31 de julio de 2021

La incubadora 3000

“¿Estás harta de pasarte todo el día sin apenas poder moverte de sitio? ¿Te preocupa no estar dando suficiente calor a tu futuro retoño? ¿El volteo es algo que te angustia porque temes dañar tu huevo? No te preocupes, ¡tenemos la solución! ¡La incubadora 3000! La incubadora 3000 está específicamente diseñada para ayudarte en estos tediosos meses de gestación externa. No te enclueques, la incubadora 3000 lo hará por ti. Totalmente autónoma y sin mantenimiento. Temperatura homogénea garantizada. Rotación suave automática cada cuatro horas. Cinco sensores que monitorizaran constantemente el latido de tu bebé, y que te avisaran si se produce cualquier anomalía. Incubadora 3000. ¡No lo pienses más! Encárgala ahora y te regalamos el exclusivo kit de nacimiento, con todo lo que necesitarás el día que, por fin, tu pequeño salga del caparazón.”

Había visto aquel anuncio más de un centenar de veces y, a pesar de que lo detestaba, siempre se lo tragaba entero. La voz histriónica del locutor le transmitía una fuerza y una seguridad que la enganchaba. De hecho, no pudo dejar de mirar la pantalla hasta que el hombre se calló y, liberada al fin de su embrujo, le ordenó al televisor que se apagara. Movida por una ansiedad que hacía días que no sentía, empezó a deambular por el comedor, mordiéndose las uñas. Había estado engañándose pensando que la decisión estaba tomada.

La culpable era Nadia. O tal vez, Susana. Quizás la que más había contribuido a confundirla había sido Claudia. Aunque Miguel no se quedaba corto… Daba igual, todos opinaban sin que ella les hubiera preguntado lo que pensaban de sus planes. Y es que el ritmo cada vez más pausado con el que ponía huevos la había llegado a preocupar hasta el punto de decidir fecundarse. Ya no alcanzaba a hacer ni una puesta al mes, y no quería perderse la experiencia de ser madre. Hasta ahí todo bien. Su hermano y sus amigas la apoyaban y se alegraban mucho por ella. Todo aquél que conocía la noticia la recibía con júbilo. El problema surgía cuando le hacían “LA PREGUNTA”, porque todos querían saber lo mismo; ¿cómo iba a incubar a su bebé?

Cuando Irene respondía que se estaba planteando adquirir una incubadora automática, sus interlocutores solían tener una de las tres reacciones que ella había identificado como posibles. La mayoría la miraban mal y se limitaban a hacer algún comentario pasivo agresivo, sin pronunciarse de una manera clara. Estos le daban igual, ya que eran allegados, no alcanzaban ni la categoría de amigos o compañeros. Pero a medida que el círculo se estrechaba, la gente se emperraba en dejarle bien claro lo que pensaba. Y, resumiendo, las incubadoras eran un gran invento que empoderaba a la madre, o, por el contrario, un trasto inútil que privaba al bebé y a su progenitora de la conexión más primigenia que debían tener.


Así que allí estaba, caminando en círculos por el comedor sintiéndose una mala madre cuando todavía no sabía ni si la fecundación había funcionado. Se debatía entre limitar su autonomía durante cinco meses, o perderse parte del proceso de creación y, por lo que decían, un vínculo precioso. Había momentos en los que lo tenía muy claro, y de repente cambiaba de opinión. Cuando, además, se daba cuenta de que aquella era solo una primera decisión de las muchas que debería tomar, como mínimo, durante dieciocho años… bueno, le faltaba el aire. Y percatándose de la ansiedad que toda esa situación le generaba incluso antes de empezar, dudó una vez más de si estaba preparada, y de si realmente debía o no hacerlo.

Cediendo al mareo que había empezado a embotarle la mente, se sentó otra vez en el sofá y se obligó a respirar despacio, y a relajar los hombros. Tratando de alejar los pensamientos negativos, se concentró en imaginar el huevo formándose dentro de ella. Visualizó un punto diminuto que crecería hasta convertirse en un ser que pronto la deleitaría con su sonrisa. Y se animó recordándose que el primer paso estaba hecho, su deseo pronto se haría realidad. En ese momento supo que todo iría bien, y esa certeza la tranquilizó, llenándola de una calidez que deshizo el nudo que le había estado oprimiendo el pecho. Acabó concluyendo que le daba igual si lo incubaba ella o una máquina. Lo importante era el amor, lo mucho que ya quería a su bebé.

De manera que al fin compró la incubadora 3000, y tuvo la suerte de llevarse también el exclusivo “kit de nacimiento”. Usaría la máquina solo cuando la necesitara, para abandonar fugazmente la seguridad del teletrabajo, dar un paseo por su parque favorito o visitar a alguien que todavía fuera capaz de ser respetuoso a pesar de no estar de acuerdo con las decisiones ajenas. Ese último grupo se había reducido bastante, pero en él seguían estando Miguel, Claudia, Susana y Nadia que, en esencia, eran los importantes, las personas valiosas.


Pasaron los días, las semanas y los meses. Y aunque todas las mañanas Irene sentía que por fin había llegado el momento, la puesta no se producía, ni siquiera en forma de un caparazón yermo. 

Miguel se dio cuenta porque Irene cortó el flujo constante de hologramas que le hacía llegar con las novedades del cuarto del bebé. Claudia sospechó cuando Irene dejó de responderle a las propuestas que le mandaba con nombres de niña. Susana se enfadó cuando Irene no se alegró al explicarle que había traído al mundo un gran huevo amarillento que entre ella y Jose incubarían. Y Nadia… bueno, Nadia hacía tiempo que lo sabía. Fue la que se armó de valor para ir a ver a Irene, abrazarla hasta deshacerse en lágrimas y ayudarla a vender la incubadora 3000 que ya nunca necesitaría.


