19 de julio de 2020

El cielo, el Sol, la Luna y las estrellas

12 de enero de 2033
Hace cinco días que Olga se marchó. Discutimos y la mandé a la mierda. Espero que pronto se dé cuenta de que lo primero debe ser la supervivencia, por encima del amor. ¿Es que soy el único cuerdo que queda en este mundo?
No sé por qué he desenterrado este viejo diario. Supongo que la situación me ha recordado a los confinamientos de 2020 y 2021. Por aquel entonces apenas era un adolescente, y lo único que me preocupaba era que nos hicieran volver al instituto. Y que mantuvieran abierta la piscina comunitaria, eso también. Me importaban una mierda el COVID y las medidas de seguridad que había impuesto el gobierno. Hasta que mi abuelo lo pilló y nos dejó. Ahí empecé a entender que no somos inmortales y que esta funda blanda en la que habitamos es mucho más frágil de lo que parece. Ante esa certeza no supe con quién hablar, así que empecé a escribir en esta libreta roñosa. 
Ahora estoy incluso más jodido que entonces. No sé si escribir me va a servir de algo, pero al menos tú no me dirás que soy un cobarde, un egoísta y que nunca te he querido.

16 de enero de 2033
El teléfono de Olga ha dejado de dar tono. Quizás me ha bloqueado con alguna de esas apps de mierda que algún insensible ha creado sin saber lo que es estar preocupado por alguien. Por el canal de televisión en el que aún siguen emitiendo no paran de repetir que no salgamos de casa. Menudo consejo de mierda… Solo hace falta escuchar los gritos de la calle para saber que no hay que salir. 
Hace dos semanas que el ejército no trae comida y no sé hasta cuándo va a aguantar mi despensa. Suerte que fui previsor y llené la casa de conservas, comida congelada y, sobretodo, papel higiénico. Olga debería haberse quedado.

6 de febrero de 2033
Cuando empecé a ver stories de Instagram con imágenes de esos hijos de puta decidí que debía asegurar todas las ventanas del piso. Así que, a pesar de las protestas de Olga, las tapé una por una con estanterías, mesas, sillas… lo que encontré. Hoy un pequeño rayo de sol se ha abierto paso para posarse en mi frente y me he tirado una hora llorando. Quiero ver el cielo. Quiero ver el Sol, la Luna y las estrellas. Quiero que todo vuelva a ser como antes de que otro virus se les escapara y nos jodiera la vida.

7 de febrero de 2033
Tengo una resaca de mil demonios. Soy gilipollas.

14 de febrero de 2033
Esta mañana había algo en mi rellano. Me ha dado miedo acercarme para ver qué era pero te aseguro que había alguien arañando mi puerta. ¿Y si era Olga? ¿Y si se ha infectado?

23 de febrero de 2033
Por fin el ejército ha traído provisiones. Han venido un total de cinco personas y el que parecía el cabecilla del grupo se ha encargado de explicarme el sacrificio que han tenido que hacer para llegar hasta mí. No he sabido qué responderles. Siento que su compañero haya muerto pero es su trabajo protegernos. Alguien como yo no dudaría ni cinco segundos en la calle. ¿Qué esperan que haga? No creo que vayan a volver, así que me tocará calcular hasta cuándo puedo aguantar con la comida que tengo. No debería haber permitido que Olga se llevara el gato. Tú no viste la rabieta que se pilló... Y eso que entonces lo de comérmelo lo decía más bien en broma…
Por si te lo preguntas, NO. Los cabrones del ejército no han traído alcohol.

2 de marzo de 2033
Hace dos días que no funciona internet. Creo que lo han cortado. Y es jodidamente perfecto porque la semana pasada me cobraron la factura. Este es el tipo de compañías que nos han llevado hasta aquí. He intentado llamar al servicio técnico pero no contestan al teléfono. ¿Y quién iba a contestar? ¡Estamos en medio de un puto apocalipsis zombie! Digo yo que alguien debe de girar las facturas... Qué harto estoy de todo esto…

7 de marzo de 2033
Sigo sin internet y hoy también han cortado la luz. Espero que lo siguiente no sea el agua… No sé cómo coño voy a cocinar toda la comida que se empieza a estropear en la nevera y en el congelador. Casi puedo oír cómo empieza a pudrirse.

9 de marzo de 2033
Aunque casi quemo el piso entero, me las voy arreglando para que la comida no se eche a perder. Estoy quemando, ahumando y salando todo lo que puedo para que se conserve. Me da miedo abrir el congelador. A estas alturas debe ser todo agua.

