13 de septiembre de 2020

Un día de mierda

>> Relato seleccionado para su locución en el podcast Freakdom, programa 67. Noviembre 2020.
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Cuando estoy nerviosa, cocino. También cuando estoy triste, agobiada o me entra “la ansiedad”. Y la verdad es que últimamente cocino más de lo que me puedo comer. Podríamos decir que cocino por encima de mis posibilidades. Mi madre está encantada, claro, cada semana le lleno la nevera de tuppers. Pero yo empiezo a estar preocupada, y mis vaqueros favoritos también, dicho sea de paso. Esta mañana le he echado gazpacho al café. Pensaba que después de eso el día solo podía ir a mejor. Me equivocaba. A media mañana he intentado hacer una tortilla de patatas con cebolla, como dios manda, y se me ha pegado. ¡A mí! Así que cuando le he dado la vuelta, se me ha desparramado todo encima del plato, me he quemado la muñeca y he manchado el suelo. A pesar de que más o menos la he podido recuperar y no estaba mala, la tortilla ha quedado muy fina y deforme. Odio desperdiciar comida, me pone de muy mal humor.


Después he intentado hacer ñoquis. El otro día encontré patata lila en el supermercado y me hizo mucha ilusión, así que compré un quilo, aunque costaba el triple que la que suelo usar. Como también tenía moniato, he intentado hacer ñoquis de tres colores. ¿A qué mola? Pues ha sido un auténtico desastre. He hervido los tubérculos más de la cuenta y los huevos que he usado eran demasiado grandes, por lo que la masa ha quedado extremadamente húmeda y luego no había forma humana de que cogiera densidad (por más harina que le he incorporado). Entre la rabia que he ido acumulando durante toda la mañana y que detesto tener las manos sucias durante tanto tiempo, al final he estallado. He sacudido violentamente los brazos, llenando las paredes de la cocina de grumos tricolores al son de un grito gutural. En realidad han sido tres gritos y otras tantas sacudidas pero digo yo que tampoco hace falta hacer leña del árbol caído. Cuando he terminado de montar la escena lo he tirado todo a la basura, me he limpiado las manos y me he ocupado del desastre que había dejado en la pared. Aunque no me encante vivir sola, a veces agradezco que nadie me vea hacer estas cosas.

Con las baldosas de mi diminuta cocina de nuevo resplandecientes, me he propuesto preparar un salmorejo. Esa era mi última baza, ¿qué podía salir mal? Pues cuando estaba limpiando los ingredientes he cogido un pimiento muy grande, resplandeciente, de un verde precioso. Lo he abierto y estaba lleno de gusanos. ¡Qué asco! Se me han pasado las ganas de cocinar, de comer y de existir en general. Me he deshecho del proyecto de salmorejo en cuanto se me han calmado las arcadas y he bajado la basura, no sin antes hacer un doble nudo a cada una de las bolsas (aunque no contuvieran ni rastro del pimiento proteico).

Ya de vuelta en mi apartamento, me he sentado en el sofá, he abrazado el gran cojín azul que lo suele coronar y me he puesto a llorar desconsoladamente. Klaus apenas ha tardado un par de minutos en aparecer (ya podría haberse pasado a primera hora para evitar todo esto…).
—Minerva, ¿qué te pasa? No llores… 
—¿En serio tú me lo preguntas? ¡Lo que me pasa eres tú! —le recrimino sorbiéndome la nariz.
—Deberías hablar con alguien. No hace falta que pases por esto tú sola.
—No estoy sola, te tengo a ti.
Me doy cuenta de lo absurdo de mis palabras. La masa esponjosa que flota delante de mí parece que me devuelva la mirada. Y eso que ni siquiera tiene ojos. Me obligo a recordar que no existe, que es solo parte del problema.
—¿Hoy también te duele la cabeza? —me pregunta, aunque no tiene labios.
—Sí. Ya sabes que ahora siempre me duele.
—¿Por qué no pedimos una pizza? —me sugiere solo para animarme.

Sin responderle, alargo el brazo para coger el móvil de encima de la mesa baja que queda delante del sofá. Abro la aplicación que suelo usar para pedir comida a domicilio y selecciono el negocio que hace las pizzas más grandes, grasientas y gruesas de la ciudad. Antes de que pueda elegir lo que quiero, una notificación inunda la pantalla del teléfono. Es domingo y el restaurante está cerrado. No, definitivamente, hoy no es mi día. El problema es que Klaus cada vez está más grande y no sé cuántos días más voy a tener.


28 de agosto de 2020

Ganas de rendirse

 “Por fin en casa”, pensé mientras rebuscaba las llaves en la pequeña mochila de piel marrón que solía llevar colgada a la espalda. Subir los tres escalones que separaban el jardín del porche me había costado más de lo que estaba dispuesta a admitir. Me dolía todo el cuerpo. Cada vez llevaba peor las incursiones, quizás ya iba siendo hora de dejarlo. Intentando apartar esa idea de mi mente, cerré la puerta tras de mí, dejé con cuidado la pequeña mochila marrón en el suelo y me desabroché las pistoleras dejándolas caer. El característico ruido sordo que emitían mis H&K USP del calibre 6 al chocar contra la carísima alfombra beige del vestíbulo fue lo que realmente me confirmó que ya había pasado todo. Podía centrarme en mí, en curar mis heridas y en recuperarme para la siguiente aventura. “En caso de que haya otra”, me advirtió una parte de mí que empezaba a odiar.

Observé la escalinata que llevaba a mi habitación y me pareció que me devolvía la mirada. Altiva, desafiante, casi burlona y, sobretodo, infinita. Decidí darle esa satisfacción e ir al cuarto de baño de invitados. Ya habría tiempo para recuperar la dignidad más adelante. Como si no estuviera sola en aquella inacabable mansión, cerré la puerta del diminuto baño con pestillo y abrí el armario que quedaba camuflado detrás del espejo que coronaba la encimera. Con cuidado, deshice la trenza que domaba mi larga melena, me quité los pantalones llenos de rasgaduras y la camiseta turquesa con demasiadas manchas de sangre reseca. Evalué el estado en el que estaba mi cansado cuerpo. No parecía que hubiera nada grave, nada por lo que hiciera falta despertar a Lyonel para que me colara en el hospital de la capital.

Me di una ducha para quitarme de encima el olor a tierra y sudor, tras lo cual pasé a atender mis heridas. Parecía que mis manos actuaran por cuenta ajena. Con movimientos expertos desinfecté lo que empezaba a ponerse feo y vendé lo que sabía que sangraría fácilmente. Cuando terminé no me molesté en vestirme. Deshice mis pasos hasta el vestíbulo y de allí al comedor principal que estaba en el otro extremo de la casa. Me tumbé en el ancho sofá que dominaba la estancia y me tapé con el pañuelo de seda que lo adornaba. A pesar de todo me dormí con una sonrisa, admirando las figuras geométricas de colores vivos que cubrían mis ahora ya no tan pronunciadas curvas. Soñé con el viaje a la India en el que me habían regalado el pañuelo como muestra de agradecimiento. Mi subconsciente no quería que me rindiera, me recordaba a menudo que todavía quedaba gente buena en este mundo, y que esa gente buena me necesitaba.

Dormí toda la noche y también parte del día siguiente. Cuando me desperté, el gran reloj de pared que quedaba justo enfrente de mí me indicó que eran pasadas las tres de la tarde. Reuní todas mis fuerzas para incorporarme. El dolor que se extendía por cada uno de mis músculos era aún peor que la noche anterior. Mi cuerpo me pedía reposo, seguir durmiendo hasta encontrarme mejor, pero yo sabía que, si lo hacía, la recuperación sería más lenta, tenía que moverme. Y tenía que comer.

