4 de junio de 2022

Discolora - final

>> Este relato está disponible en Lektu, bajo pago social. A continuación encontrarás la última parte. En los siguientes enlaces también tienes los dos primeros capítulos "Pròlogo y Asignación", el tercero "Temor", así como el cuarto y el quinto "Quebranto y Descubrir".
-------------------------------------------

Inmensidad

Caminaron en silencio hasta el único lugar de Pigmea en el que serían capaces de mantener la conversación que necesitaban. Para el alivio de ambas, la playa estaba desierta. Se sentaron a una distancia prudencial de la orilla, lo bastante cerca para ver cómo las olas se deshacían en la arena, sin que hubiera riesgo de mojarse. Lera no sabía muy bien cómo enfocar lo que quería decir, aun así, se decidió a intentarlo. Carraspeó y se giró hacia Hiela para quedar frente a ella. La joven la imitó, aunque manteniendo la cabeza gacha.
—Esto ha llegado demasiado lejos... —empezó Lera.
Hiela pasó a mirarla fijamente, reprochándole sin necesidad de hablar, lo que acababa de decir.
—No me mires así, tienes que hacer un esfuerzo por comprenderlo.
—No, mamá, ¡tú tienes que hacer un esfuerzo por comprenderme! —la corrigió Hiela.
—Esto no es fácil —continuó Lera.
—¿Y me lo dices a mí? ¡Pues claro que no es fácil! En el centro todas me miran y cuchichean a mi paso, y no solo las otras adeptas, también las maestras. Lo mínimo que esperaba, era un poco de comprensión por parte de las personas que se supone que me quieren. Al menos de TI.
Hiela estaba haciendo un terrible esfuerzo por retener las lágrimas que le estaban empezando a inundar los ojos.
—¿Y no sería mejor intentar seguir el itinerario del agua y ya está? —propuso Lera en tono abatido.
—¿A ti te gustaría que te obligaran a seguir el camino del fuego?
—No es lo mismo. Yo soy agua, ¡y tú también!
—¿Por tener el pelo y los ojos azules? ¡Venga ya! —protestó Hiela— Los designios de la Diosa, y las conexiones místicas que tenemos con los elementos, son mucho más que una simple cuestión de pigmentación. No es un tema físico, están en nuestra esencia.

Mientras la parte de Lera que necesitaba hacer las paces con su hija la invitaba a reflexionar y a considerar como una revelación lo que la joven le estaba contando, la otra no dejaba de chillarle que aquello era herejía. Le hubiera gustado hacer callar a ambas para escuchar, sin prejuicios, todo lo que Hiela tenía que decir.
—Si me tiño el pelo y me pongo lentillas de color, ¿ya puedo seguir el elemento que quiera? —expuso Hiela.
—No, esto no funciona así —sentenció Lera.
—Exacto. Y si la Diosa Gamma estuviera en contra de que yo fuera una adepta de la tierra, ¿crees que me habría creado así?
—Todo esto es muy confuso, Hiela. Lo único que sé, es que te quiero, y que no puedo verte sufrir de esta manera.
—Mamá…
—Es verdad —reafirmó Lera, rompiendo a llorar.

Hiela descruzó las piernas y se abalanzó contra su madre en un cariñoso abrazo, que ella le devolvió rodeándola con fuerza. Permanecieron un buen rato abrazadas, sollozando; hasta que descargaron la tensión que habían estado acumulando en los últimos días.
—Oye, ¿y has pensado en cambiarte el nombre? Podríamos llamarte “Tierri”.
—¡No! ¡Qué horror! ¡Eso es nombre de mascota!
Madre e hija estallaron en una sonora carcajada que, por necesidad, se prolongó bastante más de lo que hubiera estado justificado. Cuando terminó, a ambas les dolía el abdomen de tanto reír.
—¡Aaayyy! —suspiró Lera estabilizando su respiración— Lo que no sé es cómo vamos a contárselo a tu abuela.
—Mamá, la abuela ya lo sabe. Creo que lo supo incluso antes que yo.
—¿Qué quieres decir? —se extrañó Lera.
—Pues que ella fue la que me habló de las Discoloras.
—Así que “una chica mayor del itinerario del aire”…
—No sé, me asusté —se excusó Hiela encogiéndose de hombros.
—Está bien, está bien. —aceptó Lera, tras lo cual le dio a su hija un sonoro beso en la frente.

Estuvieron un buen rato sin decir nada, disfrutando de la paz que les proporcionaba centrarse en el sonido de las olas del mar arremetiendo contra la orilla. Al fin Hiela rompió el silencio, cediendo ante una idea que la había estado rondando desde que habían llegado a la playa.
—Vamos, mamá —le propuso con entusiasmo.
Sin esperar a que le respondieran, Hiela se levantó. Con movimientos rápidos, se quitó los zapatos, los tiró a un lado y avanzó decidida hacia la orilla. A pesar de que Lera no estaba muy convencida de que fuera una buena idea, los días todavía no eran especialmente calurosos, la imitó y se situó a su lado. No tardó en sentir cómo el agua le fluía entre los dedos de los pies. Estaba helada. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
—Diosa, ¡nos vamos a congelar! —exclamó con la voz entrecortada.
Hiela se agachó un poco y extendió un brazo. Antes de proseguir, miró a su madre para acabar de despejar sus dudas, tras lo cual pasó la mano por encima de los pies de ambas, sin llegar a tocar la superficie del mar. Lera enseguida notó cómo se aliviaban las mil agujas que le habían estado atacando los pies. La temperatura del agua estaba subiendo.
—¡Hiela! ¿Tú sabes lo que esto significa? —exclamó Lera con emoción.
—Sí, pero de momento no quiero que nadie más se entere. No me siento cómoda conectando con el agua —respondió la joven con serenidad—, y no me apetece llamar todavía más la atención.
Se notaba que Hiela había pensado mucho en ello. A Lera le hubiera gustado explicárselo a todo el mundo, asegurarse de que todas se enteraban de lo que era capaz de hacer su hija, y en especial, que lo supiera Pikka. A pesar de eso, sabía que debía respetar los deseos de Hiela, ya habría tiempo de poner a prueba su poder.
—De acuerdo —aceptó Lera al fin—, lo que tú necesites.
—Gracias —susurró Hiela esbozando una tímida sonrisa y ladeando la cabeza hasta apoyarse en el hombro de su madre.
—¿Y con el fuego y el aire has probado? —quiso saber Lera.
—¡Mamá!
—Vale, vale. A tu ritmo…

Se quedaron a admirar la puesta de sol; sin preocuparse por el viento que les removía el pelo, con los pies enterrados en la arena y la mirada puesta en la gran extensión de agua que se abría ante ellas. Qué importaba el elemento al cual consagraran sus vidas, todos eran, en su conjunto, la materia prima de la vida.




Ajenos a los sucesos que se precipitaban por el vértice del presente, los elementos fluían sin preocuparse por las cuestiones banales que solían obsesionar a los humanos. El agua se desbordaba, el aire expandía, el fuego purgaba y la tierra se obsesionaba en retenerlo todo. Si a alguien no le parecía bien semejante indiferencia, siempre podía quejarse a la Diosa Gamma, aunque esta le haría todavía menos caso que los elementos. En cuanto creaba un nuevo ser, la Diosa enseguida perdía el interés, dejándolo a su libre albedrío. Lo divertido era diseñarlos, todo lo que viniera después, ni le incumbía ni le importaba.


-------------------------------------------
Agradecimientos

A Luca, por abrir mi mente y hacer que quisiera aprender. Te mando un achuchón.
A Marc, por apoyarme y soportar mis intempestivas sesiones de juntaletras. Te amo.
A mi madre, por ser la más dispuesta e entusiasta de mis lectoras cero. Te quiero.
A Nuri, porque sé que me habrías animado a presentarme a esta convocatoria. Me encantaría que hubieras podido leer este relato. Te echo de menos.
A Mario, por tener siempre palabras de ánimo y por su sinceridad como lector cero.
A Esther, por su asesoramiento y estar siempre dispuesta a ayudar.


28 de mayo de 2022

Discolora III

>> Este relato está disponible en Lektu, bajo pago social. A continuación encontrarás la cuarta y la quinta parte y, en estos enlaces, las dos primeras "Pròlogo y Asignación", así como la tercera "Temor".
-------------------------------------------

Quebranto

Después de salir del centro de erudición, Lera no regresó enseguida a casa. Tenía que calmarse. En el estado en el que se encontraba no podía hablar con Hiela, y considerando lo que estaba en juego, debía ser capaz de mantener la cabeza bien fría. Se dirigió hacia la única playa que tenía Pigmea. Confrontarse con la inmensidad del mar siempre lograba tranquilizarla. El lugar estaba desierto, ya que era uno de esos días grises en los que apetece quedarse en casa, y Lera lo agradeció. Necesitaba dejar que el dolor que sentía se desbordara. Y necesitaba convencerse de que todo había sido un error, un terrible malentendido. Cuando se sintió con fuerzas, se dirigió hacia su hogar dispuesta a confirmarlo.

A pesar de que no sabía si su hija estaba en casa, nada más entrar por la puerta se acercó al hueco de la escalera y le pidió que bajara, tras lo cual se sentó en la cocina a esperarla. Reaccionando a la urgencia que desprendía el tono que había usado su madre para llamarla, Hiela bajó enseguida, y recorrió el pasillo hasta detenerse en el umbral de la puerta que daba a la cocina.
—Siéntate —le ordenó Lera mientras se frotaba ambos ojos con una mano.
Hiela se dio cuenta de que su madre había estado llorando, y de que estaba haciendo un auténtico esfuerzo por contener las lágrimas. Decidió obedecerla y tomó asiento sin atreverse a decir nada.
—He hablado con esa tutora que te han asignado. Y la muy víbora ha insinuado, no, ¡ha afirmado! Que eres una Discolora.
Lera escupió cada palabra como si se tratara de algo en mal estado que hubiera ingerido por error. Ante el silencio de su hija, decidió insistir. Necesitaba oír que todo había sido una confusión.
—Es absurdo, ¿no? Esa mediocre solo quiere encontrar una excusa para hacernos daño.
—Mamá, yo… —a la joven no le salían las palabras, aunque no hizo falta para que Lera obtuviera su respuesta.
—Joder, Hiela. Cualquier cosa menos esto.
—No es algo que se pueda elegir —se justificó Hiela empezando a ponerse de mal humor.
—Y tanto que puedes. De hecho, vas a hacerlo.
—Mamá, yo no me siento agua, no reconozco el azul de mi pelo ni el de mis ojos. Es como si estuviera viendo partes de otra persona.
—¿Y en mí tampoco lo identificas?
—Claro que sí. No es que confunda los colores, es que el elemento con el que conecto a nivel espiritual, y que me representa, es distinto al que se manifiesta en mis rasgos físicos.
—Qué tonterías dices. ¿Quién te ha metido esa sarta de ideas paganas en la cabeza? —quiso saber Lera.
—¡Nadie!
—Eres una adepta del camino del agua, así lo ha designado Gamma y así será —sentenció Lera.
—¡Soy tierra! —chilló la joven, desesperada.
En un rápido movimiento, Lera se levantó de la silla en la que estaba sentada, se apoyó con un brazo en la mesa que la separaba de su hija para acercarse a ella, y le dio una bofetada. Hiela se quedó en shock. Su madre nunca le había puesto la mano encima, y que hubiera recurrido a la violencia para intentar resolver su crisis de identidad era algo que no se esperaba. Una vorágine de emociones se apoderó de ella. Se sintió traicionada, y una mezcla de pena e ira dirigió sus siguientes palabras.
—Y si no puedo cambiar, ¿qué? ¿Vas a matarme? —preguntó Hiela mirando a su madre directamente a los ojos.

