13 de septiembre de 2020

Un día de mierda

Cuando estoy nerviosa, cocino. También cuando estoy triste, agobiada o me entra “la ansiedad”. Y la verdad es que últimamente cocino más de lo que me puedo comer. Podríamos decir que cocino por encima de mis posibilidades. Mi madre está encantada, claro, cada semana le lleno la nevera de tuppers. Pero yo empiezo a estar preocupada, y mis vaqueros favoritos también, dicho sea de paso. Esta mañana le he echado gazpacho al café. Pensaba que después de eso el día solo podía ir a mejor. Me equivocaba. A media mañana he intentado hacer una tortilla de patatas con cebolla, como dios manda, y se me ha pegado. ¡A mí! Así que cuando le he dado la vuelta, se me ha desparramado todo encima del plato, me he quemado la muñeca y he manchado el suelo. A pesar de que más o menos la he podido recuperar y no estaba mala, la tortilla ha quedado muy fina y deforme. Odio desperdiciar comida, me pone de muy mal humor.


Después he intentado hacer ñoquis. El otro día encontré patata lila en el supermercado y me hizo mucha ilusión, así que compré un quilo, aunque costaba el triple que la que suelo usar. Como también tenía moniato, he intentado hacer ñoquis de tres colores. ¿A qué mola? Pues ha sido un auténtico desastre. He hervido los tubérculos más de la cuenta y los huevos que he usado eran demasiado grandes, por lo que la masa ha quedado extremadamente húmeda y luego no había forma humana de que cogiera densidad (por más harina que le he incorporado). Entre la rabia que he ido acumulando durante toda la mañana y que detesto tener las manos sucias durante tanto tiempo, al final he estallado. He sacudido violentamente los brazos, llenando las paredes de la cocina de grumos tricolores al son de un grito gutural. En realidad han sido tres gritos y otras tantas sacudidas pero digo yo que tampoco hace falta hacer leña del árbol caído. Cuando he terminado de montar la escena lo he tirado todo a la basura, me he limpiado las manos y me he ocupado del desastre que había dejado en la pared. Aunque no me encante vivir sola, a veces agradezco que nadie me vea hacer estas cosas.

Con las baldosas de mi diminuta cocina de nuevo resplandecientes, me he propuesto preparar un salmorejo. Esa era mi última baza, ¿qué podía salir mal? Pues cuando estaba limpiando los ingredientes he cogido un pimiento muy grande, resplandeciente, de un verde precioso. Lo he abierto y estaba lleno de gusanos. ¡Qué asco! Se me han pasado las ganas de cocinar, de comer y de existir en general. Me he deshecho del proyecto de salmorejo en cuanto se me han calmado las arcadas y he bajado la basura, no sin antes hacer un doble nudo a cada una de las bolsas (aunque no contuvieran ni rastro del pimiento proteico).

Ya de vuelta en mi apartamento, me he sentado en el sofá, he abrazado el gran cojín azul que lo suele coronar y me he puesto a llorar desconsoladamente. Klaus apenas ha tardado un par de minutos en aparecer (ya podría haberse pasado a primera hora para evitar todo esto…).
—Minerva, ¿qué te pasa? No llores… 
—¿En serio tú me lo preguntas? ¡Lo que me pasa eres tú! —le recrimino sorbiéndome la nariz.
—Deberías hablar con alguien. No hace falta que pases por esto tú sola.
—No estoy sola, te tengo a ti.
Me doy cuenta de lo absurdo de mis palabras. La masa esponjosa que flota delante de mí parece que me devuelva la mirada. Y eso que ni siquiera tiene ojos. Me obligo a recordar que no existe, que es solo parte del problema.
—¿Hoy también te duele la cabeza? —me pregunta, aunque no tiene labios.
—Sí. Ya sabes que ahora siempre me duele.
—¿Por qué no pedimos una pizza? —me sugiere solo para animarme.

Sin responderle, alargo el brazo para coger el móvil de encima de la mesa baja que queda delante del sofá. Abro la aplicación que suelo usar para pedir comida a domicilio y selecciono el negocio que hace las pizzas más grandes, grasientas y gruesas de la ciudad. Antes de que pueda elegir lo que quiero, una notificación inunda la pantalla del teléfono. Es domingo y el restaurante está cerrado. No, definitivamente, hoy no es mi día. El problema es que Klaus cada vez está más grande y no sé cuántos días más voy a tener.


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