunta, aunque no tiene labios.
—Sí. Ya sabes que ahora siempre me duele.
—¿Por qué no pedimos una pizza? —me sugiere solo para animarme.

Sin responderle, alargo el brazo para coger el móvil de encima de la mesa baja que queda delante del sofá. Abro la aplicación que suelo usar para pedir comida a domicilio y selecciono el negocio que hace las pizzas más grandes, grasientas y gruesas de la ciudad. Antes de que pueda elegir lo que quiero, una notificación inunda la pantalla del teléfono. Es domingo y el restaurante está cerrado. No, definitivamente, hoy no es mi día. El problema es que Klaus cada vez está más grande y no sé cuántos días más voy a tener.


28 de agosto de 2020

Ganas de rendirse

 “Por fin en casa”, pensé mientras rebuscaba las llaves en la pequeña mochila de piel marrón que solía llevar colgada a la espalda. Subir los tres escalones que separaban el jardín del porche me había costado más de lo que estaba dispuesta a admitir. Me dolía todo el cuerpo. Cada vez llevaba peor las incursiones, quizás ya iba siendo hora de dejarlo. Intentando apartar esa idea de mi mente, cerré la puerta tras de mí, dejé con cuidado la pequeña mochila marrón en el suelo y me desabroché las pistoleras dejándolas caer. El característico ruido sordo que emitían mis H&K USP del calibre 6 al chocar contra la carísima alfombra beige del vestíbulo fue lo que realmente me confirmó que ya había pasado todo. Podía centrarme en mí, en curar mis heridas y en recuperarme para la siguiente aventura. “En caso de que haya otra”, me advirtió una parte de mí que empezaba a odiar.

Observé la escalinata que llevaba a mi habitación y me pareció que me devolvía la mirada. Altiva, desafiante, casi burlona y, sobretodo, infinita. Decidí darle esa satisfacción e ir al cuarto de baño de invitados. Ya habría tiempo para recuperar la dignidad más adelante. Como si no estuviera sola en aquella inacabable mansión, cerré la puerta del diminuto baño con pestillo y abrí el armario que quedaba camuflado detrás del espejo que coronaba la encimera. Con cuidado, deshice la trenza que domaba mi larga melena, me quité los pantalones llenos de rasgaduras y la camiseta turquesa con demasiadas manchas de sangre reseca. Evalué el estado en el que estaba mi cansado cuerpo. No parecía que hubiera nada grave, nada por lo que hiciera falta despertar a Lyonel para que me colara en el hospital de la capital.

Me di una ducha para quitarme de encima el olor a tierra y sudor, tras lo cual pasé a atender mis heridas. Parecía que mis manos actuaran por cuenta ajena. Con movimientos expertos desinfecté lo que empezaba a ponerse feo y vendé lo que sabía que sangraría fácilmente. Cuando terminé no me molesté en vestirme. Deshice mis pasos hasta el vestíbulo y de allí al comedor principal que estaba en el otro extremo de la casa. Me tumbé en el ancho sofá que dominaba la estancia y me tapé con el pañuelo de seda que lo adornaba. A pesar de todo me dormí con una sonrisa, admirando las figuras geométricas de colores vivos que cubrían mis ahora ya no tan pronunciadas curvas. Soñé con el viaje a la India en el que me habían regalado el pañuelo como muestra de agradecimiento. Mi subconsciente no quería que me rindiera, me recordaba a menudo que todavía quedaba gente buena en este mundo, y que esa gente buena me necesitaba.

Dormí toda la noche y también parte del día siguiente. Cuando me desperté, el gran reloj de pared que quedaba justo enfrente de mí me indicó que eran pasadas las tres de la tarde. Reuní todas mis fuerzas para incorporarme. El dolor que se extendía por cada uno de mis músculos era aún peor que la noche anterior. Mi cuerpo me pedía reposo, seguir durmiendo hasta encontrarme mejor, pero yo sabía que, si lo hacía, la recuperación sería más lenta, tenía que moverme. Y tenía que comer.

Cojeando, me dirigí hacia el lavadero y cogí un camisón del montón de ropa planchada con el que cubrirme. Cuando salí al vestíbulo para dirigirme a la cocina la visión de mi pequeña mochila marrón hizo que me detuviera. Sin prisa, me acerqué para cogerla, la abrí y saqué de dentro el objeto por el que me había jugado la vida una vez más. Se trataba de una calavera de ónice un poco más grande que mi mano. Tenía las cuencas de los ojos rellenas de cuarzo y toda su superficie había sido grabada con relieves de flores, hojas y distintas formas geométricas. Era una auténtica obra de arte, una pieza única que en cuanto me encontrara mejor devolvería a su legítimo lugar. “Vale la pena”, pensé acercándola un poco para verla mejor, “no pienso dejarlo”.

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¿Has adivinado de qué personaje se trata? Si quieres confirmar su identidad puedes mandarme un DM a mi cuenta de Twitter @arirsoler.