La manera en la que Hiela se dirigió a ella hizo que Lera sintiera un dolor que nunca antes había experimentado; ni siquiera el día que, combatiendo, le fracturaron la pierna por tres sitios distintos. Tardo año y medio en rehacerse de aquella batalla, y todavía cojeaba. Ahora sentía que jamás podría recuperarse del odio que desprendían las palabras que la acababan de golpear. La habían roto por dentro. La idea de que su propia hija la creyera capaz de llegar hasta ese extremo era desgarradora.
Hiela interpretó mal el silencio de su madre, quien no lograba articular palabra.
—¡Eres un monstruo! —le gritó la joven antes de salir corriendo escaleras arriba, sollozando.
Aunque Lera hubiera deseado seguir los pasos de su hija para pedirle disculpas y recordarle lo mucho que la quería, permaneció inmóvil, incapaz de reaccionar. Estuvo horas sentada, recreando una y otra vez la discusión que acababan de tener. Se preguntaba cómo habían podido acabar de ese modo. Y que esa fuera la primera vez que discutían lo hacía todavía más terrible. Lera jamás se había sentido tan sola.



Descubrir

A la mañana siguiente, Hiela se fue al centro de erudición mucho más temprano de lo habitual, antes de que Lera se despertara. La joven estaba dolida por todo lo que había pasado y no quería encontrarse con su madre, así que salió a hurtadillas de la casa cuando todavía no había amanecido. Un par de horas más tarde, Lera abrió los ojos sin acordarse de la discusión que había tenido con su hija la noche anterior. Había estado soñando con la primera vez que llevó a Hiela al museo de las conexiones místicas. La pequeña apenas tenía cinco años. Habían ido a pasar el día a uno de los lugares favoritos de Lera. Se trataba de un gran edificio blanco organizado en cuatro salas, además del recibidor principal y las zonas reservadas a las trabajadoras. Cada estancia estaba específicamente diseñada para contar la historia y las características principales de un elemento. Hiela alucinó con los colores, las luces y las voces que le narraron las escenas más épicas del despertar de los elementos en Irise. Qué imágenes, la pequeña quedó fascinada. Y sin llegar a comprender el compromiso que estaba adquiriendo, le prometió a su madre que sería una adepta del camino del agua.

Acabándose de desperezar, Lera notó que estaba sola en casa, y esa certeza trajo de vuelta la confrontación que había tenido con su hija. El dolor que la había mantenido en vela la mayor parte de la noche volvió, golpeándola como una maza de acero. ¿Qué había sido de la promesa que la pequeña Hiela le había hecho hacía apenas diez años? ¿Cómo podía ser que su propia hija renegara del legado familiar y del gran poder que corría por sus venas? Lo quisiera o no era una adepta del camino del agua. Y no solo por la sangre que corría por sus venas, ¡Gamma así lo había dispuesto! Si se emperraba en despreciar sus orígenes, lo menos que podía hacer era respetar los designios de la Diosa. Por más vueltas que le daba, Lera no lo entendía, ¿quién no querría seguir el camino del agua teniendo la oportunidad? La parte de Lera que estaba empezando a hacer el esfuerzo por comprender a su hija, también temía por la reacción de la Diosa. ¿Las haría caer en desgracia?

De repente una idea la atravesó como una descarga eléctrica. ¿Y si todo lo que estaba pasando era un castigo divino por algo malo que ella había hecho? Ese miedo la trasladó a la época en la que había servido al ejército de Irise. Había hecho cosas horribles para proteger la nación y garantizar su futuro, que su intención y sus motivos fueran nobles no excusaba ninguna de ellas. Pocas circunstancias justificaban matar a otro ser humano, y mantener un estilo de vida o tener miedo a los cambios, no formaban parte de esa lista. Cuando Lera se dio cuenta abandonó su cargo y truncó su prometedora carrera militar. Considerando cómo le había quedado la pierna en la última batalla que había liderado, nadie la cuestionó, ni le hizo más preguntas más allá de lo estrictamente necesario.

Discutirse con Hiela y rememorar toda la mierda de su pasado era mucho más de lo que Lera podía superar en un mismo día, así que decidió intentar distraerse con tareas que requirieran cierta concentración. Hiela todavía tardaría unas horas en volver del centro de erudición, entonces podrían hablar y arreglar las cosas. Estuvo a punto de llamar a su madre varias veces para pedirle consejo, pero no se veía con fuerzas de romperle el corazón contándoselo todo. Y también le daba un poco de miedo descubrir cuál sería su reacción, dicha sea la verdad. Así que Lera se centró en recoger la casa, reordenar la biblioteca y en preparar alguna cosa comestible para comer. Esa última ocupación no fue nada fácil, ya que no era solo que no le gustara cocinar, es que lo odiaba con todas sus fuerzas. Y se le daba mal. Solo era capaz de ser medio competente siguiendo las instrucciones de Hiela. Con todo logró preparar una sopa bastante potable. Nada del otro mundo, verduras flotando y cuatro fideos pasados. La sirvió en unos anchos platos hondos y se sentó en la mesa de la cocina a esperar a Hiela, sabía que no podía tardar mucho, siempre llegaba a la misma hora.

Pero la sopa se enfrío sin que Hiela hubiera entrado en casa. Hacía más de una hora que Lera la estaba esperando. Y sucumbiendo a la preocupación, al fin decidió ir a buscarla al centro de erudición, donde esperaba encontrarla. Cuando estaba a un par de calles de su destino, vio cómo un fino remolino de arena aparecía de repente de detrás de un edificio, y se alzaba hacia el cielo formando una columna. Sorprendida por la magnitud y la violencia del fenómeno, Lera aceleró el paso. La tromba solo podía proceder del patio de la academia.

En apenas diez minutos más, Lera llegó al centro de erudición. En lugar de entrar por la puerta principal hacia el recibidor, rodeó el edificio para acceder al patio trasero, donde las adeptas recibían la instrucción práctica. Una vez allí, encontró un corro de jóvenes gritando y aplaudiendo. A juzgar por las ráfagas de tierra que se alzaban por encima de la multitud, Lera dedujo que había dos adeptas luchando en medio del círculo. Tilipa, la tutora de Hiela, también formaba parte del corrillo, y sujetaba un cuaderno en el que iba tomando notas. Lera se situó a su lado, un paso por detrás, y carraspeó con fuerza para que le dejaran un sitio. Dándose por aludidas, tanto la docente como la adepta que tenía a su derecha se apartaron un poco. Tilipa saludó a Lera con un gesto de cabeza, que esta le devolvió.

Justo en el momento en el que Lera dirigió la vista hacia las adeptas que estaban luchando, la más alta de ellas lanzó una bola hecha de centenares de diminutas piedras hacia su adversaria. Reaccionando con una velocidad asombrosa, la otra joven extendió los brazos a ambos lados de su cuerpo, para luego flexionarlos hacia arriba hasta formar, con cada uno, un ángulo de noventa grados. Una gran cantidad de tierra se levantó desde el suelo, y formó una barrera protectora delante de la adepta. La bola de guijarros se fundió en el escudo, reforzándolo en lugar de atravesarla. El corro ahogó un grito de asombro unánime.
—¿Os habéis fijado? —quiso asegurarse la tutora, alzando la voz— Hiela no solo ha parado el ataque, también ha usado a su favor el elemento controlado por su contrincante.
Las jóvenes empezaron a cuchichear entre ellas, visiblemente emocionadas. Hiela devolvió la arena con la que había hecho la barrera protectora al suelo y esbozó una tímida sonrisa. La adepta que se había estado enfrentando a ella, escupió muy cerca de sus pies, y salió del círculo, chocando de hombros con las dos compañeras entre las que pasó.

Hiela adoptó una expresión seria y se dispuso a abandonar el corro por el lado opuesto al que había usado su adversaria. Al girarse, se dio cuenta de que su madre estaba allí y supuso que la había estado observando. La mezcla de emociones que había invadido a la joven la noche anterior, volvió con más fuerza, dominándola por completo. La ira y el dolor por no sentirse aceptada la desbordaron. Empezó a sollozar. Para su desesperación, enseguida se dio cuenta de que sus compañeras paseaban la mirada entre ella y su madre, disfrutando de la escena que se estaba desarrollando. Hiela no pudo evitar pensar que Lera era la culpable de todo lo que le estaba pasando. ¿Por qué había tenido que acudir al centro? La estaba poniendo en ridículo. Y había hecho que se sintiera todavía más distinta, que pensara que nunca encajaría ni nadie sería caz de aceptarla.

Así que estalló, dejando que el odio guiara sus movimientos. . Empezó a trazar círculos en el aire, con las manos apuntando al suelo, y en cuanto tuvo dos planchas de arena levantadas un palmo, las acabó de elevar y las propulsó en dirección a su madre. Lera dio un paso al frente, actuando por instinto. La guerra hacía años que se le había metido dentro, de manera que vivía en un estado de alerta constante. Sin tener que calcularlo, supo la cantidad de agua que necesitaba para protegerse. Así que la extrajo de su propio cuerpo y envolvió con ella ambas planchas, que enseguida se deshicieron en un charco fangoso.

El esfuerzo dejó a Lera jadeando. Ya no estaba acostumbrada a usar esa técnica, hacía mucho tiempo que no le hacía falta extraer el elemento de su propio ser. Las adeptas se asustaron al ver el estado en el que había quedado, incluso un par de ellas salieron corriendo, aterradas. Nunca habían visto nada parecido. La piel de Lera había adquirido una textura dura y rugosa; sobre la que destacaban varias líneas azules que se ramificaban y que palpitaban por el esfuerzo de repartir la sangre por el cuerpo. Sus facciones se habían marcado hasta un nivel extremo, y el pelo le había quedado blanco por completo. En cuanto la mujer se dio cuenta de la manera en que la miraban todas, apuntó una mano hacía el charco al que se había reducido el ataque de su hija, y se rehidrató. Casi recuperó por completo una apariencia normal.
—Eso no ha estado bien —afirmó Lera con la voz ronca, dirigiéndose a su hija.
—Que TÚ me desprecies sí que no está bien —le reprochó la joven.
—Hiela, yo no te desprecio yo te...
—¡Cállate! —la interrumpió Hiela.
Lera se obligó a calmarse. Agarró una gran bocanada de aire, la soltó poco a poco y pensó que necesitaban un lugar en el que aislarse de todo, y de todas. Un lugar en el que poder ser sinceras y arreglar las cosas. No le costó mucho elegir hacia dónde dirigirse.
—Vamos a un lugar más tranquilo, tenemos que hablar de todo esto —pidió Lera deseando con todas sus fuerzas que Hiela no se negara.
—Sí, mejor —aceptó la joven sintiendo más vergüenza que rabia.