Cojeando, me dirigí hacia el lavadero y cogí un camisón del montón de ropa planchada con el que cubrirme. Cuando salí al vestíbulo para dirigirme a la cocina la visión de mi pequeña mochila marrón hizo que me detuviera. Sin prisa, me acerqué para cogerla, la abrí y saqué de dentro el objeto por el que me había jugado la vida una vez más. Se trataba de una calavera de ónice un poco más grande que mi mano. Tenía las cuencas de los ojos rellenas de cuarzo y toda su superficie había sido grabada con relieves de flores, hojas y distintas formas geométricas. Era una auténtica obra de arte, una pieza única que en cuanto me encontrara mejor devolvería a su legítimo lugar. “Vale la pena”, pensé acercándola un poco para verla mejor, “no pienso dejarlo”.

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¿Has adivinado de qué personaje se trata? Si quieres confirmar su identidad puedes mandarme un DM a mi cuenta de Twitter @arirsoler.

 

17 de agosto de 2020

El pueblo sin rostro

Cuando Luna se despertó un intenso aroma a café inundaba toda la casa. Sin tiempo que perder, se levantó de la cama y se sujetó la media melena en una cola alta mientras salía de su habitación para dirigirse al comedor. Una vez allí encontró a sus abuelas, que estaban terminando de desayunar.
—Buenos días —la saludó su abuela Rosa mirándola por encima de las grandes gafas que se ponía para bordar. Que las llevara significaba que estaba trabajando en algún encargo.
—Hola —le devolvió el saludo Luna mientras bostezaba.
Su bisabuela Pilar le trajo una taza humeante que dejó encima de la mesa, tras lo cual le dio un beso en la frente.
—Ayer llegaste tarde —empezó Pilar.Luna le dio un buen sorbo al café antes de responder.
—Sí, la película se alargó un poco y luego nos quedamos hablando.
—¿Estabas en casa de Paula? —quiso saber su abuela.
—No, en la de Dani.Ante la mirada acusadora de sus abuelas, la joven se apresuró a ampliar su explicación.
—Fuimos unos cuantos y estaba el padre de Dani. Mamá me dio permiso.
—Está bien, está bien… —aceptó Rosa.
—Oye, ¿y qué tal con Paula? ¿Le gustó la bufanda? —preguntó Pilar para cambiar de tema.
—Pues no ha venido en toda la semana, la profe nos ha dicho que está enferma.
—¿Y qué tiene? —se interesó Rosa.Luna se encogió de hombros.
—¿Todavía no os habláis?
—No.
—Mándale un mensaje de esos con el móvil y así seguro que arregláis las cosas —propuso Pilar.
—Ya lo hice y no me ha contestado.
—Bueno, dale tiempo. —le aconsejó Rosa.
Por toda respuesta Luna suspiró profundamente y permaneció en silencio mientras sus abuelas comentaban lo que harían durante la jornada. Dándose cuenta de que Luna no estaba muy animada, Pilar le hizo un ofrecimiento que sabía que la alegraría.
—Si quieres, cuando terminemos de desayunar te cuento una historia.
—Vale… —aceptó Luna menos ilusionada de lo que Pilar hubiera querido.
—¡Solo si quieres!
—Sí, sí que quiero.

En cuanto acabaron, recogieron la mesa ente las tres y Rosa se fue a trabajar en el pedido que tenía que entregar a mediados de la siguiente semana. Pilar y Luna se sentaron en el pequeño comedor y ni siquiera se molestaron en encender el televisor.
—Veamos… Sí, te contaré la historia de la Caja de Pandora —decidió Pilar.
—Esa ya me la sé. Forma parte de la mitología griega. Era la caja que Zeus entregó a Pandora como regalo “maldito” de boda y que contenía todos los males de este mundo —se apresuró a avisarla Luna.
—Bueno, esa es la versión que cuentan los humanos. Y como de costumbre, está mal. En realidad Pandora no es una mujer, sino un lugar.
Ante esa afirmación Luna interrogó a su bisabuela con la mirada, por lo que Pilar prosiguió con la historia.
—Como sucede en todas las comunidades, hay quién no está dispuesto a seguir las normas de convivencia establecidas.
—Te refieres a gente mala.
—El bien y el mal son conceptos bastante subjetivos… pero digamos que sí. Y como podrás adivinar, para los seres que los humanos llaman sobrenaturales, las cárceles convencionales no sirven.
—Entonces, ¿Pandora es una especie de prisión mágica?
—Es exactamente eso. La crearon hace siglos para retener a una hechicera llamada Nihair. Ella era una mujer sin rostro.
—¿Qué significa eso? —preguntó Luna con impaciencia.
—Cuando empezó a verse mal que los magos y los hechiceros usaran humanos como esclavos…
—¿¡Cómo!? —exclamó Luna, incrédula, interrumpiendo a su bisabuela.
—Sí, bueno… Hubo un tiempo en el que los humanos no eran considerados… digamos que… no tenían muchos derechos.
—Es horrible —afirmó Luna cruzándose de brazos.
—La historia está llena de atrocidades, Luna.
—Eso no lo justifica.
—El caso es —continuó Pilar encauzando la conversación a pesar de la indignación de la joven —que cuando se dejaron de utilizar humanos se crearon “ayudantes”. Se trataba de una versión bastante más avanzada de gólems, hechos con todo tipo de materiales, de piedra, madera, carbón… Incluso se dice que hubo una maga que hizo uno de agua. ¡Ja! Yo eso nunca me lo he creído.
Estos sirvientes se hicieron muy populares, en cuestión de meses había un par en todos los hogares donde se practicaba el arte de la magia. Y cada vez estaban más logrados, hasta el punto de que costaba diferenciar su comportamiento del de los simples humanos. Aunque eso sí, su aspecto era muy distinto, ya que no tenían piel ni tampoco rostro. Simplemente no hacía falta. Los gólems animados solo necesitaban ver y oír, así que les colocaron cuatro orificios que les servían a tal efecto. Nada más. No tenían boca, nariz ni rasgos y, a excepción de su materia prima, todos eran completamente iguales.
—Espera, has dicho que Nihair era una hechicera y que era una mujer sin rostro. No lo entiendo. ¿Era gólem o humana?
—Nihair no era una cosa ni la otra y, a la vez, era las dos.


Luna hizo un gesto con la cabeza indicando a su bisabuela que aquella respuesta la había confundido todavía más. Disfrutando visiblemente del interés que había despertado en la joven, Pilar prosiguió con la explicación.
—Querían que los gólems fueran cada vez más eficientes, así que se les dotó de consciencia, de sentimientos, de la capacidad de aprender... Y vaya si aprendieron. Se pasaban las jornadas ayudando a todo tipo de practicantes de magia, absorbiendo sus conocimientos, reteniendo sus mejores trucos y analizando sus errores. Además empezaron a intercambiar información entre ellos y a hacer una especie de comunidad. Estaban creando su propio pueblo y no les parecía justo el trato que recibían de sus creadores. Sentían que los menospreciaban y que estaban continuamente explotados.
Nihair fue la clave para todo lo que vino después. Encontró la manera de parecer completamente humana, con piel, facciones y, lo más importante, liberada de las cadenas que la ataban a su creador. Ya no era una cosa animada sometida a la voluntad de un ser “de verdad”, se convirtió en la primera mujer sin rostro. Y no descansó hasta que la mayoría de los suyos fueron como ella y se rebelaron. Cegados por la promesa de libertad, el pueblo sin rostro protagonizó una auténtica masacre, asesinando a miles, muchos de ellos, inocentes. Sus crímenes solo cesaron cuando la comunidad logró crear Pandora y encerrar dentro a Nihair.
Sin la ira, el odio y el poder que su líder les infundía, el pueblo sin rostro fue derrotado y exiliado. Y a pesar de que hace ya centenares de siglos de todo esto, aún resulta muy difícil encontrarse con uno de ellos. Hay quién dice que se han extinguido. Otros afirman que están esperando pacientemente el momento adecuado para liberar a Nihair y por fin obtener la venganza que se les negó.
—¿Tú crees que aún existen? —preguntó Luna un poco asustada.
—Una vez me adentré demasiado en las montañas y los vi.
—¿En Luna llena?
—Sí. Y créeme, no es agradable toparse con ellos, casi no salgo con vida.