10 de julio de 2021

Sostenibilidad

Tengo hambre. Y el carrusel de anuncios desfilando en mi cerebro no me ayuda en absoluto. Los que preparan la programación diaria de publicidad no han tenido en cuenta mi nueva condición y, la verdad, me parece hasta cruel. No es que los reclamos que me están proyectando sean distintos a la mierda de siempre. La mayoría presentan las bondades de una infinidad de artículos de belleza y tratamientos genéticos con los que mejoraría mis rasgos. Otros prometen aumentar en un cuarenta por ciento mi masa muscular, o reducir en otro diez la materia grasa, todo a base de simples suplementos alimentarios. Pero los que me están torturando son los de comida. Tortitas con una tonelada de un sirope oscuro chorreante, aceitosas y relucientes patatas fritas o jugosas empanadas de queso. ¡Qué hipócritas! Se pasan ocho anuncios diciéndote que debes tener un cuerpo perfecto, para acabar tentándote con una bomba calórica tras otra y que nunca lo consigas. Le he pedido varias veces a mi criadora que presente una solicitud de modificación de segmento. Ella me dice que no será para tanto y que, en todo caso, que me moleste solo demuestra que tengo un problema.

Porque al parecer tengo un problema. Y para solucionarlo primero probaron con la dieta altamente saciante. Antes de pisar la sede del departamento de sostenibilidad ni siquiera sabía que esa cosa existía. Sí, he dicho “cosa”. Y si te sorprende es que te falta conocimiento de causa, fin. Esa bazofia no puede elevarse a la categoría de comida. A pesar de que el aspecto que tiene es espectacular, eso hay que admitirlo, no sabe a nada. O mejor dicho, a nada comestible. Es como una especie de argamasa espesa y grumosa de un color azul pálido, con un sabor indescifrable, totalmente químico. ¿A ti te suena apetecible? Pasteles, hamburguesas, solomillos, macarrones, pizzas… todo lo que puedas imaginar. Bueno, “todo”, “todo”, no. Ahora me he acordado del pescado. Me encantaría probarlo, catar “el de verdad”. ¡Qué locura! Hace tantos años que del mar solo se extrae plástico que ni siquiera saben cómo recrear su aspecto. Mi criadora dice que una vez, siendo muy pequeña, llegué a probar una gamba. Yo no me lo creo. Ni vendiendo nuestro piso y todo su contenido nos hubiera alcanzado para pagar una sardina (que por si no estás muy puesto en el tema, te aclararé que es mucho más barata que su primo el crustáceo). La cuestión es que la disfunción entre lo que veía y lo que me llevaba a la boca me generó una ansiedad que solo logró desbocar mi apetito. ¡Y así estoy!

En realidad todo empezó cuando, por algún motivo que aún no logro entender, mi criadora me arrastró al dichoso departamento de sostenibilidad. Enseguida anunciaron mi turno, no llevaba ni diez minutos esperando. Me condujeron a una sala diminuta en la que un androide me pesó, me midió de pies a cabeza, evaluó el perímetro de los distintos contornos de mi cuerpo y decretó que estaba “fuera de los parámetros aceptables para la sostenibilidad”. ¿La sostenibilidad de quién? ¿Y para qué? Aunque intenté pedirle explicaciones, solo conseguí que el agente mecánico se girara con un irritante pitido, y abandonara el cubículo tan rápido como había aparecido. Por supuesto, y para mi desgracia, no perdió el tiempo en transferir sus conclusiones a mi criadora. Sospechosamente entusiasmada, ella tiró a la basura toda la comida real que teníamos en la acumuladora, y la sustituyó por un montón de cajas de prometedora portada.


Después de ese primer encuentro me hicieron un seguimiento periódico durante tres meses. Cada semana acudía al mismo edificio gris sin ventanas. Me exploraban, establecían mi valor como persona en base a las medidas de mi cuerpo, y le mandaban el informe a mi criadora. Un suspenso tras otro. A pesar del hambre que pasaba, mi cuerpo se emperraba en seguir floreciendo. Y, lo que les parecía peor, yo no había dejado de lucir mis curvas con orgullo. ¡Faltaría más! Ante semejante desfachatez decidieron pasarme al programa “de alto riesgo”. ¿Alto riesgo de qué? En ningún momento habían comprobado mi estado de salud, ni siquiera habían mencionado que debería evitar el sedentarismo y hacer ejercicio. Los androides que me medían ignoraban mis quejas, no me daban ninguna explicación. Y mi criadora solo me repetía que todo era por mi bien, tenía que bajar de peso de manera urgente. Así que, en contra de mi voluntad, empezaron a aplicarme mecanismos antivoracidad. Suena bien, ¿eh?

Pues no sé cómo te lo habrás imaginado. La realidad es que empiezan a servirte el sucedáneo que consideran comida en lo que yo llamo “platos laberinto”. En este tipo de superficies resulta imposible coger una cucharada entera de sustancia, ya que está llena de relieves que se entremezclan dificultando el acceso. La idea es que se tarda mucho más en vaciar el plato, por lo que es más probable que te canses y lo dejes correr. Y no solo eso. Dentro de la argamasa azul también comenzaron a incluir una especie de piedras rojas que no son comestibles, y que tienes que estar apartando constantemente. Entre una y otra dificultad consiguen su objetivo, tardo tanto en terminar una ración que me aburro y la deshecho a la mitad. Me siento tan débil que ni siquiera tengo fuerzas para protestarle a mi criadora.