-------------------------------------------
>> ¿Quieres saber cómo acaba la historia? En este enlace encontrarás la última parte de este relato "Inmensidad".
También lo tienes completo en Lektu, disponible bajo pago social.

21 de mayo de 2022

Discolora II

>> Este relato está disponible en Lektu, bajo pago social. A continuación encontrarás la tercera parte y, en este enlace, las dos primeras "Pròlogo y Asignación".
-------------------------------------------


Temor

A pesar de que los días que siguieron a aquel punto de inflexión fueron realmente emocionantes, la nueva condición de Hiela se fue normalizando poco a poco. Cada noche, cuando la joven llegaba a casa después de pasar el día en el centro de erudición, le contaba a su madre cómo le había ido el día. A Lera le fascinaban las extravagantes anécdotas de la vida estudiantil de su hija, y le divertía la excitación con la que la joven enumeraba los conocimientos que estaba adquiriendo, tan cotidianos ya para ella. De momento todo lo que le enseñaban era teórico, los cimientos que necesitaba para empezar con las prácticas el año siguiente. Ambas estaban deseando que llegara el segundo curso, donde Hiela empezaría a especializarse. Para alivio de Lera, la joven se estaba adaptando bien a las clases. Saber que había hecho lo correcto llevándola al centro de Pigmea la tranquilizó de sobremanera. Que Pikka fuera la directora hizo que se lo pensara mucho antes de decantarse por esa filial, pero Hiela era su hija, y se merecía la mejor educación que el estado de Irise le pudiera ofrecer.

Una de esas noches, mientras acababan de rebañar el estofado que habían preparado, Hiela adoptó una expresión seria de repente.
—Mamá…
—¿Sí? —le preguntó la mujer, animándola a hablar.
—Hay algo que me preocupa.
—¡Qué seriedad! Me estás asustando.
La joven guardó silencio, debatiéndose entre contarle o no a su madre lo que la inquietaba desde hacía varios días.
—Ya sabes que conmigo puedes hablar de todo. Solo si quieres, sino no hace falta que me lo cuentes —aclaró Lera tratando de ocultar su curiosidad para no asustar a su hija.
Y alentada por las palabras de su madre, al fin Hiela se decidió a sacar el tema.
—¿Qué es una Discolora?
Ante esa pregunta Lera trató de serenarse, y reprimió el chillido que había empezado a asomarse por su garganta. Hubiera estado preparada para responder preguntas sobre temas de chicas, incluso a hablar del género masculino, aunque ella solo hubiera visto un par de hombres en toda su vida. Hasta hubiera preferido que su hija se interesara por cualquiera de los otros elementos que ella aborrecía y que no le importaban lo más mínimo. Todo menos eso.

Lera se obligó a respirar hondo, hasta que al fin logró articular la pregunta que le parecía más lógica, a pesar de que la respuesta importara poco.

—¿Dónde has oído eso? —logró mascullar.
—Te he incomodado —afirmó la joven arrepintiéndose de haber sacado el tema.
—Ya te he dicho que podemos hablar de todo. Dime, ¿quién te ha enseñado esa palabra?
—Una chica mayor, del itinerario del aire.
—¿Y qué es lo que te ha contado?
—Bueno… que hay personas a las que les cuesta gestionar su elemento —farfulló Hiela.
—Dicho así parece que sea algo frecuente, y no lo es en absoluto, te lo aseguro.
—Bueno, yo solo sé lo que me han contado —se defendió la joven.
—¿Y te han contado por qué se supone que les cuesta gestionar su elemento?
—Sí. Porque confunden los colores.
—No. El problema de estos seres es que son de un elemento y quieren ser de otro —explicó la mujer casi escupiendo las palabras.

Una llama de esperanza se encendió en el pecho de Hiela, quien creyó, por error, que su madre empezaba a comprenderla.
—¿Y no podrían elegir? ¿O incluso ser los dos? —se atrevió a preguntar.
Llegando al límite de su tolerancia, Lera no pudo evitar responder usando un tono más brusco de lo que hubiera deseado.
—No. Y eso que dices va en contra de la Diosa Gamma. Si alguien te oyera…
—Solo te estaba preguntando —se apresuró a excusarse la joven.
—Y yo te he respondido.
—Vale. Me voy a dormir —soltó Hiela imitando el tono cortante y seco de su madre.
Sin disimular su enfado, Hiela apoyó ambos pies en el suelo y se empujó para arrastrar hacia atrás la silla en la que estaba sentada. Se retiró de la mesa sin despedirse para perderse por las escaleras que conducían al piso superior. Lera estuvo a punto de seguir a su hija para tratar de suavizar las cosas, y en el último momento, decidió no hacerlo. Aquellas ideas iban en contra de Gamma. Debía ser firme y cortarlas de raíz, por mucho dolor que le causara tratar de una manera tan brusca a Hiela. Su hija era perfecta, era una adepta del agua, la descendiente de una larga saga de eruditas, cada cual más virtuosa que sus predecesoras. No permitiría que nada, ni nadie, pusiera en peligro su condición. Nadie iba a truncar la carrera de su hija, mucho menos una panda de herejes.

Tras unos días de incómodo silencio, la situación entre madre e hija volvió poco a poco a la normalidad. Sin embargo, oculto entre la calma y la cordialidad que se había instaurado entre las dos, Lera estaba segura de que algo no marchaba bien. Hiela estaba distraída, parecía preocupada y cada vez le contaba menos cosas de la academia. Ella había tratado de sacar el tema en más de una ocasión, pero la joven siempre encontraba la manera de evitar responder abiertamente. Al final Lera se olvidó del asunto, achacando los cambios de Hiela a su efervescente adolescencia. Hasta que un aviso del centro de erudición sacó a flote sus peores miedos. Hiela había superado con honores el primer año de formación que compartían las adeptas de todas las ramas, y estaban casi a la mitad del segundo curso cuando la tutora de la joven citó a Lera para comentar, según ella, un tema de vital importancia.

Lera recordaría esos momentos por el resto de su vida. Se sentó en el despacho de la docente a cargo de su hija y todo pasó muy rápido. Empezó por preguntarse por qué la tutora de Hiela era del itinerario más ordinario, el de tierra. Se trataba de una mujer muy delgada, escondida detrás de unas grandes gafas de pasta marrón. Y en cuanto esta empezó a hablar, Lera no pudo hacer más que esforzarse por seguir la conversación que le estaba obligando a mantener.
—Me llamo Tilipa, soy la tutora de Hiela. No te importa que te tuteé, ¿verdad? —empezó la docente tratando de adoptar un tono amable.
Sin dejar espacio para que Lera respondiera, la mujer continuó con su discurso de introducción.
—Te he citado porque Hiela está demostrando tener aptitudes muy sorprendentes —explicó con entusiasmo.
—¿Por qué no la sigue una veterana del camino del agua? —quiso saber Lera.
—Bueno…— titubeó la tutora removiéndose en la silla —de eso precisamente quería hablarte.
Ante el silencio de Lera, Tilipa decidió continuar.
—No es culpa de nadie, cada vez hay más casos como los de Hiela y...
—¿El qué no es culpa de nadie? ¿De qué me estás hablando? ¿No has dicho que Hiela se está desenvolviendo bien? —la interrumpió Lera, empezando a perder los estribos.
—Claro que sí.
—Entonces esto es cosa de Pikka, ¿verdad? Esa amargada no ha superado nuestra ruptura y ahora…
—¡Oh¡ No, no, no, no —se apresuró a aclarar la docente.
—Pues perdóname, pero no entiendo nada.
Armándose de paciencia, Tilipa trató de encontrar la manera más delicada de explicarle a Lera lo que esta insistía en negar.
—Hiela no está siguiendo el camino del agua, ya que ha demostrado tener interés en el de la tierra, y habilidades acordes a ese interés.
—¿Qué estás insinuando? Que mi hija es una…
A Lera se le quebró la voz a media frase. Aun así, se recompuso enseguida.
—Eso no es posible. Y esta conversación se ha terminado. Tú no sabes con quién estás hablando —gritó Lera, amenazando a la tutora.
—Será mejor que quedemos otro día para acabar de hablar de los siguientes pasos —propuso la docente en tono afable.
—Los siguientes pasos ya te los digo yo. Lo que tenéis que hacer es asignarle una tutora de verdad a mi hija. Una que pertenezca al itinerario correcto —exigió Lera.
—Como te he dicho, parece que Hiela…
—Sí, sí, ya te he oído —la cortó la mujer—. No será necesario que TÚ hagas nada. Esto es un malentendido.
—Lera… —quiso contradecirla la tutora.
—He dicho que estás equivocada. Hablaré con Hiela.
Ante la dureza de la mirada que le estaban echando, la tutora se hundió en su silla y decidió no insistir. Había llegado al límite de su capacidad para enfrentarse a aquella mujer. Lera no era una adepta cualquiera, estaba instruida en el itinerario del agua, era militar y, además, era la descendiente de una de las casas más antiguas de Irise.
—Ya nos veremos —se despidió Lera levantándose de repente y saliendo del pequeño despacho dando un portazo.

Una vez fuera, Lera se secó con rabia las lágrimas que se estaban precipitando por sus mejillas, y congeló la fina pátina que se le había formado en palma de la mano. Se prometió que haría lo que fuera necesario, TODO lo que fuera necesario, para arreglar la situación. Y se prometió, que si alguien volvía a tratarla con semejante falta de respeto, le regalaría a su madre una nueva estatua de hielo para amenizar el macabro jardín familiar que se habían procurado durante generaciones. Nunca era tarde para recuperar las viejas costumbres.


-------------------------------------------
>> ¿Quieres saber cómo acaba la historia? 
Aquí tienes la cuarta y la quinta parte del relato Discolora: Quebranto y Descrubrir.
También puedes encontrar la historia completa en Lektu, disponible bajo pago social.