Luna se moría de ganas de saber más acerca de las incursiones de la manada en las noches de transformación, pero sabía que era un tema delicado y su madre le había prohibido tajantemente halar de ello. Tampoco quería incomodar a su bisabuela, así que, muy a su pesar, decidió dejar el tema y volver a la historia que le estaba contando Pilar.
—Entonces… —empezó la joven— si el pueblo sin rostro todavía existe, ¿significa que Nihair también encontró la manera de que los gólems pudieran tener hijos?
—De hecho la historia dice que Nihair fue encerrada poco después de dar a luz, y que su estirpe ha perdurado a lo largo de los años hasta nuestros días. Supongo que por eso la comunidad tuvo miedo y escondió Pandora lo mejor que supo. Embrujaron la cárcel, la metieron en una pequeña caja oscura y le asignaron un protector que se encargaría de que no estuviera mucho tiempo en el mismo lugar. A lo largo de la historia la han usado una decena de veces, como último recurso, y ningún ser ha salido nunca de ella.
—¿Toda la prisión está dentro de una cajita?
Pilar movió afirmativamente la cabeza, a modo de respuesta.
—¿Y qué pasa si la roban? —quiso saber Luna un tanto alterada.
—No te preocupes, está a cargo de un mago muy poderoso. Para robarla tendrían que matarlo y eso es prácticamente imposible. Además, solo unos pocos elegidos saben quién es y dónde está.


19 de julio de 2020

El cielo, el Sol, la Luna y las estrellas

>> Relato seleciconado para la segunda edición de la antología Orgullo Zombi, disponible en Amazon, LEKTU y audiolibro.
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12 de enero de 2033
Hace cinco días que Olga se marchó. Discutimos y la mandé a la mierda. Espero que pronto se dé cuenta de que lo primero debe ser la supervivencia, por encima del amor. ¿Es que soy el único cuerdo que queda en este mundo?
No sé por qué he desenterrado este viejo diario. Supongo que la situación me ha recordado a los confinamientos de 2020 y 2021. Por aquel entonces apenas era un adolescente, y lo único que me preocupaba era que nos hicieran volver al instituto. Y que mantuvieran abierta la piscina comunitaria, eso también. Me importaban una mierda el COVID y las medidas de seguridad que había impuesto el gobierno. Hasta que mi abuelo lo pilló y nos dejó. Ahí empecé a entender que no somos inmortales y que esta funda blanda en la que habitamos es mucho más frágil de lo que parece. Ante esa certeza no supe con quién hablar, así que empecé a escribir en esta libreta roñosa. 
Ahora estoy incluso más jodido que entonces. No sé si escribir me va a servir de algo, pero al menos tú no me dirás que soy un cobarde, un egoísta y que nunca te he querido.

16 de enero de 2033
El teléfono de Olga ha dejado de dar tono. Quizás me ha bloqueado con alguna de esas apps de mierda que algún insensible ha creado sin saber lo que es estar preocupado por alguien. Por el canal de televisión en el que aún siguen emitiendo no paran de repetir que no salgamos de casa. Menudo consejo de mierda… Solo hace falta escuchar los gritos de la calle para saber que no hay que salir. 
Hace dos semanas que el ejército no trae comida y no sé hasta cuándo va a aguantar mi despensa. Suerte que fui previsor y llené la casa de conservas, comida congelada y, sobretodo, papel higiénico. Olga debería haberse quedado.

6 de febrero de 2033
Cuando empecé a ver stories de Instagram con imágenes de esos hijos de puta decidí que debía asegurar todas las ventanas del piso. Así que, a pesar de las protestas de Olga, las tapé una por una con estanterías, mesas, sillas… lo que encontré. Hoy un pequeño rayo de sol se ha abierto paso para posarse en mi frente y me he tirado una hora llorando. Quiero ver el cielo. Quiero ver el Sol, la Luna y las estrellas. Quiero que todo vuelva a ser como antes de que otro virus se les escapara y nos jodiera la vida.

7 de febrero de 2033
Tengo una resaca de mil demonios. Soy gilipollas.

14 de febrero de 2033
Esta mañana había algo en mi rellano. Me ha dado miedo acercarme para ver qué era pero te aseguro que había alguien arañando mi puerta. ¿Y si era Olga? ¿Y si se ha infectado?

23 de febrero de 2033
Por fin el ejército ha traído provisiones. Han venido un total de cinco personas y el que parecía el cabecilla del grupo se ha encargado de explicarme el sacrificio que han tenido que hacer para llegar hasta mí. No he sabido qué responderles. Siento que su compañero haya muerto pero es su trabajo protegernos. Alguien como yo no dudaría ni cinco segundos en la calle. ¿Qué esperan que haga? No creo que vayan a volver, así que me tocará calcular hasta cuándo puedo aguantar con la comida que tengo. No debería haber permitido que Olga se llevara el gato. Tú no viste la rabieta que se pilló... Y eso que entonces lo de comérmelo lo decía más bien en broma…
Por si te lo preguntas, NO. Los cabrones del ejército no han traído alcohol.

2 de marzo de 2033
Hace dos días que no funciona internet. Creo que lo han cortado. Y es jodidamente perfecto porque la semana pasada me cobraron la factura. Este es el tipo de compañías que nos han llevado hasta aquí. He intentado llamar al servicio técnico pero no contestan al teléfono. ¿Y quién iba a contestar? ¡Estamos en medio de un puto apocalipsis zombie! Digo yo que alguien debe de girar las facturas... Qué harto estoy de todo esto…

7 de marzo de 2033
Sigo sin internet y hoy también han cortado la luz. Espero que lo siguiente no sea el agua… No sé cómo coño voy a cocinar toda la comida que se empieza a estropear en la nevera y en el congelador. Casi puedo oír cómo empieza a pudrirse.

9 de marzo de 2033
Aunque casi quemo el piso entero, me las voy arreglando para que la comida no se eche a perder. Estoy quemando, ahumando y salando todo lo que puedo para que se conserve. Me da miedo abrir el congelador. A estas alturas debe ser todo agua.

11 de marzo de 2033
Mi estudio convertido en vertedero apesta de una forma que me remueve el estómago. Sigo sin abrir el congelador y creo que así se va a aquedar. Aún hay agua corriente y me quedan algunas latas en la despensa. He descubierto que si dejo el arroz o la pasta en remojo el tiempo suficiente también se deja comer.

15 de marzo de 2033
Los arañazos en la puerta han vuelto y esta vez me he obligado a acercarme. Por la mirilla he podido ver que se trataba de Olga. O lo que antes era Olga… Cuando la he visto he ahogado un grito dando un respingo y esa cosa se ha puesto como loca. Ha empezado a chillar y a golpear la puerta con la cabeza. Me he asustado y me he alejado corriendo para encerrarme en el baño.


20 de marzo de 2033
Es la segunda vez que intento suicidarme. Ayer me tragué todos los medicamentos que tengo en casa y solo he conseguido cagarme encima mientras vomitaba. Nunca había tenido la cabeza metida en el váter durante tanto tiempo, ni siquiera al principio de toda esta mierda, cuando intenté matarme a base de whisky. Esta mañana me he despertado con una sensación tan espantosa que no sé ni cómo describírtela. A ver cómo coño limpio el desastre que he dejado en el baño… debí hacerle caso a Olga y alquilar ese apartamento de la zona alta con dos aseos. 
Qué mierda todo.

1 de abril de 2033
Olga ha vuelto otra vez. Aunque no me atrevo a acercarme a la puerta, sé que es ella. ¿Y si el otro día se alteró tanto porqué me reconoció de algún modo? ¿Crees que aún le queda algo de humanidad? ¿Viene aquí casi cada día porqué quiere estar conmigo o porqué sabe que hay comida?