11 de marzo de 2033
Mi estudio convertido en vertedero apesta de una forma que me remueve el estómago. Sigo sin abrir el congelador y creo que así se va a aquedar. Aún hay agua corriente y me quedan algunas latas en la despensa. He descubierto que si dejo el arroz o la pasta en remojo el tiempo suficiente también se deja comer.

15 de marzo de 2033
Los arañazos en la puerta han vuelto y esta vez me he obligado a acercarme. Por la mirilla he podido ver que se trataba de Olga. O lo que antes era Olga… Cuando la he visto he ahogado un grito dando un respingo y esa cosa se ha puesto como loca. Ha empezado a chillar y a golpear la puerta con la cabeza. Me he asustado y me he alejado corriendo para encerrarme en el baño.


20 de marzo de 2033
Es la segunda vez que intento suicidarme. Ayer me tragué todos los medicamentos que tengo en casa y solo he conseguido cagarme encima mientras vomitaba. Nunca había tenido la cabeza metida en el váter durante tanto tiempo, ni siquiera al principio de toda esta mierda, cuando intenté matarme a base de whisky. Esta mañana me he despertado con una sensación tan espantosa que no sé ni cómo describírtela. A ver cómo coño limpio el desastre que he dejado en el baño… debí hacerle caso a Olga y alquilar ese apartamento de la zona alta con dos aseos. 
Qué mierda todo.

1 de abril de 2033
Olga ha vuelto otra vez. Aunque no me atrevo a acercarme a la puerta, sé que es ella. ¿Y si el otro día se alteró tanto porqué me reconoció de algún modo? ¿Crees que aún le queda algo de humanidad? ¿Viene aquí casi cada día porqué quiere estar conmigo o porqué sabe que hay comida?

6 de abril de 2033
A pesar de que me repito una y otra vez que para Olga solo soy un cerebro vivo al que hincarle el diente, no puedo evitar pensar que quizás haya algo más. ¿Tan malo sería volver a su lado?


11 de abril de 2033
Han cortado el agua. Tengo un par de cubos llenos de pasta y arroz en remojo pero no sé qué coño voy a hacer ahora.

17 de abril de 2033
El congelador ha reventado y se ha desparramado toda el agua que contenía. El olor que sale de la cocina es nauseabundo. Y la sed que tengo hace que la situación sea todavía más grotesca.

19 de abril de 2033
Esta tarde me he tirado dos horas con un cuchillo en la mano observando las líneas azules que recorren mis brazos. En las películas todo parece tan fácil… Olga tenía razón, soy un puto cobarde.

23 de Abril de 2033
Llegados a este punto solo veo un modo de volver a vivir. Quiero ver otra vez el cielo, el Sol, la Luna y las estrellas. No sé si después de esto aún querré ver los astros, ni siquiera si sabré lo que son. En realidad lo que tengo que hacer es sencillo. En realidad, solo tengo que abrir la puerta y, como siempre, Olga hará el resto.


1 de julio de 2020

La caja de Pandora

Todo el mundo sabe que en el funeral de un mago se desborda todo menos la pena, y aunque Yirel conocía aquél dicho, eso no la preparó para lo que se encontró en el piso que aún era de su tío. De pie en el rellano con las llaves en la mano, se detuvo unos instantes para pensar si debía o no entrar, pero antes de que acabara de decidirse, la puerta se abrió bruscamente y unos largos tentáculos tiraron de ella obligándola a cruzar el umbral. Estaba dentro y no podría salir de allí hasta el amanecer, o hasta que la despensa de objetos mágicos de su tío quedara vacía, lo que pasara primero.

Aturdida por el espectáculo de luces que alguien había conjurado en el techo del abarrotado comedor, trató de abrirse paso hasta la cocina para servirse un vaso de agua. Apenas logró dar dos pasos antes de que la empujaran en la dirección contraria. Cuando quiso darse cuenta estaba en medio de un corrillo de jóvenes que se entretenían jugando a “Información o transformación”. Uno de ellos tenía las orejas tan grandes que podría haber salido volando por la ventana más próxima, mientras que a otra le habían hinchado los pechos exageradamente. Poniendo los ojos en blanco, esquivó un hechizo que le hubiera dejado la lengua como la de un oso hormiguero, y se alejó de allí tanto como pudo. Hasta que se paró para observar a su alrededor en busca de Kalep.

