19 de diciembre de 2020

Integración

Hace un par de horas que miro el registro de mensajes enviados. Debo detectar cualquier error y reportarlo. De momento, el sistema externo los está recibiendo correctamente. Las líneas van apareciendo en la pantalla a un ritmo constante de tres al minuto. Un caso, otro y otro más. Nunca se detienen ni se retrasan. Me han sugerido que no me entretenga en el contenido de los mensajes. Solo debo verificar que la integración está bien hecha y que no se pierde ningún envío. En realidad pienso que mi labor es bastante inútil. Si hubiera algún problema, el mismo código lo recogería y generaría una alerta a quién correspondiera. Conozco al programador que lo ha desarrollado, he trabajado varias veces con él, y es de los buenos. Supongo que alguno de los jefes no se fía y prefiere que hagamos una monitorización humana durante unos días. Yo no soy nadie para contradecirlos, así que aquí estoy, persiguiendo registros. Sé que estos mensajes son muy importantes y que debemos asegurarnos de que se entregan correctamente. Si no fuera por eso ya me hubiera quejado a mi supervisora. No acepté este trabajo para revisar “logs”. Un caso, otro y otro más. En fin, también hay compañeros que revisan mis integraciones. Siempre hay alguien que pilla.

Me estoy meando. Decido que ya no puedo aguantar más y me apunto el índice del último mensaje que he podido revisar. Si no aumenta el ritmo de envío podré validar los registros pendientes sin echar horas extras. O eso espero. Voy al baño y vuelvo tan rápido como me permiten mis buenos hábitos higiénicos, pero a mi regreso veo que Lola me está esperando justo delante de mi escritorio. No tiene muy buena cara, como de costumbre, y no puedo evitar pensar lo jodidamente oportuna que es siempre. 

Detrás de mi jefa veo que se esconde una mocosa con la cabeza gacha y la vista fijada al suelo. Sin pararme a explicar por qué he abandonado mi puesto de trabajo (faltaría más), las saludo con un gesto de cabeza y me intereso por la novicia.
—Vas bien acompañada, Lola.
A pesar de la ancha sonrisa que me ha costado un mundo recrear, la mujer no suaviza el gesto. La joven se coloca a la altura de Lola y hace un visible esfuerzo por mirarme directamente a la cara.
—Lyi, esta es Claudia. Es su primer día y he pensado que podrías enseñarle a monitorizar.
“He pensado”, dice, como si yo tuviera más opción que hacerle caso. Es inútil discutir con esta señora, se cree que siempre lleva la razón y no escucha. Nunca escucha.
—Por supuesto. —Accedo sin protestar aunque no me faltan ganas de hacerlo.
—¿Cómo va la integración? ¿Algún “KO”? —se interesa mi supervisora.
—De momento ninguno, todo “OK”.
—Perfecto. Pues te dejo a Claudia para que os vayáis conociendo.
Tanto la mocosa como yo permanecemos en silencio mientras Lola se aleja. Al son de sus tacones chocando contra el pulido suelo, intento dejar de pensar en las horas extras que tendré que hacer para revisar los mensajes que estoy perdiendo. Un caso, otro y otro más. Con la tontería perderé media mañana. Y eso serán unos setecientos mensajes. ¡Qué pesadilla!

Tratando de no parecer impaciente, entablo una infructífera charleta con la novata. En realidad solo me interesa saber en qué la puedo poner a trabajar, pero me veo obligada a preguntarle de dónde es, dónde ha estudiado, si ha llegado bien, qué horario va a hacer, etc. A pesar de que ella tampoco parece encantada con el intercambio de banalidades, va respondiendo con eficiencia y educación. Cuando por fin hablamos de su experiencia y sus conocimientos se nos ha hecho la hora de almorzar. Acordamos que vamos a seguir con su preparación, me dice que ya habrá tiempo para descansar luego.

Aunque la mesa en la que yo trabajo está pensada para dos personas, la tengo totalmente invadida con mis cosas. Despejo a regañadientes un poco menos de la mitad de la superficie blanca para Claudia, le consigo una silla más o menos nueva y le busco un ordenador decente. Bajo mi atenta mirada, lo conecta todo ella sola y saca un papelito con su usuario y contraseña, con los que inicia sesión. Me sorprende que el primer día ya tenga las credenciales, así que le pregunto por ello y me explica que las pidió y tramitó ella misma en cuanto firmó el contrato. “Chica apañada”, pienso, “vamos bien”. Sin tiempo que perder, le ayudo a instalar y configurar los programas que va a necesitar y le enseño cómo funciona y qué muestra la pantalla de monitorización.
—No hace falta centrarse en el contenido, solo mira si el resultado del envío es un “OK” o un “KO”. ¿Ves? Aquí y aquí.
Le enseño cómo consultar las respuestas de cada mensaje, y en qué parte de la pantalla puede ver el estado de la transacción. La joven asiente enérgicamente.
—Cada mensaje revisado se marca en esta casilla, y, si se produce un “KO”, también seleccionas esta otra —explico señalando con el ratón cada zona destacada.
—Entendido.
—Bien. Empieza a revisar los casos. Voy a buscarnos algo para desayunar. ¿Qué quieres?
—Cualquier cosa, no te preocupes —responde, Claudia, absorta por las líneas que van apareciendo en la pantalla. Un caso, otro y otro más.
—¿Café y una magdalena?
—Sí, sí…
Estoy segura de que la novicia no se ha enterado de lo que le he dicho, pero no me molesto en repetírselo, me gusta que se concentre tanto.


Me apresuro en ir y volver de la cafetería. Por el camino decido que le explicaré a Claudia que no todo el trabajo va a ser revisar “logs”, que en cuanto acabemos la validación nos pondremos con un desarrollo nuevo. Se la ve espabilada y no quiero que se aburra. Cuando por fin entro de nuevo en nuestra sala, empiezo a contarle con cierta emoción el trabajo que encararemos la semana que viene. La joven me escucha en silencio, inmóvil. Enseguida me fijo en qué ni siquiera está moviendo el ratón, tiene las manos abiertas encima de la mesa.
—Oye, ¿estás bien? ¿Pasa algo? —le pregunto extrañada.
La novicia se gira lentamente hacia mí.
—Estas líneas son…
Su voz se quiebra ante el dilema de preguntar algo que realmente no desea saber. Viendo por dónde va y lo afectada que parece, intento encontrar la manera más delicada de explicarle qué es lo que está monitorizando. No puedo creer que nadie la haya avisado.
—La integración que estamos validando ayuda a realizar estadísticas, que luego se usan para diseñar planes de financiación y proyectos de investigación e innovación, por ejemplo. Saber el número, las causas y toda la información relevante de los casos exitus, es muy útil para ayudar a reducirlos.
—¿Cada una de estas líneas es una persona que se ha… que ya no está? ¿Tantas solo en Europa?
—Me temo que sí. Y nosotros solo agregamos y publicamos los datos de la zona 2, hay un par de integraciones como esta en otras centrales.
Un caso, otro y otro más. A Claudia le tiemblan las manos.


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