15 de mayo de 2022

Discolora

>> Este relato está disponible en Lektu, bajo pago social. A continuación encontrarás las dos primeras partes.
-------------------------------------------

Prólogo

Lera apenas había vivido treinta y cinco años completos cuando se quedó embarazada. Al principio creyó que estaba enferma. Se sentía débil, estaba cansada y la mayor parte del tiempo la dominaba una incómoda sensación de mareo. En pocos días había bajado considerablemente de peso por los vómitos, pero sentía que se estaba hinchando, sobre todo de pies y barriga. Y aunque podría parecer evidente, solo tras contarle a Eler, su madre, todo lo que le estaba pasando, ató cabos y se dio cuenta de lo que sucedía en realidad. La futura abuela se tomó la noticia con demasiada euforia para su gusto. Soltó una especie de grito nervioso y la felicitó repetidas veces. Tras decirle que la había hecho, según palabras textuales, la mujer más feliz del mundo, le confesó que había estado preocupada por el tema desde hacía años. Lera se estaba haciendo mayor y a su madre le aterraba la idea de que la familia no tuviera continuidad. Eler agradeció que por fin la Diosa Gamma hubiera decidido bendecirlas. Lera nunca la había visto sentirse tan orgullosa por ninguno de los logros que ella había conseguido, que no eran pocos.

Ante aquel inesperado suceso, Lera no supo muy bien cómo sentirse. Todavía no había decidido si quería tener hijas y en cierto modo le molestaba que Gamma hubiera tomado esa decisión por ella. Por descontado no compartió su enojo con nadie, ni siquiera con su madre, si llegaba a saberse que blasfemaba de ese modo contra la Diosa, acabaría en la cárcel, o algo mucho peor. Así que decidió centrarse en que Gamma la había considerado digna, y en prepararse para lo que estaba por venir. Deseó que el bebé que llevaba dentro tuviera habilidades para la erudición. Empezó a rezar todas las mañanas para que así sucediera, y a pesar de que no quedaba bien reconocerlo, también quería que fuera una adepta del agua, como ella. No podía evitar fantasear acerca de las habilidades que tendría. ¿Se decantaría más por la sanación, la lucha o decidiría dedicarse a la docencia y la investigación?

Quizás por el hecho de haberla empujado a ser madre antes de que ella misma lo hubiera decidido, o tal vez por pura casualidad o por un capricho ajeno, la cuestión es que la Diosa le concedió sus deseos. Hiela nació una fría noche de principios de año. Cuando Lera la tuvo entre sus brazos por primera vez, enseguida supo que la niña sería una adepta del agua, y esa certeza la llenó de paz. Era lo más bello y perfecto que había visto nunca. La pequeña había heredado su poder y continuaría con la estirpe familiar, a su debido tiempo, empezaría a instruirse en el arte de controlar el agua y sus cambios de estado. Si a alguien le quedaba alguna duda al respecto, esta se disipó en cuanto la pequeña empezó a mirar el mundo con unos brillantes ojos celestes, y finísimos mechones a juego comenzaron a poblarle la cabeza. No es que fuera una simple cuestión de pigmentación, aunque todo el mundo creyera, y quisiera pensar, que sí. El camino para conocer los elementos, era mucho más que eso.


Asignación

El día llegó mucho más rápido de lo que Lera hubiera imaginado, dejándole la sensación de que su niña había crecido de golpe. Una radiante mañana de primavera, Hiela se despertó sobresaltada, afligida por la repentina aparición de calambres en su bajo vientre, acompañadas por un fuerte dolor punzante en esa misma zona. Enseguida se dispuso a levantarse para ir a buscar a su madre, y descubrió lo que más la asustó. Un viscoso charco oscuro que se había formado debajo de ella, y que manchaba las impolutas sábanas blancas de su cama. Alertada por los gritos de su hija, Lera acudió enseguida para ver qué le pasaba. Y reconociendo los signos, la tranquilizó explicándole que lo sucedido era tan natural como respirar. Gamma había decidido hacerla mujer, y aquello significaba que su instrucción debía comenzar. Así que un par de jornadas más tarde, cuando Hiela ya se encontraba mejor, Lera pidió audiencia en el centro de erudición de Pigmea, la gran capital en la que vivían. En apenas siete días designarían que su hija se dedicaría a seguir el camino del agua, el más elevado de los cuatro itinerarios existentes. Entonces abandonaría la educación ordinaria para dedicarse de lleno a estudiar su elemento y cómo controlarlo. Lera no podía estar más emocionada.

La ceremonia, si es que podía llamarse así, no fue para nada como Hiela se había imaginado. Lera se había negado a compartir su propia experiencia con ella, ya que decía que estaba prohibido desvelar cualquier detalle al respecto, y ese halo de misterio hizo que la joven se imaginara lo peor. Pensó que la pondrían a prueba asignándole alguna tarea imposible que debería realizar con la facilidad que se esperaba de su estirpe. Incluso se le pasó por la cabeza que podían exponerla a algún tipo de peligro del que debería protegerse. Y aunque no fuera así, la mera idea de que la observaran y la evaluaran hacía que se le removiera el estómago. Le daba miedo no estar a la altura o decepcionar a su madre. No sabía que sería peor, que le dijeran que no era apta, o que la asignaran a algún itinerario de segunda. Que su madre fuera una adepta del agua ponía el listón muy alto. Hiela nunca se había preocupado por la erudición, ya que no sabía que tendría que hacer una especie de examen. Su madre siempre había dado por hecho que entraría directamente en el camino del agua, y por extensión, ella así lo había asumido. Al descubrir que la evaluarían, la noticia se le enredó en el pecho. Y pasó la semana más larga de su vida.

Cuando llegaron al centro de erudición a Hiela le temblaban las manos. Antes de entrar, se pararon un momento delante de la puerta principal para que la joven pudiera admirar el edificio. Su aspecto no distaba mucho del estilo que dominaba el centro de Pigmea, grandes bloques de hormigón gris que se alzaban desde el asfalto a juego, pero sí que destacaba por su increíble altura. Medía casi el doble que los otros rascacielos. Hiela se imaginó atendiendo una de las centenares de clases que se estaban llevando a cabo en ese preciso momento, y se sintió intimidada. Si no fuera porque su madre la estaba agarrando de la mano con fuerza, se hubiera largado corriendo de allí.

Percibiendo lo nerviosa que estaba su hija, Lera le aseguró que la asignación era un puro trámite y le prometió que todo saldría bien. Sin esperar a que la joven le respondiera, reemprendió la marcha hacia el interior del edificio. Para sorpresa de Hiela, no fue necesario que pidieran indicaciones en recepción, su madre la condujo a través del recibidor, hasta llegar a unas estrechas escaleras por las que subieron tres pisos. Una vez estuvieron en la planta adecuada, cruzaron la única puerta que había, cuyo destino era un pasillo repleto de puertas a ambos lados. Hiela no se paró a leer los carteles que ponían nombre a las ocupantes de cada despacho, se limitó a seguir las botas negras de su madre hasta la salita en la que desembocaba el pasillo. Habían llegado bastante temprano, y aun así, ya las estaba esperando la directora del centro, junto con un pequeño séquito de maestras. Saltaba a la vista que la mujer era una adepta del camino del agua. Lucía con orgullo una cresta engominada y de un azul oscuro, del mismo tono que el traje chaqueta con el que cubría su pálido cuerpo. Les lanzó a ambas una dura mirada de desaprobación. Ni siquiera se levantó o se molestó en saludar. Solo les indicó con un gesto de cabeza dónde podían tomar asiento, y anunció que ya podía empezar La asignación.

A Hiela le sorprendió que alguien osara tratar a su madre con tanta desconsideración. Lera era un miembro muy reputado de la comunidad de Pigmea. Se había ganado su estatus con mucho esfuerzo y por méritos propios. Por el simple hecho de pertenecer al linaje del que procedía ya tenía asegurado un billete directo a la élite de cualquier urbe de Irise. Su madre, además, había sido condecorada en varias ocasiones por jugar un papel crucial en la ofensiva contra las tres revueltas populares que habían asolado la nación en la última década. De hecho, había llegado a ser una de las cuatro Generales del ejército base. Lo esperado, y lo adecuado, era que las otras eruditas agacharan la cabeza en su presencia, en señal de respeto. Que esa mujer la despreciara de un modo tan evidente todavía puso más nerviosa a Hiela.

—Acércate, niña —le ordenó la mujer de la cresta.
Hiela obedeció. Se levantó de la endeble e incómoda silla blanca en la que apenas había pasado un par de minutos, y avanzó hasta la tarima que presidía la directora. Permaneció en silencio sin dejar de mirar el suelo, hasta que su examinadora le lanzó la primera pregunta.
—¿Qué sabes de la erudición y de los cuatro itinerarios?
Hiela cambió el peso de pierna y empezó a darle vueltas al anillo de cuarzo ahumado que siempre llevaba puesto. Había sido un regalo de su abuela y significaba mucho para ella. Antes de responder, soltó el aire que había estado reteniendo en los pulmones, relajó los hombros y alzó la cabeza para mirar de frente a la directora, quien le había hecho la pregunta.
—Bueno, sé que una pequeña parte de la población, siempre de género femenino, tiene la fortuna de que la Diosa Gamma la bendiga con su don. El don es la capacidad de controlar uno de los elementos de los que se compone la vida. Los cuatro elementos de los que se compone la vida son fuego, air…
—Es suficiente —la cortó la mujer de la cresta anotando algo en el cuaderno que custodiaba entre sus brazos.
Hiela volvió a fijar la mirada al suelo. Se obligó a observar sus zapatos para intentar tranquilizarse; a reseguir las filigranas amarillas que recorrían las costuras de los botines verdes que había elegido para la ocasión. No estaba satisfecha con la respuesta que había dado. Había sonado muy plana, como si hubiera aprendido un texto de memoria y lo hubiera recitado de carrerilla. Por suerte, su interlocutora no la dio por perdida y decidió darle otra oportunidad.
—Esta vez sé sincera y dime lo que TÚ piensas —le pidió la examinadora—. ¿A qué itinerario te gustaría consagrarte y por qué?
Esa era fácil. Hiela le había dado muchas vueltas y sabía lo que quería. La respuesta le salió de un lugar tan profundo de su ser, que intentar describirlo sería banalizarlo.
—Lo que yo quiero es controlar todos los elementos —confesó.
La mujer de la cresta soltó sin darse cuenta el bolígrafo con el que había estado tomando notas, y se retiró hasta pegar su espalda al respaldo de la silla. Su séquito se deshizo en un mar de murmullos maliciosos.
—¡Silencio! —les gritó sin dignarse a mirarlas.
Y no hizo falta, las mujeres se dieron por aludidas, callándose y adoptando una postura exageradamente erguida.
—Explícate —exigió la directora cruzándose de brazos—. Y elige muy bien tus siguientes palabras. Depende de quién las oiga, considerará que estás profiriendo una ofensa contra los designios de la Diosa y, por ende, se te acusará de herejía.
—Bueno… —empezó Hiela decidida a defenderse— tengo muy claro que aprender a controlar uno de los elementos ya sería todo un honor, y si me dejaran elegir, me decantaría por el agua. Me enorgullecería honrar a mi madre y ser merecedora de nuestro linaje.
La mujer de la cresta asintió, en señal de aprobación.
—Además —continuó la joven—, pienso que el agua es el más primigenio y puro de los elementos. El agua todo lo puede, hay agua en todo lo que existe.
La joven tragó saliva y respiró hondo antes de continuar.
—Pero si quiero serle útil a esta nación, si de verdad quiero poder defender los intereses y los designios de Gamma… lo más práctico, y lo más eficiente, sería aprender a dominar cada uno de los elementos. Y no solo eso. Estoy convencida de que se podrían usar en conjunción y obtener resultados increíbles. Si yo fuera capaz de…
—Ya hemos oído suficiente —declaró la examinadora, dando la evaluación por concluida.