6 de abril de 2033
A pesar de que me repito una y otra vez que para Olga solo soy un cerebro vivo al que hincarle el diente, no puedo evitar pensar que quizás haya algo más. ¿Tan malo sería volver a su lado?


11 de abril de 2033
Han cortado el agua. Tengo un par de cubos llenos de pasta y arroz en remojo pero no sé qué coño voy a hacer ahora.

17 de abril de 2033
El congelador ha reventado y se ha desparramado toda el agua que contenía. El olor que sale de la cocina es nauseabundo. Y la sed que tengo hace que la situación sea todavía más grotesca.

19 de abril de 2033
Esta tarde me he tirado dos horas con un cuchillo en la mano observando las líneas azules que recorren mis brazos. En las películas todo parece tan fácil… Olga tenía razón, soy un puto cobarde.

23 de Abril de 2033
Llegados a este punto solo veo un modo de volver a vivir. Quiero ver otra vez el cielo, el Sol, la Luna y las estrellas. No sé si después de esto aún querré ver los astros, ni siquiera si sabré lo que son. En realidad lo que tengo que hacer es sencillo. En realidad, solo tengo que abrir la puerta y, como siempre, Olga hará el resto.


1 de julio de 2020

La caja de Pandora

Todo el mundo sabe que en el funeral de un mago se desborda todo menos la pena, y aunque Yirel conocía aquél dicho, eso no la preparó para lo que se encontró en el piso que aún era de su tío. De pie en el rellano con las llaves en la mano, se detuvo unos instantes para pensar si debía o no entrar, pero antes de que acabara de decidirse, la puerta se abrió bruscamente y unos largos tentáculos tiraron de ella obligándola a cruzar el umbral. Estaba dentro y no podría salir de allí hasta el amanecer, o hasta que la despensa de objetos mágicos de su tío quedara vacía, lo que pasara primero.

Aturdida por el espectáculo de luces que alguien había conjurado en el techo del abarrotado comedor, trató de abrirse paso hasta la cocina para servirse un vaso de agua. Apenas logró dar dos pasos antes de que la empujaran en la dirección contraria. Cuando quiso darse cuenta estaba en medio de un corrillo de jóvenes que se entretenían jugando a “Información o transformación”. Uno de ellos tenía las orejas tan grandes que podría haber salido volando por la ventana más próxima, mientras que a otra le habían hinchado los pechos exageradamente. Poniendo los ojos en blanco, esquivó un hechizo que le hubiera dejado la lengua como la de un oso hormiguero, y se alejó de allí tanto como pudo. Hasta que se paró para observar a su alrededor en busca de Kalep.

De repente alguien chocó contra su espalda, tirándole un buen chorro de algún líquido que pronto le mojó el culo. Se giró malhumorada para ver quién había sido, y descubrió que se trataba de Nadia, la hechicera con la que últimamente iba su amigo Kalep.
–¡Perdona! –grito la chica para hacerse oír por encima de la multitud.
–No pasada nada… –le respondió ella disimulando su enfado.
Yirel pasó su mano por los tejanos mojados, secando la tela azul centímetro a centímetro. A pesar de que aquello no quitaría la mancha, al menos no tendría que ir con el culo mojado toda la noche. Ignorando que Nadia tenía los ojos hinchados y enrojecidos, le preguntó por su amigo.
–¿Dónde está Kalep?
La joven contrajo la cara en un gesto de rabia, y se llevó el tarro que tenía en la mano medio vacío a los labios. No respondió hasta haberlo vaciado del todo.
–¡Ahí lo tienes! –Exclamó con desdén señalando a lo lejos con la barbilla.
Mirando hacia el lado que Nadia había señalado, encontró a un lobo montando a una oveja, en un rincón bastante bien iluminado. Aquello era típico de Kalep. Y aunque empezó a negar con la cabeza con desaprobación, no pudo evitar que una sonrisa se le escapara. Se volvió hacia Nadia para tratar de excusarse, y la encontró mirando a la nada, con los ojos velados y una expresión bobalicona en el rostro. “Cuánto mal han hecho las pociones Resbalatodo”, pensó.

Dirigiéndose hacia su tía, la “bar-bruja” que llevaba toda la noche removiendo por turnos diez pequeños calderos burbujeantes, le llamó la atención una figura encapuchada que estaba entrando en el comedor. Venía del pasillo que daba a las habitaciones y parecía llevar la misma trayectoria que ella. “¿Cómo ha entrado ahí?”, se preguntó Yirel, “Esa zona debería estar sellada…”. Aceleró el paso apartando la gente a codazos con urgencia. No tardó en alcanzar a la figura por detrás y retirarle la capucha de un tirón. El hombre de pelo oscuro se volvió hacia ella para ver quien había tenido la osadía de tocarlo. Y cuando Yirel vio su rostro, se le heló la sangre en las venas. El hombre aprovechó la confusión de la joven para alejarse rápidamente, entendiendo que lo había reconocido, pero Yirel reaccionó y enseguida se lanzó a perseguirlo.


Lith, la tía de Yirel, no tardó en darse cuenta de que algo no iba bien. Intentó localizar a su sobrina escrutando la sala, y en su lugar encontró a alguien que la dejó totalmente fuera de combate. Se trataba de su difunto marido Edmon. “No puede ser, es imposible… A menos que…”, pensó la mujer frenéticamente, atando cabos. Sin preocuparse de lo peligroso que era realizar la traslación en un espacio cerrado abarrotado de gente, susurró unas palabras en lengua arcana y apareció justo delante del impostor, empujando bruscamente a una pareja que se estaba besando con pasión. Sin preocuparse de las quejas de los enamorados, Lith cogió del brazo a aquella abominación y lo zarandeó bruscamente acercándose a su rostro.
–¡Esta cara no es tuya! ¡¿Qué más quieres?! ¡¿Qué haces aquí?!
El hombre trató de liberarse de la bruja, girándose con fuerza. Justo en ese momento Yirel los alcanzó.
–¡No tienes escapatoria! –chilló la joven.
Viéndose acorralado, el hombre sacó de debajo la túnica una pequeña caja oscura y la alzó en alto para que sus captoras la vieran. Yirel no reconoció el objeto, pero Lith palideció y le soltó.
–Está bien. ¿Qué quieres? –le preguntó la bruja con rabia.
Antes de que él respondiera, Yirel lo atacó lanzándole un hechizo paralizante que afectó también a los dos chicos que el hombre tenía detrás. Incapaz de controlar su cuerpo, el impostor soltó la pequeña caja oscura, que se precipitó hacia suelo. Solo los rápidos reflejos de Lith impidieron que ésta cayera y se hiciera pedazos. La bruja se dio de bruces contra la superficie de piedra pulida, y Yirel la ayudó a levantarse. Para cuando volvieron la atención hacia el intruso éste ya había desaparecido. No lo encontraron vaciando la sala a golpe de portal, ni tampoco rato después, tras inspeccionar todo el piso. El sol despuntaba cuando se rindieron y se dejaron caer, exhaustas, en el gran sofá que dividía el comedor en dos.

–¿Qué es lo que ha pasado? –preguntó Yirel tratando de contener las lágrimas.
–Si supieras… –empezó su tía con un suspiro –alguien quiere robar la caja de Pandora… y si lo consigue… –Lith levantó la caja oscura que aún sostenía entre sus manos–  bueno, es mejor que no lo consiga…
–Era él…
–No. Solo llevaba su piel.

14 de junio de 2020

Tiris

Cuando Tiris paseaba por el mercado de la gran ciudad de Bridan todo el mundo se fijaba en ella. Le pasaba ya de niña, años atrás, y ahora que era una mujer a punto de desposarse era aún peor. Su futura suegra siempre le decía que su larga melena azabache y sus preciosos y grandes ojos redondos levantaban las pasiones del pueblo. Ella sabía que en realidad siempre la habían rechazado porque, simplemente, era diferente. Una extranjera. Tiris se había pasado la vida tratando de pasar desapercibida, pero el destino la obligaba a ser el centro de atención una y otra vez.