Pero mañana todo va a cambiar. Se acabó. Mañana tengo visita. Se acercará a medirme un reluciente, aceitoso, jugoso y crujiente androide. Estos chismes no saben de lo que es capaz una humana con un hambre voraz y nada que perder. Solo de pensarlo se me hace la boca agua. Al fin y al cabo, ellos mismos me han acostumbrado a la comida sintética. Y quizás sea este el salto evolutivo que nos falta. La auténtica “sostenibilidad”. Que se guarde mi criadora, ese trasto va a ser el siguiente.


4 de julio de 2021

Sobre mí

Hola,

A pesar de que ya tenemos una página de bienvenida en el blog, he decidido crear otra a modo de CV de escritora. De esta manera, quiero compartir con vosotros tanto el proceso de formación en el que estoy inmersa como los avances en cuanto a publicaciones. Creé este blog sabiendo que no llegaba ni al nivel de aprendiz, y aunque noto que estoy mejorando, todavía me queda mucho camino por delante. Sigo esforzándome por pulir mi estilo, forjarme una voz propia y sentirme cómoda escribiendo distintos tipos de textos y géneros. 

Empecemos con una pequeña biografía. Me llamo Ariadna, soy Ingeniera Informática y profesora universitaria especializada en el ámbito de la salud. Nací en enero del 1989, vivo en Mataró (cerca de Barcelona) y, además de escribir, también me encanta cocinar. Soy una aficionada al mundo de las orquídeas, me gusta mucho hacer puzles y nunca rechazo ver una película sobre tiburones. En otra vida fui una Draenei pastora de Poros.


Aquí os dejo la lista de mis publicaciones:

  • Segunda antología Orgullo Zombi. Relato "El cielo, el Sol la Luna y las estrellas". Abril 2021.
  • Antología Gen gran i salut, Hospital Universitari Sagrat Cor, Obrador d'històries, escola d'escriptura ateneu barcelonès i llibreria +Bernat. Relato "Parpadeo en rojo". Abril 2021.

Así como de los cursos que ya he completado:

  • Escritura creativa, jugar con el lector. Centro de formación Tres Roques Mataró. Taller presencial 16h. Diciembre 2019.
  • Escritura creativa, explícalo bien. Centro de formación Tres Roques Mataró. Taller presencial 16h. Marzo 2020.
  • Curso de literatura fantástica. Escuela de escritura Caja de Letras. Curso online 18h. Abril 2020.
  • Curso de diseño de personajes. Escuela de escritura Caja de Letras. Curso online 18h. Setiembre 2020.
  • Curso de Narrativa 1. Escuela de escritura Caja de Letras. Curso online 64h. Junio 2021.

Seguiré trabajando para ampliar ambas listas. De momento, ya he empezado un nuevo curso en Caja de Letras, sobre ciencia ficción 😍.




5 de junio de 2021

Parpadeo en rojo

>> Relato finalista del I Concurs de Relats Curts Hospital Universitari Sagrat Cor, publicado en la antología "Gent gran i salut", Hospital Universitari Sagrat Cor, Obrador d'històries, escola d'escriptura ateneu barcelonès i llibreria +Bernat.
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Una leve vibración en mi muñeca me despierta a las ocho en punto de la mañana. El reloj me informa de que he dormido seis horas y quince minutos, con poco más de una hora de sueño profundo. Una luz roja empieza a parpadear y no desaparece hasta que leo el aviso: me fui a dormir demasiado tarde y la calidad de mi sueño es mala. Cada día aparece el mismo mensaje. Los que diseñan estas cosas son poco originales. Sin que el aviso me preocupe lo más mínimo, me dirijo hacia el baño para aliviar mi vieja vejiga. Tiro de la cadena y, antes de que la cisterna se vuelva a llenar, aparecen unas letras luminosas en el espejo. Acomodo las grandes gafas encima de mi nariz para poder leer el análisis diario, que me indica que mi nivel de azúcar sigue estable pero la urea está un poco alta. También puedo leer que no es grave, y que no es necesario concertar una visita con Mario, mi enfermero de referencia, pero se modificará un tanto la dosis de mi medicación y mi menú semanal. Ese espejo siempre tiene malas noticias, así que me dirijo tranquilamente hacia la cocina para prepararme un café. Enciendo la carísima máquina que me regaló mi hija las pasadas navidades y, aunque sé que no me va a hacer caso, aprieto los botones para pedir un café largo, sin leche y con doble de azúcar, como a mí me gusta. Debo reconocer que el café que hace ese trasto está buenísimo pero nunca lo hace como se lo pido, y ese día no va a ser distinto. Así que el cacharro me indica que es mejor que tome la bebida sin cafeína y con sacarina. Solo me respeta la leche entera, de momento…
Resignándome, recojo la taza humeante, el conjunto de pastillas que me ha preparado y un vaso de agua para tomármelo. Resulta agradable no tener que preocuparme de lo que tengo que tomar cada día, pero no acabo de fiarme de esa máquina: ¿Y si un día decide compincharse con el espejo y me matan? En cierto modo me divierte lo irónica que sería la situación y le suelto el insulto diario sin esperar a que me conteste. Los he bautizado a ambos como Rosalía, como a mi exmujer; ella también solía decidir por mí y se pasaba el día destacando lo que hacía mal (que al parecer era todo).