De golpe, Hiela sintió un gran arrepentimiento. Se maldijo por haber soltado una sarta de tonterías que no solo podían dejarla a ella y a su madre en ridículo, sino que bien podrían interpretarse como un crimen de estado. Se preparó para aceptar el castigo que la jauría que tenía delante tuviera a bien imponerle. La directora se levantó, movimiento que imitó cada una de las feligresas que conformaba su séquito. La misma expresión diabólica que dominaba sus rostros las hacía tan parecidas que daban miedo.
—Hiela, tus ideas podrían cualificarse de, cuanto menos, arriesgadas. Nadie jamás ha aspirado a dominar más de un elemento, mucho menos los cuatro a la vez y combinarlos. Se podría decir que esa idea que planteas es una locura. En otra época, no tan lejana como desearíamos, se te hubiera encerrado en un agujero a tal profundidad, que ni siquiera un ínfimo rayo de sol hubiera sido capaz de llegar hasta ti. Hoy, en esta era de progreso que algunas nos empeñamos en impulsar y proteger, te voy a dar una oportunidad. Una ÚNICA y generosa oportunidad.

Mientras pronunciaba esta última frase, la mujer de la cresta había dejado de mirar a la futura adepta, para centrar toda su atención en Lera. Con ese gesto, le estaba atribuyendo a Lera toda la responsabilidad sobre los actos, y las ideas, de Hiela. Y no solo eso. Con su malévola sonrisa le estaba confirmando que, a pesar de tener motivos más que suficientes para matar a su hija, no lo iba a hacer. Sin necesidad de decirlo, le exigía que su benevolencia fuera debidamente recompensada en el futuro. Lera sabía que algún día recibiría una llamada y le darían una orden que no le justificarían, y que no podría rechazar. A sabiendas de que estaba firmando un cheque en blanco, Lera asintió. Y ese leve gesto de cabeza bastó para asegurarle un futuro a Hiela.

La mujer de la cresta se humedeció los labios antes de continuar.
—Tu ambición puede ser un problema para ti y para nuestra comunidad. Sin embargo, he decidido designarte al camino del agua, como debe ser. Vamos a ver de lo que eres capaz con un elemento. Primero tienes que demostrar tus habilidades, después ya hablaremos de lo de explorar cualquier otro camino y, en un futuro, quizás podamos fantasear con la idea de combinarlos.

Así que, al fin y al cabo, y como no podía ser de ninguna otra manera, asignaron a Hiela al camino del agua. De haber sido necesario, hubiera sido difícil determinar quién durmió mejor con aquella decisión. Una madre se sintió aliviada porque había salvado la vida de su hija. Una niña se sintió orgullosa de sí misma, había logrado destacar y entraría en el centro de erudición con el camino correcto. Cierta directora se sintió afortunada de tener una nueva alumna con mucho miedo, pero ideas revolucionarias que, sin lugar a dudas, harían avanzar a toda la comunidad. Una “ex” se regodeó ante la idea de volver a tener poder sobre la mujer que tanto había amado y que la había abandonado. Y ante semejante momento histórico, una panda de segundonas, tan mediocres como malvadas, se contentó con tener un nuevo chisme que contar en su círculo de lectura.


-------------------------------------------
>> ¿Quieres saber cómo acaba la historia? 
Aquí tienes la tercera parte del relato Discolora: Temor.
También puedes encontrar la historia completa en Lektu, disponible bajo pago social.



7 de febrero de 2022

Narciso

“Se hallaba Narciso totalmente cautivado por la imagen que le devolvía la mirada en lo más profundo de unas aguas cristalinas. No podía dejar de contemplarlo, era el rostro más bello del que jamás habían gozado sus preciosos ojos. Tenía la certeza de que aquella era la recompensa que había estado esperando durante tanto tiempo, el premio por haber rechazado, implacable, una ristra interminable de pretendientes indignos.

Y quiso acercarse tanto al ser que tenía delante; y anheló con tanto ahínco fundirse en uno con él, que acabó ahogándose.

Murió así Narciso, incapaz de enamorarse de nadie más que de su propio reflejo.

De su último aliento brotó una flor, amarilla como el sol de verano, para recordar a todos la desdicha del que no es capaz de encontrar la virtud en los demás. Pero el paso del tiempo secó la fuente que la alimentaba, acabando con ella y su advertencia.”


De este modo se desarrollaba el mito de Narciso. A lo largo de la historia nadie le había prestado demasiada atención, ni siquiera Mel, que ahora llevaba ya dos años enteros estudiándolo. Estaba tan nerviosa que le temblaban las manos. Sujetaba con cuidado el papiro conservado en resina que había adquirido de un contacto de dudosa reputación. Estaba segura de que su guía de desarrollo profesional no hubiera aprobado que se relacionara con semejante personaje, pero en ese momento le daba igual. Vibraba de emoción. Tener un papel de verdad (casi) entre sus hinchados dedos era algo de por sí extraordinario. Que encima el documento relatara la versión más completa y antigua que se había transcrito, era increíble.

Evocó al erudito que había imaginado aquella historia. Los trazos en la amarillenta superficie eran profundos y apresurados. Casi podía ver la mano del anciano moviéndose con ansia a la luz de una vela. No faltaban los borrones ni las manchas de tinta. Esas marcas negras le daban al resto una aureola de autenticidad. Enseguida se dio cuenta de un detalle que le llamó la atención. A lo largo del texto, el autor utilizaba distintas maneras de escribir las mismas letras. Por ejemplo, lo mismo ponía una “s” ligada, que usaba la versión de imprenta, o te plantaba una “n” que casi parecía una “u”, y luego te hacía una “n” cursiva perfectamente unida a su antecesora. Lo mismo sucedía con la “l” o la “r”. Le pareció gracioso, ya que su profesor de escritura manual siempre la regañaba por tener esa misma costumbre.

Releyó el texto tantas veces que perdió la cuenta. Cuando la emoción se contuvo y dejó paso a la doctorando, Mel se sintió un tanto decepcionada. Esperaba que en ese antiguo papiro hubiera alguna pista que le ayudara a entender cómo su generación había llegado hasta el punto en el que estaba, pero el mito de Narciso solo le había suscitado más preguntas. A pesar de que daba justo en el clavo, no encontró más que una profecía entre sus líneas. La presión que solía dificultarle respirar se agarró todavía más a su pecho, aplastándole los pulmones. Había gastado el último cartucho que le quedaba, y no podría dejar de pensar en la extinción de la raza humana. Hacía más de siete años que no nacía un solo bebé en todo el planeta. ¡Ni siquiera se intentaba! Aunque sexo había mucho… Los jóvenes se juntaban solo para evadirse del mundo y de la realidad que los envolvía; abandonándose a sus instintos más primarios y hedonistas sin llegar a comprometerse. Ya no se llevaba eso de tener relaciones afectivas como “pareja” o “mejores amigos”. Todo el mundo era autosuficiente, independiente, y estaban tan empoderados que no necesitaban nada, ni a nadie. Se habían acabado las confidencias, el hecho de mostrarse vulnerable, o hablar de sentimientos. Cada uno se sabía tan perfecto que era incapaz de enamorarse de otra persona, mucho menos de llevar al mundo alguien que los eclipsara. Esas cosas habían dejado de interesar. Sin más. Y la cúpula infértil que los dirigía, no había hecho nada durante décadas para revertir esa tendencia.


La primera vez que Mel había oído una referencia al mito de Narciso no había podido evitar preguntarse si su generación se había convertido en un ramo exagerado de esas flores amarillas. Ahora sabía que sí. En algún momento pasaron a disfrazar la inseguridad y el miedo, de poder y autosuficiencia. Y no solo funcionó, fue totalmente aceptado. Los colectivos más trasgresores se jactaron de no conectar con nadie, y el resto los imitaron. Daba igual que por las noches se quedaban a solas en sus camas, llorando y abrazando un cojín en el que apenas lograban reconocer su colonia favorita. Se convirtieron, poco a poco, en orgullosos adultos solitarios.

El gobierno empezó a gastar una cantidad ingente de dinero en explicar lo que ellos mismos habían apoyado. Incluyendo el programa de investigación de civilizaciones antiguas en el que Mel estaba haciendo su doctorado. Pero ya era tarde, el amor se había marchitado. No como una flor a la que le falta el agua y termina secándose por negligencia. Más bien como un cactus que se riega demasiado, en un intento desesperado por sacarlo adelante, y al que se acaba ahogando.

Una lágrima se precipitó por las prominentes mejillas de Mel. Demasiadas emociones para un mismo día. Dando por concluido, al menos por el momento, el análisis del texto, cogió el papiro y lo puso a contraluz. Estudiando las marcas del amarillento papel descubrió que había algo escrito también por la otra cara; en la esquina inferior izquierda. Cuando giró la hoja y enfocó la vista, se le cortó la respiración. Su corazón emitió un latido tan fuerte que lo sintió retumbar en sus oídos, tras lo cual se desbocó bombeando sangre a sus extremidades en un ritmo frenético. El nombre de la autora... Lo leyó moviendo los labios emitiendo apenas un susurro <<Melania K. Leonard, traducción de la propia autora>>. No podía ser, aquel documento tenía más de veinte siglos.

Casi pudo oír el “clic” interno que hizo su cerebro ante semejante revelación. Una sensación que le era familiar y extraña a partes iguales se apoderó de ella. Se obligó a mantener la calma y a analizar los hechos de manera objetiva. Aun así solo le encontraba una explicación a lo que estaba pasando. Si eso era cierto, entonces todo podía cambiar, todavía quedaba esperanza. Y no descansaría hasta llevar esa esperanza al mundo.


14 de enero de 2022

Una larga e intachable trayectoria

—¿Cómo empezó mi carrera? Eeehhhhmmm…

Me quedé en silencio con la vista clavada en el enorme foco que colgaba sobre la cabeza del presentador, tratando de encontrar el momento exacto en el que se forjó mi vocación. El apuesto muchacho se removió en su silla, incomodado por la falta de respuesta. Qué joven era. A pesar de que no llevaba ni dos meses en prime time lo hacía de maravilla. Hasta el momento, se había mostrado encantador y muy seguro de sí mismo. Era una pena que esa fachada se desmoronara con solo ralentizar un poco el ritmo de la entrevista. Parecía mentira la cantidad de gente que no sabía soportar un silencio. Me encantaba.