Todo empezó el día en que sus padres firmaron la paz con el pueblo blando. El palacio del rey Rakner se llenó de los que ciclos atrás eran sus enemigos. Y recelosos como solo el pueblo blando puede ser, exigieron un enlace nupcial para aceptar la tregua. Cuando Tiris fue elegida de entre las numerosas hijas de Rakner se esforzó por aparentar que se sentía afortunada. Aunque la cruda realidad fuera que su propio padre la había seleccionado para mandarla como rehén a una tierra extraña. Y que su madre, la altiva reina Shuu, no pudiera contener las lágrimas el día que se la llevaron no ayudó a mejorarlo. Al despedirse, la mujer le dijo que nunca olvidara quién era ni de dónde procedía, y Tiris se repitió esas palabras mientras dejaba atrás la cordillera que delimitaba su hogar.

A pesar de todo, la vida en Bridan resultó más agradable de lo que Tiris había imaginado. Su futura suegra se esforzaba por ser lo más parecido a una madre que podría tener en aquel lugar y había forjado una cierta amistad con el  príncipe que pronto sería su esposo. Todos en el palacio la trataban con amabilidad, pero detrás de sus sonrisas y en el fondo de sus miradas Tiris distinguía algo más, una sombra que le recordaba constantemente que ella no pertenecía a aquel mundo. Y esa sombra se volvía mucho más densa y evidente cuando se trataba de sus futuros súbditos. Al principio Tiris pensó que era normal que la trataran con desconfianza, ya que ella tampoco se sentía cómoda entre esas gentes. Ahora sabía que por más que pasaran los años la sombra no desaparecía.

Una noche cualquiera la despertó el gran revuelo que se había formado en los pasillos de palacio. Envolviéndose en su capa salió de su habitación aún medio dormida y tuvo que apartarse para no chocar contra un sirviente que corría hacia la alcoba de los reyes. Restregándose los ojos con ambas manos, siguió sus pasos sin prisa, hasta cruzar el umbral de la majestuosa puerta que separaba el pasillo del dormitorio de sus futuros suegros. Una vez dentro, un grito desgarrador hizo que se detuviera. La habitación estaba repleta de gente y aunque Tiris intentó hacerse a un lado para que nadie se fijara en ella, una acusación se lo impidió.
–¡Tú! –gritó la regente con los ojos desorbitados y dirigiendo un dedo acusador hacia ella.
–Mamá, por favor, Tiris no tiene nada que ver… –intercedió el príncipe recorriendo la corta distancia que lo separaba de su madre para abrazarla. La mujer rompió a llorar nerviosamente.
Tiris no comprendía lo que había pasando, hasta que la reina se apartó de su lecho y pudo ver cómo las sábanas de seda blanca se habían teñido de un rojo oscuro. El rey yacía inerte en la cama con el cuello rajado. Alguien había tenido el detalle de cerrarle los ojos.

Casi todos los presentes dirigieron su mirada acusadora hacia la joven extranjera. Asustada, Tiris se dispuso a justificarse, pero sabiendo que no le serviría de mucho, deshizo sus pasos hacia el pasillo y se encerró en su habitación. Debía esforzarse por mantener la calma y pensar muy bien lo que haría a continuación. <<No olvides quién eres ni de dónde procedes>>. Las palabras de su madre volvieron a su mente y no le costó mucho decidir que debía huir. 


Así que abrió con impaciencia el baúl que tenía a los pies de su cama, sacó la ropa con la que había llegado a la capital hacía ya seis años y se vistió comprobando que aún le valía. Sin tiempo que perder, se descolgó por un árbol que quedaba delante del balcón de su habitación y se escurrió por el gran jardín real. Sabía que el príncipe iría a su habitación tarde o temprano para ver cómo estaba, así que no tenía mucho tiempo antes de que ordenaran su detención. A pesar de que era inocente, sabía que de ningún modo lograría convencer al pueblo blando.

Como la muerte del rey aún no había trascendido, pudo salir sin problemas hacía el casco antiguo de la ciudad, y también más allá de las murallas que la rodeaban. Cuando por fin se permitió detenerse unos instantes, agotada, ya era prácticamente de día y un profundo valle se abría ante ella. Sin demorarse demasiado, enseguida reemprendió la marcha y aún continuó huyendo durante tres jornadas más. Hacía el atardecer del cuarto día por fin llegó al otro extremo del valle y enfiló el camino hacia lo que le había parecido la más alta de las montañas que lo rodeaban. Siguió un estrecho camino que subía por esa pronunciada pendiente, hasta que encontró una abertura en la roca que se abría a su derecha. Tuvo que pensárselo un par de veces antes de entrar. No le gustaba la idea de meterse en el primer agujero que había encontrado, pero necesitaba desesperadamente descansar un poco y aquél no parecía un lugar en el que buscar a una princesa. Así que se detuvo, miró a su alrededor para asegurarse de que nadie la veía y se adentró por un túnel que parecía no tener fin.

A cada metro que recorría el terreno se hacía más escabroso y la temperatura ascendía hasta hacer que le faltara el aire y se le perlarla la frente. Justo cuando empezaba a plantearse dar media vuelta, le pareció ver una tenue luz, así que decidió seguir adelante. Tuvo que caminar aún un buen rato antes de llegar a una gran caverna. Había varias antorchas que iluminaban el lugar y lo que encontró la sorprendió tanto que se quedó paralizada unos instantes. La estancia estaba llena de tesoros. Montones de monedas de oro se alzaban allá donde mirara y había varios cofres rebosantes de gemas preciosas, perlas y joyas. Avanzó unos pasos para coger una gema roja y la inspeccionó a contraluz. El tacto frío de la piedra entre sus cálidos dedos la trasladó muy lejos de allí, más allá de los bosques de Gornik, del mar Pétreo y de la Costa Oscura. La interminable cordillera que protegía el majestuoso palacio del rey Rakner se dibujó nítidamente delante de ella. Su hogar. Sus padres tenían una estancia muy parecida a esa, donde guardaban sus mayores riquezas. Toda la añoranza que había estado reprimiendo durante esos años la asaltó de repente. Soltó la gema que había estado aferrando en su mano, se derrumbó delante de una columna y empezó a sollozar.

Alertada por un movimiento cercano, levantó la cabeza moqueando y miró a su alrededor. Lo describió medio oculto entre las sombras y supo que debía de llevar un buen rato observándola. Se levantó tan rápido como le permitieron sus piernas e intentó retroceder, pero la columna en la que había estado apoyada la detuvo bruscamente. A pesar del miedo que la invadió, sus grandes ojos dorados adquirieron un brillo especial, casi resplandeciente. Se sintió aliviada al pensar que, quizás, por fin había encontrado su lugar.


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¿Quieres saber cómo continúa la historia de Tiris? Pues aquí te dejo el enlace del primer relato que publiqué en este blog “Ojos dorados”.

25 de mayo de 2020

Celeste

Estaba tan nerviosa que no podía dormir y el calor que hacía no ayudaba en absoluto. Volví a mirar la esfera luminosa que llevaba en la muñeca, para comprobar que ya había pasado otra hora dando vueltas en la cama. Mi almohada estaba empapada y la ancha camiseta que llevaba a modo de pijama empezaba a pegarse a mi piel. Decidí levantarme y darme una ducha bien fría, mientras intentaba no pensar en el algoritmo que se estaba ejecutando en mi seminuevo y recién adquirido ordenador. Me dispuse a lavarme el pelo y me di cuenta de que ya empezaba a tener melena, a pesar de que cuando vine a vivir a California me lo había cortado mucho. Sonreí al pensar lo que hubiera opinado mi madre de haberme visto recién salida de la peluquería, “lo llevas como un chico”, me hubiera reprochado sin más.