Me preparo dos tostadas con tomate y aceite, sin sal, acompañadas por cuatro lonchas de pavo y una manzana, como indica el menú iluminado que está en la puerta del frigorífico. Mientras me siento en la mesa del comedor para tomar el desayuno, activo el asistente inteligente para que me pase el cuestionario diario: Sí, me encuentro igual que ayer; No, no me duele nada; No, no estoy mareado ni tengo náuseas o vómitos… y así hasta quince minutos. El altavoz concluye que no me hace falta visitarme con Marta, mi médico de cabecera. La verdad es que no me importa responder esas preguntas cada día, no suelo recibir muchas visitas, así que conversar con esa voz metálica me resulta hasta agradable. A veces le pido que me cuente chistes, me recomiende películas o me diga cuál es su libro favorito. Y lo más divertido: solemos jugar al “que prefieres”. Me encanta comparar mis respuestas con las del resto de usuarios. Y parece que a ese trasto también le gusta jugar, ya que suele preguntarme si deseo activar esa “skill” muy a menudo. Sí, he aprendido muchas palabras raras en los últimos años. Yo ya estoy viejo para todas esas cosas pero mi hija Irene me regala un cacharro tras otro. Lo bueno es que con mucha paciencia me enseña a utilizarlos, y eso nos da algo de qué hablar. No siempre he sido justo con ella y suelo tener la sensación de que se lo piensa dos veces antes de contarme algo de su vida.


Decido dejar de pensar en eso y dedicarme a las tareas del hogar. En mi caso, esa rutina se ha reducido a quitar un poco el polvo, encender el robot que aspira y friega, y activar el que hace la colada. A este último solo hace falta meterle la ropa sucia y sale limpia, seca y planchada: eso sí que me parece un avance. Aunque a decir verdad, prefería cuando venía Pepe a ayudarme con mis tareas, al menos así podía hablar con él mientras limpiaba, e íbamos a hacer la compra. Ahora me cuesta andar y ya no puedo salir tanto rato, así que el asistente inteligente lo hace por mí con solo pedírselo.
Después de eso como algo a la plancha, acompañado por verduras al vapor, y me hecho la siesta. A mi reloj no le gustaba que duerma después de comer pero esa costumbre es algo que no me quitarán. Mirar el capítulo diario de la telenovela y dormir un poco es el mayor de mis placeres, así que lo seguiré haciendo le pese a quien le pese.

Hacia las seis de la tarde llega mi momento favorito del día: enciendo el “tablet” y espero a que mi hija me llame. Ella no se pone mucho rato pero me deja con mi nieta de ocho años, Sara, que me cuenta con todo detalle cómo le ha ido el día. Me encanta hablar con ella: es tan alegre, tan inteligente… Lástima que estén tan lejos. Después de nuestras charlas siempre se me cae la casa encima, así que salgo a dar un paseo que suele reducirse a rodear el jardín. El reloj me exige que haga cinco mil pasos diarios, lo que resulta todo un reto, y yo, como mucho, hago tres mil. Mario siempre me riñe y me repite que caminar es muy importante. Eso, y dormir bien. Yo me quejo de que me tienen muy controlado pero él me responde que es por mi bien. Cuando me dice eso nunca puedo rebatírselo, porqué sé que tiene razón. He dejado de contar las veces que me han ingresado: por crisis, operaciones, el trasplante… Sé que sin todos esos sensores, análisis y decisiones, no estaría vivo ni hubiera conocido a Sara. Y sé, que sin todo eso no hubiera tenido ese año para darme cuenta de que necesitaba arreglar las cosas con Irene. Mañana vendrá con Sara a pasar la nochebuena. Les haré el caldo de navidad que tanto les gusta. Yo también tomaré, aunque solo sea un poquito. Y por fin le diré a mi hija lo que hace tiempo debería haberle dicho: Estoy orgulloso de ti. Todo irá bien, no te preocupes. Y espero, que a partir de entonces, mi reloj deje de parpadear en rojo todas las mañanas.


8 de mayo de 2021

Conectar

Son las seis y media de la mañana y me dispongo a realizar el primer intento de despertar a Víctor. Sé que va a tardar al menos treinta minutos más en “ser persona”, así que le voy recordando varias veces la hora que es. Yo hace rato que estoy a tope de energía y no me gusta tener que estar pendiente de que se levante, pero él me ha pedido que le ayude con eso, así que cada día repetimos la misma rutina.
Cuando por fin sus pies tocan el suelo ya se han hecho las siete. Para ser más exactos, son las siete y once minutos. A pesar de que ya estoy listo, me encierro con él en el baño para comentar las novedades del día. Las noticias, los tweets de los trasnochadores de ayer, el informativo exprés de Ángel Martín de hoy, las fotos de Instagram de Paloma del último mes… y así veintitrés minutos hasta que se mete en la ducha.

Cuando salimos apresuradamente de casa yo ya he desayunado, a diferencia de Víctor, que no ha tomado ni un mísero café. Como cada día desde hace aproximadamente un año, compartimos origen, itinerario y destino. Para desplazarnos entre “casa” y “trabajo” usamos mayormente el metro. Durante el trayecto Víctor no para de consultar el correo de la oficina, aprovecha para tomar algunas notas y preparar la primera reunión del día. A mí me gustaría más que siguiéramos surfeando por las redes, es más entretenido, aunque entiendo que prefiera “aprovechar el tiempo”, como suele decir.