Mi atención se posó sobre el primer empleo que tuve. Fueron unas prácticas no remuneradas en un despacho cutre de mala muerte. Ni aprendí, ni me sirvieron para nada. Además, entonces ya tenía claro a qué iba a dedicar toda mi energía hasta que me jubilaran. No, tenía que remontarme mucho más atrás. Antes incluso de ir a la carísima y única universidad de mi ciudad. A propósito de eso, aquella fue una buena época, la recuerdo con mucho cariño, y fue cuando realmente me sentí independizada como persona. Aunque la libertad solo quedara a tres calles de la casa adosada en la que me criaba.

De repente, una Lisa de diez años se dibujó en mi mente. Estaba sentada en un banco, con los brazos cruzados, la cabeza gacha y unos morros que le hubieran dado envidia al mismísimo pato Donald. A pesar de que aquel día había llovido mucho, llevaba unas impolutas botas de agua completamente blancas. A la hora del patio había convencido a unas niñas para que me acompañaran al baño y me las limpiaran con la toalla de manos que ya sabía que encontraríamos. Les dije que bajo la capa de barro había un dibujo muy chulo de Snoopy y se lo creyeron, impacientes por verlo. Solo diré que odiaba mancharme. Cuál fue mi sorpresa cuando la profesora encontró la toalla (que tan ingeniosamente había escondido detrás del váter) y enseguida ató cabos. La bronca que me cayó fue lo de menos, lo que realmente me enfureció fue el hecho de haber subestimado a la profesora. Ya entonces detestaba equivocarme.

La imagen de la niña enfurruñada se transformó en la de otra más pequeña, aunque no mucho más alegre. Estaba sentada en una mesa, junto con otros tres niños, y todavía no había terminado de comer. Todos miraban a la monitora que les había interrumpido para amenazarlos. Alguien había escondido comida en una servilleta y la había tirado a la basura. Como nadie reconocía haberlo hecho, las grandes mentes pensantes que nos contenían decidieron apelar al sentimiento de culpabilidad de una panda de críos que odiaban las espinacas más que el cálculo mental o los dictados. Spoiler, eso nunca funciona, solo hace que paguen justos por pecadores. Y así fue. Tras veinte minutos de cuchicheos nerviosos, clavé mis pies en el suelo y empujé para arrastrar mi silla un par de palmos de la mesa (eso le dio una buena dosis de dramatismo a la escena, dicho sea de paso). Me levanté, alcé la mano derecha y solté un “He sido yo”. Todo el que hubiera cruzado dos palabras conmigo sabría que eso era imposible. Yo era una niña buena, honesta y dulce. En otras palabras, no hubiera tenido agallas para hacer algo así. Pero la monitora estaba tan satisfecha con su estrategia pedagógica que ni siquiera me cuestionó.

¡Nah! Pero yo ahí todavía no había decidido una mierda. Solo era una niña que había visto demasiados episodios de Compañeros. ¿Qué había pasado entremedias? Oh, sí. Entonces me acordé de mi gran revelación.

Y una frase me atravesó la columna vertebral, avanzando implacable hasta mi nuca. “Los reyes son los padres”. Me lo dijo el niño más repelente de la clase, cómo no. Hay personas que disfrutan repartiendo sufrimiento, y empiezan sorprendentemente temprano a perfeccionar su arte. Sucedió una fría mañana de medianos de diciembre. No me acuerdo de cómo salió el tema, solo que yo estaba sentada encima de una gran e irregular piedra gris. Lo que sí recuerdo es el frío de su superficie atravesando mis gruesos pantalones de pana (vamos, que tenía el culo helado). También recuerdo, que no me lo quise creer. Pensar que todos esos años de cabalgatas majestuosas, noches de insomnio, madrugones frenéticos y pilas de regalos eran mentira, me parecía una locura. No podía ser posible.

Así que en cuanto llegamos a casa, le expliqué a mi madre lo que había pasado, planteándole mi duda existencial directamente. “¿Los reyes existen?”. Dándose cuenta de que ya no se podía mantener la farsa durante más tiempo, me respondió que los reyes existirían mientras yo siguiera creyendo en ellos. Típica respuesta de adulto acojonado. Y dándome cuenta de que, en realidad, estaba confirmando mis peores sospechas, me quedé sin aliento. Me llevé las manos a la cara y empecé a reír como una loca. ¡Qué pasada! ¡Menudo montaje! La tele, el periódico, todos y cada uno de los adultos que conocía… ¡Y las cabalgatas en directo! Las había visto cada año con mis propios ojos, ¡Y eran mentira! Me lo había tragado todo como una tonta.

Entonces lo vi claro. Ese fue el momento exacto en el que empezó mi carrera profesional. Yo quería tener el poder de engañar así a la gente. De hacerle creer, exactamente, lo que yo quisiera que creyeran. Quería montar mentiras tan grandes que todo el mundo fuera irremediablemente partícipe. Todos por y para un objetivo común que les trascendiera y que, mira tú por dónde, siempre me beneficiara “A MÍ”. Yo quería ser la más fabulosa, y única, reina maga. Y que todos me siguieran sin pararse a cuestionar si eso era o no lo correcto.



—¿Señora presidenta? —me preguntó al fin el joven, decidiéndose a exigir su respuesta para continuar con el show.
—Disculpa, querido —le respondí saliendo de mi trance personal—. Estaba buscando el momento más significativo de mi larga e intachable trayectoria.


31 de octubre de 2021

Rossie

Estoy harta de ese patán. Se acabó. Voy a montar mi propia taberna. Me sabe muy mal por Lidia, ella me acogió y me dio un trabajo sin hacer preguntas, pero es que ya no soporto más al inútil de su hermano. Esta semana he tenido que involucionar dos incendios, ¡con la de energía que gasta eso! Primero prendió las pieles de la pared con una vela, no me preguntes cómo porque yo tampoco me lo explico, y al cabo de dos días va y deja una silla apoyada prácticamente encima de la chimenea. ¿Qué se creía que iba a pasar? Por no hablar del grupo de bárbaros que tuve que aturdir ayer para que no se lo cargaran. Trata fatal a la clientela, no entiendo cómo todavía mantiene la cabeza pegada al cuerpo. Supongo que es por Lidia. Todo el mundo la quiere y la respeta, así que hacen la vista gorda. Su padre fue sabio al dejar el negocio familiar en sus manos, el otro ya lo hubiera arruinado todo.

La cuestión es que si sigo así me van a descubrir. Hasta ahora he podido refugiarme en las cocinas de “El trébol de dos hojas”, la única taberna-posada que hay en Duhg, pero si alguien se entera de que soy una maga se correrá la voz. Las noticias vuelan incluso en este pueblucho de mala muerte. El problema es la continua afluencia de viajeros que van a Tarbas, “La gran capital”. O “El gran estercolero”, como yo lo llamo. Y, seamos sinceros, una gnoma que puede controlar la energía y que, en lugar de enriquecerse con su arte, decide fregar platos y preparar pucheros con carne de dudosa procedencia, levantaría suspicacias. Sería una de esas historias que se exageran más cada vez que se cuentan. Un chisme que llegaría a oídos de cierto nigromante.

Solo de pensar en él me estremezco. Hay cosas que se le pueden hacer a la gente. Artes oscuras que se practican con poco riesgo para el que no tiene nada que perder. Balah es un virtuoso en todas ellas. Y tiene una imaginación infinita para convencerte de que la muerte es una alternativa deseable. Se dice que fundó la primera casa de los secretos, aunque él solo acuñó ese nombre. También cuentan que nadie se le ha escapado nunca. Eso también es mentira, yo misma soy una prueba viviente de ello. ¿Cómo conseguí huir de ese pirado? A veces me sorprendo reviviéndolo, siempre con incredulidad. Fue la combinación de tantas coincidencias que solo puede producirse en la vida real. Una única vez. Es imposible que vuelva a repetirse.


En primer lugar me asignaron un cliente que no quería una presa fácil, por lo que las siervas de Balah me quitaron los grilletes que normalmente me impedían levantarme de la cama. Llevaba tantos días atada que el metal oxidado había empezado a fundirse con mi piel, lacerándome el cuello, las muñecas y los tobillos. Las gruesas marcas me escocían, y empezaron a supurar desprendiendo un olor dulzón. No era la primera vez que pasaba. A veces todavía tengo pesadillas en las que revivo cómo esos espectros me rascan la piel para sanear las heridas infectadas. Con movimientos metódicos, casi rítmicos; tan decididos que inundan la noche con el frufrú de sus túnicas negras. Hacía tiempo que no les daba el gusto de oírme gritar o, mucho menos, llorar. Y aguanté. Sabía que eso era lo único que percibían, el dolor y el sufrimiento. Notaba la impaciencia en sus cuencas vacías, observándome sin ver.

Cuando consideraron que ya estaba preparada, me dejaron sola en la habitación diminuta y sin ventanas en la que me retenían. Traté de ignorar el dolor que me palpitaba por todo el cuerpo, y me centré en levantarme para disfrutar de algo tan simple como el hecho de poder andar. Iba descalza. Sentir la piedra fría bajo mis pies me arrancó una lágrima que me apresuré en aplacar. Caminé en círculos hasta que la puerta volvió a abrirse para dejar pasar al enfermo que había pagado por torturarme. Era un elfo, tan alto que tuvo que agacharse para entrar. La expresión de odio que dominaba su rostro me cortó la respiración. Empecé a temblar. Avanzó hacia mí con paso decidido. Llevaba un garrote recubierto por púas metálicas en la mano derecha, y lo sujetaba tan fuerte que sus nudillos blancos destacaban incluso sobre su pálida piel.

De repente su rostro se contrajo en una mueca ridícula. Soltó el bate, se rodeó el estómago con ambos brazos y se puso tan rojo que pensé que le iba a estallar la cabeza. Salió corriendo dejando la puerta abierta de par en par, y un desagradable olor a huevos podridos. Mi cuerpo se estremeció sin saber si debía romper a reír o a llorar. Logré sobreponerme a ese choque de emociones y esperé. Aguardé unos segundos por si aparecían las siervas de Balah dispuestas a reducirme, pero no fue así. Al fin decidí aprovechar la ocasión para salir de mi cubículo. Caminé lo más sigilosamente posible, clavando la planta de mis pies en la alfombra negra que se interponía entre decenas de puertas. Hasta que llegué al recibidor del local.