Dejé que el agua helada recorriera mi cuerpo unos minutos, ignorando las mil agujas imaginarias que sentía clavándose en mis brazos y mis piernas. Cuando terminé me envolví en la gran toalla azul que había colgada a mi derecha, y apenas pude esperar a secarme del todo para salir del baño y acercarme a mi escritorio. Una vez delante de la ancha pantalla, cogí el ratón y lo moví tres veces de un lado al otro. Una fuerte luz blanca me iluminó el rostro y enseguida pude ver cómo el contador seguía avanzando. Para mi alivio no se había producido ningún error.

Respiré hondo, tiré la toalla al suelo y me puse una camiseta de tirantes ajustada y unas bragas cómodas. Me metí de nuevo en la cama sin dejar de pensar en que mañana sería uno de los días más importantes de mi vida. “Pero solo si el algoritmo de búsqueda está bien”, me recordé. Me lo jugaba todo a una sola ejecución y esa falta de control me ponía de los nervios. Llevaba semanas perfeccionando el algoritmo añadiendo parámetros, ajustando constantes y minimizando el margen de error. Me había quedado sin tiempo y tenía que presentar los resultados o todo el trabajo que había hecho durante ese año no serviría para nada.

Con cada nueva versión mejorada, el algoritmo tardaba aún más en ejecutarse. Había calculado que esa vez, con el nuevo ordenador a pleno rendimiento, necesitaría veintinueve horas, treinta minutos y cuarenta segundos. Esperaba, o más bien necesitaba desesperadamente, que no hiciera falta mucho más tiempo. Si todo iba bien acabaría hacia las ocho de la mañana, que en París serían las cinco de la tarde. El plazo se cerraba a las seis, así que no tenía mucho margen. Intenté tranquilizarme repitiéndome que todo saldría bien, aunque no me podía permitir creérmelo del todo. Al final decidí poner un documental sobre tiburones y la gran barrera de coral para distraerme, y al cabo de poco, me dormí sucumbiendo a la voz grave, sosegada y profunda del narrador. Siempre funcionaba.


A la mañana siguiente abrí los ojos antes de que sonara el despertador. Sin tiempo que perder, salté de la cama y me acerqué a mi mesa de trabajo para mover el ratón frenéticamente mientras la pantalla del ordenador se encendía. Al ver que la ejecución se había completado sin errores ni avisos, pegué un salto mientras chillaba de emoción. Menos mal que estaba sola. Abrí el informe de resultados que se había autogenerado dirigiéndome directamente al final de todo: solo quería ver si había un uno. Lo había. Pegué otro salto y le di al botón de enviar resultados. Ya estaba, lo había conseguido.

Feliz como hacía años que no me sentía, me preparé un café largo con la leche bien fría y me senté delante del ordenador rodeado la taza con ambas manos. No podía parar de felicitarme mentalmente una y otra vez por lo que había hecho; había descubierto un planeta, no era para menos. Mi algoritmo había analizado una cantidad ingente de imágenes del espacio, había descartado millones de millones de cuerpos celestes y había encontrado un planeta que, por sus características, era candidato a albergar algún tipo de vida. No podía estar más emocionada, mi tesis doctoral se escribiría sola.

Recordé con cariño las innumerables horas que había pasado de niña mirando al cielo, buscando algo que nadie más hubiera visto antes en medio de esa imponente oscuridad. Entonces soñaba con ponerle mi nombre a un planeta, ahora quería ponerle el de mi madre, a la que tanto echaba de menos. Me emocioné. Sabía que ella hubiera estado orgullosa de mí. Aunque hubiera tenido que explicarle un par de veces cómo se puede descubrir un planeta desde un ordenador, sin ni siquiera mirar por la ventana.

En apenas media hora un agudo pitido interrumpió mis pensamientos. Había un nuevo correo electrónico en mi bandeja de entrada. Al ver que se trataba del Departamento de acciones colaborativas de la Agencia Espacial Europea, lo abrí al instante y lo leí ansiosa. El email empezaba agradeciéndome haber participado en la campaña. Al parecer éramos 93 los usuarios que habíamos mandado resultados válidos, desde diez países europeos distintos.

Pero mi alegría inicial se extinguió tras leer el párrafo siguiente. Tuve que releerlo dos veces más para asimilar lo que decía. Habían detectado que mis resultados se habían mandado desde San Francisco, California, por lo que no podían aceptarlos aunque fueran prometedores. Los tratados internacionales les prohibían utilizar resultados procedentes del exterior de la Unión Europea, así que habían procedido a eliminarlos. Sin más, se despedían agradeciéndome mi esfuerzo y animándome a seguir participando en la comunidad científica.

Me levanté sin poder contenerme. Cogí el teclado que tenía delante con fuerza y lo golpeé contra la pantalla con tanta rabia, que se le saltaron las teclas.

10 de mayo de 2020

Annabella

Había tenido un día horrible y la discusión con Jaime no había ayudado, pero por fin estaba en casa y era viernes. Se quitó el sujetador que se le había estado clavando en el costado, se desmaquilló y se recogió su larga e indomable melena castaña en un moño. Mientras se miraba en el espejo repasando las marcas de cansancio en su rostro decidió que se daría un baño. Abrió el grifo de manera que saliera el agua lo más caliente posible y puso el tapón en su sitio. Se desnudó rápidamente y se metió dentro de la bañera, dejando que el agua humeante deshiciera sus preocupaciones. Pronto la invadió una profunda sensación de sueño.

Considerando que la bañera ya estaba lo suficientemente llena, cerró el grifo con el pie, se sumergió hasta la cabeza y volvió a emerger a la superficie para cerrar los ojos y tratar de dejar la mente en blanco. Se concentró en su respiración, esforzándose por reducir su ritmo cardíaco. De repente una imagen azotó su mente. Era una chica joven con el labio partido que lloraba desconsoladamente. La imagen era tan nítida que parecía que la tenía delante. Y cuando la chica levantó la cabeza y la miró, le dio un vuelco el corazón. Sobresaltada, se incorporó chapoteando con manos y pies, mojando las baldosas del suelo del pequeño baño y mirando a su alrededor frenéticamente. Tras comprobar que estaba sola se obligó a calmarse, repitiéndose varias veces que solo había tenido una pesadilla.

El resto de la tarde transcurrió con normalidad y cuando se metió en la cama estaba tan cansada de toda la semana que se durmió enseguida. A la mañana siguiente se despertó habiendo dormido más de siete horas, lo que consideró todo un logro. Sin prisa, se desperezó y se dirigió hacia la cocina para servirse un buen baso de zumo de naranja con limón. Se sentía tan bien que decidió mandarle un mensaje a Jaime pero cuando cogió el móvil vio que él se le había adelantado. En la pre visualización del texto pudo leer que  Jaime le pedía perdón y la invitaba a cenar en su casa esa misma noche “para compensárselo”. Con una gran sonrisa en el rostro, Anna le respondió que aceptaba encantada la invitación y que llevaría algo especial para la ocasión.

Tras recoger un poco el piso y poner una lavadora, Anna se enfundó en sus mallas de yoga rojas sin costuras y extendió la esterilla negra que siempre tenía a mano en el comedor. Como se sentía llena de energía decidió hacer una sesión muy dinámica, tras lo cual se estiró para hacer los diez minutos de relajación final. Se tapó con la manta que había preparado, se acomodó el cojín debajo de la cabeza y cerró los ojos concentrándose en respirar lentamente. Despacio, como le habían enseñado en clase, empezó a llevar la atención a las distintas partes de su cuerpo, imaginando cómo éstas se iban destensando: la cabeza, la frente, la mandíbula… hasta llegar a la punta del pie derecho. Y cuando se disponía a devolver el movimiento a sus extremidades para terminar la práctica, un rostro empezó a dibujarse delante de sus párpados cerrados.