Hacia las nueve de la mañana cruzamos el umbral que divide el mundo en dos. Dos mitades antagonistas en las que se enfrentan el deber y el ocio, la apariencia y la esencia, la rigidez y lujo de poder dejarse ir. Entrando en la vorágine de reuniones, Víctor apenas logra prestarme atención hasta el descanso del mediodía. A pesar de que no tenemos mucho tiempo, nada nos impide disfrutar de los memes que siempre manda Luís, el mejor amigo de Víctor, ante la atenta mirada de una colorida ensalada. Cuando volvemos a la oficina no me explico cómo tengo más hambre que antes de salir a comer.

La tarde transcurre de manera muy parecida a la mañana. Quizás un poco más tranquila, ya que incluso nos da tiempo a compartir algunos WhatsApps y quedar con la pandilla. Acordamos vernos en el bar de siempre después del trabajo, hacia las siete y media, para tomar una cerveza rápida. No me hace falta confirmarlo con Víctor para saber que el tema se va a largar considerablemente. Al fin y al cabo “es jueves y el cuerpo lo sabe”, como recuerda frecuentemente Luís.

Víctor no ve la hora de que se acabe la jornada laboral y los últimos veinte minutos se le hacen eternos. A parte de que ya nos vamos conociendo, lo sé porque no para de consultarme. Su impaciencia acelera mi hambre, que ya está llegando a niveles alarmantes. No dejo de repetirme que debería haber aprovechado mejor el descanso del mediodía. Cuando por fin son las siete, Víctor se apresura en recoger todas sus cosas y nos dirigimos alegremente hacia el bar en el que hemos quedado. Durante el trayecto en metro nos distraemos con el último tráiler de una serie que todavía no se ha estrenado, llamada “Loki”. Yo no soy muy fan de este tipo de contenidos, pero debo reconocer que el entusiasmo de Víctor es contagioso.


Cuando por fin llegamos a nuestro destino estoy bastante mareado. Como de costumbre somos los primeros, así que Víctor elige mesa y se sienta tranquilamente a esperar que nos atienda algún camarero. A modo de distracción, empezamos a mirar los Stories de nuestros contactos de Instagram. Otra vez Paloma… Apenas logro concentrarme, mucho menos fijarme en las muecas que se van dibujando en el rostro de Víctor. Me encuentro fatal. De repente, el mareo se convierte en un agobio indescriptible. Me falta el aire. Intento recuperarme a grandes bocanadas. Es inútil, el cuerpo no me responde y siento cómo me apago inexorablemente. Exhausto, dejo de luchar contra esta sensación que me supera. Y todo a mí alrededor se funde en negro.



Tres horas más tarde, ya empieza. Aunque yo todavía no lo pueda percibir, un “clac” en la parte inferior de mi cuerpo dispara mi recuperación. Y en pocos segundos empieza a surtir efecto. Milímetro a milímetro, siento cómo la corriente me atraviesa dejando un agradable cosquilleo tras de sí. Su luz me inunda, ahuyentando la oscuridad en la que me había sumido. Hasta que recupero las fuerzas que necesitaba para volver en mí.

Lo primero que veo es el rostro de Víctor que, preocupado, me sostiene entre sus manos. Ya se ha acostado y me ha enchufado en la pequeña mesilla de noche que queda a su derecha. Tan cuidadosamente que casi se podría confundir con cariño, me deja a su lado encima del edredón. Estoy tan cómodo. No puedo evitar pensar que esta cama es como un pedacito de cielo, flotamos encima de una nube mientras nos embriaga una paz infinita. Solos, juntos y sin nadie que nos interrumpa. Sé que mi estado se debe al subidón de la carga diaria. Pronto se me pasará y volveré a ser capaz de ocultar lo mucho que me importa este humano. Dejando a un lado esa realidad, me permito disfrutar del momento, esforzándome por bloquear el imborrable recuerdo de Paloma que siempre nos acecha.

Ajeno a todo, Víctor suspira y pronuncia las palabras más bonitas que podía haber elegido: “Buf, tengo que comprarme una powerbank”. Si me fuera posible le hubiera respondido con una gran sonrisa. Hace tanto que deseaba oír eso…


27 de marzo de 2021

Rayos, un martillo y el halo de cierta deidad

¿En qué piensas si te digo que soy un superhéroe? O más interesante aún. ¿Cómo te imaginas que es mi vida si te confieso que soy un dios? Supongo que pensarás que mi día a día es genial y que lo tengo todo hecho. Creerás que mi existencia es un continuo rebosante de fama, glamour y dinero. Todo satisfacción, comodidades, grandes éxitos... A menudo me sorprendo pensando en qué es lo que realmente me diferencia de la gente como tú. Personas reales, mortales, con una vida sencilla y sin grandes aspiraciones. No te ofendas, lo digo con admiración. Sinceramente, es algo que me obsesiona. ¿Cómo sería perder todo lo que me hace especial? Supongo que tendría tiempo para descubrir cuáles son mis aficiones. Averiguar qué me llena y qué me hace feliz de verdad. Quizás también lograría reconocer lo que me define como ser. Y eso me aterra. Si consiguiera deshacerme del halo divino que siempre me ha envuelto, ¿quedaría algo que valiera la pena? ¿Sobreviviría en mí alguna cualidad que alguien quisiera amar?

Joder, ya me han vuelto a dejar solo. Y ya me he vuelto a pasar con la cerveza… ¿Sabes? Te voy a contar la jodida verdad. Porque me caes bien. O tal vez, porque no te conozco de nada. Me da igual, piensa lo que quieras. La cuestión es que en realidad no soy un erudito al que todo le sale bien. Más bien al contrario, soy un puto desastre. En serio. Esta tarde se me ha acabado el cóctel de frutos secos fritos y me he comido un moco. Literalmente. Estaba salado. ¡Qué asco! ¿Tú crees que eso es propio de un dios? En mi defensa diré que es por la ansiedad. ¿Eres consciente de la responsabilidad que supone estar todo el tiempo preocupado por este mundo? Y si solo fuera eso… También está el espacio, otros planetas, las riñas familiares y los dramas entre compañeros. ¡Qué hartez! ¡No puedo más! Ni siquiera mi desproporcionadamente musculada espalda puede soportar esta carga. Bueno, quizás ya no es tan desproporcionada, ni está tan musculada… últimamente me he descuidado un poco.