Sin poder distinguir cómo ni de dónde había salido, un brujo inundó mi campo de visión, impidiéndome el paso hacia la puerta que me tenía que dar la libertad. No me lo podía creer. Había cruzado el pasillo sin toparme con nadie y, justo en los últimos metros, apareció ese malnacido. El hombre levantó los brazos para lanzar un hechizo que, en el mejor de los casos, me paralizaría. Y dándome cuenta de ese movimiento, me lancé al suelo rodando hacia la izquierda del estrecho pasillo. Un impacto en la pared retumbó demasiado cerca de mí. Cuando el brujo recolocaba sus manos para volver a intentarlo, algo abrió bruscamente la puerta principal del prostíbulo, creando un halo de luz brillante entorno a su figura.

Se trataba de tres orcos tan corpulentos que engulleron toda la luz del lugar, y que hacían retumbar el suelo a cada paso que daban. Con una coordinación asombrosa, se unieron al grito de “¡esto es un atraco!”, atrayendo toda la atención del brujo, que ya se había olvidado de mí. No se me ocurría quién coño podía estar tan loco como para intentar robar en una casa de los secretos, pero no pensaba esperar para averiguarlo. Reuní todo el valor que me quedaba, me puse a cuatro patas, orienté mi cuerpo hacia la salida y cerré los ojos. Empecé a gatear y no paré hasta que noté la brisa fresca en mi cara. El olor nauseabundo de Talab me pareció la más dulce de las fragancias. Abrí los ojos mientras me levantaba y empecé a correr sin saber hacia dónde me dirigía. Me daba igual. Ignoré las agujas que se me clavaban en los pulmones, en la garganta y en las sienes, y seguí huyendo.

Dejé atrás la ciudad, el bosque y no sé cuántas montañas. De hecho, no me detuve hasta que me encontré con los ojos claros y bondadosos de Lidia. Su mirada me tranquilizó. Me propuso quedarme en un lugar seguro y acepté. Acepté a pesar de la desconfianza y el miedo que sentía. Porque después de todo el horror que había pasado, necesitaba creer que todavía quedaba algo bueno en este mundo.


26 de septiembre de 2021

Iniciación

Llevaba un ciclo entero persiguiendo aquella misteriosa criatura, siguiéndole el rastro sin siquiera haberla visto. No estaba segura de que realmente se tratara de lo que andaba buscando, pero no le quedaba más remedio que confiar en su adiestramiento, y en su instinto. Repasaba una y otra vez las señales que había estado leyendo durante tantas jornadas, y cuanto más pensaba en ello, más dudaba de su criterio. ¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar? En cierta ocasión le pareció ver la cola del animal, un látigo azul zafiro lleno de púas negras. A esas alturas ya no estaba convencida ni de que hubiera sido real. Quizás solo se había tratado de su imaginación que, alimentada por el deseo de volver a su hogar, le había jugado una mala pasada. La tentación de abandonar pesaba cada vez más sobre sus doloridos músculos.

Todo empezó con una simple escama. Una pequeña mancha azul en el suelo que bajo ojo inexperto hubiera pasado por una piedra. Aurora, en cambio, la reconoció enseguida y, sorprendida por la rapidez con la que había encontrado aquella primera pista, no dudó en recogerla. Unos profundos arañazos en los árboles cercanos respaldaron sus sospechas, y solo le hizo falta tirar de su vínculo para acabar de convencerse. Le llegaba un miedo tan denso que casi podía deshacerlo entre los dedos. No quedaba ni rastro de los roedores y los pájaros que solían observarla con curiosidad. Incluso las flores, los tallos y las raíces estaban aterrados. La habían preparado durante años para interpretar aquel tipo de pistas, así que no tuvo que pensarlo mucho para decidir hacia dónde dirigirse. Pero la criatura demostraba ir siempre un paso por delante. Le iba dejando un mínimo rastro para que no se rindiera, sin dejar de mantenerse a una distancia infranqueable, como si se burlara de ella. ¿Cuánto duraría aquella danza desesperante? Había cruzado tantos bosques que ya le parecían todos iguales.

Una mañana especialmente fría, el rastro la llevó hasta un profundo valle lleno de pozas humeantes, entre las cuales se encontraba una que destacaba por su gran tamaño. Reconfortada ante la idea de aliviar su cansancio con un baño caliente, aligeró el paso para dejar atrás la arboleda. De repente algo invadió su campo de visión por el lado derecho. No esperó a ver de qué se trataba, guiada por sus reflejos, se detuvo y se agachó para esconderse en el arbusto más cercano. Deseando que ese algo no la hubiera descubierto, esperó unos instantes concentrándose en calmar su respiración. Al fin se permitió asomar un poco la cabeza por encima de su escondite, solo lo justo para volver a tener una visión clara del valle y descubrir qué la había asustado tanto. E identificándolo, se quedó paralizada. Su corazón se desbocó y empezó a sentir su pulso acelerado palpitando por todo el cuerpo. Por fin lo había encontrado.


El animal se dirigía hacia el centro del valle, y continuó andando hasta sentarse en la orilla de la poza más grande. La extensión de agua humeante generaba una especie de niebla que se fundía con sus movimientos. Sin prisa, extendió las alas y las patas delanteras más allá de lo que hubiera parecido posible, y se desperezó estirando el largo cuello con la mirada fijada al frente. Sus garras sobresalían amenazantes, y el látigo azul zafiro se balanceaba a pocos palmos del suelo en un hipnótico vaivén. Tras sacudirse todo el cuerpo, la criatura se alzó de nuevo para entrar en el agua, y empezó a sumergirse, muy despacio, dejando que el cálido líquido fluyera entre sus escamas erizadas. El sonido que emitía recordaba a los guijarros revolcados por las olas del mar. A su alrededor crecían pequeños remolinos, formados por la inercia, casi ceremonial, del gran cuerpo que agitaba las aguas. Sin detenerse, el animal avanzó hasta el centro de la poza y se acabó de hundir, perdiéndose de vista.

Asustada y a la vez embriagada por la escena que acababa de presenciar, Aurora aguardó un buen rato esperando que la criatura volviera a emerger. La superficie de la poza ya había vuelto a su calma original, y de ella solo emanaba un vapor cada vez más denso. Todavía tardó un buen rato en recuperar el control de sus extremidades. Se obligó a respirar varias veces llenando por completo sus pulmones, y enseguida logró relajar los hombros. Cuando por fin se sintió capaz de moverse, no supo qué hacer, seguía dándole miedo que el animal la descubriera. Alertada de repente por un ruido ajeno, concentró toda la atención en su oído e identificó un extraño sonido que parecía estar cada vez más cerca. No le costó descubrir que se trataba de un gorgoteo que procedía de la poza, donde unas grandes burbujas habían empezado a abrirse paso hacia la superficie. En cuestión de minutos la poza entera hervía con furia, y el agua burbujeó hasta el atardecer. Para cuando el cielo se tiñó a franjas rojas, la poza estaba totalmente seca, se había convertido en un cráter fangoso. No había rastro de la criatura.

Incapaz de explicar lo que había pasado, Aurora se decidió a levantarse y avanzó hacia el cráter dispuesta a inspeccionarlo. Después de observarlo un buen rato con detenimiento, quiso rodearlo para buscar marcas en el fango, las piedras o las plantas, que le dieran alguna pista, pero enseguida se quedó sin luz. Aceptando que debería esperar al nuevo día para seguir investigando, escogió un lado del claro y encendió una hoguera. Cuando apenas había empezado a sentir el calor del fuego en las mejillas, comenzó a llover con saña. Consciente de que sería absurdo intentar no mojarse, se retiró a los arbustos que le habían servido de refugio, y se obligó a dormirse ignorando el frío que ya le estaba calando los huesos, haciéndole tiritar. Llovió toda la noche sin tregua.

A la mañana siguiente Aurora se despertó temprano, el sol todavía no estaba muy alto, y le alegró comprobar que ya no llovía. Como aún tenía la ropa mojada, quiso tenderla para que se secara mejor, pero cuando apenas había empezado a desnudarse, algo hizo que se detuviera bruscamente. Una sensación que no entendía y que nunca antes había sentido la invadió, bloqueándola por completo. Era como si se estuviera inundando por fuera y por dentro a la vez, y la presión que le oprimía el pecho no paraba de crecer. Empezó a temer que su piel se resquebrajara de un momento a otro. La presión era tan fuerte que no podía soportarla. Cayó al suelo de rodillas, apoyando ambas manos en la hierba verde que cubría el bosque. Trató de agarrarse a los tallos que se escapaban entre sus dedos, y justo cuando ya empezaba a perder el mundo de vista, la tensión se aflojó. Su respiración se normalizó poco a poco, devolviéndole la consciencia de su entorno.

Sin saber muy bien qué la movía, se levantó y abandonó la seguridad de los árboles para avanzar apenas unos metros hacia el cráter. Deteniéndose ante la visión de unas grandes garras que se clavaban en el suelo, levantó la mirada hasta encontrarse con los ojos azules que la estaban escrutando. La presión volvió a apretarle el pecho, aunque no tanto como para que resultara insoportable. Y entendió que se trataba de su vínculo, desbordado por la esencia del dragón de agua que trataba de comunicarse con ella. La majestuosa criatura estaba teniendo el detalle de interrogarla antes de decidir si era o no una amenaza, y si debía matarla.

Sabiendo que llevaba sus fuerzas al límite, Aurora trató de transmitir la idea de que no tenía malas intenciones. A pesar de sus esfuerzos, solo logró que el dragón se removiera, cada vez más impaciente. Así que dejó de ofrecer resistencia y permitió que aquél ser la leyera sin restricciones. Jamás había cometido semejante acto de fe, ni había deseado con tanto ahínco que los mitos que contaban las ancianas fueran ciertos. Notó la esencia del ser ancestral invadirla con una fuerza todavía más potente que antes e, incapaz de sostenerse en pie por más tiempo, se desplomó. Convencida de que iba a morir, convirtió su último suspiro en un agradecimiento. Justo antes de golpearse la cabeza contra el suelo, quiso darle las gracias al dragón por haber permitido que lo viera morir y renacer. Después, se abandonó a la oscuridad y el mundo se desvaneció.


Cuando Aurora volvió en sí, la criatura ya había desaparecido. Antes de incorporarse, notó que sostenía algo duro y frío entre las manos, y alzándolas para descubrir qué era, encontró una gema transparente en forma de gota. Emocionada, la inspeccionó entre sus dedos, y un rayo de sol impactó de lleno en su superficie, arrancándole destellos azules. El dragón de agua no solo le había perdonado la vida, también la había bendecido con un obsequio; un tesoro que la acompañaría hasta el final de sus días. Decidió que lo incrustaría en todas y cada una de las armas con las que, en adelante, serviría a su pueblo. Porque ya podía volver a su hogar, era una guerrera digna de su estirpe.