Se traba de la misma chica que había visto la tarde anterior, y de la misma escena. La joven lloraba desconsoladamente mientras ella la observaba. Se fijó en sus rasgos. Había algo en ella que hacía que le resultara familiar, como si ya la conociera. Se fijó en las marcas que tenía en la muñeca derecha y en el moratón que asomaba por la abertura del cuello de su camiseta. De repente la joven se secó las lágrimas con ambas manos y alzó la cabeza, dirigiendo sus hinchados y enrojecidos ojos hacia ella.
–Anna… no tengas miedo –empezó la joven–. Tengo que decirte algo…
Anna estuvo tentada de abrir los ojos y levantarse de un salto, pero se obligó a mantener la calma. Aquello era muy real, no podía haberse quedado dormida otra vez.
–Anna… –repitió la chica de los ojos hinchados–. Anna, si duele no es amor. Él no te quiere.
Ante aquellas palabras Anna notó cómo sus ojos se veían desbordados por las lágrimas que pronto empezaron a precipitarse por sus mejillas. Perdiendo la concentración vio cómo la imagen de la chica empezaba a desvanecerse. Abrió los ojos esperando encontrarla y al descubrir que estaba sola, reprimió un grito en su pecho.
–Espera… –musitó.

Le costó varias horas recuperarse del encuentro. No entendía lo que había pasado y dedicó un buen rato a darle vueltas. O quizás lo entendía demasiado bien y ese era el problema. A media tarde recibió una llamada, precisamente, de la única persona a la que siempre le cogía el teléfono. Y esa vez no se vio capaz de hacer una excepción.
–Niña, ¿estás bien? –le preguntó Luisa, su abuela, a modo de saludo.
Anna se obligó a concentrarse en la conversación, aunque su mente trataba tozudamente de volver una y otra vez al encuentro que había tenido hacía unas horas.
–Sí… –respondió con un hilo de voz.
–Anna, no me mientas.
–¿Por qué me has llamado? –quiso saber Anna reaccionando de repente.
–Creo que has conocido a… alguien…
–Abuela, no entiendo lo que está pasando –confesó la joven empezando a llorar.
–Ay mí niña…
Ante el silencio de Anna, Luisa continuó.
–Las mujeres de nuestra familia tenemos una conexión muy fuerte…
–¿Una conexión?
–Es mejor que nos veamos en persona para hablar de esto.
–No. Necesito respuestas ahora –afirmó Anna sorbiéndose la nariz.
–Está bien… digamos que las mujeres Bentt compartimos un espacio de consciencia.
–No te entiendo…
–Nuestras antepasados pueden comunicarse con nosotras. Si se dan determinadas circunstancias. Y si es necesario.
–¿Quieres decir que la chica que he visto es una familiar nuestra?
–Es Annabella, mi madre –respondió Luisa adoptando un tono más serio.
–Ella no… Ella está… Yo…
–Anna, tenemos que hablar de todo esto. En persona.
–Sí…
–¿Cuándo podemos vernos? 
–No lo sé, yo…
–Está bien, ven cuando estés preparada. Pero prométeme que no te verás con él.
 –No sé de quién me hablas –respondió Anna sin saber muy bien de dónde había salido aquella mentira.
–Sí que lo sabes. Niña, sé lo difícil que es. No es culpa tuya. Todo irá bien…
–Te quiero abuela.
Anna colgó el teléfono sin esperar a recibir una respuesta. La estaban obligando a tomar una decisión imposible. Su teléfono móvil empezó a parpadear. Era Jaime mandándole mensajes, preguntándole qué estaba haciendo y exigiendo saber por qué no le contestaba.

19 de abril de 2020

Dunas de sal

<<Tengo miedo. No se habla de otra cosa en el poblado y yo todavía no comprendo qué es lo que va a suceder. Los mayores llevan ciclos comentando con emoción que el gran día está cerca. Alguien mencionó una tormenta, una tempestad, el renacer... ¿Qué aguas significa eso? Sé que soy muy joven, no llego ni a las diez vueltas de edad, aun así estaría bien que alguien se molestara en explicarme qué es lo que está ocurriendo y qué nos espera. El cielo amanece cada día más oscuro. La suave brisa que apenas lograba empujar los granitos de sal del desierto que nos rodea, se ha convertido en un traicionero y enfurecido viento que transforma el paisaje a su paso. Sí, tengo miedo. Y nadie quiere contarme qué es lo que va a pasar.>>
Diario de Alha’r


Comerciar con el pueblo de sal nunca fue fácil, pero desde hacía un par de meses se había vuelto una tarea especialmente complicada. Estaban ausentes, distraídos, sus preciosos cristales ya no relucían como antes y, ni siquiera mostrando interés por alguna pieza, intentaban convencerte de que la compraras. Sabía que algo les pasaba. Intrigada, saqué el tema con Rala’h en cuanto tuve ocasión. Él se limitó a decirme que había cosas que un humano nunca podría entender. Y aunque en el fondo yo sabía que tenía razón, me enfadé tanto con él que lo eché de mi cama a golpe de insulto. Al cabo de unos días, convencida de que intentar de nuevo hablar con el testarudo de mi amante no serviría de nada, decidí romper la promesa que le hice cinco años atrás. Y una tarde, mientras los rayos de sol empezaban a desaparecer por el horizonte, lo seguí después de que abandonara su tenderete, escurriéndome entre las sombras.


Caminamos toda la noche, y también al día siguiente y al otro, atravesando el desierto de Klyani. Hacia el mediodía de la cuarta jornada, el paisaje cambió. De repente, me di cuenta de que la arena se había vuelto mucho más fina y blanca. Una oscuridad nos envolvió. El cielo se había llenado de unas nubes tan negras, que casi se habían tragado por completo la luz del sol. Seguí los pasos de Rala’h, que se perdió por la cresta de una gran duna. Y justo cuando, entre jadeos, logré alcanzar la cima, la sal empezó a moverse violentamente bajo mis pies. Tratando de agarrarme a algo inexistente, resbalé y caí de espaldas. Intenté levantarme, pataleando y hundiéndome todavía más en la sal. Hasta que me di cuenta de que me estaba precipitando hacia el fondo de la duna, donde un agujero sin fondo me esperaba para engullirme. Cerré los ojos y me tapé la cara con las manos para protegerme del polvo que mis esfuerzos por escapar estaban levantando. Tras lo que me pareció una eternidad, aterricé de culo sobre un duro suelo.

Abrí los ojos y no pude creer lo que estaba viendo. Rala’h me había contado muchas veces cómo era el lugar donde vivía, pero aquellas confesiones de alcoba no estaban a la altura del paisaje que tenía ante mis ojos. Había imaginado un poblado lleno de cabañas con algún adorno o detalle de marfil. Nada más lejos de la realidad. Las estructuras que observaba, asombrada, estaban hechas de la misma sal que me había arañado brazos y piernas. Eran auténticos castillos. Una ciudad repleta de torres, bóvedas, cúpulas y arcos que relucían incluso con la ínfima luz que se colaba entre los nubarrones que cubrían el cielo. Las paredes lanzaban destellos azules, lilas y grises. La presencia de semejante belleza me conmovió tanto, que una lágrima se me escapó mejillas abajo.

Estaba tan concentrada en capturar cada detalle de aquella impresionante visión, que no me di cuenta de que Rala’h me había descubierto. Solo me percaté de su presencia cuando unos granulados dedos se cerraron entorno mi muñeca, sujetándola con fuerza.
—Por todas las aguas, ¿qué haces tú aquí? —me preguntó, molesto, Rala’h.
—Yo…
—¡Me lo prometiste!
—¡Te pasa algo y no querías contármelo! —le reproché sin poder mirarlo a los ojos.
—¡Humanos! —espetó con desdén—. ¡Siempre os metéis donde no os llaman!
Liberándome con un movimiento brusco de la mano que había pasado a agarrarme el brazo, no pude contener las lágrimas, ni tampoco el agudo chillido que se precipitó por mi garganta.
—¡No te preocupes! ¡Si tanto me desprecias, ya me voy!
—Tú no vas a ninguna parte.
—No te atreverás a…
—No es eso —se apresuró a aclarar Rala’h—. Has elegido el peor día para venir. La peor noche de todas.
 —¿Por qué? —pregunté de malas maneras, cegada por la rabia que sentía.
—Va a llover. Mucho. Como nunca antes hayas visto.
 —¿Y?
—¿De verdad tengo que explicártelo?
Ante mi silencio, Rala’h suspiró, tratando de encontrar las palabras adecuadas para contarme lo que a él nunca le habían explicado. Asustado e incómodo a partes iguales, solo logró musitar mi nombre.
—Nath…
No me hizo falta más, entonces lo entendí.
—¿Qué hago? ¿Qué va a pasar? —quise saber angustiada.
—Quédate conmigo.