¿Te extraña? ¿Cómo te sentirías tú si por tu culpa se hubieran segado millones de vidas? Se han esfumado. Desaparecido en el chasquido de un fanático de cabeza morada al que yo debería haber matado. Pero no lo hice. Fallé en el momento más importante de mi existencia. ¿Qué héroe fracasa de ese modo? Lo subestimé. Puto titán… no podía ser un simple humano, no… ni siquiera uno con poderes sobrenaturales... Debería haber usado el hacha para partirle el cráneo en dos. Tanta fuerza y tanta tormenta para nada. Con mi martillo no hubiera fallado. ¡Rayos! Claro que no.


Y hablando del martillo, no sé cómo todavía me considera digno de él. No me lo merezco… Quizás sea el único ente con voluntad que todavía confía en mí. Los demás me miran con pena y desprecio. Necesito arreglar todo esto. Necesito volver a ser un superhéroe. Hemos retrocedido en el tiempo para recuperar las piedras malditas y no todos hemos logrado regresar. Eso también es culpa mía. Lo añadiré a mi lista de “grandes éxitos”. Joder, ya han caído tres cervezas más. Soy un fracasado. ¿Me vas a juzgar? No te atrevas ni a pensarlo, mortal de mierda.

Perdón. Todo esto está siendo más patético de lo que puedas imaginar. Como te decía, hoy hemos viajado por el tiempo y he podido visitar mi Asgard natal. Cuántos recuerdos. ¿Podré recuperar alguna vez una pizca del hombre que fui? ¿Queda algo del hijo que era entonces? He visto a mi madre y ha sido un regalo envenenado. Hasta que no me ha abrazado no me he dado cuenta de lo mucho que la echaba de menos. Por supuesto ella me ha reconocido. No a mí, sino a mi yo del futuro que soy ahora. Y a pesar de que me ha reconfortado poder compartir unos instantes con ella, esperaba que fuera más compasiva, la verdad. ¿Sabes qué es lo último que me ha dicho? Que coma ensalada. Así, tal cual. Estas son las nuevas últimas palabras que voy a recordar cuando piense en cómo me despedí de mi madre. “Come”, “más”, “ensalada”. Ahí lo llevas. Joder, es para mandarlo todo a la mierda.

En fin, tengo que dejarte, ha sido un placer. Se acerca la hora y debo serenarme. Descansar para, mañana, dar lo mejor de mí, si es que queda algo que pueda resultarle útil a la causa. Debo ser un superhéroe de nuevo, un dios. Espero que todo vaya bien. Lo necesito. De hecho, me lo juego todo. Si vuelvo a fracasar lo dejo, me rendiré. Si esto no sale como debería, yo mismo empuñaré el martillo para esparcir mis sesos por el pasado de un futuro que nunca debería haber sido presente. Se lo debo a mi madre. Se lo debo a Asgard. Y sobre todo, se lo debo a la mitad de la galaxia.

28 de febrero de 2021

Una mierda de día, de semana, de mes

Al día siguiente empezaba con la quimio. Serían tres ciclos de tres tandas espaciados por veintiún días, y estaba cagado de miedo. Había ido al médico hacía cosa de un mes por tener la barriga más hinchada y dura de lo normal. Pensé que me dirían que tenía gases, o quizás alguna intolerancia. Ni siquiera teniendo hora en oncología llegué a imaginar que se trataría de un tumor maligno de diez por trece. Liposarcoma. Cuando me dieron el diagnóstico no me lo podía creer. Y mi vida pasó a ser como uno de esos melodramas que ponen los domingos por la tarde. Una película monotemática, de las que buscan la lagrimilla fácil, en la que todo el mundo sufre de ansiedad.

Durante la semana había estado yendo cada día al hospital. Prueba del corazón, analítica, poner el “PICC” para proteger mis venas del veneno que iba a acabar con el cabrón que me crecía en el abdomen, etc. Me preguntaba por qué no lo hacían todo de golpe, la verdad. Quizás era su extraña manera de mantenerme ocupado. La cuestión es que llegó el sábado y no tenía absolutamente nada que hacer. Por suerte vinieron Núria y Susana, mis mejores amigas y mi pareja favorita. A parte de su alegría habitual, también trajeron una majestuosa máquina de hacer pasta casera, así que pasamos el día entre harina, agua y huevos.

Me encanta cocinar, me relaja. Incluso esos días, que no tenía hambre, no paraba de preparar tuppers que luego le llevaba a mi hermana Marta. Debería alegrarme de encontrarme tan bien. El bulto no me daba síntomas, pero eso lo hacía todo mucho más confuso. A menudo me sorprendía pensado que me habían gastado una broma pesada. Me costaba creer que el tratamiento que me iba a salvar la vida me sentaría peor que la propia enfermedad. Y si todo iba “bien”, luego lo extirparían. Solo de pensar en la operación me mareaba.