De repente alguien chocó contra su espalda, tirándole un buen chorro de algún líquido que pronto le mojó el culo. Se giró malhumorada para ver quién había sido, y descubrió que se trataba de Nadia, la hechicera con la que últimamente iba su amigo Kalep.
–¡Perdona! –grito la chica para hacerse oír por encima de la multitud.
–No pasada nada… –le respondió ella disimulando su enfado.
Yirel pasó su mano por los tejanos mojados, secando la tela azul centímetro a centímetro. A pesar de que aquello no quitaría la mancha, al menos no tendría que ir con el culo mojado toda la noche. Ignorando que Nadia tenía los ojos hinchados y enrojecidos, le preguntó por su amigo.
–¿Dónde está Kalep?
La joven contrajo la cara en un gesto de rabia, y se llevó el tarro que tenía en la mano medio vacío a los labios. No respondió hasta haberlo vaciado del todo.
–¡Ahí lo tienes! –Exclamó con desdén señalando a lo lejos con la barbilla.
Mirando hacia el lado que Nadia había señalado, encontró a un lobo montando a una oveja, en un rincón bastante bien iluminado. Aquello era típico de Kalep. Y aunque empezó a negar con la cabeza con desaprobación, no pudo evitar que una sonrisa se le escapara. Se volvió hacia Nadia para tratar de excusarse, y la encontró mirando a la nada, con los ojos velados y una expresión bobalicona en el rostro. “Cuánto mal han hecho las pociones Resbalatodo”, pensó.

Dirigiéndose hacia su tía, la “bar-bruja” que llevaba toda la noche removiendo por turnos diez pequeños calderos burbujeantes, le llamó la atención una figura encapuchada que estaba entrando en el comedor. Venía del pasillo que daba a las habitaciones y parecía llevar la misma trayectoria que ella. “¿Cómo ha entrado ahí?”, se preguntó Yirel, “Esa zona debería estar sellada…”. Aceleró el paso apartando la gente a codazos con urgencia. No tardó en alcanzar a la figura por detrás y retirarle la capucha de un tirón. El hombre de pelo oscuro se volvió hacia ella para ver quien había tenido la osadía de tocarlo. Y cuando Yirel vio su rostro, se le heló la sangre en las venas. El hombre aprovechó la confusión de la joven para alejarse rápidamente, entendiendo que lo había reconocido, pero Yirel reaccionó y enseguida se lanzó a perseguirlo.


Lith, la tía de Yirel, no tardó en darse cuenta de que algo no iba bien. Intentó localizar a su sobrina escrutando la sala, y en su lugar encontró a alguien que la dejó totalmente fuera de combate. Se trataba de su difunto marido Edmon. “No puede ser, es imposible… A menos que…”, pensó la mujer frenéticamente, atando cabos. Sin preocuparse de lo peligroso que era realizar la traslación en un espacio cerrado abarrotado de gente, susurró unas palabras en lengua arcana y apareció justo delante del impostor, empujando bruscamente a una pareja que se estaba besando con pasión. Sin preocuparse de las quejas de los enamorados, Lith cogió del brazo a aquella abominación y lo zarandeó bruscamente acercándose a su rostro.
–¡Esta cara no es tuya! ¡¿Qué más quieres?! ¡¿Qué haces aquí?!
El hombre trató de liberarse de la bruja, girándose con fuerza. Justo en ese momento Yirel los alcanzó.
–¡No tienes escapatoria! –chilló la joven.
Viéndose acorralado, el hombre sacó de debajo la túnica una pequeña caja oscura y la alzó en alto para que sus captoras la vieran. Yirel no reconoció el objeto, pero Lith palideció y le soltó.
–Está bien. ¿Qué quieres? –le preguntó la bruja con rabia.
Antes de que él respondiera, Yirel lo atacó lanzándole un hechizo paralizante que afectó también a los dos chicos que el hombre tenía detrás. Incapaz de controlar su cuerpo, el impostor soltó la pequeña caja oscura, que se precipitó hacia suelo. Solo los rápidos reflejos de Lith impidieron que ésta cayera y se hiciera pedazos. La bruja se dio de bruces contra la superficie de piedra pulida, y Yirel la ayudó a levantarse. Para cuando volvieron la atención hacia el intruso éste ya había desaparecido. No lo encontraron vaciando la sala a golpe de portal, ni tampoco rato después, tras inspeccionar todo el piso. El sol despuntaba cuando se rindieron y se dejaron caer, exhaustas, en el gran sofá que dividía el comedor en dos.

–¿Qué es lo que ha pasado? –preguntó Yirel tratando de contener las lágrimas.
–Si supieras… –empezó su tía con un suspiro –alguien quiere robar la caja de Pandora… y si lo consigue… –Lith levantó la caja oscura que aún sostenía entre sus manos–  bueno, es mejor que no lo consiga…
–Era él…
–No. Solo llevaba su piel.