Lo hice. Estaba aterrada, pero era lo único que podía hacer por él, no dejarlo solo. Lo seguí hasta su torre, subí las escaleras y atravesé los umbrales que nos llevaron a su alcoba. Me quedé de pie, temblando, mirándolo mientras se tumbaba en la cama. Me uní a él para abrazarlo con todo el cuerpo, como había hecho tantas otras veces. Y el miedo a lo que estaba  a punto de pasar hizo que lo viera como si fuera la primera vez. Recorrí su espalda con las manos, descubrí de nuevo sus curvas y me centré en la calidez que desprendía su cuerpo. Era un ser del desierto, recordé, y como tal, llevaba el fuego del desierto en su interior. Quizás eso lo salvaría. Tal vez aún había esperanza.

Permanecimos abrazados hasta que vino la tormenta y el mundo se volvió una maraña de truenos, rayos y ráfagas de agua. Me quedé con él mientras el techo se deshacía sobre nuestras cabezas, y aún incluso cuando las gotas de agua empezaron a mojarme la cara, mezclándose con mis lágrimas. Seguí aferrándome a él, aunque se desvanecía entre mis brazos, que no tardaron en quedar completamente vacíos. Se me escapó un “te quiero”, pero ya era demasiado tarde. Después de eso se deshizo la cama, los umbrales, las escaleras e, incluso, la torre entera que nos había dado cobijo. Todo a mí alrededor se derrumbó en medio del ruido ensordecedor de la tormenta. Y, a la vez, en medio del silencio de un pueblo que estaba siendo aniquilado. No oí ni un grito. Y ese vacío hizo que me sintiera todavía más sola.

Llovió toda la noche sin tregua. Cuando por fin paró, fui incapaz de moverme hasta que noté la sal endureciéndose sobre mi piel. Las nubes se habían retirado y el sol empezaba a asomarse por el horizonte. Pronto sentí una agradable calidez en las mejillas, me obligué a levantarme y a caminar por el largo camino fangoso que la tormenta había dejado. A pesar de que no sabía hacia donde me dirigía, no dejé de caminar hasta que el sol estuvo muy alto y llegué a una amplia explanada. Se encontraba a las afueras de lo que había sido la ciudad, y estaba repleta de una especie de columnas de sal que se alzaban hacia el cielo sin llegar a sostener ningún techo. Empecé a caminar por los estrechos pasillos que quedaban entre ellas, observándolas, hasta que un extraño ruido hizo que me detuviera a los pocos pasos.

Se trataba de un crujido procedente de las columnas que tenía más cerca. Estas empezaron a resquebrajarse hasta derrumbarse y deshacerse por completo, dejando en el centro de cada una de ellas, una figura humanoide que se iba volviendo nítida. Uno por uno, los seres que se habían formado  emprendieron la marcha en dirección a la ciudad, abandonado la explanada, al son de un monótono ritmo. Yo los observaba sin atreverme a mover ni un músculo de mi cuerpo. Creía entender lo que estaba ocurriendo, pero no por ello me daba menos miedo.

Una de las criaturas se detuvo delante de mí, dedicándome una sonrisa que me resultó dolorosamente familiar.
—Hola —me saludó aquél primigenio ser de sal—. El desierto ha dispuesto que ahora soy Hara’l. 
Quise responder. Preguntarle qué había pasado y exigir saber dónde estaba Rala’h. A pesar de mis intentos, solo logré boquear como un pez que se ahoga fuera del agua. Me miró extrañado, como si algo en mí no terminara de encajarle del todo.
—Ah… ¡Ya sé! Tú y yo nos conocemos, ¿verdad? —prosiguió, inquebrantable.


<<Esta humana me va a volver loco. No para de hacerme preguntas que no soy capaz de responder. Cree que estoy raro y que le oculto algo. Y tiene razón, aunque mis motivos distan mucho de los que ella se imagina. ¡Aguas! ¿Cómo puedo explicarle que pronto desapareceré tal y como me conoce? Lo que más me aterra de todo esto, es saber que yo no volveré a verla. Al menos no de la misma forma. Renacer, vivir, fundir nuestra esencia en la sal, en el desierto; y volver a empezar como un nuevo ser tan antiguo como el fuego. No sé cuántas veces he pasado ya por esto. En mí hay miles de partes de otros seres. Me nutro de sus sentimientos, de las experiencias que han vivido y de los conocimientos que han podido atesorar. Y aún con todo ese saber, soy incapaz de encontrar las palabras para decirle lo que siento. ¿Sentirá ella lo mismo por mí? No estoy preparado para decirle adiós.>>
Diario de Rala’h

5 de abril de 2020

Progreso 2020

Hola,
Esta semana os traigo un repaso de cómo van mis proyectos escritoriles, partiendo del post de Balance 2019 y planteamiento 2020.

El blog
En este trimestre hemos pasado de 5 a 10 relatos publicados en el blog y de 48 a 150 usuarios, con lo que estoy muy contenta 😊. ¡Muchas gracias a tod@s por leerme!

Cuenta de twitter
También ha ido creciendo, concretamente pasando de 25 a 83 seguidores. Sería genial llegar a los 150 durante este año, veremos si lo conseguiré. De momento daros las gracias también a tod@s l@s seguidor@s 💕.

Formación
El taller de escritura creativa que hacía en presencial los lunes, sobre el viaje del héroe y cómo contarlo bien ha sido un poco accidentado, entre cancelaciones de clases y algún que otro desplante también por mi parte, pero le he sacado provecho de todas formas.
El gran descubrimiento ha sido la plataforma de formación online Caja de Letras. Estoy haciendo un curso de literatura fantástica online de tres meses y me está encantando, os dejo el enlace por si le queréis echar un ojo: https://cajadeletras.es/

Concursos
De momento he participado en 4 convocatorias y en una, a falta de conocer los dos ganadores, soy finalista, con lo que estoy satisfecha. Creo que se aprende mucho participando en este tipo de retos, así que voy a seguir presentándome a todo lo que pueda 😂😂.

Novelas
Esto lo tengo muy parado. La novela de fantasía que ya está terminada y de la que solo quería mejorar el principio y el final ahora me parece que se tiene que reescribir entera, así que no sé muy bien qué voy a hacer con ella. Y en la otra, de ciencia ficción, no he avanzado nada. Escribí el quinto capítulo y ahí sigo. Tengo la sensación de que empecé la casa por el tejado metiéndome a escribir novelas sin haberme formado y sin tener mucha experiencia previa ni siquiera en relatos cortos, así que me estoy centrando en aprender y mejorar.

Otros temas
Tengo dos propósitos más para este año que también me hace ilusión comentar. El primero de ellos es introducir el yoga en mi rutina semanal y me alegra decir que poco a poco lo estoy consiguiendo. Os lo cuento porque la verdad es que está siendo una fuente de inspiración y también me ayuda a centrarme cuando estoy atascada o no sé por dónde tirar en una historia. Así que os lo recomiendo.

Y el segundo es publicar algún relato en el blog con fotografías hechas por mí. De momento he hecho dos, la del post de Balance 2019 y planteamiento 2020 y la del penúltimo relato que publiqué Paseo de gloria. No tengo demasiados conocimientos de fotografía pero me gusta, así que iré practicando.


¡Y de momento eso es todo! La semana que viene publicaré un nuevo relato.

¡Un abrazo y gracias de nuevo!