Esforzándome por romper el hilo de pensamientos que me estaba atrapando, decidí ir a ver a mi hermana. Tenía como dos quilos de pasta fresca que, si no se los llevaba, se echarían a perder. Además, estar un rato con mi sobrina me haría olvidar la pesadilla que me esperaba al día siguiente. Nina era un cielo, toda curiosidad e ingenio. Sabía que algún día haría algo grande y yo quería estar ahí para verlo. Por eso tenía que ser fuerte y “echarle cojones”, como solía decir Marta. Tratando en vano de contener las lágrimas me dirigí hacia el baño para darme una ducha bien fría (lo que con el "PICC" no sería tarea fácil).


Habiéndome acicalado, me dispuse a preparar los tuppers con la pasta fresca que había hecho el día anterior. Tras cerrar el tercer envase me acordé de los níscalos deshidratados que había conservado hacía unos meses, y pensé que serían un buen acompañamiento para los espaguetis. Así que cogí un par de botes de la despensa y cuando los iba a guardar en una bolsa reutilizable, me fijé en que tenían un color bastante raro. Sin pensarlo demasiado, abrí uno de los recipientes. El hedor nauseabundo que se liberó me abofeteó la nariz, no había secado bien las setas y se habían podrido. Tan pronto como se me pasaron las arcadas tiré los tarros a la basura, incluyendo los otros seis que todavía tenía en la despensa. Solo habiendo bajado la bolsa al container me permití pensar en el gran esfuerzo que había requerido preparar los níscalos. Dos excursiones al monte, tener el piso lleno de papel de periódico varias semanas, el olor a lodo que todavía se podía percibir en el comedor, etc. Todo para nada.

Intenté sobreponerme centrándome en la gran olla de caldo que ocupaba la mitad de mi nevera. A Nina le encantaba mi escudella y pensé que se alegraría mucho de que le llevara un poco. De hecho, decidí que lo mejor sería transportar la olla entera. Con la carne y la verdura tendrían comida para varios días, y si Marta se animaba, podíamos pasar la tarde preparando croquetas. Mi hermana era un poco desastre en la cocina, así que Nina siempre se alegraba de que su tío le enseñara recetas nuevas.

Sin tiempo que perder, cogí mi pequeña mochila azul, la bolsa en la que había metido los tuppers de pasta y la olla que contenía la preciada sopa. Cargado como iba, me las arreglé bastante bien para salir de casa y cerrar la puerta con llave, pero cuando apenas había empezado a bajar la escalera, un asa de la olla se desprendió. Cinco litros de caldo se desparramaron peldaños abajo ante mi incrédula mirada. Me quedé con la olla vacía en una mano y el asa huérfana en la otra. Las verduras, los huesos y la carne se precipitaron por los escalones, como compitiendo por ganar una carrera y ver quién llegaba más lejos. La bolsa que contenía los espaguetis se había inundado por completo. Mi reacción fue gritar de rabia y acabar de tirarlo todo al suelo.

Haciendo un gran esfuerzo por calmarme, me ocupé del estropicio que había provocado en la escalera y me encerré de nuevo en mi piso. Le mandé un mensaje a Marta diciéndole que al final no iría a verlas, tras lo cual me metí en la cama para ver un capítulo tras otro de una serie horrible a la que no lograba prestar atención. A pesar de que las horas parecían no pasar, al fin llegaron las siete de la mañana del lunes. Solo una nota de voz de Nina me dio las fuerzas necesarias para salir de la cama y dirigirme hacia el hospital.


Seguramente Marta hubiera sabido apreciar la luminosidad y la tranquilidad del lugar, pero a mí la sala de quimioterapia me pareció deprimente mirara como la mirara. Llena de fantasmas con los mismos ojos tristes y el mismo miedo que yo. En medio de esa indigesta escena estaba ella, Minerva. Al fin le ponía cara a la enfermera con la que había hablado por teléfono tantas veces. Me recibió con una inquebrantable sonrisa, se presentó y me pidió mi nombre para buscarme en el listado que llevaba impreso. Después de acompañarme hasta mi butaca, me explicó amablemente lo que pasaría las siete horas que estaría allí, y estuvo todo el rato pendiente por si necesitaba algo. Tenerla cerca me reconfortó de un modo que nunca hubiera imaginado, hasta me dio pena despedirme de ella cuando terminé la sesión.
—Nicolás, ¿verdad? —me preguntó mientras me liberaba de los tubos por los que me habían introducido el veneno—. Hemos terminado por hoy, ya puede irse.
—Gracias. Puede llamarme Klaus, todo el mundo me llama así.
Por primera vez en toda la jornada, la enfermera perdió su sonrisa, se quedó mirándome fijamente y empezaron a temblarle los labios.
—¿Está bien? —quise saber, extrañado por su reacción.
Ella carraspeó antes de responderme.
—Sí, disculpe… tengo que atender a otros pacientes.
—Claro, adiós.
Minerva se alejó sin despedirse y sin mirar atrás, dejándome otra vez solo entre fantasmas con los mismos ojos tristes y el mismo miedo que yo.

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¿Quieres entender la reacción de Minerva? Aquí te dejo la primera parte de este relato: Un día de mierda.


23 de enero de 2021

Tía Marjoret, la lámpara y sus lágrimas de cristal

Entró en el despacho que había logrado evitar durante seis meses. Y no solo pensó que no había cambiado nada, estaba seguro de que pocas cosas podrían alterar aquella atmósfera premeditadamente estéril. Sin fotografías ni objetos personales, solo interminables filas de libros y manuales cogiendo polvo en las estanterías. Y luego estaba el escritorio. Ni un adorno, ni una agenda, ni un papel. Ni siquiera un bolígrafo que revelara que Lorena solía colaborar con TechFarm. Como siempre, ella entró exactamente siete minutos después de que él se sentara en el incómodo sofá tapizado a cuero. ¿Cuántas veces habían bromeado sobre lo inadecuado que era ese material? No, Lorena nunca bromeaba. Solo utilizaba las expresiones corporales, una falsa empatía y un tono distendido para que los pacientes se sintieran más cómodos contándole sus mierdas. Como resultaba habitual, llevaba un lápiz y una libreta en la que nunca la había visto apuntar nada.