12 de septiembre de 2021

La consciencia, tus recuerdos y mis sentimientos

La he cagado. La he cagado mucho. Tengo a esa cosa sentada en mi sofá y no sé qué hacer con ella. A estas alturas me da entre asco y miedo. No entiendo cómo pude sentir lástima por ella. ¿Por qué me la llevé a casa? Todo esto ya resultaría bastante incómodo sin tener una especie de zombi babeando en el salón. No puedo dejar de mirarla. Tiene un “algo” que me parece inquietante. Creo que está dejando de parecerse a mí. O a lo que era “yo”. ¿Eso es posible? Aunque, pensándolo bien, ¿quién es más “yo” de las dos? Estoy un poco confundida a ese respecto. El psicólogo de Transfex me dijo que me sentiría extraña y que, poco a poco, iría disociando mi identidad como humana del hecho de tener un cuerpo biológico. Quizás eso explica por qué estoy sintiendo este rechazo hacia mi… carcasa. Claro que él no contaba con que me la llevaría a vivir conmigo.

Pero lo he hecho. Soy (o tal vez debería decir “era”) así de sensiblera. Y es que cuando el proceso de transferencia finalizó y vi ese cuerpo ahí abandonado; en la raquítica silla de madera oscura que cojeaba molestamente y en la que había estado “yo” sentada hacía apenas unos minutos, no lo pude evitar, sentí pena. Fue por sus ojos. Los vi tan brillantes y llenos de vida… ¿Cómo iba a permitir que la desecharan sin más? Ahora me parece que su mirada es como la de un pescado que lleva demasiados días expuesto. Sus iris están perdiendo color, y todo el glóbulo ocular se le empieza a cubrir por un velo gelatinoso semitransparente. Creo que su piel está adquiriendo un tono grisáceo. ¡Se está pudriendo en vida! Porque respirar, respira, y si le hablo parece que me oye. Hasta me sigue con la mirada allá dónde voy. El biólogo ya me avisó de que esto sucedería, se ve que es un efecto secundario de la transferencia, pero no quise creérmelo. Y después de mucho discutir, dejaron que me la llevara, no sin antes leer y aceptar una ristra interminable de avisos, acuerdos y exenciones de responsabilidad.

¿Qué voy a hacer con ella? En Transfex me dejaron bien claro que si me la entregaban no la volverían a aceptar, y que “yo” sería la única culpable de lo que le pasara. Me da miedo pensar que seguirá descomponiéndose. No sé hasta qué punto puede seguir con vida si su cuerpo se va deteriorando a este ritmo. Al menos, si lo necesito, puedo desactivar mi sensor de olor… Me pregunto qué pasaría si decidiera acelerar ese proceso, ¿se consideraría asesinato? Lo he consultado y no he encontrado ningún precedente. Me fascina pensar qué la mantiene con vida. Me cuesta creer que “yo” estaba dentro de ese cuerpo hacía apenas unos días…


Y a propósito de eso, me he centrado tanto en la carcasa-zombi que no me he parado a pensar en lo que me ha pasado a “mí”. Ni siquiera me he mirado al espejo para ver cómo es el nuevo “cuerpo” que habito. De momento lo que he podido ver es muy realista. Mis extremidades parecen prácticamente las mismas que antes de pasar por la transferencia, incluyendo las manos que no han perdido el sentido del tacto. No sé si estoy preparada para quitarme el vestido blanco con el que cubrieron mis, espero, voluptuosas curvas. Ya que estábamos me puse un poco más de culo, y aumenté notablemente mi talla de sujetador. También aproveché para ponerme el pelo azul, los ojos verdes y quitarme un par de pecas que monopolizaban buena parte de las conversaciones con mi madre. En teoría debería verme mejor y estar contenta con los retoques, pero en cierto modo me da miedo no ser capaz de reconocerme. Sé que ahora estoy en un “cuerpo” hecho de titanio y no sé qué material súper innovador que tiene un montón de ventajas, aun así me gustaría que siguiera pareciendo humano. Y que siguiera pareciendo “yo”.

Volviendo a mi nueva compañera de piso, me pregunto si alimentándola podríamos retrasar su desaparición. Lo consulto y encuentro veintitrés precedentes. Descubro un grupo de apoyo para transferidos que están cuidando de sus carcasas, igual que “yo”. Me reconforta averiguar que no soy la única que se ha dejado llevar por sus sentimientos. Según los comentarios a los que voy accediendo, mi idea de convivir con la zombi no resulta tan descabellada. Incluso encuentro un chico (si es que todavía tiene sentido diferenciar su sexo o su género) que ha logrado comunicarse con el suyo. Eso hace que me cuestione el significado de la palabra “vida”. Si recibe los estímulos necesarios, ¿puede mi carcasa vivir sin tener consciencia, recuerdos o sentimientos? O mejor aún, ¿llegar a tener todo eso? A pesar de que la entrada más antigua apenas tiene un año y medio, me anima a intentarlo. Quién sabe lo que podremos conseguir a largo plazo.

Llegados a este punto no puedo evitar cuestionarme si “yo” misma sigo teniendo esas cualidades. Puede que ya no quede nada de ellas, que las hayan sustituido por una buena capacidad de almacenaje y un montón de cálculos estadísticos. Si ese fuera el caso, no sé si se podría considerar que estoy viva. Entonces, ¿quién sería la más humana de las dos? ¿Y de quién serían la consciencia, los recuerdos y estos sentimientos que nos unen?


31 de julio de 2021

La incubadora 3000

“¿Estás harta de pasarte todo el día sin apenas poder moverte de sitio? ¿Te preocupa no estar dando suficiente calor a tu futuro retoño? ¿El volteo es algo que te angustia porque temes dañar tu huevo? No te preocupes, ¡tenemos la solución! ¡La incubadora 3000! La incubadora 3000 está específicamente diseñada para ayudarte en estos tediosos meses de gestación externa. No te enclueques, la incubadora 3000 lo hará por ti. Totalmente autónoma y sin mantenimiento. Temperatura homogénea garantizada. Rotación suave automática cada cuatro horas. Cinco sensores que monitorizaran constantemente el latido de tu bebé, y que te avisaran si se produce cualquier anomalía. Incubadora 3000. ¡No lo pienses más! Encárgala ahora y te regalamos el exclusivo kit de nacimiento, con todo lo que necesitarás el día que, por fin, tu pequeño salga del caparazón.”

Había visto aquel anuncio más de un centenar de veces y, a pesar de que lo detestaba, siempre se lo tragaba entero. La voz histriónica del locutor le transmitía una fuerza y una seguridad que la enganchaba. De hecho, no pudo dejar de mirar la pantalla hasta que el hombre se calló y, liberada al fin de su embrujo, le ordenó al televisor que se apagara. Movida por una ansiedad que hacía días que no sentía, empezó a deambular por el comedor, mordiéndose las uñas. Había estado engañándose pensando que la decisión estaba tomada.

La culpable era Nadia. O tal vez, Susana. Quizás la que más había contribuido a confundirla había sido Claudia. Aunque Miguel no se quedaba corto… Daba igual, todos opinaban sin que ella les hubiera preguntado lo que pensaban de sus planes. Y es que el ritmo cada vez más pausado con el que ponía huevos la había llegado a preocupar hasta el punto de decidir fecundarse. Ya no alcanzaba a hacer ni una puesta al mes, y no quería perderse la experiencia de ser madre. Hasta ahí todo bien. Su hermano y sus amigas la apoyaban y se alegraban mucho por ella. Todo aquél que conocía la noticia la recibía con júbilo. El problema surgía cuando le hacían “LA PREGUNTA”, porque todos querían saber lo mismo; ¿cómo iba a incubar a su bebé?

Cuando Irene respondía que se estaba planteando adquirir una incubadora automática, sus interlocutores solían tener una de las tres reacciones que ella había identificado como posibles. La mayoría la miraban mal y se limitaban a hacer algún comentario pasivo agresivo, sin pronunciarse de una manera clara. Estos le daban igual, ya que eran allegados, no alcanzaban ni la categoría de amigos o compañeros. Pero a medida que el círculo se estrechaba, la gente se emperraba en dejarle bien claro lo que pensaba. Y, resumiendo, las incubadoras eran un gran invento que empoderaba a la madre, o, por el contrario, un trasto inútil que privaba al bebé y a su progenitora de la conexión más primigenia que debían tener.


Así que allí estaba, caminando en círculos por el comedor sintiéndose una mala madre cuando todavía no sabía ni si la fecundación había funcionado. Se debatía entre limitar su autonomía durante cinco meses, o perderse parte del proceso de creación y, por lo que decían, un vínculo precioso. Había momentos en los que lo tenía muy claro, y de repente cambiaba de opinión. Cuando, además, se daba cuenta de que aquella era solo una primera decisión de las muchas que debería tomar, como mínimo, durante dieciocho años… bueno, le faltaba el aire. Y percatándose de la ansiedad que toda esa situación le generaba incluso antes de empezar, dudó una vez más de si estaba preparada, y de si realmente debía o no hacerlo.

Cediendo al mareo que había empezado a embotarle la mente, se sentó otra vez en el sofá y se obligó a respirar despacio, y a relajar los hombros. Tratando de alejar los pensamientos negativos, se concentró en imaginar el huevo formándose dentro de ella. Visualizó un punto diminuto que crecería hasta convertirse en un ser que pronto la deleitaría con su sonrisa. Y se animó recordándose que el primer paso estaba hecho, su deseo pronto se haría realidad. En ese momento supo que todo iría bien, y esa certeza la tranquilizó, llenándola de una calidez que deshizo el nudo que le había estado oprimiendo el pecho. Acabó concluyendo que le daba igual si lo incubaba ella o una máquina. Lo importante era el amor, lo mucho que ya quería a su bebé.

De manera que al fin compró la incubadora 3000, y tuvo la suerte de llevarse también el exclusivo “kit de nacimiento”. Usaría la máquina solo cuando la necesitara, para abandonar fugazmente la seguridad del teletrabajo, dar un paseo por su parque favorito o visitar a alguien que todavía fuera capaz de ser respetuoso a pesar de no estar de acuerdo con las decisiones ajenas. Ese último grupo se había reducido bastante, pero en él seguían estando Miguel, Claudia, Susana y Nadia que, en esencia, eran los importantes, las personas valiosas.


Pasaron los días, las semanas y los meses. Y aunque todas las mañanas Irene sentía que por fin había llegado el momento, la puesta no se producía, ni siquiera en forma de un caparazón yermo. 

Miguel se dio cuenta porque Irene cortó el flujo constante de hologramas que le hacía llegar con las novedades del cuarto del bebé. Claudia sospechó cuando Irene dejó de responderle a las propuestas que le mandaba con nombres de niña. Susana se enfadó cuando Irene no se alegró al explicarle que había traído al mundo un gran huevo amarillento que entre ella y Jose incubarían. Y Nadia… bueno, Nadia hacía tiempo que lo sabía. Fue la que se armó de valor para ir a ver a Irene, abrazarla hasta deshacerse en lágrimas y ayudarla a vender la incubadora 3000 que ya nunca necesitaría.