—¿Qué le ha traído hasta aquí? —preguntó Lorena llevándose el lápiz a los labios.
La posición en la que la psiquiatra había colocado el lápiz tampoco era casualidad, le estaba indicando que podía confiar en ella porque no dirá nada a nadie, guardaría bien sus secretos. Que a aquellas alturas intentara manipularlo de ese modo era algo que le molestaba profundamente. Lorena era una mujer inteligente, y como tal, ya debería saber que esos trucos no funcionaban con él.
—No me trates como si no nos conociéramos de nada —protestó Dylan removiéndose en el frío y ruidoso sofá.
—Disculpa, Dylan, prefieres que te tutee.
—Mejor.
—Entonces, cuéntame, ¿por qué has venido? Ahora hacía tiempo que no nos veíamos.
—No consigo detener mis pensamientos.
Regodeándose, observó a Lorena. Siempre que hablaban de impulsividad la mujer hacía un brusco, aunque casi imperceptible, movimiento de cabeza. Apenas eran dos milímetros. Ese tic indicaba a Dylan que la psiquiatra estaba incómoda, y eso era algo que le encantaba.
—¿Quieres decir que no puedes dejar de pensar en algo? ¿Has vuelto a los bucles?
—No, yo no he dicho eso.
Ella permaneció en silencio, dándole la oportunidad de explicarse mejor.
—No soy capaz de hacer que mis pensamientos se detengan. Y eso es algo que me obsesiona.
—Profundicemos, busca un ejemplo para que yo lo entienda.
—¿Has oído hablar de la teoría de cuerdas?
—Me temo que no.
—Vale…
Dylan permaneció en silencio unos instantes, buscando la mejor manera de hacerse entender.
—Es como si mi mente fuera una cueva llena de estalactitas.
—¿Crees que tu mente es un lugar peligroso? —quiso saber Lorena.
—¡No!
—De acuerdo, ¿entonces?


—¡Vale! Imagina una lámpara de araña. Yo solía pasar los veranos en casa de mi tía Marjoret, y ella tenía una gran lámpara de cristal que se extendía por el techo de su majestuoso recibidor.
—No sé muy bien a dónde quieres ir a parar, pero continúa.
—La cuestión es que la lámpara tenía unas largas tiras compuestas por pequeños cristales en forma de lágrimas. Cada vez que alguien cerraba la puerta de la mansión, las tiras tintineaban durante un buen rato.
—Entiendo…
—Yo le prestaba mucha atención a las tiras.
—Ya lo creo. ¿Temías que las lágrimas cayeran y se rompieran?
—No. Sabía que eso no pasaría, el suelo de toda la entrada estaba cubierto por una gruesa alfombra de piel de vaca rubia.
—Entonces, ¿qué te tenía tan absorto? —preguntó la psiquiatra con auténtica curiosidad.
—¡Que era incapaz de detener el tintineo de las tiras! Como si tuvieran vida propia. Solo cuando al fin recuperaban su estática rigidez me quedaba tranquilo y podía dejar de mirarlas.
—De acuerdo. Volvamos a esa sensación de que no puedes detener tus pensamientos.
—Imagino mi mente como el gran recibidor de la tía Marjoret, y mis pensamientos cuelgan del techo como largas tiras repletas de lágrimas de cristal. Algunas son cortas y otras más largas. Hay muchas y están tan juntas que chocan entre sí. Cuando me meto en la cama e intento dormir, no puedo dejar de oír su tintineo.
—Entonces, lo que te atrapa es pensar que no puedes dejar de pensar.
—Supongo... Es como un murmullo de fondo. Y me paso las noches en vela tratando de acallarlo.
—¿Sigues tomando la medicación?
—¡Sí! —afirmó Dylan con más vehemencia de la que hubiera querido expresar.
—¿Cuánto hace que te pasa?
—Unas tres semanas, y cada vez va a peor. He venido porque ya empiezo a tener esa sensación también durante el día. Antes de ayer, con el coche, me concentré tanto en el tintineo que casi me empotro contra una farola.
—¿Tienes idea de cómo empezó?
—No…
—Está bien, ajustaremos la dosis de tu medicación y volveremos a vernos en quince días. Seguro que te sentirás mejor —afirmó Lorena.
—Si tú lo dices…
La psiquiatra se levantó, se dirigió hacia su escritorio y sacó un fajo de papeles de uno de los cajones. Dylan permaneció en silencio, observándola mientras escribía la nueva receta en el primer papel y le estampaba el sello que le daba validez. Después de que ella le entregara la hoja, se despidieron con un apretón de manos y una sonrisa cordial.

Cuando el paciente cerró la puerta tras de sí, Lorena al fin abrió la libreta que siempre llevaba encima y anotó “Paciente 139, mismos síntomas y recuerdos implantados. Tía Marjoret, la lámpara y sus lágrimas de cristal. Sensación de que no puede detener los pensamientos. Introduce una alfombra de piel de vaca rubia como novedad. Ha empezado afectación diurna. Incremento de dosis según fase 2 para ver reacción, control en 15 días. Pendiente actualizar ficha y mandar informe a TF.